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Jackie Kennedy: Los Kennedy la Controlaron Toda su Vida… y le Robaron Hasta el Duelo

Dinero sólido, apellido respetable, mansiones en Newport y en Virginia y el tipo de aburrimiento estable que para una mujer como Janet no es una deficiencia, sino una virtud. Jackie y su hermana Lee pasan de la turbulencia de los bobier a la glacial estabilidad de los achinclos y Jacki aprende la segunda gran lección de su infancia, que la apariencia de una vida perfecta y la realidad de una vida perfecta son cosas completamente distintas y que la mayor parte de las personas que conocerá en su vida jamás querrán saber la diferencia. Estudia en

Miss Porter School en Connecticutat, en Bazar College, en la Sorbona de París, ese año en París que Jacki siempre recordará como el más libre de su vida cuando habla francés con fluidez y pasea sola por los cuáis del Sena y lee a Baudeler y Kamu y siente que el mundo es lo suficientemente grande como para que ella encuentre en él un lugar que sea solo suyo.

Es el año que pasa más cerca de ser simplemente una persona. No el proyecto de nadie, no la imagen de nadie. Solo Jacqueline Bubier, que tiene 20 años y habla cuatro idiomas y le gusta montar a caballo y escribir poesía y no tiene ninguna prisa por convertirse en lo que el mundo espera de ella.

Pero Francia termina y el mundo que la espera en Estados Unidos tiene planes muy precisos para una mujer como Jackie Bubier. En 1952, un amigo común la presenta a John Fitzgerald Kennedy. Tiene 35 años. Es congresista por Massachusetts. Es hijo de Joseph Patrick Kennedy, el hombre más implacable en la construcción de poder político de la generación americana de la posguerra.

Y es, con una consistencia que resulta casi admirable por su escala, uno de los hombres más infieles de Washington DC, que es decir bastante porque Washington DC en los años 50 no es precisamente un convento. Yaki lo sabe antes de casarse. Esto es importante. Jacki no descubre las infidelidades de Jack después de la boda.

Las infidelidades de Jack son un secreto tan mal guardado en los círculos de Washington que resulta difícil imaginar cómo alguien podría no saberlo. Jacki lo sabe y se casa de todas formas. ¿Por qué? Porque en 1953 en el mundo de Janet Auchin Closs y Black Jack Bubier y los socios del club de Newport, una mujer de la posición de Jackie tiene exactamente dos opciones: casarse bien o quedarse soltera y convertirse en esa figura levemente trágica de la que se habla en los cócteles con una mezcla de lástima y condescendencia.

Y John Fit alal Kennedy, con todos sus defectos que Jacki ya conoce, es la definición de casarse bien. Es guapo, es brillante, es senador en tránsito hacia algo que todo el mundo en Washington ve venir, aunque nadie diga en voz alta, y es capaz, cuando quiere serlo, de hacer que una mujer se sienta como la única persona en una habitación llena de gente, igual que Blackjack.

exactamente igual que Blackjack. En los días previos a la boda, Joseph Kennedy, el patriarca, el arquitecto, el hombre que ha construido a su familia con la misma metodología fría con que construiría una empresa, llama a Jacki a una conversación privada. Lo que le dice en esa conversación se conoce porque Jacki se lo contó años después a personas de su confianza más íntima y esas personas lo contaron más tarde en memorias y entrevistas.

Joseph Kennedy le dice sin rodeos, sin el menor pudor, que John no le será fiel, que no puede serlo, que es la forma en que está hecho y que si alguna vez descubre algo que no le guste, cuando descubra algo que no le guste la espera de Jacki es no hacer nada, quedarse, sonreír, porque la carrera política de su hijo no puede permitirse el escándalo de un divorcio.

Luego, según varias fuentes, añadió algo que convierte esa conversación en una de las más obscenas de la historia política americana. le ofreció para quedarse,0000ón de 1953, que serían hoy aproximadamente 10,000ones, para que no se divorciara cuando llegara el momento. Cuando no, sí, Jacki no tomó el millón.

Jacki se casó de todas formas y guardó esa conversación en ese lugar donde guardaba todas las cosas que no podía decir en voz alta. que para ese momento de su vida ya era un lugar bastante grande. La boda es el 12 de septiembre de 1953 en Newport Rode Island. 700 personas. Fotógrafos de Life Magazine. Un vestido de tafetán de seda diseñado por Ann Llow, una modista negra americana cuyo trabajo Jackie lució ese día y a quien rara vez mencionó públicamente después algo que con los años se convertiría en una de esas pequeñas vergüenzas de la

historia que nadie quiere examinar. Demasiado de cerca. Black Jack Bubier, el padre, no llegó a la iglesia a tiempo para acompañar a su hija al altar porque estaba bebiendo en su habitación del hotel. Su madre, furiosa, pidió al padrastro Auchin Closs que ocupara su lugar. Jacki lo supo.

Jackie sonrió durante toda la ceremonia con la misma sonrisa que había estado practicando toda su vida, la sonrisa de quien sabe perfectamente lo que está pasando y ha decidido que no lo puede cambiar, así que lo lleva con elegancia. Esa sonrisa, esa sonrisa sería la más fotografiada de América durante la siguiente década. Y nadie, en ninguna de esas fotografías preguntó qué había detrás.

Los primeros años del matrimonio son los que suelen describirse como los más difíciles. Jackiei tiene dos embarazos que terminan en tragedia antes de que nazca Caroline en noviembre de 1957. Una niña nacida muerta en agosto de 1956 después de una cesárea de emergencia que Jacki afronta sola porque Jack está en un crucero por el Mediterráneo con amigos, con amigas más precisamente y no regresa hasta días después.

Los Kennedy gestionan la información. La prensa no sabe nada de la niña nacida muerta. La prensa publica fotos de Jack llegando al hospital para estar con su esposa. Las fotos son del día después. Y aquí aparece el primer patrón que va a definir la vida de Jackie Kennedy hasta el día en que muera.

El dolor privado gestionado públicamente por otros. El sufrimiento real de Jack y convertido en materia prima para la imagen pública de Jack. El acceso a sus propias emociones mediado por una familia que decide cuánto puede mostrarse y cuánto tiene que guardarse. Lo que nadie sabe es que Jacki llevaba un diario en esa época, un diario que, según personas que lo vieron parcialmente, describe esos años con una lucidez que corta el aliento y que ese diario desapareció en algún momento de los años 70, sin que nadie haya dado jamás una explicación convincente de

dónde fue a parar. En los años 90, Jackie construye lo que los que la conocieron en esa época describieron como la vida más parecida a la que ella habría querido para sí misma. su apartamento lleno de libros, un círculo pequeño de amistades de confianza, pocas personas elegidas con la misma precisión con que elegía todo.

Los viajes a la finca de Redgate Farm en Martas Vineard, donde montaba a caballo por la mañana y leía por las tardes y le contaba cuentos a sus nietos por las noches. trabajo en Double Day, que seguía siendo la parte más consistente de su identidad pública, la que ella había construido, no la que otros habían construido sobre ella.

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