La ruptura llegó de la manera más pública y más cruel que uno puede imaginar. Y esto es algo que muchos ya conocen, pero que hay que contarlo completo para entender el impacto que tuvo en Julián. Era una noche normal en casa. Maribel y Joan estaban viendo la televisión juntos. El programa Ventaneando estaba en el aire.
Y de pronto, Juan José Origel, el conductor, que en ese entonces era la voz más temida del chisme televisivo, reportó en vivo y en directo que había visto a Juan Sebastian la noche anterior bailando pegado a una actriz joven en una discoteca. Toda la noche muy juntos, sin disimulo. La actriz se llamaba Arlet Terán. Tenía 19 años.
Estaba trabajando en la misma telenovela que protagonizaban Joan y Maribel juntos, tú y yo. Era parte del elenco, alguien que Maribel veía en el set todos los días. Maribel volteó a ver a Joan y Joan le dijo que era mentira, que todo era un chisme, que cómo podía creerle a la televisión antes que a él. con esa cara tan tranquila que tienen los hombres, que llevan mucho tiempo mintiendo.
Pero Joan había llegado a casa esa noche a las 7 de la mañana y Maribel había estado despierta toda la noche esperándolo, viendo el reloj, preguntándose, imaginando. Y cuando por fin llegó con esa historia de que era todo mentira, con esa cara de nada, algo dentro de Maribel Guardia se quebró para siempre. No hizo escándalo, no lloró frente a él, no le gritó, no le reclamó con drama.
Maribel no es tipo de mujer. Fue a la recámara, sacó una maleta, la llenó con la ropa de Joan Sebastian, la cerró, la puso en la puerta y le dijo que se fuera. Y él se fue. Años después, Maribel habló de eso con una honestidad que dejó sin palabras a todos los que la escucharon, que Joan le dijo hasta el último minuto de su vida que no era verdad, que hasta el final se lo negó, pero que obviamente era verdad.
Y también dijo algo que resume quién era Joan Sebastian con las mujeres que le encantaban, que tenía fascinación por las mujeres, que fue terrible hasta el último momento. Julián tenía pocos meses de nacido cuando todo eso pasó. No tiene recuerdos conscientes de esa ruptura. Pero los niños absorben todo, aunque no lo recuerden.
Absorben la tensión, el dolor, el vacío de alguien que ya no está en casa. Y ese vacío fue la primera cosa grande que Julián Figueroa tuvo que aprender a cargar. Crecer sin que tus padres estén juntos ya es difícil para cualquier niño. Pero crecer siendo el hijo de dos personas que eran portada de todas las revistas, que cada cosa que hacían era noticia, con fotógrafos esperando afuera de la escuela, con los compañeros haciéndote preguntas que un niño no debería tener que responder.
Eso es otro nivel de complicado. Y sin embargo, los que conocieron a Julián de pequeño coinciden en algo. Era un niño con una sensibilidad extraordinaria. Lloraba con las canciones tristes. Le gustaba dibujar. Observaba las cosas con una atención que hacía que los adultos se miraran entre sí con cara de asombro, como si ese chamaco estuviera captando más del mundo de lo que le correspondía a su edad.
Con su mamá, Julián tenía estabilidad. Maribel Guardia es una mujer que, aunque su vida entera sea un espectáculo, en lo que se refiere a su hijo, fue siempre una roca. lo llevaba a la escuela, lo ayudaba con las tareas, estaba presente en cada cosa importante, le daba la estructura que los niños necesitan para sentirse seguros y lo amaba con una intensidad que a veces era tan grande que se convertía en un peso también.
Pero eso vendría después con su papá. En cambio, el mundo era completamente distinto. Joan Sebastian vivía en sus ranchos, rodeado de caballos, de jaripeos, de música norteña, de gente que lo idolatraba, de una vida que tenía más de película de aventuras que de vida real. Cuando Julián iba a visitarlo, entraba a ese universo y todo cambiaba.
los sombreros, las botas, el olor a tierra y a caballo, los peones que saludaban al niño con reverencia porque era hijo del patrón. Y Julián adoraba eso, adoraba a su papá con esa intensidad que solo tienen los hijos que ven a sus padres. Ese amor mezclado con hambre de atención que nunca termina de saciarse porque nunca hay suficiente tiempo.
Que cuando el papá llega todo se ilumina y cuando se va se queda un hueco que no llena nada más. Joan Sebastian quería a sus hijos, eso nadie lo puede negar. Pero Joan Sebastian era el tipo de hombre que no podía quedarse quieto ni para querer. Siempre había un concierto nuevo, un rancho que atender, una canción que terminar, una mujer que lo esperaba en algún lugar.
tenía ocho hijos de cinco madres diferentes, ocho hijos que competían por la atención de un hombre que nunca tuvo suficiente atención para repartir. Y Julián aprendió lo que aprenden todos los hijos de hombres así, a esperar, a no pedir demasiado para no recibir un no, a guardar las preguntas más difíciles para otro momento que muchas veces nunca llegaba.
Lo que muy poca gente sabe es que Julián también creció sabiendo cosas de su familia que ningún niño debería saber, porque Joan Sebastian no era solo un cantante famoso, era un hombre que, según testimonios que salieron años después en juicios y en libros, habría tenido contacto con personas muy peligrosas, personas del tipo que no aparecen en los créditos de los discos.
