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JULIO CÉSAR CHÁVEZ: La OSCURA VERDAD que guardó por 30 años

La terquedad de Julio César Chávez fue lo mejor y lo peor de él. Cuando Julio César Chávez llegó a las peleas de aficionados en los primeros años de su carrera, ya había algo en él que los entrenadores reconocen de inmediato, pero que no siempre saben cómo explicar. una condición, no velocidad pura, [música] aunque era rápido, no pegada brutal, aunque pegaba fuerte, sino algo más específico y más raro.

La capacidad de absorber castigo y seguir avanzando como si el castigo no existiera, como si el dolor fuera simplemente información que el cerebro procesa y descarta, mientras el cuerpo sigue haciendo lo que tiene que hacer. En el boxeo eso se llama quijada. Y Julio César Chávez tenía la quijada más sólida de su generación, pero había algo todavía más importante que la quijada.

El motor, la capacidad aeróbica, la resistencia, la posibilidad de pelear 12 rounds con la misma intensidad en el dúo [música] décimo que en el primero. Eso no viene del entrenamiento, solo el entrenamiento lo desarrolla, pero tiene que haber una base genética que lo permita. Julio tenía esa base y sobre esa base construyó uno de los estilos más reconocibles y más [música] efectivos del boxeo moderno, el depresión constante, trabajo al cuerpo implacable y el [música] tipo de presencia en el ring que hace que el rival, aunque no esté perdiendo en el marcador, sienta

que está perdiendo algo más importante. La voluntad. Julio César Chávez fue el boxeador más efectivo de su era en quitarle la voluntad a los rivales, no con un solo golpe, con 30 rounds de golpes al hígado que se acumulan hasta que el cuerpo del rival sencillamente no puede responder más.

Y hay algo que los que no conocen el boxeo de cerca no siempre aprecian sobre ese estilo, que es el más difícil de ejecutar, no el más vistoso, ni el más técnico, ni el más espectacular en el momento, sino el más difícil, porque requiere la combinación más exigente de atributos físicos y mentales [música] que el boxeo demanda.

Requiere aguante, requiere paciencia, requiere la voluntad de recibir para poder dar. requiere no desesperarse cuando el rival está ganando en el marcador en los primeros rounds. Requiere confiar en el plan cuando el plan todavía no da resultados visibles. Julio tenía todo eso y lo tenía de una manera que en 12 años de profesionalismo ningún rival encontró la manera de combatir efectivamente.

Eso es lo que hace que hablar de Julio César Chávez en términos meramente deportivos [música] sea siempre insuficiente porque lo que hizo en el ring fue tan extraordinario, tan sistemático, [música] tan consistente a lo largo de tanto tiempo, que para entenderlo completo hay que entender también lo que ocurría fuera del ring.

Y lo que ocurría fuera del ring es la historia que este video cuenta. El primer cinturón llegó en 1984. supercampeón pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Julio César Chávez tenía 21 años y ya era campeón mundial. Y en ese momento, si le hubieran preguntado a cualquier persona que lo conocía desde niño, que lo había visto crecer en Ciudad Obregón, [música] que había visto su terquedad y su motor y su quijada, todos habrían dicho lo mismo.

Este [música] muchacho no va a parar aquí. Tenían razón. En 1987 ganó el cinturón ligero del CMB. En 1989 ganó el superligero del mismo organismo. Tres categorías, [música] tres títulos mundiales, tres cinturones que llegaron con el mismo patrón, preparación brutal, dominio en el ring [música] y la confirmación de que lo que había empezado en Ciudad Obregón no era un accidente, [música] sino el producto de algo que se construye durante años con trabajo y con hambre.

Y el país lo siguió en cada paso, no de manera tibia, de manera masiva, de la manera en que solo las figuras que encarnan algo más grande que ellas mismas generan adhesión en la gente. Porque Julio César Chávez en el apogeo de los años 80 y principios de los 90 no era solo un boxeador, era un fenómeno cultural de primera magnitud.

Era la figura más reconocible del deporte mexicano en el ámbito internacional. era el nombre que aparecía en los periódicos deportivos del mundo con la misma regularidad con que aparecían los de los [música] grandes del fútbol o del béisbol. Y en la televisión mexicana de los años 80 y 90, una pelea de Julio César Chávez [música] no era un evento deportivo, era un acontecimiento nacional.

Se detenía el tráfico, se vaciaban los restaurantes, las familias se reunían alrededor del televisor con la misma solemnidad con que en otras épocas se reunían alrededor del radio para escuchar las noticias más importantes. Y cuando Julio ganaba, que era siempre o casi siempre, el país entero explotaba en las colonias populares y en los fraccionamientos residenciales, [música] en el norte y en el sur y en el centro.

en las ciudades grandes y en los municipios pequeños, donde no había más de una televisión por calle, y donde todo el barrio se juntaba en la casa del que tenía el mejor aparato para ver a Julio. Esa era la dimensión de Julio César Chávez en su mejor época, una dimensión que ya no cabe fácilmente en el mundo actual de las redes sociales [música] y la atención fragmentada y los 1000 contenidos compitiendo al mismo tiempo.

En los años 80 y principios de los 90, cuando los [música] mexicanos querían ver algo que los representara al más alto nivel mundial, prendían la televisión y veían a Julio pelear. [música] Y Julio lo sabía. Y eso eso de saber que millones de personas depositan en ti su orgullo, su identidad, su necesidad de ver que alguien de donde vienen puede llegar a lo más alto.

Es lo más pesado [música] que un ser humano puede cargar. Más pesado que los guantes, más pesado que cualquier rival, más pesado que la pobreza de donde vino. Porque la pobreza te aplasta hacia abajo, la fama te aplasta desde arriba. y los dos son igual de pesados cuando los cargas solo. [música] Julio César Chávez cargó ese peso durante 12 años y ese peso, aunque nadie lo veía desde las tribunas, [música] empezó a dejar marca mucho antes de que el país se diera cuenta.

[música] En 1990 ocurrió lo que muchos aficionados al boxeo llaman la pelea de la década. Julio César Chávez contra Meldrich Taylor. Las Vegas, [música] Nevada. 17 de marzo de 1990, Meldrick Taylor era el campeón mundial de las 140 libras por la Federación Internacional de Boxeo [música] Olímpico en los Juegos de Los Ángeles en 1984.

Rápido, [música] elegante, con un estilo completamente opuesto al de Julio. Movimiento lateral, jap preciso, volumen de golpes, velocidad para entrar y salir antes de que el rival pueda responder. Y era el tipo de rival que en teoría complica más a alguien como Julio, porque el estilo de Julio, presión constante, trabajo al cuerpo, atrapar al rival contra las cuerdas funciona mejor cuando el rival se queda quieto lo suficiente como para que esa presión llegue. Taylor no se quedaba quieto.

Taylor era [música] exactamente lo contrario de quedarse quieto. La pelea que esas dos características [música] deberían haber producido era una de esas peleas técnicas y largas donde el boxeador de movimiento gana por puntos [música] y el depresión necesita el knockout para revertirlo. Eso era lo que todo el mundo esperaba.

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