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IRMA DORANTES reveló el NOMBRE de quien ordenó matar a PEDRO INFANTE..

” Marisol buscó, encontró la caja de zapatos Café atada con un listón que alguna vez fue azul. La sacudió suavemente. Escuchó el ruido seco de papeles viejos adentro. Miró a su abuela con una pregunta muda en los ojos. “Ábrela”, dijo Irma. Marisol desató el listón, levantó la tapa. Lo primero que vio fue un sobre amarillento con los bordes comidos por el tiempo, sellado con cera roja todavía intacta.

Debajo, una foto de Pedro Infante sonriendo en un restaurante con una servilleta en la mano donde había escrito algo que el tiempo había borrado. Debajo de la foto, un pañuelo blanco con iniciales bordadas. P I. Y al fondo de la caja, cuidadosamente doblado, un recorte de periódico del 16 de abril de 1957 con el titular que había destrozado a México entero. Lee la carta. dijo Irma.

Lee la carta en voz alta. Marisol rompió el sello con manos temblorosas. El papel crujió al desdoblarse. La tinta azul estaba descolorida, pero todavía legible. Empezó a leer y mientras leía su abuela, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, sonreía por primera vez en 67 años.

La carta empezaba sin saludo, sin fecha, sin nombre de remitente, solo seis palabras escritas con una caligrafía apretada, nerviosa, de alguien que había escrito con miedo. Señor Adorantes, su esposo fue asesinado. Marisol se detuvo, miró a su abuela. Irma no abrió los ojos, pero movió la mano izquierda en el aire como diciendo, “Sigue, sigue, no te detengas ahora.

Marisol tragó saliva y continuó. Soy empleado del hangar de Mérida desde hace 14 años. Mi nombre no importa. Lo que importa es lo que vi la noche del 14 de abril de 1957 entre las 11:30 y las 2 de la madrugada del 15. Dos hombres entraron al hangar con una llave que no era de ellos. Uno era alto, delgado, de bigote.

El otro era más bajo, gordo, con lentes. Se dirigieron directamente al avión de su esposo, el X A-K. Estuvieron adentro casi una hora. Cuando salieron, el más alto le entregó al mecánico de guardia, Joaquín Moreno Tapia, un sobre grueso. Escuché claramente cuando el gordo le dijo al mecánico, “Don Antonio, agradece tu cooperación.” Y esto no ocurrió.

Joaquín contó el dinero delante de ellos. Eran 80,000 pesos en billetes de 1000 80 fajos. La voz de Marisol empezó a temblar. Irma, con los ojos todavía cerrados respiraba lentamente. Una lágrima se le escurrió por la 100 y se perdió en el cabello blanco sobre la almohada. Joaquín desapareció dos semanas después del accidente.

Su familia recibió un telegrama diciendo que se había ido a trabajar a Venezuela. Nadie volvió a saber de él. Su esposa, María del Refugio, recibió un giro telegráfico de 15,000 pesos ese mismo mes, supuestamente enviado por Joaquín. El giro venía de la Ciudad de México, no de Caracas. Ese detalle se lo digo porque yo mismo acompañé a María del Refugio a cobrar ese giro en el telégrafo de Mérida y vi la dirección de origen.

Avenida Insurgente Sur, 1236, oficina 204. Esa dirección, señor Adorantes, es la oficina de Antonio Matou. Yo trabajé ahí 3 meses en 1955 antes de pedir el traslado al hangar. Conozco el edificio. Conozco al hombre. Marisol bajó la carta, miró a su abuela. Abuela, ¿esto es real? ¿Esto es de verdad? Irma abrió los ojos por primera vez, ojos cansados, lechosos, pero todavía con esa chispa dura que nunca se le había apagado.

Sigue leyendo, mija, todavía falta lo peor. Marisol respiró hondo, continuó. Lo que voy a decirle ahora, señor Adorantes, es lo que me ha quitado el sueño durante 4ro semanas. El 12 de abril, 3 días antes del accidente, vi a don Antonio Matuc en el hangar. Nunca había venido antes. Hablaba con el jefe de pista.

Un hombre llamado Rubén Castañeda. Le preguntó por el calendario de revisiones del X a KUN. Le preguntó quién iba a hacer el chequeo previo al vuelo del 15. Tomó notas. Cuando se fue, Castañeda cambió el horario del chequeo, lo pasó de la mañana del 14 a la noche del 14 y cambió al mecánico asignado. Le quitó el trabajo a Ramón Ochoa, que tenía 22 años de experiencia, y se lo dio a Joaquín Moreno, que tenía 8 meses en el puesto.

Ese cambio, señora, nunca apareció en los registros oficiales del hangar después del accidente. Yo sé que no apareció porque yo mismo vi como Castañeda rompió la hoja del cuaderno de turnos la tarde del 16 de abril y la quemó en el cenicero de su oficina. Yo estaba afuera fumando. Lo vi por la ventana. Irma cerró los ojos otra vez. Tenía la boca apretada.

Marisol le sostuvo la mano. Estaba helada. No puedo ir a la policía, señora. No puedo decir esto en público. Tengo esposa. Tengo tres hijos. El mayor tiene 9 años. Don Antonio tiene dinero. Tiene amigos en el gobierno. Tiene gente que trabaja para él en todos lados. Si mi nombre aparece, estoy muerto y mi familia también. Pero no podía callarme.

No podía dejar que usted creyera que fue un accidente. Su esposo descubrió algo, no sé qué, pero lo descubrió y por eso lo mataron. Queme esta carta después de leerla y cuídese y cuide a su hija. Porque si don Antonio sospecha que usted sabe algo, usted y la niña son las siguientes. Que Dios la acompañe.

No había firma, solo una cruz pequeña dibujada al final, torcida, hecha con prisa. Marisol bajó la carta sobre el regazo de su abuela. No sabía qué decir. No sabía qué preguntar. La habitación estaba en silencio. Afuera, un camión pasaba por la calle. Un perro ladraba. El mundo seguía girando como si nada hubiera pasado, como si esa carta no acabara de partir en dos todo lo que Marisol creía saber sobre su abuela, sobre Pedro Infante, sobre la historia de México.

Irma habló primero. Su voz era apenas un susurro. La recibí el 28 de mayo de 1957, 43 días después del entierro. Me la dejaron debajo de la puerta envuelta en papel de estrasa sin remitente. Leí la carta tres veces. Me encerré en el baño, vomité, me senté en el piso frío del baño durante 4 horas y cuando salí decidí que iba a vivir por mi hija, por la niña, que iba a tragarme la verdad como un veneno lento y que iba a sobrevivir para criarla, para verla crecer, para que no se quedara huérfana del Padre. Y sin la madre. Marisol

estaba llorando. No se había dado cuenta. Abuela, ¿por qué hasta ahora? ¿Por qué esperaste tanto? Irma la miró y en esa mirada había 67 años de silencio comprimidos en un instante porque tenía miedo, mija. Tenía miedo y no tenía pruebas. Y cuando por fin dejé de tener miedo, ya era demasiado tarde. Matuk estaba muerto, el mecánico estaba muerto, los testigos estaban muertos.

Nadie iba a creerme. Iban a decir que era una vieja loca buscando atención. Iban a decir que inventé todo para vender un libro. Así es como matan a los muertos por segunda vez, mi hija, con la duda, con la burla. Y yo no iba a dejar que a Pedro lo mataran dos veces. se quedó en silencio un momento, respiró con dificultad, después agregó más bajo, pero ya me estoy yendo y si me voy sin decir esto, él gana. Matou gana.

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