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La Escandalosa Mansión de Sasha Montenegro y López Portillo

Esa mujer se llamaba Alexandra Asimovic  Popovic, pero el mundo la conoció como Sasa Montenegro y su historia no empieza en México, no empieza en una película de ficheras, no empieza en una mansión de bosques de las lomas. Su historia empieza en un campo de concentración donde asesinaron a su familia, en una ciudad italiana donde nació siendo hija de refugiados yugoslavos, en un barco que cruzó el Atlántico llevándola a Argentina cuando tenía 6 meses en una provincia de Mendoza donde creció sin padre porque el

suyo murió cuando ella era una niña. Y en un vuelo de Buenos Aires a la Ciudad de México, donde una joven de 23 años llegó con una oferta de trabajo en el cine y nunca regresó. Porque la historia de Sasa Montenegro es la historia de una mujer que perdió todo antes de nacer, que nació en un país que no era el suyo, que creció en otro país que tampoco era el suyo, que triunfó en un tercero que la adoptó y la convirtió en símbolos de toda una generación, que se enamoró del hombre más poderoso de México, que fue

su amante durante una década mientras la esposa legítima miraba para otro lado, que le dio dos hijos que nacieron fuera del matrimonio, que esperó a que la primera esposa esposa muriera para casarse con él, que vivió en una mansión que el pueblo de México pagó con sus impuestos, que cobró una pensión millonaria durante 18 años como viuda de un expresidente y que cuando se la quitaron dijo que vivía de negocitos sin revelar cuáles.

Pero para entender como una refugiada yugoslava terminó siendo la amante de un presidente mexicano, hay que empezar donde todo empieza, en el dolor, en la pérdida, en el momento en que la historia de una familia se rompe para siempre y lo único que queda es huir. Bari, Italia, 20 de enero de 1946. La Segunda Guerra Mundial ha terminado hace menos de un año.

Europa es un cementerio que intenta reconstruirse y en un hospital de esa ciudad portuaria del sur de Italia nace una niña que no debería existir porque su familia, la familia Popovic, pertenecía a la aristocracia de Montenegro, la pequeña nación balcánica que formaba parte de Yugoslavia. Y esa familia fue asesinada en un campo de concentración durante la guerra.

Guarda ese dato porque define todo lo que viene después. La madre de Sasa, Silvia Popovic, sobrevivió al exterminio que destruyó a su familia. ¿Cómo lo hizo, nadie lo sabe con exactitud, pero sobrevivió y después de la guerra junto a su esposo Iboginasimovic huyó de Yugoslavia. Llegaron a Italia, se instalaron en Bari y ahí nació Alexandra, la hija de dos refugiados que habían perdido todo.

La hija de una familia aristocrática que pasó de tener nombre, tierra y posición a no tener nada más que la ropa que llevaban puesta y la certeza de que estaban vivos por un milagro que no tenía explicación. Pero Italia tampoco era el destino final. 6 meses después del nacimiento de Alexandra, el 18 de julio de 1946, la familia cruzó el Atlántico en un barco rumbo a Argentina.

como miles de europeos que después de la guerra buscaban en América la paz que Europa no podía darles. Llegaron a Buenos Aires, se instalaron en la provincia de Mendoza y ahí empezó una nueva vida que duraría poco  porque el padre de Sasa, Ibohin, murió en Argentina cuando ella era pequeña.

Las circunstancias de su muerte no están claras en las fuentes públicas. Lo que sí se sabe es que la madre de Sasa, Silvia, se quedó sola con una hija pequeña en un país que no era el suyo, sin familia, sin red de apoyo, sin el hombre que la había acompañado desde Yugoslavia hasta Italia y desde Italia hasta Argentina.

Y Silvia hizo lo que las mujeres solas con hijos hacen cuando no tienen opciones. Se adaptó, se casó de nuevo, esta vez con un empresario argentino adinerado. Y de golpe la vida de la pequeña Alexandra cambió. Pasó de ser la hija de unos refugiados a ser la hijastra de un hombre rico. Pasó de la precariedad a la comodidad.

Tuvo una hermana menor, Andrea Silvia, fruto del segundo matrimonio de su madre. Estudió en Mendoza. Creció entre la cultura argentina y la memoria yugoslava que su madre mantenía viva con historias de una patría que ya no existía como la conocían. Alexandra era hermosa, incluso de niña. Su belleza llamaba la atención. Y cuando creció, esa belleza se convirtió en su pasaporte.

Participó en concursos de belleza, fue modelo. Empezó a aparecer en revistas. La joven yugoslava nacida en Italia y criada en Argentina era una combinación exótica que el mundo del espectáculo sudamericano no podía ignorar. Pero Argentina se le quedó chica, o más exactamente, Argentina no le ofrecía lo que ella quería.

Quería cine, quería fama, quería la pantalla grande. Y en 1969, a los 23 años recibió una oferta de trabajo que cambiaría su vida para siempre. Una oferta de México de la industria cinematográfica mexicana que en ese momento estaba entrando en una nueva era, la era de las ficheras. Alexandra tomó un vuelo de Buenos Aires a la Ciudad de México.

Llegó con una maleta, un acento raro que mezclaba el español argentino con ecos de los Balcanes y la certeza de que no iba a volver. Y no volvió nunca. México se convirtió en su país,  en su hogar, en el escenario donde construiría una carrera que la haría famosa, la haría rica, la haría polémica y la haría la viuda más odiada y más envidiada de la política mexicana.

Lo primero que hizo en México fue cambiar de nombre. Alexandra Asimovic Popovic no cabía en una marquesina de cine. Necesitaba algo más corto, más sonoro, más vendible. Eligió Sasa, el diminutivo servocroata de Alexandra, y Montenegro, el nombre español del país de origen de su familia. Sasa Montenegro, un nombre que sonaba a estrella de cine europeo, pero que se pronunciaba con la facilidad del español mexicano.

Un nombre que se quedaría grabado en la memoria de una generación entera de hombres que iban al cine no por las historias, sino por ella. Empezó con fotonovelas y modelaje. Las fotonovelas eran enormemente populares en México en los años 70. Historias de amor ilustradas con fotografías donde los actores posaban con expresiones exageradas y los diálogos se escribían en globos como en las historietas.

Sasa posaba para esas revistas con una naturalidad que las otras modelos no tenían. Su rostro era diferente. Sus rasgos europeos la hacían destacar en un medio dominado por caras mexicanas. Era exótica, era nueva, era lo que el mercado necesitaba. En 1972 dio su primer paso en el cine con un sueño de amor, una película protagonizada por José José, el príncipe de la canción, que en ese momento era el cantante más popular de México.

Después vinieron las películas del Santo, el luchador enmascarado más famoso del mundo, Santo contra la magia negra en 1973 y Santo y Blue Demon contra el Dr. Frankenstown en 1974. No eran grandes producciones, eran películas de serie B, rápidas, baratas, entretenidas, pero le dieron experiencia frente a la cámara, le enseñaron a moverse, le enseñaron el oficio y entonces llegó 1975 y con 1975 llegó la película que lo cambió todo, no solo para Sasa, para el cine mexicano, Bellas de noche.

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