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La coreana era perfecta… hasta que la mexicana bailó sobre el hielo sin piedad

Roberto tocó a su puerta, entró y se sentó a su lado en silencio. Finalmente, Valeria habló. No puedo ganarle, Roberto. Es demasiado buena. Roberto la miró con esos ojos cansados, pero llenos de sabiduría. Tienes razón. No puedes ganarle siendo como ella, pero puedes ganarle siendo tú. Valeria no entendió. Roberto continuó.

Mingji es perfecta, pero la perfección es fría, es calculada, es aburrida. Tú tienes algo que ella nunca tendrá. Pasión, alma. Cuando tú patinas, cuentas una historia. Cuando ella patina, ejecuta un programa. Hay una diferencia. Valeria se limpió las lágrimas. Quería creer en esas palabras, pero el miedo seguía ahí palpitando en su pecho.

El día de la competencia llegó. La arena estaba llena. Cientos de personas, cámaras de televisión, periodistas de todo el mundo. Esto no era solo un clasificatorio, era un evento, porque todos querían ver a Park Mingi, todos querían ver a la perfección en acción. Valeria estaba en el camerino vistiéndose con su traje de competencia.

Un diseño en verde, blanco y rojo, los colores de México. Escuchó los aplausos afuera. Mingi acababa de salir a calentar. Los gritos de apoyo eran ensordecedores. La mayoría del público era coreano. Habían viajado solo para verla. Valeria respiró profundo. Sentía náuseas. El corazón le latía tan fuerte que pensó que todos podían escucharlo.

Roberto entró al camerino. Es tu turno después de ella. ¿Estás lista? Valeria asintió, aunque no se sentía lista, se sentía aterrada. Salió del camerino y se dirigió al área de espera. Desde ahí podía ver el hielo. Mingi estaba terminando su calentamiento. Cada movimiento era pura gracia. Cuando terminó, el público estalló en aplausos.

Ella sonrió, saludó con la mano y salió de la pista. Al pasar junto a Valeria, Mingji se detuvo, la miró directamente a los ojos y entonces, en perfecto español, dijo algo que heló la sangre de Valeria. Deberías retirarte ahora, ahorrarte la humillación. Valeria se quedó paralizada. Mingji siguió caminando como si nada.

Roberto, que había escuchado todo, apretó el hombro de Valeria. No le des el gusto. Pero era demasiado tarde. Las palabras de Mini habían hecho su trabajo. Valeria sintió que el piso se hundía bajo sus pies. Anunciaron su nombre. Era su turno de calentar. Con piernas temblorosas, Valeria salió al hielo.

El contraste fue brutal. Cuando Mingi salió, el público rugió. Cuando Valeria salió, hubo aplausos educados, corteses, fríos. Empezó a calentar, pero sus movimientos eran tensos. Intentó un triple Axel y casi cae. El público murmuró. Escuchó risas. Risas. En ese momento, Valeria quiso desaparecer. Quiso salir corriendo de ahí y nunca volver.

Pero entonces recordó algo. Recordó porque había empezado todo esto. Recordó a su padre que había muerto cuando ella tenía 18 años, pero que siempre la había apoyado. Recordó sus palabras. Tú no eres como las demás, mi hija. Tú tienes fuego dentro. Terminó su calentamiento y salió del hielo. Ahora venía a la espera. Tenía que ver competir a las otras patinadoras antes de su turno.

Una por una fueron saliendo. Buenas rutinas, pero nada extraordinario. Y entonces llegó el momento que todos esperaban. Park Mingi. La música comenzó. Era una pieza clásica. Chaikowski. Mingji se deslizó por el hielo como si flotara. Perfecta. Su primer salto, un cuadrupletó el loop ejecutado sin error. El público explotó.

Valeria, viendo desde el área de espera, sintió que su corazón se hundía. Mingji continuó su rutina. Triple Axel, perfecto. Combinación triple luz, triple toe. Perfecto. Trompo, perfecto. Seuencia de pasos, perfecta. No había un solo error, ni uno. Cuando terminó su rutina, el público se puso de pie. Ovación cerrada. Los jueces mostraban sus calificaciones.

9.8, 9.9 10 9.9 10. Puntajes casi perfectos. Un total de 156.7 puntos. Un récord para un programa corto en un clasificatorio. Mingji salió del hielo sonriendo. Sabía que había ganado. Todos lo sabían. Valeria tendría que ser perfecta solo para acercarse a ese puntaje. Y ella no era perfecta, nunca lo había sido. Anunciaron su nombre.

De México, Valeria Montes. Valeria caminó hacia la pista. Cada paso se sentía como caminar hacia su ejecución. El público aplaudió, pero era un aplauso tibio. De compromiso, llegó al centro del hielo. Roberto le gritó desde las gradas. Tú puedes, Valeria, muéstrales quién eres. Valeria cerró los ojos, respiró profundo y entonces algo cambió.

Algo dentro de ella se encendió. No iba a ganar. Lo sabía. Mingji era demasiado buena, pero si iba a perder, perdería dando todo, absolutamente todo. La música comenzó. Había elegido una pieza mexicana, la llorona en versión instrumental, una elección arriesgada. Los jueces preferían música clásica europea, pero a Valeria ya no le importaba lo que preferían los jueces.

Iba a hacer esto a su manera. Los primeros compases sonaron. Valeria se movió y algo pasó. algo que nadie esperaba. Se olvidó de la técnica perfecta, se olvidó de los puntajes, se olvidó de Mingji y simplemente bailó. Bailó como si estuviera en su sala de entrenamiento en México, donde nadie la veía, donde podía ser ella misma.

Su primer salto, un triple luts, lo ejecutó con una pasión que hizo que el público prestara atención. No fue técnicamente perfecto, pero tuvo alma. Continuó su rutina. Cada movimiento contaba una historia. La historia de la llorona, la mujer que perdió todo y ahora vaga buscando redención. Valeria era la llorona. Cada giro, cada salto, cada segundo en el hielo era dolor y esperanza mezclados.

El público comenzó a reaccionar, no como con Mingi. Era diferente, más visceral, más emocional. Valeria ejecutó su combinación triple flip, triple toe. No fue perfecta. El aterrizaje del segundo salto fue un poco forzado, pero siguió. Su trompo fue hermoso, girando con los brazos extendidos, la falda de su vestido ondeando, y entonces llegó su secuencia de pasos.

Aquí es donde Valeria brillaba. Se movía por el hielo con una intensidad que pocos patinadores podían igualar. Rápida, precisa, apasionada. El público estaba enganchado. Ya no era un aplauso educado, era genuino. La música llegó a su clímax. Valeria preparó su último salto, un triple Axel, el salto más difícil que intentaría.

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