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Ira von Fürstenberg: la princesa olvidada que vivió entre lujo, fama y tragedias

Cuando tenía 13 años, el diseñador Emilio Puchi, amigo íntimo de la familia, la descubrió como modelo. No era un descubrimiento casual. Puchi vio en esa adolescente de huesos finos y mirada desafiante algo que las revistas de moda del momento llevaban años buscando sin encontrar del todo. Una aristocracia que no posaba como aristócrata, una belleza que no pedía permiso.

La fotografiaron Cecil Vitton, el retratista oficial de la realeza británica, y Helmut Newton, el maestro de la elegancia perturbadora. A los 13 años, Ira ya era una imagen, pero ser una imagen un precio. El mundo empieza a mirarte como si fueras un objeto, algo que se puede desear, poseer y eventualmente cambiar por otro más nuevo.

Ira lo aprendería pronto, más pronto de lo que ninguna niña debería aprenderlo. El año era 1955. Europa intentaba olvidar la guerra con bailes, películas americanas y la ilusión de que el progreso lo curaría todo. La alta sociedad internacional celebraba el retorno a la normalidad con bodas fastuosas, con fiestas en palacios restaurados, con cruceros por el Mediterráneo cargados de apellidos y diamantes.

Y en ese escenario de recuperada opulencia, la familia Fursten Brañeli tomó una decisión que hoy parece inimaginable, pero que entonces era perfectamente aceptable en los círculos que frecuentaban. Decidieron cazar a ira. Ella tenía 15 años. El novio era el príncipe Alfonso de Joen Loe Langenburg, un hombre de 31 que ya entonces era conocido en media Europa por su carisma, su fortuna y su ambición.

Alfonso era hijado de los reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, lo que le otorgaba un peso simbólico que iba más allá de su propio linaje. Era el tipo de hombre que llenaba una habitación sin esfuerzo, que sabía exactamente qué decir y a quién decírselo, y que veía en la joven ira no solo una novia impresionante, sino un trofeo que completaba el mosaico de poder que estaba construyendo en la costa del sol española.

La boda tuvo lugar el 17 de septiembre de 1955 en Venecia. El escenario no podía ser más perfecto para la ocasión. La ciudad de los canales, la ciudad donde el agua besa los palacios directamente y donde la historia parece flotar en suspensión. Recibió a la alta sociedad internacional en una ceremonia que las revistas de medio mundo cubrieron con admiración reverente.

Para poder celebrar la unión, dado que la novia era menor de edad, fue necesario solicitar una dispensa papal. El Vaticano la concedió. El mundo aplaudió y Ira, con su vestido blanco y su corona de princesa, entró en una vida que nadie le había preguntado si quería. Había algo inquietante en aquellas fotografías que los periódicos publicaron días después.

una jovencita de rasgos perfectos, flanqueada por hombres y mujeres de mediana edad, con expresiones satisfechas, como si hubieran completado una transacción especialmente ventajosa. Y quizás eso era exactamente lo que había ocurrido. El matrimonio con Alfonso de Joenloe trasladó a Ira a un mundo que ella desconocía casi por completo, el de la España franquista que empezaba a abrirse al turismo internacional.

Alfonso tenía un proyecto ambicioso en Marbella, una ciudad costera de Andalucía que entonces era poco más que un pueblo de pescadores con un microclima excepcional. Quería convertirla en el destino favorito de la Jetset europea, en el lugar donde los ricos del continente fueran a olvidar que tenían responsabilidades y lo consiguió.

El Marbella club que Alfonso fundó y que se convirtió en leyenda fue el primer paso de una transformación que cambiaría para siempre el paisaje del sur de España. Ira, convertida en princesa de Joenlue, presidía aquellas veladas con la gracia natural de quien ha nacido para ello. recibía a actores de Hollywood, a industriales alemanes, a aristócratas venidos a menos y a nuevos ricos que compensaban con entusiasmo lo que les faltaba en linaje.

Aprendió a sonreír exactamente lo necesario, a decir lo correcto en el momento preciso, a hacer que cada invitado sintiera que era el más importante de la sala. Era una actuación perfecta y como toda actuación perfecta tenía un costo invisible porque por fuera todo era glamurías en terrazas con vistas al Mediterráneo. Pero por dentro la relación entre Ira y Alfonso era la de dos personas que hablaban idiomas emocionales incompatibles.

Él era 16 años mayor que ella, dominante, acostumbrado a que el mundo girase a su alrededor. Ella era un adolescente que había saltado directamente de las aulas al altar, que no había tenido tiempo de descubrir quién era antes de que le dijeran quién debía ser. En medio de esa tensión creciente llegaron los hijos.

Kristof nació en 1956 yubertus en 1958. Dos niños a los que Ira amó profundamente y que sin embargo, no llenaron el vacío de una vida que sentía prestada. La princesa que el mundo admiraba desde las páginas de las revistas era en la intimidad de sus habitaciones, una mujer joven y atrapada que comenzaba a preguntarse si había algo más allá de todo aquello.

La respuesta llegó en forma de un hombre brasileño en una pista de squí. Las pistas de esquí de los Alpes suizos eran en los años 50 y 60 el segundo salón de la alta sociedad europea. Allí se hacían y deshacían negocios entrebajadas. Se sellaban alianzas con una copa de vino caliente en la mano y de vez en cuando también se encendían pasiones que nadie había planeado.

Fue en uno de esos escenarios nevados donde Ira von Furstenberg conoció a Francisco Mataratzo Pignatari, al que todos llamaban simplemente Baby. Baby Pignatari era la antítesis de Alfonso de Joen Loe en casi todos los sentidos, donde el príncipe era europeo, austero y calculador. El industrial brasileño era exuberante, espontáneo y absolutamente incontenible.

Heredero de una fortuna familiar construida sobre el acero y el caucho en Sao Paulo, Baby había convertido su vida en una sucesión de excesos cuidadosamente disfrutados. Era famoso en tres continentes por sus fiestas, sus yates, sus aviones privados y su capacidad para hacer que cualquier lugar donde estuviera pareciera el centro del universo.

Ira se enamoró y cuando Ira Furstenberg se enamoraba, no había título nobiliario, contrato matrimonial ni escándalo social que pudiera detenerla. La aventura fue imposible de ocultar. Alfonso de Joen Loe, herido en su orgullo y en su reputación, denunció públicamente a su esposa por adulterio. El escándalo sacudió a la sociedad europea con la fuerza de una detonación.

Los periódicos publicaron los detalles con ese placer apenas disimulado con el que la prensa siempre ha seguido las caídas de los grandes. Una princesa, madre de dos hijos, abandonando a su marido príncipe por un millonario brasileño. Era el tipo de historia que vende periódicos durante semanas, pero Ira no pedía disculpas, nunca lo haría.

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