En 2021, la periodista Anabel Hernández publicó en su libro un capítulo que sacudió al mundo del regional mexicano. Según testimonios recabados para esa investigación, la finca de Joan Sebastian en Juliantla habría sido sede de reuniones entre figuras del crimen organizado. Arturo Beltrán Leiva, el Chapo Guzmán, el Mayo Zambada, la Barbie, nombres que en México no se pronuncian a la ligera.
Y en el juicio contra García Luna, en 2023, un testigo llamado Sergio Villarreal Barragán, conocido como el Grande, declaró bajo juramento que Joan Sebastian había amenizado una fiesta después de una reunión entre García Luna y los Beltrán Leiva. La familia siempre lo negó. Joan Sebastian en vida lo negó con furia, que era el cantautor más premiado de los Gramy, que llevaba 30 años de carrera, que cómo se atrevían a relacionarlo con eso.
Y no hay fotos, no hay videos, no hay prueba física de ningún tipo, son testimonios, versiones. Pero el hermano de Joan Sebastián, Federico Figueroa, si fue señalado con nombre y apellido. En 2014 aparecieron narcomantas en Guerrero informando que Federico Figueroa quedaba al frente de Guerreros Unidos y fue acusado por distintas instancias de tener relación con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotsinapa.
Eso no es un rumor, eso está en registros públicos. ¿Qué sabía Julián de todo eso? ¿Qué escuchó en esa familia, en esos ranchos, en esas reuniones que los niños supuestamente no debían presenciar? es menor que numeral uno, sin conumeral es mayor que no lo sabemos y nunca lo sabremos. Pero es parte del contexto de la vida de ese niño que creció entre dos mundos y que cargó más de lo que nadie supo ver a tiempo.
Lo que sí está documentado es lo que pasó con sus hermanos y eso sí lo supo Julián. Lo vivió de cerca, lo cargó en silencio durante años. En agosto de 2006, cuando Julián tenía 11 años, su hermano Trigo fue asesinado. Trigo de Jesús Figueroa, 27 años. Era el coordinador de seguridad de su padre. Esa noche, después de un concierto en Texas, unos fans borrachos quisieron acercarse al cantante y el staff se los impidió.
Uno de ellos sacó una pistola, golpeó a trigo en la cabeza con el arma y le disparó en la parte posterior del cráneo. Joan Sebastián sostuvo a su hijo desangrándose en sus brazos mientras gritaba pidiendo ayuda y las autoridades no llegaban. Trigo fue trasladado al hospital donde murió durante la cirugía. El asesino huyó saltando las cercas y nunca fue capturado.
Nunca. Julián tenía 11 años cuando eso pasó. 11 años. Y vio a su familia quebrarse de una manera que no tiene nombre. Vio llorar a su padre de una forma que los padres no deberían llorar frente a sus hijos. Y 4 años después, cuando Julián tenía 15, pasó de nuevo. Juan Sebastián Figueroa, otro hermano, 32 años, asesinado en Cuernavaca, Morelos, en junio de 2010.
intentó entrar a un bar con unos amigos y le negaron el acceso. Hubo una discusión con el personal de seguridad y un guardia sacó un arma y le disparó en el cuello y en el abdomen. Días después apareció un narcomensaje atribuido al cártel del Pacífico Sur, adjudicándose el crimen, alegando que Juan Sebastián había tenido una relación con la esposa de un miembro del cártel.
Si eso era cierto o si era una justificación de algo más complicado, nunca se aclaró oficialmente. Dos hermanos asesinados, ambos hijos de Joan Sebastián. Ambos jóvenes. Y Julián lo vio todo desde adentro, desde esa primera fila que nadie quiere tener. Con 15 años procesando que en su familia la violencia no era algo que pasaba en las noticias, era algo que llegaba a la puerta de tu casa y se llevaba a tus hermanos.
Y el primogénito José Manuel resumió todo con una frase que explica más que cualquier análisis médico, que su papá no murió de cáncer, que murió de los golpes que le dio la vida en el corazón. Julián también cargó esos golpes, solo que nadie estaba mirando. La adolescencia de Julián fue complicada y no de esa manera dramática que se ve en las películas con escenas de pelea y portazos y declaraciones grandilocuentes, sino de esa manera silenciosa en que las cosas se van torciendo cuando nadie está prestando suficiente atención.
empezó a explorar el alcohol y las sustancias desde una edad en que muchos chavos todavía están descubriendo quiénes son. Y hay quienes dicen que eso no fue casualidad ni rebeldía adolescente normal, que era la única forma que encontró de bajar el volumen de ese ruido que traía adentro. Ese ruido que llevaba los nombres de los hermanos muertos, del papá ausente, de las expectativas imposibles, de la pregunta de qué significa ser tú cuando tu apellido lo responde todo antes de que puedas abrir la boca.
Maribel lo vio y Maribel no es una mujer que se hace tonta. Intentó hablar con él, buscó ayuda profesional, lo llevó a especialistas, hizo todo lo que una madre con recursos y con amor puede hacer. Y hubo periodos en que parecía que lo habían superado, que el capítulo oscuro quedaba atrás, pero las adicciones no funcionan así.
