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Juan Gabriel: Por ESTO Escondió a Su Único Hijo Biológico Durante 26 Años. Nevada Guardó el Secreto

Cuando él todavía era un bebé, su padre, preparando un terreno para sembrar, prendió un fuego que se salió de control. Las llamas se comieron varias hectáreas. El hombre descompuesto por la culpa, intentó tirarse al río para acabar con todo. Lo salvaron, pero algo se había quebrado por dentro. Lo internaron en La Castañeda, el hospital psiquiátrico más famoso y más temido de la Ciudad de México de aquella época.

Nunca volvió a salir. Algunos dicen que murió ahí, otros que se escapó. La familia en los Hechos nunca supo cuál fue su destino final. Eso lo confirma su propia hermana Pablo Aguilera, el único hermano que todavía vive y está documentado en la biografía autorizada de Eduardo Magallanes y en la miniserie de Netflix sobre la vida del cantante.

Guarda esa imagen. Un niño chiquito en Michoacán sin padre. Una madre cargando sola con 10 hijos, cuatro de los cuales murieron en la infancia. Una madre que, según declaraciones del propio Juan Gabriel grabadas en el documental Debo, puedo y quiero, también había trabajado como empleada del hogar. Guarda esa palabra, empleada del hogar.

Volverá a aparecer en esta historia de una forma que te va a estremecer. Cuando Alberto tenía 5 años, su madre tomó una decisión que él arrastró toda la vida. Lo internó en la escuela de mejoramiento social para menores. No porque fuera mal niño, porque no podía mantenerlo. Ahí pasó 8 años lejos de su mamá, lejos de sus hermanos, aprendiendo a vivir solo.

En ese internado conoció a Juan Contreras, un maestro de ojalatería que le enseñó a tocar la guitarra y que se convirtió, según las propias palabras del cantante en muchas entrevistas, en algo parecido a un padre. Años después, cuando Alberto se inventó un nombre artístico, [música] escogió Juan Gabriel, Juan por el maestro Contreras, Gabriel por el padre que perdió antes de poder recordarlo.

Esa decisión es importante porque toda su vida Juan Gabriel construyó su identidad uniendo a los hombres que le faltaron. Cuando llegó la hora de ser padre él mismo, esa herida no se había cerrado. Tras escaparse del internado a los 13 años, Alberto vendió artesanías con contreras. Luego volvió con su madre a vender burritos en Ciudad Juárez.

En 1968 con 18 años intentó probar suerte en California, Tijuana, Ensenada, Rosarito, Lake Elsinor. No lo conoció nadie. regresó con las manos vacías. Pero en Ciudad Juárez había un bar pequeño, modesto, donde lo dejaron cantar. Se llamaba el Noa Noa. Ese nombre, años más tarde, lo convertiría en el título de una de las canciones más populares de la música popular mexicana.

Y en 1971 todo se acomodó, pero antes de eso hubo un infierno. Lo voy a decir rápido porque ya hay videos enteros sobre esto, pero necesitas tenerlo en la cabeza para entender lo que viene. Alberto Aguilera fue detenido en la Ciudad de México, acusado falsamente de robo. Lo metieron a la cárcel de Lecumberry.

Esa cárcel temible que los mexicanos de tu edad recuerdan bien, ¿verdad? que tú te acuerdas de Ecumberry, la cárcel del Palacio Negro, la que salía en las noticias, la que asustaba hasta el apellido. Ahí estuvo 18 meses. Lo salvó la cantante Enriqueta Jiménez, conocida como La Prieta Linda, que se metió a hacer trámites por él hasta que lo sacaron.

Ese año salió Lecumberry y ese mismo año, 1971 le dieron un contrato en RCA Víctor, 21 años, sin foto, sin ceremonia, sin publicidad. Lo firmó Eduardo Magallanes que años después en entrevista con el Financiero, lo describiría como un cheque al portador con éxito garantizado. A los pocos meses sale su primer éxito, no tengo dinero.

El título de la canción, irónicamente, describe exactamente lo que él era hasta ese momento. Y eso es algo que volverá a aparecer. Cuántas veces el título de una canción de Juan Gabriel terminó siendo, sin que nadie lo notara, una autobiografía disfrazada. 3 años después, en 1974, su madre murió. 27 de diciembre. Faltaban 10 días para que él cumpliera 25 años.

Cuando murió, siempre hablaba de ella y platicaba con mucha nostalgia porque ya no estaba. Esa frase está en una grabación que se conserva del propio cantante, incluida en el documental de Netflix. Y aquí empieza el divo de Juárez. Las décadas de los 70 y los 80 lo encuentran convirtiéndose en lo que tú, amiga, que estás escuchándome ahora, recuerdas perfectamente.

La voz que sonaba en tu radio mientras lavabas los trastes. El hombre del traje brillante con plumas y lentejuelas que llenaba los palenques y los auditorios de toda Latinoamérica. El compositor que escribió, “Querida, amor eterno, hasta que te conocí, inocente, pobre amigo, yo no nací para amar. 18 canciones.

Más de 150 millones de discos vendidos en todo el mundo según las estimaciones más conservadoras. Bellas Artes lo recibió tres veces. Lo amaron todos, las abuelas, las madres, las hijas, los hombres que nunca lo iban a admitir en voz alta, pero que también lloraban con sus canciones. Lo amaron en México, en Estados Unidos, en Centroamérica, en Sudamérica, en España.

Tú llegabas de trabajar, prendías la televisión y ahí estaba él en un especial de siempre en domingo o en Very Very Veraniego en tu sala. casi como si fuera de la familia. Pero detrás de ese hombre que abrazaba los micrófonos como si fueran un cuerpo, había una maquinaria y esa maquinaria es el verdadero personaje de esta historia.

La industria del entretenimiento mexicana en las décadas de los 70, 80 y 90 a lo que es hoy. Las grandes disqueras controlaban quién grababa y quién no. Televisa decidía qué cara aparecía en los hogares de 40 millones de mexicanos cada noche. Y la prensa rosa, esos programas de chismes y esas revistas que tú comprabas en el puesto de la esquina eran parte del mismo aparato.

Nada salía al aire sin que alguien lo aprobara. Nada se publicaba sin que alguien diera el visto bueno. Y todo lo que pudiera dañar la imagen de un artista que generaba millones simplemente desaparecía. Así funcionaba la industria del divo. Y así operó durante cuatro décadas con un cuidado quirúrgico, porque Juan Gabriel cargaba con un secreto que toda esa maquinaria sabía y nunca dejó que él pudiera nombrar en voz alta su sexualidad.

En 2002, en una entrevista famosísima con Fernando del Rincón, el periodista le preguntó directamente, “¿Dicen que es gay? Juan Gabriel es gay.” Y la respuesta del cantante fue una frase que se quedó tatuada en la cultura popular mexicana. Lo que se ve no se pregunta. Cuatro palabras. Una vida entera disfrazada de evasión.

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