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JOSE MANUEL FIGUEROA REVELA el SECRETO que OCULTÓ durante 25 AÑOS Sobre su Padre JOAN SEBASTIAN

La forma en que lo contó José Manuel fue escalofriante. Dijo que su padre llegó a la casa al día siguiente, todavía oliendo a alcohol y sudor de caballo. Se sentó en la mesa de la cocina y se quedó mirando al vacío durante horas sin decir una palabra. Cuando José Manuel le preguntó qué pasaba, Joan solo atinó a decir: “Me dejé llevar, mi hijo, y ahora voy a tener que arreglar un desmadre que no sé ni por dónde empezar.

Para recuperar ese rancho, Joan tuvo que venderle dos canciones inéditas a un tipo del que nadie habla abiertamente, alguien muy cercano al cártel de los Beltrán Leiva, un hombre conocido en el ambiente como el licenciado, un personaje que supuestamente tenía debilidad por la música de Joan y le ofreció un trato extraño, las canciones a cambio de borrar la deuda y devolverle la propiedad.

Joan aceptó sin pensarlo dos veces porque no tenía opción. Esas canciones nunca fueron registradas oficialmente, nunca aparecieron en ningún disco y mi padre me dijo que probablemente están circulando en el mercado negro del narco, en fiestas privadas, en corridos que nunca van a salir a la luz. José Manuel hizo una pausa larga en este punto.

Se notaba que lo que venía le costaba trabajo decirlo. El conductor aprovechó para preguntarle si Joan había tenido más tratos con gente del crimen organizado. La respuesta fue tan directa que dejó helado a cualquiera que estuviera viendo. Mi padre no era narcotraficante, eso hay que dejarlo claro, pero vivió en un México donde si eres famoso, si tienes dinero, si tienes ranchos, inevitablemente te van a buscar.

Y él cometió el error de decir que sí a cosas que debió haber rechazado desde el principio. Y ahí fue cuando entró el tema de trigo. José Manuel cambió completamente de tono al hablar de su hermano asesinado. Todo el mundo conoce la versión oficial, un fanbrio que disparó tras ser rechazado por el equipo de seguridad en un concierto en Texas.

Pero José Manuel asegura que eso fue solo la mitad de la historia. La mitad que le conviene a mucha gente mantener en el olvido. Trigo había descubierto algo muy cabrón. Encontró documentos, contratos raros, facturas infladas, todo un sistema que estaba usando los ranchos de mi papá para lavar dinero sin que él lo supiera completamente.

Trigo confrontó a su padre con las pruebas una tarde en el rancho de Juliantla. José Manuel recuerda ese día porque él estaba ahí. Vi como mi hermano le puso los papeles enfente a mi papá y le dijo, “Te están usando, te están metiendo en un problema que no es tuyo.” Y mi papá se puso furioso.

Le gritó que se olvidara de eso, que no se metiera donde no lo llamaban, que esas cosas se arreglaban solas, pero trigo no era de los que se quedaban callados. Dos semanas después, trigo estaba muerto y el supuesto asesino nunca fue capturado, nunca hubo un juicio, nunca hubo detenidos, nunca hubo justicia. Mi padre supo desde el primer momento quién estaba detrás.

No me dijo nombres completos, pero me dejó entender que el disparo que mató a trigo fue un mensaje directo para él. Deja de hacer preguntas y sigue con tu vida como si nada hubiera pasado. José Manuel se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Mi papá vivió con esa culpa hasta el día de su muerte.

Se tragó el dolor, fingió que creía la versión oficial. Siguió cantando como si no pasara nada, pero por dentro se estaba muriendo porque sabía la verdad y no podía hacer nada con ella. Si hablaba, nos mataban a todos. Si denunciaba, perdía todo lo que había construido y además nos ponía en peligro.

El conductor preguntó si Joan alguna vez pensó en vengarse. José Manuel negó con la cabeza, “No era venganza lo que quería, era justicia. Pero la justicia en este país no existe cuando te enfrentas a gente con tanto poder, tanto dinero, tantas conexiones. Mi papá lo entendió y decidió que lo mejor era protegernos a los que quedábamos vivos.

Y entonces vino lo de Juan Sebastián, el otro hermano asesinado. José Manuel contó algo que nunca se había dicho públicamente. Su padre recibió una llamada anónima tres días antes de que mataran a Juan, una voz distorsionada que le dijo textualmente, “O te alineas con nosotros o vas a perder otro hijo.” Joan intentó advertirle a Juan.

Le rogó que no saliera de la casa, que se quedara quieto, que las cosas estaban muy tensas. Pero Juan estaba en una etapa rebelde. No le hacía caso a nadie. Pensaba que su apellido lo hacía intocable. La noche que lo mataron, Juan había ido exactamente al lugar que su padre le dijo que evitara, un bar en Cuernavaca donde supuestamente iban puros narcos pelo a presumir cadenas y camionetas.

Juan fue como si estuviera retando al destino y el destino le cobró. José Manuel explicó que el guardia que le disparó no fue un guardia cualquiera. Era un sicario encubierto, alguien puesto ahí específicamente para estar listo cuando Juan apareciera. Fue una ejecución disfrazada de accidente y todos lo sabíamos, pero nadie podía decirlo.

Joan pasó los últimos 5 años de su vida completamente aterrorizado. Dormía con una pistola bajo la almohada. Desconfiaba de todo el mundo. Miraba constantemente por encima del hombro. Llegó al punto de contratar a un exagente federal para que investigara en secreto las muertes de sus dos hijos. El tipo comenzó a armar un expediente con nombres, fechas, conexiones, testimonios de gente que había visto cosas.

Pero cuando el expediente estaba casi completo, el exagente apareció muerto en una carretera de Morelos con un balazo en la nuca. Todos los documentos desaparecieron. Ahí mi papá entendió que no había salida, que si seguía buscando respuestas, él iba a ser el siguiente. Así que se rindió, guardó silencio y decidió que el mejor homenaje a mis hermanos muertos era seguir vivo, seguir cantando, porque si él moría toda la verdad se iba con él a la tumba.

José Manuel hizo otra pausa. Respiró hondo. Lo que venía era distinto, más personal, más doloroso de otra manera. Mi padre me confesó en su lecho de muerte que el cáncer no fue su única enfermedad. Sufría de una depresión severa que nunca trató, que nunca medicó, que nunca reconoció públicamente, porque tenía miedo de verse débil.

Durante años, Joan se automedicó mezclando alcohol con analgéssticos fuertes. A veces combinaba las pastillas de la quimioterapia con tequila para soportar el dolor físico y emocional al mismo tiempo. Hubo noches en las que estuvo tan cerca del suicidio que escribió cartas de despedida que luego quemaba al amanecer.

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