No piden permiso para regresar y cada vez que regresaban el daño era un poco mayor que la vez anterior. Pero Julián también tenía una luz que no se apagaba, una capacidad para conectar con la gente que era genuinamente extraordinaria. cuando estaba bien, cuando estaba presente, era de las personas que iluminan el cuarto, que hacen que los demás se sientan vistos, que tienen ese don particular de escuchar de verdad cuando los demás hablan.
y tenía talento, talento real, no de herencia, una voz propia, un sentido musical que había absorbido de los dos mundos en que creció, pero que había procesado y convertido en algo que era suyo. Y actuaba con una vulnerabilidad en cámara que es muy difícil de enseñar porque viene de adentro o no viene. A los 16 años le dijo a su mamá que quería trabajar, que quería ser actor, músico, artista, no por los apellidos, sino a pesar de ellos, que quería encontrar algo que fuera completamente suyo.
Y Maribel, que entendía mejor que nadie lo que era construirse una carrera desde cero en esa industria, lo apoyó como siempre lo hizo. Las primeras audiciones, los primeros castings, los primeros roles pequeños. El mundo del espectáculo es brutal con todo el mundo, pero con los hijos de famosos tiene una crueldad.
Porque si lo haces mal, la gente dice que el apellido no alcanzó. Y si lo haces bien, la gente dice que fue el apellido el que lo puso ahí. No puedes ganar. Julián aprendió a vivir en ese doble filo desde muy joven. Y luego llegó 2015 y todo cambió. Joan Sebastián llevaba 16 años peleando contra el mieloma múltiple.
16 años de quimioterapia, de recaídas, de anuncios de retiro que él mismo desmentía volviendo a los escenarios porque no podía vivir sin ellos. Sus médicos le habían advertido que si no dejaba de montar caballos, le quedaban pocos años de vida. Y según personas que lo vieron en esa época, él seguía montando a escondidas en el rancho, porque algunos hombres prefieren morir siendo ellos mismos que vivir siendo otra persona.
Julián tenía 20 años cuando su padre se fue, el 13 de julio de 2015 en el Rancho Cruz de la Sierra en Juliantla, Guerrero, rodeado de familia. Y Julián estaba ahí. Lo declaró él mismo con esa honestidad que lo caracterizaba, que su padre murió en sus brazos, que fue el último abrazo. ¿Qué le queda a un muchacho de 20 años después de eso? Después de despedir al hombre que admiras y que te faltó al mismo tiempo, al hombre que fue todo y que no estuvo suficiente, al hombre con quien tenías conversaciones pendientes que ya nunca

van a ocurrir. No hay respuesta a esa pregunta, solo hay lo que haces con ese vacío después. Y lo que Julián hizo fue meterse de lleno en el trabajo, como si el movimiento pudiera evitar que el dolor lo alcanzara. Porque al año siguiente, en 2016, Julián haría algo que pocos hijos se atreven a hacer, algo que lo marcaría de una forma que todavía hoy sus cercanos hablan con cautela.
Le ofrecieron interpretar a su propio padre en la bioserie Por siempre Joan Sebastian, la producción que reconstruiría la vida del poeta del pueblo en televisión. Y el papel que le ofrecieron a Julián era el Joan Sebastian Joven, el muchacho que salía de las montañas de Guerrero cargando sueños más grandes que él mismo.
Julián dijo que sí y esa decisión abrió una puerta hacia adentro de sí mismo, de la que tardó mucho tiempo en salir. Porque meterte en la piel de tu padre, estudiar su historia, sus miedos, sus amores, sus contradicciones, es entrar a un lugar donde muy pocos hijos se atreven a ir. Es ver al hombre detrás del mito.
Y a veces lo que encuentras ahí no te libera, a veces te pesa más. Durante las semanas de preparación, Julián pasó horas viendo entrevistas de su padre, escuchando versiones de canciones que conocía de memoria, pero que ahora escuchaba de otra manera, hablando con gente que había estado cerca de Joan en los años de juventud, buscando al hombre debajo de la leyenda.
Y dicen los que estuvieron en ese proceso con él que hubo momentos muy difíciles, momentos en que Julián encontraba cosas que no esperaba encontrar, decisiones de su padre que entendía como adulto, pero que dolían como hijo, patrones que reconocía, heridas que tenían nombre. ¿Qué siente un hijo cuando estudia a su padre y encuentra que se parece más a él de lo que quisiera? Cuando ve impulsos, las mismas formas de escapar del dolor, las mismas tendencias que admiraba y criticaba al mismo tiempo en ese hombre,
también están en él. Julián nunca respondió esa pregunta en público, pero los que lo vieron durante y después de las grabaciones dicen que salió diferente, más callado, más adentro, como alguien que ha visto algo en un espejo que no esperaba ver y que no sabe bien qué hacer con eso. La bioserie se estrenó.
Julián lo hizo bien. Muy bien. La gente que vio esos capítulos donde él interpretaba a su padre joven habla de una actuación con una autenticidad que no podía ser solo técnica, que venía de algo que Julián conocía por adentro. Y el mundo lo aplaudió y luego siguió adelante, como siempre hace el mundo. Y Julián se quedó solo con todo lo que había removido ese proceso.
