Posted in

Javier Solís No Murió por un Vaso de Agua. Quien lo Mató Desapareció esa Misma Noche.

A partir de ahora, tu nombre es Javier Solís. Así cu sin preguntarle, sin darle opciones. Un ejecutivo de disquera decidió en 5 segundos cómo se iba a llamar un hombre para el resto de su vida y para el resto de la historia. Gabriel no discutió, no preguntó por qué, no dijo, “Pero yo me llamo Gabriel.” Porque ya había aprendido que su nombre no importaba, que había sido Gabriel Siria Levario en el registro civil, pero ese nombre no le había dado nada.

Había sido Javier Luukin en el Barzteca y ese nombre tampoco lo había sacado de ahí. Si ahora alguien le ofrecía un contrato a cambio de llamarse Javier Solís, firmaba. Porque un nombre más o un nombre menos ya no hacía diferencia. Para alguien que nunca supo quién era, cambiar de nombre era tan fácil como cambiarse de camisa.

firmó con un nombre que no era suyo, igual que había hecho toda su vida y igual que haría después con cada mujer que se cruzara en su camino. El niño, que no sabía quién era su madre, acababa de aceptar que ni siquiera su nombre le pertenecía, que hasta eso se lo habían elegido otros. Y hay algo cruel en esto que no se dice lo suficiente.

Javier Solís, el nombre con el que lo conoce el mundo entero, el nombre que está en las marquesinas, en los discos, en las portadas de las películas, en las lápidas del panteón jardín, es el nombre que un ejecutivo inventó en una oficina. No fue un homenaje, no fue un tributo, fue una decisión comercial.

Gabriel Siria Alevario no sonaba bien para vender discos. Javier Solís sí. La industria le quitó hasta el nombre y él lo dejó hacer porque nunca sintió que el suyo valiera la pena. Y lo que no sabía es que ese mismo sistema que le quitó el nombre iba a ponerlo en manos de alguien que no debía tocarlo, pero para eso falta todavía.

Nadie supo quién era de verdad, ni siquiera él. Y entonces empezó a vender discos, muchos discos, más discos de los que nadie en CBS Columbia había imaginado. Su primer éxito fue Llorarás en 1956 y a partir de ahí la máquina no paró. Sombras, esclavo y amo. Amanecía en tus brazos. Se te olvida, payaso. Cada canción era un golpe directo al pecho de todo un continente.

El contraste es difícil de creer. En 1955, Gabriel Siria cantaba en un bar para borrachos que apenas lo miraban. En 1960, Javier Solís llenaba teatros en México, en Nueva York, en Perú, en Colombia. En 4 años, el carnicero de la providencia se había convertido en el cantante que más discos vendía en todo México, más que los ídolos del movimiento Nuevaolero, más que cualquier otro artista de su generación.

La gente hacía fila durante horas para verlo cantar. Las mujeres lloraban en los teatros. Los hombres repetían sus canciones en las cantinas como si fueran oraciones y el cine lo quería también. En 1960 debutó en su primera película, El norteño. Después vinieron más y más y más.

Campeón del barrio, El Pecador, Cuatrocirios, Los Forajos, película tras película. Y en cada una Javier Solís cantaba y la gente iba al cine no por la historia, iba por él, por esa voz que sonaba como si estuviera contándote un secreto que solo tú podías escuchar. Quizá tú también lo recuerdas así. Quizá escuchaste esa voz cuando eras joven y algo se te quedó grabado que todavía hoy no puedes explicar.

Si es así, lo que viene después va a dolerte. de porque lo que le hicieron a ese hombre es lo que le hacen a todos los que se vuelven demasiado útiles para la máquina. Pero aquí es donde la historia se oscurece. En 9 años la industria le sacó todo. Más de 300 canciones, 33 películas, giras por todo el continente.

Hasta tenían planes para que grabara con Frank Sinatra. de un bar de borrachos a cantar con Sinatra. Eso suena como un sueño, pero para Javier era una condena porque nadie le preguntó si podía, nadie le preguntó si quería, solo le decían cuándo y dónde, y él iba, porque eso hacen los productos, van a donde los mandan. Había semanas en que grababa un disco de lunes a miércoles, filmaba una película de jueves a sábado y el domingo ya estaba en un avión.

Llegaba al hotel de madrugada, dormía 4 horas y al día siguiente otra vez. Así durante 9 años seguidos, tan sin parar, sin que nadie le dijera descansa. Sin que nadie lo mirara a los ojos y le preguntara cómo estaba. Y Javier empezó a enfermarse. Dos años antes de morir, los dolores empezaron. dolor en el estómago, dolor constante que no paraba, que se hacía peor después de cada viaje, después de cada madrugada en un estudio, después de cada función doble en un teatro lleno.

Le dijeron que eran piedras en la vesícula, le dijeron que necesitaba reposo, le dijeron que tenía que parar. Javier le tenía terror al visturí, terror real. El tipo de miedo que hace que un hombre prefiera vivir con un dolor insoportable antes de acostarse en una mesa de operaciones. Así que buscó alternativas.

Su médico de cabecera, el Dr. Manuel Trillanes, era homeópata. Lo trataba con remedios naturales, con dietas estrictas o con lo que pudiera aliviar el dolor sin pasar por el quirófano. Y durante un tiempo funcionó. El dolor era manejable. Javier podía seguir cantando, pero CBS Columbia no le dio tregua. La disquera tenía calendario de grabaciones.

Los productores de cine tenían fechas de rodaje. Los promotores ya habían vendido las entradas. A nadie le importaba que Javier Solís tuviera piedras en la vesícula. Lo que importaba era que Javier Solís siguiera llenando teatros. y vendiendo discos. Y Javier seguía porque era lo único que sabía hacer, porque si dejaba de cantar volvía a ser Gabriel, volvía a ser el niño del mercado, el carnicero de la providencia, el muchacho que cantaba por hambre en la plaza Garibaldi.

Y eso le daba más miedo que el dolor. ¿Hay algo que necesitas saber sobre esto, Javier Solís? No se descuidó a sí mismo, lo descuidaron. O la disquera sabía que estaba enfermo. Los productores lo veían doblarse de dolor entre tomas. Los promotores lo veían llegar pálido a los camerinos y ninguno de ellos, ni uno solo, le dijo, “Para, vete al médico.

Lo demás puede esperar.” ninguno, porque para la industria Javier Solís no era una persona, era un producto. Y los productos no se enferman, los productos producen. Y cuando por fin no pudo más y llegó al hospital, lo que le esperaba ahí era peor que cualquier cosa que la industria le hubiera hecho.

Pero eso viene después. Recuerda ese detalle, lo vas a necesitar. Mientras tanto, Javier Solís hacía algo que nadie sabía, algo que no tiene que ver con la música, algo que tiene que ver con aquel hueco que nunca pudo llenar. Se estaba casando una y otra vez con nombres diferentes al mismo tiempo o había una mujer que se llamaba Enriqueta.

Read More