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Jacobo Zabludovsky: El ASQUEROSO Rostro de la MENTIRA… El KARMA Destruyó a su HIJO.

Las salas se apagaban, los platos quedaban sobre la mesa, los niños hacían silencio y una frase empezaba a circular como sentencia popular. Lo dijo Jacobo. No era poca cosa. En un México dominado por el PRI, Televisa no era solo una empresa, era una catedral del poder. Y Jacobo, con su voz grave, con su rostro inmóvil, con esa manera de hablar como si cada palabra ya hubiera sido revisada por la historia, se convirtió en sacerdote de esa catedral.

entrevistó a figuras enormes Chegevara, Salvador Dalí, Fidel Castro, Shimon Pérez, presidentes, artistas, líderes, hombres que parecían intocables. En 1985, durante el terremoto que partió a la Ciudad de México, su voz volvió a aparecer como refugio. Desde un teléfono instalado en su automóvil, narró ruinas, polvo, edificios caídos, cuerpos buscados entre escombros.

Y por un momento, incluso sus críticos tuvieron que reconocerlo. Jacobo sabía estar en medio de la tragedia, pero detrás de esa grandeza pública crecía otra cosa, una obsesión, porque el poder de la televisión tiene un veneno secreto. Dura mientras la pantalla está encendida. Un edificio puede sobrevivir 100 años. Una transmisión desaparece en segundos.

Jacobo lo sabía. Tal vez por eso empezó a necesitar algo más que fama, necesitaba continuidad, necesitaba un apellido convertido en dinastía. Y ahí aparece Abraham Sabludowski Nerubay, su hijo, no como un niño libre, sino como el heredero esperado, el elegido para continuar el imperio, el muchacho que debía cargar una voz que no era suya, un trono que no había pedido, una sombra demasiado grande para cualquier hijo.

Jacobo creyó que estaba construyendo legado. Pero a veces los padres no heredan coronas, heredan jaulas. Y la jaula de Abraham apenas comenzaba a cerrarse. Para entender el veneno que después iba a caer sobre Abraham, primero hay que entrar al lugar donde Jacobo aprendió a convertir el silencio en oficio. No al hospital, no al funeral, no al año 2000, mucho antes.

Hay que volver al estudio, a la luz blanca sobre el rostro, al escritorio limpio, a la cámara fija, al país sentado frente al televisor, esperando que un solo hombre le dijera qué había pasado y, sobre todo, qué no debía mirar. Durante 27 años, Jacobo Sabludowski no fue simplemente el conductor de 24 horas, fue algo más peligroso.

Fue el filtro, fue la puerta, fue el hombre que decidía qué tragedia entraba a la sala de millones de familias mexicanas y cuál se quedaba afuera golpeando el vidrio sin permiso para existir. de 1970 a 1998. Noche tras noche, su voz se volvió una especie de sello oficial. Si Jacobo lo decía, parecía verdad. Si Jacobo lo omitía, para muchos era como si nunca hubiera ocurrido.

Piensa en eso un momento. En un país marcado por el presidencialismo, por los pactos oscuros, por un partido que durante décadas administró el poder como si fuera una herencia privada. La televisión no era entretenimiento, era territorio político, era una extensión del palacio. Y en ese territorio, Jacobo no era un visitante, era uno de los guardianes.

Según múltiples versiones críticas, el gran secreto de Jacobo no fue una carta escondida, ni una cuenta bancaria, ni una traición de Alcoba. Fue algo más grande y más difícil de castigar. fue haber entendido que la verdad podía editarse, que no siempre hacía falta mentir de frente. Bastaba con cambiar el orden de las noticias, bastaba con bajar el tono, bastaba con no decir ciertos nombres, bastaba con convertir una herida nacional en un comentario breve, limpio, digerible.

La verdad debía esperar. Y aquí vuelve la frase que persigue toda esta historia. Hoy fue un día soleado. A Jacobo se le atribuyó esa frase después de la matanza de Tlatelolco. Sus defensores insistieron en que era una acusación injusta, que él no estaba en el lugar exacto donde la memoria popular lo colocó, que esa noche la transmisión no ocurrió como la leyenda la contó.

Tal vez sea cierto, tal vez la frase no salió de su boca, pero guarda este detalle porque es clave. Cuando una sociedad adopta una frase como símbolo, no siempre está juzgando una oración, está juzgando una época completa. Y para millones de mexicanos, Jacobo fue eso, el rostro de una época que sabía hablar con elegancia mientras el país sangraba por debajo.

No era un ignorante. Ese es el punto más incómodo. Jacobo era culto, inteligente, hábil, dueño de una memoria feroz y de una presencia que imponía respeto. Entrevistó a Cheegevara, a Fidel Castro, a Salvador Dalí, a Shimón Pérez. Se movía entre genios, presidentes, artistas y diplomáticos como si hubiera nacido para estar en la misma mesa que ellos.

Y cuando el terremoto de 1985 destruyó la ciudad de México, su voz desde un teléfono instalado en un automóvil quedó grabada como uno de los momentos más poderosos del periodismo mexicano. Ahí parecía humano, ahí parecía necesario, ahí parecía estar del lado del dolor, pero esa es la parte más cruel de la historia, porque los hombres más peligrosos no siempre parecen monstruos.

A veces parecen profesionales impecables, a veces tienen buena adicción, a veces aman los libros, a veces reciben premios, a veces saben consolar a un país después de un terremoto y al mismo tiempo callar frente a las heridas que el poder no quiere ver. En 1997, Molotov convirtió esa rabia en canción con Que no te haga bobo, Jacobo.

No era solo una burla, era una generación entera diciéndole a la televisión vieja que ya no le creía. Era el hijo rebelde de un país cansado de sentarse frente a la pantalla como si estuviera frente a un altar. Jacobo respondió con frialdad. dijo que no había escuchado la canción, que si lo insultaba estaban en su derecho.

Parecía elegante, parecía superior, pero también parecía algo más. Parecía un hombre demasiado acostumbrado a sobrevivir sin explicar demasiado. Y ahí está el pecado original de esta familia. Jacobo no solo acumuló prestigio, acumuló silencios, no solo construyó una carrera, construyó una deuda moral.

Y las deudas morales, cuando no las paga el Padre, suelen llegar a la puerta del Hijo. Abraham Sabludowski. Nerubai nació con un apellido que no era apellido. Era una puerta cerrada, era una credencial de entrada, era una sentencia. Desde niño no caminó detrás de un padre común, sino detrás de una voz que México entero obedecía sin darse cuenta.

Mientras otros hijos escuchaban a sus padres en la mesa, Abraham escuchaba al suyo desde la pantalla. Impecable, lejano, inalcanzable. Jacobo no solo llegaba a casa con cansancio de periodista, llegaba con el peso de un país encima. Piensa en eso un momento. ¿Cómo se crece al lado de un hombre que millones de personas creen dueño de la verdad? ¿Cómo se le pide cariño a alguien que ha aprendido a controlar hasta sus silencios? Abraham tuvo privilegios, ¿sí?, dinero, contactos, acceso, puertas abiertas.

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