Pero lo que se viene ahora en esta historia es donde las cosas se complican de verdad, porque Julián intentó construirse su propia carrera y esa carrera chocó de frente con algo que no esperaba. algo que tenía que ver con el amor, con una mujer, con un hijo y con una familia que se fue desmoronando de adentro para afuera.
Y lo que vino después de eso, nadie estaba preparado. Después de la bioserie, Julián Figueroa intentó hacer algo que muy poca gente con su apellido logra, borrarse a sí mismo. No en sentido literal, sino esa cosa tan difícil de conseguir que es que la gente te vea a ti y no al apellido que traes puesto. que cuando te escuchen cantar piensen en tu voz, no en la de tu padre.
Que cuando te vean actuar vean al personaje, no al hijo de Eso no se logra de un día para otro. Y con Julián, siendo honesto, nunca se logró del todo. Y eso lo sabía él y lo sabía Maribel. Y era una herida que no cerraba. lanzó canciones, trabajó en telenovelas, construyó una presencia en redes sociales que tenía vida propia.
En Instagram la gente lo seguía, lo quería, le dejaba comentarios de aliento, pero en la industria, en los espacios donde se toman las decisiones que importan, Julián siempre era presentado con el mismo prefacio, hijo de Joan Sebastian, hijo de Maribel Guardia. Sus canciones tenían algo. Pídeme fue una de las primeras que lanzó de forma independiente.
Nos cansamos de lo mismo. Fue otra. La gente que las escuchaba decía que sí, que se notaba la sangre, que había algo genuino en esa voz. Pero la industria musical en México es feroz y tiene una memoria muy corta. Y si no llegas con el respaldo adecuado, con el sello adecuado, con la campaña adecuada, puedes tener todo el talento del mundo y quedarte en los márgenes.
Actuó en mi camino es amarte. Participó en otros proyectos de televisión. La gente lo recibía bien, pero nunca explosionó de la manera en que su nombre hacía pensar que podía. Y esa brecha entre lo que el apellido prometía y lo que la realidad entregaba era un espacio en que Julián vivía con una incomodidad permanente.
Lo que muy poca gente habla es que Julián también tuvo momentos en que se preguntó si realmente quería todo eso, si quería la fama, si quería la exposición, si quería vivir en ese mundo de cámaras y reflectores y opiniones públicas sobre cada cosa que hacía, o si lo que quería era algo mucho más simple que nunca iba a poder tener, ser un hombre normal.
Esa pregunta no tiene respuesta fácil cuando creciste donde creció Julián, porque lo normal nunca fue una opción y cuando lo anormal es todo lo que conoces, no sabes ni cómo imaginar otra cosa. Y en medio de todo eso llegó Imelda Tuñón. La historia entre Julián y su pareja es uno de los capítulos más complicados, más dolorosos y más comentados de su vida y también uno de los que más consecuencias tuvo, porque los efectos de esa relación siguen vivos hoy a través de un niño que ya no tiene padre.
Y Melda era bailarina, una mujer joven, con presencia, con carácter propio. Se conocieron en un entorno artístico, en esa zona donde los mundos del entretenimiento se tocan y la gente comparte espacios de trabajo que fácilmente se convierten en otra cosa. Había química desde el principio, eso nadie lo niega.
Los dos tenían energía, los dos tenían intensidad. Los primeros tiempos de la relación fueron lo que son todos los primeros tiempos bonitos, paseos, fotos, esa felicidad de los comienzos que todavía no tiene grietas porque el tiempo no ha tenido oportunidad de hacerlas. Julián la presentó poco a poco en su círculo, la llevó a eventos, habló de ella con la misma intensidad con que hacía todo.
Pero muy pronto aparecieron los primeros problemas. Porque cuando alguien carga una tormenta adentro, esa tormenta no se queda guardada solo para esa persona. Se derrama, moja a todos los que están cerca. Y Julián tenía una tormenta muy grande que no sabía cómo manejar. Las adicciones, el duelo sin resolver, la presión de ser quien era, la dificultad de construir algo propio en un mundo que ya tenía una versión de ti antes de que pudieras crear la tuya.
Todo eso se metía en la relación con Imelda, porque las relaciones no son burbuja, absorben todo lo que los dos traen. Y cuando uno de los dos trae demasiado, el otro termina cargando un peso que no le pertenece. Las personas que conocían a la pareja hablan de una relación con ciclos muy marcados, periodos de mucha intensidad y mucho amor, y periodos de distancia, de discusiones que subían de tono, de reconciliaciones que eran apasionadas pero frágiles.
El ciclo que se repite cuando dos personas se quieren, pero no tienen las herramientas para quererse sin hacerse daño. Y en ese ciclo, Maribel miraba desde afuera con el corazón en la mano. Porque una madre que ha visto a su hijo pelear contra sus propios demonios, no puede estar tranquila cuando ve que la relación de su hijo empieza a amplificar esos demonios en lugar de callarlos, pero tampoco puede meterse porque si se mete el hijo se aleja y si no se mete, sufre viendo.
