Julio llegó a La Habana el 15 de marzo de 1987. El aeropuerto José Martín lo recibió con calor húmedo y con guardias armados. Un convoy lo llevó al hotel nacional, el hotel de los famosos, donde habían dormido Hemingway, Sinatra, Churchill, antes de la revolución. Ahora era un museo de lo que fue, elegante, pero deteriorado, hermoso, pero triste.
Como toda Cuba, Julio tuvo dos días libres antes del concierto. Caminó por la Habana con guardaespaldas, pero caminó. Vio los edificios coloniales derrumbándose lentamente. Vio los coches americanos de los años 50, todavía funcionando por milagros de mecánica. vio a la gente, gente que lo reconocía, que susurraba su nombre, que le sonreía desde lejos, pero que no se acercaba, porque había ojos vigilando.
Siempre había ojos vigilando. Una noche, en un bar del malecón, un hombre se sentó junto a él, viejo, rostro curtido por el sol, manos de trabajador. “Ustedes, Julio Iglesias”, dijo en voz baja. “Sí, mi esposa escucha sus canciones. Tenemos una radio. Cogemos Miami por las noches, cuando no hay interferencia. Es peligroso, pero lo hacemos porque su música nos hace olvidar.
Olvidar que el hombre miró alrededor verificando que nadie escuchaba. Olvidar que estamos presos en nuestra propia isla. Olvidar que nuestros hijos se fueron en balsas. Olvidar que no tenemos nada, solo música y esperanza de que algún día no terminó la frase, se levantó, desapareció. En la noche, Julio se quedó solo mirando el mar, pensando en lo que había escuchado y en lo que diría cuando viera a Castro.
La noche antes del concierto, Castro organizó una cena de gala, Palacio de la Revolución, 300 invitados, la élite del régimen. Julio fue colocado en la mesa de honor a 3 m de Castro. La cena comenzó cordial. Brindis por la cultura, brindis por la amistad hispanocubana, brindis por el arte.
Castro hablaba con todos, encantador, carismático, el seductor que había conquistado a medio mundo. Pero Julio notaba algo. Los ojos de Castro volvían a él una y otra vez, evaluando, calculando, esperando. A las 10 de la noche, Castro se levantó. El salón guardó silencio. Compañeros, esta noche tenemos un invitado especial. Aplausos educados.
Julio Iglesias, el cantante más famoso del mundo. Más aplausos. Un hombre que ha vendido 300 millones de discos, que ha cantado para reyes y presidentes, que vive en Miami. Castro hizo una pausa. Miami, la ciudad de los que traicionaron a Cuba. El tono había cambiado. Julio Iglesias, hijo de un médico de Franco criado en la España fascista, producto del capitalismo más salvaje. El silencio era ahora tenso.
Dime, Julio. Castro caminó hacia él. ¿Cómo se siente ser una marioneta? Una herramienta de los que explotan a los pueblos. ¿Cómo se siente cantar sobre el amor? Mientras millones mueren de hambre por culpa del sistema que tú representas, 300 pares de ojos miraban a Julio esperando. Castro estaba a un metro mirándolo desde arriba.
Eres un producto, Julio, un producto capitalista. Te fabricaron para vender sueños falsos. Amor de plástico para masas dormidas. ¿Qué tienes que decir? Julio se levantó lentamente con calma caminó hacia Castro hasta quedar frente a él. Comandante, ¿puedo responderle? Habla, pero permítame hacerlo con una pregunta.
¿Una pregunta? Sí, una pregunta que nadie le ha hecho en 30 años. El silencio era absoluto. 300 personas contenían la respiración. Julio miró a Castro a los ojos. Comandante, usted dice que yo vendo sueños falsos, que mi música es un producto capitalista, que soy una marioneta. Puede que tenga razón, no lo sé, pero tengo una pregunta.
Castro esperaba curioso a pesar de sí mismo. ¿Cuándo fue la última vez que usted escuchó música? Perdón, música. No himnos revolucionarios, no discursos, música. Una canción que le tocara el corazón, que le hiciera olvidar que es el comandante, que le recordara que es un hombre, solo un hombre, con miedos, con sueños, con pérdidas.
¿Cuándo fue la última vez? Castro no respondió. Yo se lo digo, comandante, fue hace mucho tiempo porque usted dejó de ser un hombre hace 30 años. Se convirtió en un símbolo, en una idea, en una revolución, pero perdió algo en el proceso. Perdió la capacidad de sentir, de llorar por algo que no sea política, de amar sin estrategia.
El salón estaba petrificado. Nadie hablaba así a Castro. Nadie. Usted me llama marioneta, continuó Julio. Pero yo puedo hacer algo que usted no puede. Puedo sentarme en un bar y hablar con un desconocido. Puedo caminar por la calle sin guardaespaldas. Puedo enamorarme sin preguntarme si es una trampa. Puedo cantar sobre el amor porque todavía creo en él.
¿Y usted comandante, ¿en qué cree? ¿En la revolución? ¿En el poder? ¿O este ya no cree en nada? Castro lo miraba sin expresión, pero algo había cambiado en sus ojos. Soy un producto capitalista. Tiene razón, pero mis canciones hacen algo que su revolución no puede. Hacen feliz a la gente por 3 minutos. 3 minutos de paz, de amor, de esperanza.
¿Qué ofrece usted, comandante? Discursos de 6 horas, promesas de un futuro que nunca llega. Miedo. Julio hizo una pausa. Anoche caminé por la Habana. Vi su revolución. Edificios cayéndose, gente con hambre, ojos vacíos. Y escuché algo. Un hombre me dijo que escucha mi música en radios clandestinas porque le hace olvidar. Olvidar que está preso en su propia isla.
Ese hombre es la prueba de que su revolución fracasó, no la mía. El silencio era ensordecedor. Julio miró alrededor 300 rostros en shock, ministros, generales, todos esperando que Castro explotara. Pero Castro no explotó. Hizo algo que nadie esperaba. Se rió. La risa de Castro llenó el salón. No era una risa de burla, era algo más, algo que nadie había escuchado en mucho tiempo. Genuina Julio Iglesias.

Castro lo miró con nuevos ojos. Eres el primer hombre en 30 años que me dice la verdad. La verdad, todos aquí. Castro señaló a los 300 invitados. Me dicen lo que quiero escuchar. Comandante, la revolución VI nz.com, comandante el pueblo. Comilla, comandante, usted es el más gr a n pun comilla. Mentiras, mentiras cómodas.
Pero tú, tú viniste a mi casa sabiendo que podía destruirte y me dijiste que mi revolución fracasó. En mi cara, Castro caminó en círculo alrededor de Julio. Tienes razón. Perdón, tienes razón. Hace 30 años que no escucho música. Hace 30 años que no soy un hombre, solo soy esto.