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Ismael Rodríguez guardó un secreto 47 años — Lo que Pedro Infante nunca llegó a filmar

Cuando Ismael dijo Corten, nadie en el foro habló. Sara García hizo una señal para que todos aplaudieran. Y Pedro Infante, que en ese momento tenía 28 años y no creía en su propio talento, se quedó parado en el centro del foro sin saber qué hacer con los aplausos.  Fue como una inyección, diría Sara años después.

Fue como ver a alguien despertar. Pero Ismael Rodríguez ya había visto algo más esa mañana. Había visto que Pedro no actuaba. Pedro sentía y en el cine de cualquier época esa diferencia lo cambia todo. Un actor que actúa da al público lo que espera. Un actor que siente da al público lo que necesita. Ismael entendió eso en ese foro con esa primera toma.

Y desde ese momento su relación con Pedro dejó de ser solo la de un director y su protagonista se convirtió en algo más difícil de nombrar. La relación de dos hombres que encuentran en el otro lo que les falta para ser completos. Ismael tenía la visión, Pedro tenía el alma. Los tres García fue un éxito. No el tipo de éxito que llena páginas de periódico, el tipo de éxito más duradero, el que construye público fiel, el que hace que la gente vuelva al cine la semana siguiente porque quiere sentir otra vez lo que sintió la primera vez. Pedro

llegó puntual a cada llamado durante el resto del rodaje. Le había prometido a Sara que no volvería a llegar tarde y cumplió su promesa. Y cada 10 de mayo, hasta el día de su muerte fue a la casa de Sara García con un ramo de rosas y su mariachi para cantarle las mañanitas. Nunca faltó una sola vez.

Ismael y Pedro filmaron una segunda película  y luego otra. Y en cada rodaje, Ismael fue descubriendo con más claridad lo que había intuido en aquella primera mañana en los estudios  Tepeyac. Pedro Infante no era solo un buen actor. Era la encarnación de algo que el cine mexicano no había tenido antes.

Era la encarnación de algo que el pueblo mexicano llevaba años buscando en una pantalla sin encontrarlo exactamente así. Un hombre que lloraba sinvergüenza, que amaba sin calcular, que sufría sin disimular, que era fuerte y al mismo  tiempo se quebraba, que venía del pueblo y nunca lo olvidaba.

Había algo más que Ismael observaba en los rodajes y que muy pocos notaban. Pedro nunca salía del foro de la misma manera que había entrado. Entraba como cantante que hace películas. Salía como algo que todavía no tenía nombre. En los tres, García aprendió que las lágrimas no se fingen. Envuélvenlos  García descubrió que la comedia más genuina nace de la tristeza.

En cada personaje que construía con Ismael, Pedro dejaba algo de sí mismo. Y en cada película, cuando terminaban de rodar, Ismael se quedaba revisando el material. encontraba tomas que nadie había pedido. Momentos entre escenas donde la cámara seguía corriendo y Pedro, sin saberlo, sin actuar para nadie, simplemente era, esos momentos eran los más verdaderos de todos y Ismael los guardaba.

Pero Ismael quería más. Quería encontrar la historia que pusiera a Pedro exactamente donde debía estar. Y entonces algo inesperado los puso en el camino correcto. Fue en un programa de radio donde todo cambió. En la banda de Wipanguillo, un vendedor de naranjas llamado Abel Cureño dijo algo al aire que nadie olvidaría.

Lo dijo como quien lleva mucho tiempo callando algo y finalmente lo suelta. Dijo que nosotros los pobres somos despreciados  por la gente, que nosotros los pobres no tenemos nada. El guionista Pedro de Urdimalas las escuchó  y no pudo quitárselas de la cabeza. Las llevó a Ismael e Ismael las llevó a Pedro.

Hay que entender lo que esas palabras significaban en 1947. México estaba en medio de una transformación. Millones de personas habían dejado el campo para ir a las ciudades, especialmente a la Ciudad de México, buscando una vida mejor y encontrando vecindades apretadas y trabajos duros. Esa gente nueva, ese méxico urbano recién formado, iba al cine y en el cine nunca veía su propia vida.

Veía charros en haciendas, galanes en palacios, historias que pasaban en un mundo que no era el suyo. Ismael Rodríguez quería cambiar eso. La película se llamaría los pobres. El protagonista sería un carpintero del barrio, un hombre trabajador, honesto, pobre con dignidad, capaz de amar sin condición y de sufrir sin rendirse. Un hombre que vive en una vecindad igual a la que viven millones de personas que comprarán boleto para verla.

Ismael tenía el personaje, lo que necesitaba era convencer a Pedro. La conversación que tuvieron no fue en ningún despacho elegante, fue en el foro, entre toma y toma de otra película, de pie junto a un equipo de iluminación que nadie había recogido todavía. Ismael le describió a Pepe el toro.

Le habló del carpintero que cuida a una niña que no es su hija, que protege a su madre paralítica, que trabaja con las manos y que cuando le roban y lo acusan injustamente no pierde la dignidad.  Porque la dignidad es lo único que nadie puede robarle. Le habló de la vecindad, de los vecinos, de ese México que existía afuera y que nadie había llevado todavía a la pantalla como se merecía.

Y le dijo algo más. le dijo que ese carpintero tenía algo en común con Pedro, que Pedro también sabía lo que era trabajar con las manos antes de que el cine lo encontrara, que esa era exactamente la razón por la que nadie más podría ser Pepe el toro.  Pedro escuchó sin interrumpir y cuando Ismael terminó, Pedro no dijo nada durante un momento.

Luego preguntó una sola cosa. Le preguntó si ese hombre, ese carpintero, al final iba a quedar bien, si la gente iba a entender que era bueno. Aunque todo le saliera  mal, Ismael le dijo que sí, que ese era exactamente el punto, que la grandeza no está en ganar, sino en no rendirse. Pedro asintió despacio. Dijo que sí, nosotros los pobres.

Se filmó en octubre de 1947,  se estrenó el 25 de marzo de 1948. Y lo que pasó a continuación es algo que los libros de historia del cine mexicano han intentado explicar durante décadas sin lograrlo del todo, porque hay cosas que los números no alcanzan a decir. Las personas que fueron al cine ese primer fin de semana lloraron.

No el llanto contenido de quien está en público y trata de disimular. Lloraron de verdad con el cuerpo entero. Hombres que no habían llorado desde el funeral de su padre lloraron viendo a un carpintero ficticio cantar junto a la tumba de una mujer ficticia en una vecindad que se parecía a la suya. Mujeres que reconocían en chachita a sus propias hijas salían del cine con los ojos hinchados y volvían al día siguiente a traer a una vecina.

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