No hay posición buena en ese tablero. Hubo tensiones entre Maribele y Melda que con el tiempo se harían más visibles. No eran peleas abiertas, no eran escenas públicas, era esa tensión silenciosa entre dos mujeres que amaban al mismo hombre de maneras muy distintas y que tenían visiones muy distintas de lo que era mejor para él.
y Julián en medio, como siempre había estado en medio de todo. Desde que nació había estado en medio de cosas que los adultos no sabían resolver. En 2020 o 2021, dependiendo de la fuente, nació José Julián, el hijo de Julián e Melda. Y ese nacimiento sacudió a Julián de una manera que nada más lo había sacudido antes.
Los que estuvieron cerca en esa época dicen que la paternidad lo cambió, que cuando cargaba a su hijo algo en él se calmaba. Que en esa criatura encontró algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saber que lo buscaba, alguien a quien querer sin condiciones y que lo quisiera de la misma manera. alguien que no supiera nada de apellidos, ni de leyendas, ni de expectativas, que lo necesitara simplemente a él.
Habló de su hijo con una ternura que se desbordaba. En entrevistas, en redes sociales, en conversaciones con amigos. Decía que ser papá era lo más importante que le había pasado en la vida, que quería hacer para su hijo lo que él no había tenido siempre, un padre presente. Eso es lo que quería Julián, romper el ciclo, no repetir, darle a su hijo lo que él echó de menos.
Pero las adicciones no respetan los mejores propósitos y las heridas que no se han sanado de verdad no desaparecen porque tengas un bebé en los brazos. Pueden dormirse un tiempo, pueden callarse, pero están ahí esperando el momento en que las defensas bajen. Julián volvió a recaer más de una vez y cada recaída hacía más difícil la relación con Imelda y más difícil la relación con su mamá y más difícil la relación consigo mismo.
Fue a tratamiento más de una vez. También hubo una internación que la familia vivió con mucha esperanza. en que Julián entró al proceso con una determinación genuina, en que los que lo acompañaban veían avances reales, en que todos los que lo querían respiraron y pensaron esta vez sí. Y por un tiempo fue así.
Hubo meses en que Julián estaba bien, en que se le veía tranquilo, centrado, con proyectos, con planes. Meses en que la relación con Imelda funcionaba mejor, en que la familia estaba junta de una manera que daba esperanza. Pero las recaídas tenían una característica cruel. Llegaban cuando parecía que todo iba bien, cuando la guardia bajaba, cuando el entorno relajaba la vigilancia porque creía que ya estaba, y cada recaída dejaba a Maribel con menos certezas y más miedo.
Ella lo dijo después con esa valentía suya que ya es legendaria, que vivió años con el teléfono pegado al cuerpo esperando una llamada que no quería recibir. que hubo noches en que no podía dormir porque no sabía dónde estaba su hijo. Que hay un tipo de sufrimiento que solo conocen las madres, que han visto a sus hijos perderse y no han podido hacer nada para impedirlo.
Maribel Guardia es una mujer que enfrenta todo con fortaleza. Es parte de quien ella es. Pero hubo momentos en que esa fortaleza se cuarteaba, en que la coraza se abría aunque fuera un instante y lo que asomaba por ahí era una madre aterrada. Y Julián sabía que su mamá estaba aterrada y eso también lo lastimaba.
Saber que eras la causa del sufrimiento de tu madre, aunque no quisiera serlo. Saber que cada vez que caías era otro golpe para ella. Ese tipo de culpa no ayuda a salir del hoyo. Al contrario, a veces lo que hace es empujar más hacia adentro. En 2022 hubo momentos en que Julián parecía estar en uno de sus periodos más estables.
Trabajaba en música, tenía proyectos, se le veía activo en redes con una energía que parecía real. publicaba fotos con su hijo que hacían suspirar a la gente. Un papá joven con una criatura que lo miraba como si fuera el centro del universo. Pero en privado las cosas no estaban tan bien.
La relación con Imelda seguía siendo inestable. Hubo separaciones que no llegaron a ser definitivas, regresadas que tampoco resolvieron nada de fondo. La dinámica entre los dos había desarrollado esas rutas de pelea que las parejas establecen cuando llevan tiempo dañándose sin saberlo. Botones que ya saben cómo presionar, heridas que ya saben cómo abrir.
Y Maribel en el medio de eso, intentando estar presente para su hijo, sin meterse en lo que no era su territorio. Un equilibrio imposible. Porque hay que decirlo, Maribel tenía sus propios miedos sobre la relación de Julián con Imelda. No los expresaba abiertamente, no hacía escenas. Pero los que conocen a Maribel de cerca saben que ella observa todo con unos ojos que no se pierden nada y lo que veía no siempre la tranquilizaba.
En los últimos meses de vida de Julián, los que lo rodeaban notaron algo diferente, no fácil de describir con precisión, pero era como si Julián hubiera llegado a algún tipo de paz interna que antes no tenía. como si hubiera decidido algo adentro de sí mismo, aunque no lo hubiera dicho con palabras. Publicaba cosas en sus redes que algunos interpretaron como lirismo normal de un artista sensible.
Frases sobre la vida que pasa rápido, sobre querer a la gente mientras puedes, sobre las cosas importantes para después. frases que ahora con todo lo que pasó se leen de otra manera. y llamaba a la gente, a amigos que no había hablado en tiempo, a familiares con quienes había tenido distancia, los llamaba, les decía que los quería, se ponía al corriente.
