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La Canción Que Raphael Escribió Para Él… Y Que Acabó Siendo Para Todos Los Que No Podían Hablar

A los 9 años gana el premio a la mejor voz  infantil de Europa en el festival de Salzburgo en Austria, 9 años. mejor voz infantil de Europa. Piensa en lo que  significa eso. Un niño de un barrio obrero de Madrid, hijo de un trabajador de la construcción, siendo reconocido en Austria como la  mejor voz del continente.

Pero volver a casa después de eso no cambia nada. Siguen siendo pobres, siguen viviendo en el mismo piso, siguen comiendo lo que hay, excepto que ahora hay algo más, una certeza, una dirección. Una voz que sabe que tiene que ir a algún sitio. Los escolapios lo descubren. Le ofrecen comida a cambio de que cante en  el coro del colegio.

Comida a cambio de cantar. Así empieza la carrera del artista  que décadas después venderá más de 70 millones de discos. A los 16 años firma su primer  contrato profesional con la discografica Philips. Se le ocurre una idea para su nombre artístico, la Fage de Philips. La misma  grafía que la discográfica, una manera de diferenciarse, de ser reconocible en cualquier idioma. Rafael con PS.

Y aquí empieza algo que es importante  entender para comprender todo lo que viene después. Rafael desde  el primer día es diferente, no diferente en el sentido vago de que todo el mundo es único, diferente de verdad, completamente  diferente a todo lo que existía en la España musical de principios de los años 60.

Los artistas  de aquella época tenían un molde. Cantaban de cierta manera, se movían de cierta manera, se comportaban de cierta manera sobre el escenario que el público reconocía y esperaba. Rafael no cabe en ese molde. Cuando Rafael canta, actúa, no se  limita a estar de pie con un micrófono en la mano. Su cuerpo entero participa.

Sus manos, su cara, sus ojos que se cierran y se abren con la intensidad de quien está  viviendo cada nota desde dentro. sus brazos que se extienden como si quisiera abarcar al público  entero. Su bosque sube y baja y se quiebra y se recupera con una precisión que no parece humana. No es  solo un cantante, es un intérprete total.

Y eso en  la España de principios de los 60 desconcertaba a mucha gente porque era demasiado, demasiado expresivo, demasiado apasionado, demasiado todo. Y cuando algo es demasiado en una sociedad que tiene muy claro  lo que un hombre debe ser y lo que no debe ser, empiezan las preguntas, las miradas, los comentarios,  los rumores.

¿Te suena ese mecanismo? el de señalar lo que no encaja en el molde. En aquella España de Franco, la masculinidad  tenía unos límites muy claros y muy estrechos. El hombre bebía vino, comía callos, decía tacos y no mostraba sentimientos en público, no lloraba, no se emocionaba demasiado, no gesticulaba demasiado.

Y si lo hacías, la gente empezaba a preguntarse cosas. Rafael era de Linares, hijo de un obrero, pero encima del escenario era todo lo contrario de ese modelo. Era emoción pura, era entrega absoluta, era un hombre que se permitía sentir en público y mostrarlo sinvergüenza. En 1962, con 19 años,  gana el festival de Benidorm. No una vez, tres veces.

se lleva el primer, el segundo  y el tercer premio. Eso no había pasado nunca, que un solo artista se llevara los tres primeros puestos del mismo festival. España empieza a fijarse en él y los rumores también empiezan a fijarse en él porque Rafael no cambia, no se adapta al molde, no domestica  su manera de actuar para que nadie tenga preguntas.

Sigue siendo exactamente quién es. encima del escenario y fuera de él. Y en la España de aquella época eso tenía consecuencias. Hay que entender lo que significaba en ese momento que alguien señalara un hombre con esos rumores. La homosexualidad no era solo malvista, era ilegal. La ley de vagos y maleantes, promulgada en 1954  incluía explícitamente a los homosexuales entre los perseguidos por el Estado.

Después vendría la ley de peligrosidad social de 1970,  que lo señalaba como una amenaza para la sociedad. Podías perder tu trabajo si tu jefe se enteraba. Tu familia podía darte la espalda. Los  vecinos podían dejar de hablarte. Podías acabar en la cárcel. En algunos casos, el estado te enviaba a centros de internamiento donde te sometían a tratamientos que hoy reconocemos como tortura, pero que entonces se llamaban terapia.

En las ciudades pequeñas,  en los barrios obreros, en la España profunda de aquella época, un rumor de ese tipo  podía destrozar una vida entera, la tuya y la de tu familia. Los rumores no eran solo cotilleos inofensivos que se dicen y se olvidan. En aquella España los rumores podían destrozar una vida de verdad.

¿Entiendes ahora el peso de lo que Rafael estaba enfrentando? No era una incomodidad, era una amenaza real, una amenaza que en aquella época tenía consecuencias concretas y devastadoras para las personas a quienes alcanzaba. Y Rafael lo sabía perfectamente. No era ingenuo. No era un niño que no entendía lo que pasaba a su alrededor.

Era un joven que había crecido en Madrid, que conocía perfectamente las reglas de aquella sociedad, que sabía exactamente qué se esperaba de él y qué consecuencias podía tener no cumplir esas expectativas. Y aún así no cambió, no bajó la intensidad,  no domesticó su manera de actuar, no renunció a ser quien era sobre el escenario,  porque Rafael tenía algo muy claro desde el principio, algo que  muy pocas personas tienen tan claro, tan joven, que lo que hacía sobre el escenario  no era una performancia escalculada, no

era un personaje inventado para llamar la atención, era él. Era simplemente la manera en que la música salía de su cuerpo, la única manera en que sabía hacerlo de verdad y renunciar a eso hubiera sido renunciar a todo lo que era. En 1966, España lo elige para representar al país en Eurovisión.

El festival de Eurovisión de ese año se celebra en Luxemburgo. Rafael canta, Yo soy aquel y queda séptimo. El año siguiente vuelve con Hablemos del amor y queda sexto. No gana,  pero algo pasa en esos dos festivales que cambia todo para siempre. Europa lo ve y Europa no tiene los  mismos prejuicios que la España de Franco.

Europa ve a un artista extraordinario, a una voz que no se parece a ninguna otra que hayan escuchado, a una manera de actuar sobre el escenario  que hipnotiza a cualquiera que la ve y le aplaude sin hacer preguntas sobre lo que debe ser o no debe ser un hombre. En Europa, Rafael es sencillamente  un artista excepcional.

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