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Jack London — De pirata callejero al escritor más leído del planeta

Cada página era una ventana que se abría sobre un mundo completamente distinto al de las calles de Oakland y Jack se asomaba a ella con la desesperación de quien necesita respirar. Y aquí es donde aparece la pregunta que recorre toda su juventud como una corriente subterránea. ¿De dónde saca un chico así, criado entre carencias y mudanzas, sin padre verdadero y con una madre que apenas lo miraba? la energía para no hundirse.

La respuesta no es sencilla y él mismo tardó años en encontrarla. A los 14 años, su padrastro sufrió un accidente de tren y quedó sin poder trabajar. La familia necesitaba un sostén y Jack fue el que cargó con ello. Entró en la fábrica de conservas del puerto de Oakland con la misma resignación con que otros chicos de su barrio lo habían hecho antes que él.

12 horas al día, a veces 16. a veces en los momentos de mayor demanda, 36 seguidas. Ganaba lo suficiente para que la familia no pasara hambre, no lo suficiente para vivir. Fue en los muelles encontró la salida. Los piratas ostros eran la leyenda viva del puerto de Oakland, hombres que de noche saqueaban los criaderos de ostras propiedad de las compañías de ferrocarril y vendían la mercancía en los bares del muelle al amanecer.

vida ilegal, peligrosa y con un aura de libertad que a Jack le resultaba irresistible. Uno de esos piratas ponía a la venta su barca. Se llamaba Russell Dellel. Jack le pidió prestados $300 a Jinny Prentis, su vieja nodriza. Ella se los dio. Con ese dinero compró la barca y se convirtió a los 15 años en pirata ostro.

Sus nuevos compañeros, marineros curtidos con apodos como viejo Nelson o Whisky Bob, tardaron poco en reconocerle como uno de los suyos. Pronto lo llamaban el príncipe de los piratas ostros. En los bares del puerto aprendió también a beber. El alcohol corría entre aquellos hombres como el agua entre las rocas.

Y Jack bebía para estar a la altura, para no quedar fuera del círculo. Tenía 15, 16 años. Una noche regresó al puerto completamente borracho y cayó al agua. La corriente lo arrastró hacia el interior de la bahía. No hubo nadie que lo viera caer. Pasó horas en el agua, la oscuridad alrededor, sin saber dónde estaba la orilla. Cuando el amanecer empezó a clarear el horizonte y vio que la costa había desaparecido de su vista, algo se asentó en su interior con una nitidez que el frío y el alcohol no consiguieron borrar.

quería vivir. Nadó durante horas y llegó a tierra exhausto. Aquella noche en la bahía fue el primer gran punto de inflexión. No lo convirtió en otra persona, pero le dejó una certeza. Las fuerzas que lo rodeaban, el mar, la pobreza, el azar, no tenían piedad, ni las tendrían nunca. Y si quería algo distinto, tenía que buscarlo con las mismas manos que ya habían remado entre las ostras y sobrevivido al frío del agua.

La respuesta a la pregunta que habría esta historia, la de dónde saca un chico así la energía para no rendirse, está en esa noche. No en una revelación, no en un momento de gracia, sino en algo mucho más prosaico y mucho más verdadero. El instinto de quien ha probado el agua helada y ha decidido, sin grandes palabras, seguir nadando.

Jack London tenía 16 años y aún no había escrito una sola línea, pero ya había aprendido lo más importante que aprendería en su vida, que la diferencia entre hundirse y sobrevivir no depende de la suerte ni del origen, depende de lo que uno hace en el momento exacto en que el agua está más fría. En enero de 1893, un muchacho de 17 años se enroló como marinero en una goleta de tres palos llamada Sofía Satoland.

El barco partía hacia las aguas heladas del mar de Bering para cazar focas. La travesía duraría meses. Jack London no conocía a nadie a bordo. Era el más joven de la tripulación y tuvo que ganarse su lugar a puñetazos, literalmente en una pelea con un marinero sueco apodado el gran rojo que la tripulación organizó para ver de qué estaba hecho el recién llegado.

Jack aguantó y cuando el barco quedó atrapado en un tifón en pleno Pacífico y el capitán necesitó a alguien que tomara el timón, fue Jack quien lo sostuvo durante casi 40 minutos solo. mientras el viento y el agua intentaban arrancarle las manos de la barra. Aquel viaje fue su primera gran escuela fuera de Oakland.

La casa de focas era una matanza metódica y brutal en aguas heladas, con el viento cortando la piel y las olas borrando el horizonte. Jack lo observó todo con esa atención hambrienta que lo acompañaría toda su vida, guardando imágenes, voces, sensaciones. Cuando el barco regresó a California, su madre le sugirió que escribiera sobre la travesía y lo presentara a un concurso del periódico San Francisco Morning Call.

Jack lo hizo. Ganó el primer premio. Era el 12 de noviembre de 1893 y aquel texto, un reportaje sobre el tifón en aguas de Japón, fue la primera línea publicada por Jack London. Tenía 17 años y todavía no pensaba en ser escritor. Lo que pensaba en realidad era en sobrevivir. Su padrastro, John London seguía sin poder trabajar y la familia necesitaba dinero.

Jack volvió a la fábrica, esta vez a una planta de yute y después a la central eléctrica de Oakland, donde paleaba carbón para alimentar las calderas. Trabajaba sin descanso hasta que un compañero le reveló la verdad que el capataz ocultaba. Jack hacía el trabajo de dos hombres. La empresa había despedido a dos operarios que cobraban $40 al mes cada uno y había contratado a Jack por 30.

Él lo absorbió todo sin quejarse hasta que no pudo más. Dimitió. El año 1894 encontró a América en el peor momento de su joven historia. La crisis financiera de 1893 había dejado a 2 millones de personas sin empleo. Por todo el país comenzaron a formarse columnas de trabajadores que marchaban hacia Washington para exigir al gobierno alguna respuesta.

En la costa oeste, un contingente de unos 600 hombres, comandado por un tal Charles Kelly se puso en marcha. Jack se incorporó al grupo. Viajaron a pie en vagones de ganado, recibiendo muestras de solidaridad. en los pueblos del camino. La columna creció hasta los 2000 hombres, pero en mayo llegó la noticia de que el líder del movimiento nacional había sido detenido y la moral se desplomó.

Jack abandonó la marcha en Haníbal, Missouri, y decidió continuar solo. Lo que siguió fueron tres meses de vida en los márgenes de América. Jack viajaba como polizón en trenes de mercancías, dormía en campamentos de vagabundos, comía lo que podía conseguir. En esos campamentos aprendió algo que ningún libro le había enseñado, el arte de contar historias para ganarse la cena.

Los hombres que viajaban en los trenes eran una biblioteca humana de fracasos y de vidas rotas. Y Jack los escuchaba con la misma videz con que de niño devoraba los libros de la biblioteca de Oakland. Aprendió también que aquel mundo tenía sus propias reglas, su propio lenguaje, su propia jerarquía. En Niagara Falls lo detuvieron.

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