Los que recibieron esas llamadas dicen hoy que en ese momento no le dieron mayor importancia, que pensaron que Julián estaba bien, que estaba en un buen momento, que estaba haciendo las paces con el mundo. Solo después entendieron que quizás era otra cosa. El sábado 8 de abril de 2023, Julián Figueroa cumplió años.
28 había pasado los 27. Había cruzado esa edad que tanto lo había perseguido, esa edad en que murieron sus hermanos Trigo y Juan Sebastián. La edad del llamado club de los 27 que él conocía demasiado bien desde adentro de su propia familia. Hubo festejo, personas cercanas, música, una noche que en las fotos se ve como cualquier cumpleaños.
Julián sonriendo con esa sonrisa suya que era genuina cuando aparecía, rodeado de gente que lo quería. Nadie en esa habitación sabía que era la última noche de su vida. El domingo 9 de abril de 2023, Imelda Tuñón encontró a Julián inconsciente en la habitación. Llamó a emergencias. Llegaron paramédicos, pero ya no había nada que hacer.
El diagnóstico oficial, infarto agudo al miocardio, un corazón joven que simplemente se paró. Pero los que conocían la historia completa de Julián, los que sabían de las adicciones, los que sabían en qué estado llegó a ese cumpleaños, todos se hicieron la misma pregunta en silencio ese día, una pregunta que nadie quería decir en voz alta.
¿Qué papel tuvieron las sustancias en ese corazón que se paró? Maribel Guardia habló meses después, cuando el shock inicial había pasado un poco y podía articular palabras sin quebrarse al segundo párrafo. Habló en entrevistas con una valentía que hay que reconocerle, porque en México el estigma alrededor de las adicciones es enorme y hablar de eso públicamente cuando eres una figura como ella requiere un coraje particular.
dijo que su hijo había tenido una batalla con la adicción, que habían buscado ayuda, que habían intentado todo lo que estaba en sus manos, que lo amaba sin condiciones y que ese amor no había alcanzado para salvarlo, y que quizás hablar de eso podría ayudar a alguna otra familia que estuviera pasando por algo similar.
Esas palabras, esas palabras de una madre que perdió a su único hijo y que en vez de guardarse el dolor para no exponerse, decidió compartirlo por si servía de algo. Esas palabras merecen silencio y respeto. La noticia de la muerte de Julián sacudió al espectáculo mexicano de una manera que pocas muertes recientes lo han hecho.
Y no solo porque fuera hijo de quienes era, sino porque Julián representaba algo. Era alguien joven que estaba construyendo algo. Era padre, era alguien que la gente sentía que estaba apenas empezando. Las redes se inundaron en minutos. Colegas, amigos, personas que lo habían visto actuar una vez y que se sintieron tocadas por algo que no sabían nombrar.
El mundo del espectáculo que suele ser frío y calculador, esa vez se quebró de verdad. Y Maribel Guardia, que es una mujer que enfrenta todo de frente, salió a dar la cara con los ojos rojos, pero la postura firme. Porque así es ella, porque no sabe hacer las cosas de otra manera. Pero lo que no sabía Maribel en ese momento, lo que nadie podía anticipar, era que el dolor más agudo todavía no había llegado, que lo que venía después de la muerte de su hijo iba a ser de una crueldad que ninguna madre debería tener
que atravesar. Porque cuando murió Julián quedó su hijo José Julián, un niño pequeño sin padre. Y ese niño se convirtió en el centro de una guerra que se fue haciendo más pública, más dolorosa, más visible semana tras semana. y Melda Tuñón de un lado, Maribel Guardia del otro, dos mujeres que habían amado al mismo hombre, dos mujeres que amaban al mismo niño y una ausencia en el centro que ninguna de las dos podía llenar, pero que ninguna de las dos podía ignorar.

Y lo que pasó en esa batalla no tiene precedente en la historia reciente del espectáculo mexicano. La batalla por la custodia de José Julián es uno de los capítulos más dolorosos que ha vivido el espectáculo mexicano en los últimos años. Y hay que decirlo así, sin rodeos, porque lo que pasó no fue solo un conflicto legal entre dos familias, fue el desmoronamiento público de algo muy privado, muy íntimo, muy humano, en el peor momento posible.
En el mundo del espectáculo, la gente muere y la vida sigue, las cámaras se van, los titulares cambian, el público olvida. Pero para Maribel Guardia y para Imelda Tuñón, la vida no siguió. Se detuvo en ese domingo de abril y todo lo que vino después fue navegar el dolor mientras el mundo los miraba. El conflicto empezó casi de inmediato.
Antes de que el cuerpo de Julián estuviera enterrado, ya había tensiones sobre quién iba a estar cerca del niño, sobre cómo se iba a manejar la herencia, sobre qué tipo de acuerdos se iban a respetar. Esas conversaciones que ocurren en los pasillos de los funerales cuando el dolor y el miedo y los intereses se mezclan de una manera que nadie controla.
Maribel quería estar cerca de su nieto. Eso era lo único que pedía. Ese niño era lo último que le quedaba de su hijo. Era la continuación de Julián en el mundo. Era la razón de que hubiera algo que valiera la pena seguir haciendo cuando todo lo demás parecía haberse caído. Y Melda, desde su lado, tenía una posición que tampoco se puede descartar sin entenderla.
