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J.LUIS CHILAVERT: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA

A los 19 años fichó por guaraní de Asunción. A los 20 lo vino a buscar San Lorenzo de Almagro en Argentina. Cruzó la frontera con una maleta de cartón y dos camisetas. En Buenos Aires nadie sabía pronunciar su apellido. Le decían el paraguayo. Y al paraguayo le bastaron cuatro partidos para que la gente del Bajo Flores empezara a corear su nombre en la tribuna. Pero algo había cambiado en él.

Algo se había endurecido. Ese niño que aprendió a no llorar en Luke, ahora era un hombre que aprendió a no perdonar. Catalino seguía apareciendo. Catalino seguía pidiendo. Catalino seguía llevándose. Y José Luis, cada vez que volvía a Paraguay encontraba la misma escena. Una madre que envejecía rápido, un padre que no envejecía nunca porque vivía como si la vida fuera fiesta y un hermano mayor, Rolando, que también jugaba al fútbol, pero que nunca iba a llegar a donde iba a llegar José Luis. Aquí es donde todo cambia. En

1988, Chilavert dio el salto a Europa, Real Zaragoza, España, la Liga, dinero de verdad por primera vez, una casa propia, un coche, trajes, relojes. Y en medio de toda esa explosión de vida, una llamada que recibió un sábado por la mañana. Catalino del otro lado. Catalino llorando. Catalino diciéndole que Nicolasa estaba enferma, que necesitaban dinero urgente, que mandara lo que pudiera.

José Luis mandó. Mandó mucho. Mandó más de lo que cualquier hijo en su sano juicio hubiera mandado. Y dos meses después, cuando volvió a Paraguay a ver a su madre, descubrió que Nicolasa nunca había estado enferma. La operación que supuestamente le iban a hacer no existía. Los medicamentos que supuestamente había comprado Catalino no se habían comprado.

El dinero sencillamente no estaba. Y aquí es donde aparece el primer caramelo de esta historia, porque José Luis no le gritó esa tarde a su padre, no lo enfrentó, no le exigió explicaciones, hizo algo más raro, algo que solo entendió él. sacó una pequeña libreta del bolsillo trasero del pantalón, una libreta negra de tapa dura y anotó algo adentro, una fecha, una cifra, una palabra.

Cerró la libreta, la guardó y esa libreta lo iba a acompañar durante los próximos 20 años de su vida. ¿Qué decía esa libreta? Vamos a volver a eso. Te aseguro que vas a recordar este momento. El regreso a Sudamérica fue en 1991. Vé Sarsfield, Buenos Aires. Y aquí empieza la parte que los mayores de 55 años recuerdan con la piel erizada.

Porque Vélez no era un equipo grande de Argentina antes de Chilavert. Vélez ganaba poco. Vélez peleaba abajo. Vélez era el equipo del barrio de Liniers con una hinchada fiel pero chica. 3 años después de la llegada del paraguayo, Vélez ganó la Copa Libertadores de América. La final fue contra el San Pablo de Brasil. Y en la tanda de penales, ese arquero paraguayo de mirada dura le atajó el penal definitivo a un brasileño.

salió campeón de América y dos meses después en Tokio jugó la Copa Intercontinental contra el Milan de Italia, el Milan de Franco Baresi, el Milan de Paolo Maldini, el Milan que era considerado el mejor equipo del mundo y un club del barrio de Liniers. Dirigido por Carlos Bianchi, con un arquero paraguayo que cobraba penales, le ganó al Milan 1 a0. Chilabert no atajó solo.

Chilavert se hizo gigante. Los italianos no lo podían creer. Esa fue la noche en que José Luis Chilabert dejó de ser un arquero más. Esa fue la noche en que se convirtió en leyenda, pero la fama tiene un precio y nadie se lo había contado. Y lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar.

Porque en 1995 la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol lo nombró el mejor arquero del mundo. En 1997 lo nombró otra vez. En 1998 lo nombró por tercera vez. Tres veces el mejor portero del planeta. Un récord que muy pocos en la historia han tenido. Y mientras el mundo aplaudía, el teléfono de su casa en Buenos Aires no paraba de sonar. Catalino.

Otra vez Catalino. Catalino con un nuevo problema. Catalino con una nueva inversión que necesitaba financiamiento. Catalino con un sobrino que estaba mal. Catalino con una deuda que había que tapar antes de que se enterara Nicolasa. José Luis pagaba. José Luis mandaba. José Luis seguía cumpliendo con un padre que jamás le había leído un cuento.

Jamás le había comprado un par de zapatos. Jamás le había dado un beso en la frente, pero pagaba. Porque adentro suyo, en algún rincón muy hondo, todavía estaba aquel niño de 6 años esperando que Catalino llegara a la casa de Chapas y le dijera una sola palabra de cariño. La palabra nunca llegó.

¿Y qué pasa cuando un hombre así, herido por dentro, lleno de plata por fuera, sale a un mundo que lo aplaude? Pasa que se vuelve indestructible. Pero también pasa otra cosa, algo que muy poca gente nota a tiempo. Pasa que ese hombre empieza a pelearse con todos para no tener que pelearse con el único que le dolía de verdad.

Y aquí empezó la guerra, la guerra de José Luis Chilavert contra el mundo entero, contra los árbitros. contra los presidentes de los clubes, contra los dirigentes de la AFA, contra los periodistas, contra los políticos paraguayos, contra Maradona, contra Roberto Carlos, contra Vilardo, contra Pasarella, contra Grondona, una pelea pública detrás de otra cada día, cada semana, cada mes, durante 15 años seguidos.

Y todos pensaron que era carácter, que era personalidad, que era el guerrero indomable. Casi nadie entendió la verdad. Quédate hasta el final. Porque la verdad sobre por qué Chilavert se peleó con todos no tiene que ver con ninguno de ellos, tiene que ver con un solo hombre. Y ese hombre no jugaba al fútbol.

1997, eliminatorias para el Mundial de Francia, Paraguay contra Brasil en Asunción. Estadio Defensores del Chaco, lleno hasta los pasillos. Y en ese partido pasa la escena que toda Sudamérica recuerda. Roberto Carlos, el lateral brasileño, le grita algo a Chilavert, una palabra fea. Una palabra que en Brasil se usa para insultar a los paraguayos.

La palabra es indio, pero dicha con desprecio, como si fuera escupida en la cara de toda una raza. Chilavert no le contesta con palabras. Chilavert le contesta con saliva. Le escupe en plena cara delante de 100 millones de personas viendo por televisión. El brasileño se queda paralizado y los compañeros de Chilavert, en lugar de meterse en el medio, miran al paraguayo con un respeto que no se enseña en ningún entrenamiento.

La FIFA después lo va a suspender cuatro fechas, pero esa suspensión en la cabeza de José Luis vale lo que cuesta, porque a su pueblo lo había defendido un hombre y ese hombre tenía guantes. 3 años antes había hecho algo todavía más grande y casi nadie del público mexicano lo recuerda con la precisión que merece.

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