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Jesús “La Parka” : La Asquerosa Verdad detrás de su Muerte en AAA Worldwide

Durante los siguientes 20 años, los dos parcas se cruzaron en el medio luchístico, se respetaban en público, se odiaban en privado. Hubo encuentros en el ring, hubo declaraciones cruzadas, hubo silencios largos, hubo rivalidad real no actuada debajo de la trama luchística y en el medio todo el mundo lo sabía.

Cuando un luchador veterano llegaba a una cantina del centro de la Ciudad de México después de una función y empezaba a tomar, salía la conversación, ¿cuál es el verdadero Parca? Adolfo o Chui? Y los compañeros se dividían. Unos defendían al original, otros decían que el personaje ya pertenecía al de Hermosillo, que el verdadero era el que llenaba estadios, que el verdadero era el que vendía máscaras.

Pero hay algo que pocos sabían en su momento, algo que apenas hace pocos años empezó a salir en entrevistas viejas, en declaraciones sueltas, en charlas de luchadores retirados que ya no tienen nada que perder. La guerra entre los dos parcas no fue solo verbal. Mientras Adolfo Tapia peleaba pleitos legales y se reinventaba como la A Parc, Chuy Escobosa, aprovechó cada minuto.

Le imprimió al personaje un sello propio. La parca original era oscuro, tenebroso, atemorizante. Chui lo cambió por completo. Su parca bailaba, hacía pasos torpes que sacaban risas a la afición, sacaba de quicio a los rivales con piruetas. convirtió la máscara de calavera en un símbolo de alegría. La canción Thriller de Michael Jackson se volvió su himno.

Los fanáticos la cantaban cuando él entraba al ring. Las mamás llevaban a sus hijos a verlo. Los niños se disfrazaban de parca en Halloween. La máscara de calavera dejó de dar miedo. Una vera y B empezó a dar amor. En la triple A, Chui se convirtió en el rostro principal. Triplemanías, Reyes de Reyes, Copas, Antonio Peña, Máscaras que le quitó a Cibernético, a Gigante Draco, a Halcón Dorado Junior, a Muerte Cibernética, un palmarés gigante.

En su mejor momento, la Parca llenaba arenas en todo el país. Lo invitaban a Estados Unidos, lo querían en Japón, lo querían en cada función de cada empresa. La afición correaba su nombre. Las niñas le pedían fotos. Los abuelos le contaban a los nietos quién era ese hombre con máscara de calavera que le sacaba sonrisas a todos.

Y Chui, debajo de la máscara en el camerino, se sentaba a beber agua. miraba al techo y pensaba en una cosa, en su madre, en doña Fonchi, en la mujer que le había dejado ir un día con un autobús a Tijuana con la promesa de que iba a regresar, con un nombre que iba a sonar en todo México. La promesa se había cumplido y se había cumplido más allá de lo que él mismo había imaginado.

Pero pagar esa promesa tenía un precio que él en ese camerino todavía no entendía. Detrás de la máscara, Chuy Escobosa era otro hombre. Era papá, tenía hijos, tenía esposa, tenía vida normal cuando se quitaba el traje. A su hijo mayor le decía tutú y de cariño. Era el chamaco al que iba a dejar al colegio cuando podía.

Era el muchacho con el que jugaba al fútbol en el patio de la casa. era sobre todo el heredero secreto, porque Chui tenía un plan a largo plazo y ese plan iba más allá de su carrera personal. Quería que un día su hijo cargara la máscara, que tomara el personaje, que el apellido Escobosa, siguiera vinculado a la Parca durante una generación más, que la máscara de calavera no terminara con él.

empezó a entrenarlo desde chico, lo llevaba a los gimnasios, le enseñaba caídas, le enseñaba llaves, le enseñaba, sobre todo, a respetar la máscara, a entender que detrás de cada lucha había un negocio, un público, una historia, pero no todo fue paz familiar. En 2011, una rivalidad luchística cruzó la línea de lo profesional.

La Parca tenía un compañero cercano, un compadre, lo llamaban cibernético. Era padrino del hijo de Chui. Comían juntos, iban a fiestas juntos, era familia. Y un día, sin que nadie lo viera venir, todo se rompió. Cibernético. Según declaraciones públicas del propio Chui, hechas en una entrevista a la revista Superluchas en 2013, se metió con la familia, le hizo daño al hijo, cruzó la línea entre lo del ring y lo de la casa.

Las palabras textuales de Chui fueron escalofriantes. Dijo que cibernético le había abierto las puertas de su casa, que era su compadre, que sabía dónde dolía y que había usado ese conocimiento para hacer daño. La parca ese mismo día se hizo una promesa privada. No iba a tocarlo, no iba a lastimarlo físicamente, pero sí le iba a hacer pagar de otra manera, una manera que él, que llevaba años conociéndolo, sabía cómo aplicar.

Pero hay algo que la familia descubrió después y que cambia la lectura entera de esa rivalidad. Esa pelea con cibernético no se cerró nunca. En los años posteriores, la parca tuvo varios encontronazos en el medio. Algunos fueron parte del show, otros fueron reales. Hubo luchadores que se le acercaron a presionarlo por papeles.

Hubo intermediarios que le ofrecieron negocios raros. Hubo gente que apareció en su entorno con propuestas que él rechazó. Y según ha contado la familia en círculos cercanos, en 2018, un año antes del accidente fatal, Chui empezó a recibir mensajes raros, llamadas nocturnas, avisos sin firma, cosas que él al principio minimizó.

Le decía a su esposa que era cosa del medio, que en la lucha libre todo el mundo habla, que no se preocupara, pero ella se preocupaba. Hubo una llamada en particular, según se ha dicho en privado, que Chui recibió tres semanas antes del accidente del 20 de octubre. Una llamada que él contestó en otro cuarto de la casa.

Una llamada que duró menos de 5 minutos y de la que volvió con la cara seria. Su esposa le preguntó qué pasaba. Él le dijo que nada, que cosas del trabajo, que ya iba a pasar. Esa noche Chui no durmió bien, se levantó varias veces, caminó por la casa, volvió a la cama, volvió a levantarse. Su esposa, días después de la muerte, recordó esa llamada y entendió que no había sido cosa del trabajo, pero todavía no había llegado a esa conclusión.

todavía estaba viviendo en la ilusión de que su esposo, el ídolo, el rey de la AA, era inmune, que nada le iba a pasar, que la máscara lo protegía. Enero de 2019, la Parca tomó una decisión pública, una decisión que iba a cambiar todo lo que vino después. En una función de la triple A en la ciudad de México, presentó al mundo a su hijo, lo subió al ring, le puso una máscara que combinaba el diseño de la calavera con un toque nuevo y anunció frente a miles de aficionados que ese muchacho era el heredero. La afición ovacionó, la

empresa lo registró, la prensa lo reportó y el muchacho esa noche sintió en la espalda el peso del apellido del padre. Pero no todo el medio luchístico aplaudió esa presentación. En las cantinas, en los camerinos, en las charlas de pasillo hubo voces que cuestionaron la decisión. Voces que decían que el muchacho no estaba listo.

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