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Javier Solís: 70 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Pacto con Agustín Lara que Nadie Te Contó

A Valentín y Ángela los llamó papá y mamá toda su vida, y a sus padres biológicos, Francisco y Juana, los conoció, los trató, pero nunca los llamó de otra manera. Piensa en eso un momento. Un niño que desde el primer año de vida aprende que el mundo puede cambiarte de mano sin pedirte permiso, que aprende que la familia tiene más formas de las que aparecen en los documentos, que crece sabiendo que hay una historia oficial y una historia real y que las dos pueden vivir en paralelo sin que nadie hable de ello en voz alta, porque

eso fue lo que aprendió Gabriel Siria Levario antes de saber leer. Y eso fue exactamente lo que aplicó a su carrera décadas después. En Tacubaya llegó a cursar hasta el quinto año de primaria. Ahí se terminó la escuela. La familia necesitaba ingresos y un niño con esa edad ya podía producirlos. Antes de cumplir los 15 años, Gabriel ya sabía cortar carne con precisión y ya sabía cantar lo suficiente como para ganar concursos donde el premio era ropa o zapatos.

Las dos habilidades le vendrían bien durante más tiempo del que esperaba. El boxeo llegó después y duró 6 años. Entrenó con seriedad, con ambición real de hacerlo profesional hasta que Francisco Siria Mora, su padre biológico, intervino y le pidió que eligiera una profesión más decente. La ironía es que más decente resultó ser pararse frente a desconocidos en bares a cantar boleros bajo un nombre falso, pero lo eligió y lo eligió bien.

Guarda este nombre. Javier Luukin. Ese fue el primer seudónimo, el que usó cuando empezó a cantar en concursos locales, todavía adolescente, ganando a veces y perdiendo otras y volviendo siempre. La voz era diferente desde entonces, gruesa, redonda, con ese peso que los músicos llaman cuerpo y que o se tiene desde el principio o no se tiene nunca.

Gabriel lo tenía, lo sabía él y lo sabían los pocos que lo escuchaban. El problema era que ninguno de ellos tenía poder para abrir puertas. A principios de 1955, con 23 años y cortando carne en la providencia, una carnicería de la colonia Condesa, Gabriel Siria Levario consiguió un contrato para cantar en el Bar Azteca.

Era un restaurante bar de la calle San Juan de Letrán, frente al salto del agua en el corazón viejo de la ciudad. Ahí la gente comía, bebía y a veces escuchaba al cantante de fondo, dependiendo de cuánto aguardiente llevaban encima. Ahí, por sugerencia de su amigo Manuel Garay, enterró para siempre el nombre Javier Luukin y adoptó el que usaría hasta el día que murió, Javier Solís.

Fue en ese bar, una noche de mediados de 1955, donde ocurrió el encuentro que cambió todo. Julito Rodríguez Reyes, guitarrista y primera voz del trío Los Panchos. El trío de boleros más famoso en la historia de la música latinoamericana. Entró al Bar Azteca, escuchó al muchacho cantar y entendió en cuestión de minutos lo que estaba oyendo.

Rodríguez era de Puerto Rico y conocía lo que era una voz con futuro. Al día siguiente llamó a Felipe Valdés Leal en Columbia y le dijo que fuera a escuchar a ese cantante. Alfredo el Gerüero, Hill y Chucho Navarro, sus compañeros en los Panchos, respaldaron la recomendación. Valdés Leal fue, escuchó y el 15 de enero de 1956 puso un contrato sobre la mesa.

Lo que ese contrato desencadenó en los años siguientes revelaría algo sobre la industria musical mexicana que muy pocos se atrevieron a contar en voz alta. Lo que viene a continuación empieza a explicar por qué. Guarda esta cifra. 379. Ese es el número exacto de canciones que Javier Solís grabó en los 10 años que duró su carrera.

379 canciones en 10 años, casi una canción nueva cada 10 días, sin parar, sin descanso, sin tiempo para que el polvo se asentara entre un disco y el siguiente. Y entre esas 379 canciones, hay un álbum que los homenajes y los documentales suelen mencionar de pasada, como si fuera un dato menor en una discografía enorme. Ese álbum se llama Javier Solís interpreta a Agustín Lara y ese álbum es la llave de todo lo que vamos a hablar hoy.

Porque Agustín Lara, para los años en que Javier Solís firmó con Columbia era el hombre que más había definido cómo sonaba México en el mundo. Su nombre completo, Ángel Agustín, María Carlos Fausto, Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús, Lara y Aguirre del Pino. era tan largo como su ego y tan complicado como las condiciones que imponía cuando alguien quería cantar sus canciones.

Era hijo de Joaquín Mario Lara y de María Aguirre del Pino. Había crecido con su madre y una tía llamada Refugio después de que el padre abandonó la familia y había construido su propio mito desde la base, incluyendo la parte de convencer a México de que había nacido en Tlacotalpan, Veracruz, cuando los documentos dicen Ciudad de México.

La ironía es brutal. Dos hombres, los dos nacidos en Ciudad de México, los dos presentándose al mundo con un origen que no era exactamente el suyo, los dos con un nombre de escenario que reemplazó el de pila. Pero uno llevaba 50 años de ventaja y el catálogo de canciones más valioso de la música popular mexicana.

Y el otro era un carnicero de 24 años que acababa de firmar su primer contrato. Porque en la industria discográfica de esa época, el compositor cobraba regalías por cada disco vendido, por cada presentación en vivo, por cada vez que su canción sonaba en la radio o aparecía en una película. Y cuanto más famoso era el intérprete, más dinero llegaba al bolsillo del compositor.

Javier Solís en 1956. Era una apuesta, alguien que Valdés Leal creyó que tenía futuro. Pero para tener futuro en esa industria, en esa época había reglas que no estaban escritas en ningún manual, pero que todos cumplían. Y una de esas reglas era que los cantantes jóvenes que querían durar necesitaban el respaldo del repertorio consagrado del catálogo de los grandes, del mundo de Agustín Lara.

El 5 de septiembre de 1957, Javier Solís recibió su primer disco de platino en 1959. La canción Llorarás llorarás lo convirtió en algo que ningún bar ni ningún concurso de zapatos nuevos podía haber anticipado. Un fenómeno real con ventas reales y nombre que sonaba desde México hasta Argentina. Cuando eso ocurrió, cuando el nombre Javier Solís empezó a ocupar espacio en la mente de medio continente, Agustín Lara prestó atención.

Y cuando Agustín Lara prestaba atención a alguien, ese alguien tenía que tomar una decisión. Lo que vino después de esa decisión es lo que ningún homenaje oficial se ha detenido a explicar. Todo eso empieza a continuación. ¿Qué necesita un hombre para dejar de ser el que imita y convertirse en el que todos van a imitar? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar cantando en la oscuridad antes de que alguien encienda la luz? ¿Y qué precio silencioso paga cuando la luz finalmente llega y ya no puede apagarla? En 1957, Javier Solís tenía un problema que

Felipe Valdés Leal veía con claridad y que Solís mismo tardó en aceptar. La voz era extraordinaria, el instinto musical era real, pero cada vez que subía al escenario, la sombra de Pedro Infante lo seguía como un fantasma. Los críticos lo notaban, el público lo notaba. Solís cantaba como Pedro Infante cantaba, movía la cabeza como Pedro Infante la movía.

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