Ella era la madre. El niño era suyo. Y cuando pierdes a tu pareja y estás en duelo y tienes que seguir siendo mamá y al mismo tiempo lidiar con la suegra más famosa de México pidiéndote parte del tiempo de tu hijo. Eso no es sencillo de manejar. Las primeras fricciones fueron en privado.
Es menor que numeral cero sin conumeral es mayor que Luego llegaron los abogados y luego llegó el momento en que Maribel Guardia decidió que ya no podía callarlo más y lo que dijo sacudió a México entero. Maribel salió a los medios y habló de comportamientos de Imelda que la preocupaban. profundamente en relación con el bienestar del niño.
No entró en detalles escabrosos. No fue a hacer espectáculo. Fue a decir que tenía miedo por su nieto. Y ese miedo en la voz de Maribel Guardia, que es una mujer que no se asusta fácilmente, tenía un peso enorme. Pidió intervención del DIF. Pidió evaluaciones, fue a los juzgados. usó todos los recursos a su alcance para asegurarse de que José Julián estuviera bien y lo hizo públicamente porque dijo que ya lo había intentado en privado y no había funcionado.
Y Melda respondió contundente. Acusó a Maribel de querer controlar, de no aceptar que ella era la madre, de usar su poder mediático y económico para presionarla. dio entrevistas, se defendió y presentó su propia versión de los hechos, que era muy distinta de la que Maribel estaba contando. Y el público mexicano se dividió, como siempre, se divide cuando hay dos versiones de una misma historia y cada quien proyecta en ella sus propias experiencias.
Los que habían perdido a un hijo y entendían a Maribel, los que habían tenido suegras invasivas y entendían a Imelda, los que simplemente seguían el drama, porque el drama es fascinante y aterrador al mismo tiempo. y en el centro de todo, un niño pequeño que no entendía por qué los adultos que lo querían no podían estar en el mismo cuarto sin que el aire se pusiera tenso.
El proceso legal se alargó meses con audiencias, con declaraciones, con peritos, con todo el aparato jurídico que se activa cuando el dinero y la fama están en juego y las dos partes tienen recursos para pelear largo. Y todo eso en los medios, con periodistas cubriéndolo, con opinólogos opinando, con redes sociales convirtiendo cada declaración en tendencia.
Hubo momentos en que Maribel llegó a los juzgados y se encontró con un ambiente hostil. Hubo momentos en que Imelda fue señalada en redes de maneras muy injustas. Hubo momentos en que las dos estaban sufriendo de formas distintas y ninguna podía ver el sufrimiento de la otra porque el propio dolor era demasiado grande.
Y Julián no estaba. Julián, que era el único que podía haber mediado, que conocía a las dos mujeres, que las amaba a las dos a su manera, que podría haber dicho lo que quería para su hijo y puesto fin a todo eso. No estaba. Esa ausencia lo llenó todo. El conflicto fue resolviéndose poco a poco con acuerdos que nunca se hicieron del todo públicos, con negociaciones que costaron más que dinero, con heridas que se acomodaron sin sanar del todo.
El niño siguió creciendo con su mamá. Maribel fue encontrando su lugar en la vida de su nieto de una manera u otra. La vida siguió porque la vida siempre sigue, aunque uno no quiera que lo haga. Pero hay algo más en esta historia que todavía no se ha contado, algo que tiene que ver con lo que Julián era en privado, con lo que la gente que lo conoció de verdad dice de él cuando no hay cámaras.
Porque Julián Figueroa no era solo los titulares, no era solo el hijo de, no era solo la adicción y la muerte joven y el conflicto de custodia, era una persona. Los que trabajaron con él en música dicen que en el estudio era distinto a como era en los eventos públicos, que ahí se quitaba la armadura, que se sentaba frente al micrófono y había una honestidad en lo que daba que era difícil de falsificar, que cuando una canción lo movía se le notaba en todo el cuerpo, que no era uno de esos artistas que graban con cara de
nada y luego van a casa. Era de los que se quedaban a escuchar la mezcla 10 veces, de los que llegaban con ideas a las 2 de la mañana, de los que se enojaban cuando algo no sonaba como lo tenían en la cabeza. un artista de verdad con todo lo bueno y todo lo complicado que eso implica. Y en los últimos meses antes de morir, dicen que estaba componiendo con una intensidad diferente, que tenía canciones que él mismo decía que eran las mejores que había hecho, que hablaba de su próximo álbum con un entusiasmo que contagiaba,
que sentía que por fin estaba llegando a algún lugar. Ese álbum nunca salió. Ese material sigue guardado. La familia tiene canciones inéditas de Julián que el mundo nunca ha escuchado. Y la pregunta de qué hacer con ese material es una de esas decisiones imposibles que no tienen respuesta correcta.
¿Lo publicas y mantienes vivo al artista o lo guardas y proteges al hombre de una exposición que ya no puede controlar? No hay respuesta buena. Lo que sí hay es el recuerdo de las personas que lo conocieron, que lo describen de maneras que se contradicen y que al mismo tiempo son todas verdaderas. Porque los seres humanos somos así, contradictorios, múltiples, imposibles de resumir en un solo párrafo.
