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JENNI RIVERA: El Monstruo que Destruyó a su Familia… y Hoy Está Libre

Y aquí viene algo que muy pocos saben, algo que explica por qué Jenny se convirtió en quien se convirtió. Se convirtió  en prófugo, desapareció, se esfumó como si nunca hubiera existido. Las autoridades lo buscaron, los familiares lo buscaron. Jenny contrató investigadores privados con el poco dinero que tenía, pero nada.

Trino Marín se había convertido en un fantasma y Jenny se quedó sola con el peso de todo. Tres hijos que alimentar,  facturas que pagar, un trauma familiar que procesar, noches enteras sin dormir, pensando  dónde estaría el monstruo, si volvería, si intentaría acercarse a las niñas otra vez. Trabajaba vendiendo casas durante el día, grababa  música por las noches, llevaba a sus hijos a terapia psicológica, asistía  a ella misma a terapia, intentaba reconstruir las piezas de una

familia destrozada. 9 años, 9 años viviendo así, 9 años esperando una justicia que parecía no llegar nunca. Pero ella no se rindió. Nunca se rindió. Si por tonta me caigo, por cabrona me levanto, decía y se levantaba cada vez sin importar cuántas veces la vida la tirara al suelo. El show debía continuar. Esa frase  se la había enseñado su padre cuando era niña en los mercados de pulgas vendiendo cassetes bajo el sol abrasador de California.

No importaba el cansancio, no importaba  el hambre, no importaba el dolor. El show debía continuar y Jenny lo cumplió cada maldito día de su vida. En 2005, durante  una rueda de prensa para promocionar su álbum Parrandera, rebelde y atrevida, Jenny hizo algo que nadie esperaba, algo que nunca antes había hecho un artista en México o Estados Unidos.

Detuvo la conferencia de prensa, miró directamente a las cámaras de televisión y con la voz firme, pero los ojos llenos de dolor contenido, pidió ayuda pública para encontrar a Trino Marín. Expuso públicamente al hombre que había destruido a su familia. contó todo. Los abusos contra sus hijas, el abuso contra su hermana Rossy, la huida, los 9 años de búsqueda infructuosa.

No le importó el escándalo. No le importó que la prensa amarillista se alimentara de su tragedia. Solo quería justicia. “Ayúdenme a encontrar a este hombre”, dijo mirando a la cámara. Se llama José Trinidad Marín. Abusó de mis hijas. Abusó de mi hermana. y lleva casi una década escondido burlándose de la ley.

La noticia se volvió viral. El rostro de Trino apareció en todos los noticieros, en todos los periódicos, en todos los programas de televisión y un año después la justicia finalmente llegó. En abril de 2006, gracias a un aviso anónimo que llegó a las autoridades de Los Ángeles,  Trino Marín fue capturado.

Alguien lo había reconocido. Alguien había hecho la llamada que Jenny esperaba desde hacía 9 años. Un año después, en 2007, un jurado lo declaró culpable de seis delitos graves contra menores de edad. La sentencia fue contundente. 31 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Jenny lloró cuando escuchó el veredicto, pero no de tristeza, de alivio, de justicia, de una pequeña paz que había esperado durante casi una década.

El monstruo finalmente estaba enjaulado, o eso creía ella. A lo mejor tú también conoces esa sensación, creer que lo peor ya pasó, respirar tranquila por primera vez en años, sentir que finalmente  puedes dormir en paz y entonces descubrir  que la vida todavía tiene golpes guardados para ti.

Pero antes de contarte lo que vino después, necesito que entiendas cómo Jenny se convirtió  en la reina de un género dominado por hombres, porque esa transformación es clave para entender todo lo demás. Y te prometo que cuando veas lo que logró, lo que viene después, te va a doler el doble. En 1995, mientras Trino seguía prófugo y ella trabajaba vendiendo casas  para mantener a sus hijos, Jenny grabó un disco llamado La Chacalosa.

Era un álbum de corridos y narcoorridos, música que solo cantaban los hombres, historias de narcotraficantes, de balazos, de violencia. Nadie creía que una mujer pudiera triunfar  cantando eso. Los ejecutivos de las disqueras la rechazaban una y otra vez. Le decían que era demasiado mayor para  ser artista, que pesaba demasiado, que las cantantes tenían que ser talla cero, medir cierta altura, verse de cierta manera.

Una Jenny Rivera no cabe en lo que la industria piensa que es una artista, le dijeron en la cara. Imagina ese momento. Una madre soltera de veintitantos años con tres hijos que alimentar, con un exmarido abusador, prófugo, tocando la puerta de las disqueras y que le digan que no es suficiente, que su cuerpo  no es el correcto, que su edad no es la correcta, que ella no es la correcta.

Cualquier otra persona se hubiera rendido. Jenny no. Ella escribió una canción llamada Las malandrinas. La letra hablaba de mujeres que beben tequila, bailan banda, se defienden solas y no le tienen miedo a nada. Era un himno para todas las mujeres que la industria había ignorado y esas mujeres la encontraron.

No fueron los ejecutivos quienes descubrieron a Jenny, fueron las trabajadoras de las fábricas  que escuchaban la radio mientras empacaban productos. Las empleadas domésticas que ponían sus canciones mientras limpiaban casas ajenas. Las madres solteras que lloraban en sus carros después  de dejar a sus hijos en la escuela.

Esas mujeres escuchaban las canciones de Jenny y por primera vez en sus vidas se sentían vistas, se sentían representadas,  se sentían menos solas. Jenny no cantaba para las disqueras, cantaba para ellas. En 1999 finalmente logró firmar un contrato profesional con Sony Music. Pero el camino apenas comenzaba.

Entre 1999 y 2004 grabó varios álbumes que tuvieron éxito moderado. Poco a poco fue construyendo su base de fanáticas. Poco a poco fue ganándose el respeto de una industria que la había despreciado. En 2005 todo cambió. Lanzó el álbum que la convertiría en leyenda, Parrandera, rebelde y atrevida.

La canción  de contrabando, escrita por el legendario Joan Sebastián dominó las radios de México y Estados Unidos durante semanas enteras. Era una historia de amor prohibido cantada con la voz de una mujer que sabía lo que era amar a quien no debía. se convirtió en el único número uno de su carrera en el Billboard Latin Regional Mexican Airplay, el logro más importante de la música regional mexicana.

Jenny fue la tercera mujer en la historia en conseguir ese reconocimiento. Antes que ella, solo Selena  Quintanilla y Alicia Villarreal lo habían logrado. Piensa en eso un momento. Tercera mujer en toda la historia de la música regional mexicana. Un género que existía desde hacía décadas.

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