Era generoso, eso dicen casi todos, que cuando tenía daba, que no sabía guardarse las cosas, que si alguien cercano necesitaba algo y él podía darlo, lo daba sin pensarlo dos veces. ese rasgo que heredó de Joan Sebastian, que también era así, que también tenía esa generosidad, que a veces se convertía en imprudencia, pero que venía de un lugar genuino.
Era sensible hasta el extremo, lloraba en las películas, se emocionaba con las canciones, recordaba las fechas importantes. Mandaba mensajes a sus amigos en sus cumpleaños, aunque llevaran tiempo sin hablar. Esos detalles pequeños que marcan la diferencia entre alguien que solo piensa en sí mismo y alguien que genuinamente se preocupa por los demás.
Pero también era terco, que cuando se le metía algo en la cabeza era muy difícil sacárselo, que podía ser muy hermético cuando no quería hablar de algo, que tenía una barrera muy bien construida entre lo que mostraba y lo que guardaba, y que esa barrera, aunque lo protegía, también lo aislaba en los momentos en que más necesitaba dejarse ayudar.
Esa barrera lo mató, no de un golpe, poco a poco, con cada cosa que no dijo cuando debía haberla dicho, con cada vez que respondió, “Estoy bien cuando no lo estaba.” Y lo más espeluznante de todo, lo que a sus cercanos les da vueltas todavía, es el número 27. Trigo de Jesús Figueroa. Muerto a los 27. Juan Sebastián Figueroa, muerto a los 32.
Bien, no fue a los 27, pero los otros dos sí. Y Julián 27. tres hijos de Joan Sebastian, dos de ellos muertos exactamente a los 27 años. Esa coincidencia no tiene explicación racional. Y hay personas cercanas a la familia que dicen que Julián lo sabía, que esa edad específica estaba en su cabeza, que cuando cumplió los 27 entró a ese año con una conciencia de él que los demás no tenían.
¿Cómo vives un año entero sabiendo que es el año en que murió tu hermano? Sabiendo que los patrones a veces se repiten aunque no los invites, sintiéndote vigilado por algo que no tiene nombre pero que pesa. Julián pasó ese año, cumplió 28 y murió 31 días después de su cumpleaños. A veces el universo no respeta los alivios y es menor que numeral uno.
Cinco con numeral es mayor que Joan Sebastian perdió a trigo en 2006 y le escribió una canción que se llama Trigo, que dice que con su recuerdo vivirá lo que le reste por vivir, que primero Dios y gracias a su fe se volverán a reunir. una canción para un hijo muerto de un padre que sostuvo a ese hijo en sus brazos mientras se desangraba.
Y ese mismo padre murió antes de que muriera Julián. No pudo escribirle a Julián una canción. No pudo sostenerse ese dolor. Se fue primero. Pero, ¿quién le escribirá la canción a Julián? Quizás la escribirá su hijo, ese José Julián, que ahora mismo es un niño pequeño, que no entiende del todo lo que pasó, pero que con el tiempo entenderá, que crecerá con el peso de dos apellidos enormes y con la ausencia de un padre que lo amaba con todo, aunque no siempre supo cómo demostrarlo.
y que tal vez si alguien a su lado hace las cosas bien, aprenderá que los apellidos son una historia, pero no un destino. Eso es lo que uno espera desde lo más profundo. Porque la historia de Julián Figueroa no debería ser solo una historia de pérdida, debería ser también una historia de todo lo que estuvo bien, aunque duró poco, de todas las veces que tuvo luz genuina.
de ese talento real que tuvo y que el mundo alcanzó a ver aunque fuera a medias, del amor que sintió por su hijo y que dejó grabado en fotos y en videos y en los gestos que la gente que lo rodea recuerda. Fue real, completamente real, con todo lo que implica ser real, las contradicciones, los errores, las grietas y también los destellos.
Y en algún lugar de esa casa, en Cuernavaca, donde creció, en los pasillos del rancho Cruz de la Sierra, donde jugó de niño, en las notas de las canciones que grabó y que todavía están guardadas esperando ser escuchadas. Ahí sigue Julián, como la música que no termina aunque la canción haya parado. Y si hay algo que esta historia nos enseña, es que detrás de cada apellido famoso hay una persona que nadie termina de conocer del todo.
Una persona que carga cosas que no siempre puede mostrar, una persona que a veces necesita que alguien le diga que no tiene que cargar solo. Julián lo necesitó y aunque había gente que lo quería y que lo intentó, no fue suficiente. No porque fallaran, sino porque a veces el dolor es más grande que el amor que lo rodea.
Y eso es la parte más cruel y más honesta de esta historia. Que se amaron, que intentaron, que no alcanzó. Descansa, Julián, en ese lugar donde ya no pesa nada. Y si esta historia te dejó pensando, si sentiste que había cosas que nunca habías escuchado sobre las personas detrás de estas leyendas, entonces no puedes perderte lo que ya está en el canal.
Hay un video que está causando un revuelo enorme. Se llama Lucero rompe el silencio y revela lo que nadie conocía de Juan Sebastian. Y en él se cuentan cosas que llevan años guardadas, cosas que cambian la forma en que uno ve al poeta del pueblo. Lo tienes aquí mismo en el canal, no lo dejes pasar. Yeah.