Cuando tenía 13 años, el diseñador Emilio Puchi, amigo íntimo de la familia, la descubrió como modelo. No era un descubrimiento casual. Puchi vio en esa adolescente de huesos finos y mirada desafiante algo que las revistas de moda del momento llevaban años buscando sin encontrar del todo. Una aristocracia que no posaba como aristócrata, una belleza que no pedía permiso.
La fotografiaron Cecil Vitton, el retratista oficial de la realeza británica, y Helmut Newton, el maestro de la elegancia perturbadora. A los 13 años, Ira ya era una imagen, pero ser una imagen un precio. El mundo empieza a mirarte como si fueras un objeto, algo que se puede desear, poseer y eventualmente cambiar por otro más nuevo.
Ira lo aprendería pronto, más pronto de lo que ninguna niña debería aprenderlo. El año era 1955. Europa intentaba olvidar la guerra con bailes, películas americanas y la ilusión de que el progreso lo curaría todo. La alta sociedad internacional celebraba el retorno a la normalidad con bodas fastuosas, con fiestas en palacios restaurados, con cruceros por el Mediterráneo cargados de apellidos y diamantes.
Y en ese escenario de recuperada opulencia, la familia Fursten Brañeli tomó una decisión que hoy parece inimaginable, pero que entonces era perfectamente aceptable en los círculos que frecuentaban. Decidieron cazar a ira. Ella tenía 15 años. El novio era el príncipe Alfonso de Joen Loe Langenburg, un hombre de 31 que ya entonces era conocido en media Europa por su carisma, su fortuna y su ambición.
Alfonso era hijado de los reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, lo que le otorgaba un peso simbólico que iba más allá de su propio linaje. Era el tipo de hombre que llenaba una habitación sin esfuerzo, que sabía exactamente qué decir y a quién decírselo, y que veía en la joven ira no solo una novia impresionante, sino un trofeo que completaba el mosaico de poder que estaba construyendo en la costa del sol española.
La boda tuvo lugar el 17 de septiembre de 1955 en Venecia. El escenario no podía ser más perfecto para la ocasión. La ciudad de los canales, la ciudad donde el agua besa los palacios directamente y donde la historia parece flotar en suspensión. Recibió a la alta sociedad internacional en una ceremonia que las revistas de medio mundo cubrieron con admiración reverente.
Para poder celebrar la unión, dado que la novia era menor de edad, fue necesario solicitar una dispensa papal. El Vaticano la concedió. El mundo aplaudió y Ira, con su vestido blanco y su corona de princesa, entró en una vida que nadie le había preguntado si quería. Había algo inquietante en aquellas fotografías que los periódicos publicaron días después.
una jovencita de rasgos perfectos, flanqueada por hombres y mujeres de mediana edad, con expresiones satisfechas, como si hubieran completado una transacción especialmente ventajosa. Y quizás eso era exactamente lo que había ocurrido. El matrimonio con Alfonso de Joenloe trasladó a Ira a un mundo que ella desconocía casi por completo, el de la España franquista que empezaba a abrirse al turismo internacional.
Alfonso tenía un proyecto ambicioso en Marbella, una ciudad costera de Andalucía que entonces era poco más que un pueblo de pescadores con un microclima excepcional. Quería convertirla en el destino favorito de la Jetset europea, en el lugar donde los ricos del continente fueran a olvidar que tenían responsabilidades y lo consiguió.
El Marbella club que Alfonso fundó y que se convirtió en leyenda fue el primer paso de una transformación que cambiaría para siempre el paisaje del sur de España. Ira, convertida en princesa de Joenlue, presidía aquellas veladas con la gracia natural de quien ha nacido para ello. recibía a actores de Hollywood, a industriales alemanes, a aristócratas venidos a menos y a nuevos ricos que compensaban con entusiasmo lo que les faltaba en linaje.
Aprendió a sonreír exactamente lo necesario, a decir lo correcto en el momento preciso, a hacer que cada invitado sintiera que era el más importante de la sala. Era una actuación perfecta y como toda actuación perfecta tenía un costo invisible porque por fuera todo era glamurías en terrazas con vistas al Mediterráneo. Pero por dentro la relación entre Ira y Alfonso era la de dos personas que hablaban idiomas emocionales incompatibles.
Él era 16 años mayor que ella, dominante, acostumbrado a que el mundo girase a su alrededor. Ella era un adolescente que había saltado directamente de las aulas al altar, que no había tenido tiempo de descubrir quién era antes de que le dijeran quién debía ser. En medio de esa tensión creciente llegaron los hijos.
Kristof nació en 1956 yubertus en 1958. Dos niños a los que Ira amó profundamente y que sin embargo, no llenaron el vacío de una vida que sentía prestada. La princesa que el mundo admiraba desde las páginas de las revistas era en la intimidad de sus habitaciones, una mujer joven y atrapada que comenzaba a preguntarse si había algo más allá de todo aquello.
La respuesta llegó en forma de un hombre brasileño en una pista de squí. Las pistas de esquí de los Alpes suizos eran en los años 50 y 60 el segundo salón de la alta sociedad europea. Allí se hacían y deshacían negocios entrebajadas. Se sellaban alianzas con una copa de vino caliente en la mano y de vez en cuando también se encendían pasiones que nadie había planeado.
Fue en uno de esos escenarios nevados donde Ira von Furstenberg conoció a Francisco Mataratzo Pignatari, al que todos llamaban simplemente Baby. Baby Pignatari era la antítesis de Alfonso de Joen Loe en casi todos los sentidos, donde el príncipe era europeo, austero y calculador. El industrial brasileño era exuberante, espontáneo y absolutamente incontenible.
Heredero de una fortuna familiar construida sobre el acero y el caucho en Sao Paulo, Baby había convertido su vida en una sucesión de excesos cuidadosamente disfrutados. Era famoso en tres continentes por sus fiestas, sus yates, sus aviones privados y su capacidad para hacer que cualquier lugar donde estuviera pareciera el centro del universo.
Ira se enamoró y cuando Ira Furstenberg se enamoraba, no había título nobiliario, contrato matrimonial ni escándalo social que pudiera detenerla. La aventura fue imposible de ocultar. Alfonso de Joen Loe, herido en su orgullo y en su reputación, denunció públicamente a su esposa por adulterio. El escándalo sacudió a la sociedad europea con la fuerza de una detonación.
Los periódicos publicaron los detalles con ese placer apenas disimulado con el que la prensa siempre ha seguido las caídas de los grandes. Una princesa, madre de dos hijos, abandonando a su marido príncipe por un millonario brasileño. Era el tipo de historia que vende periódicos durante semanas, pero Ira no pedía disculpas, nunca lo haría.
En 1961, Ira Bon Furstenberg y Francisco Mataratzo Pignatari se casaron en Reno, Nevada, con la discreción relativa que permitía la ciudad americana conocida por sus matrimonios rápidos y sus divorcios aún más rápidos. Era un gesto que decía mucho sobre el estado de ánimo de ambos. No querían pompa ni ceremonia, querían empezar cuanto antes.
La nueva vida de ira la llevó directamente a Brasil, a Sao Paulo, a un mundo radicalmente diferente de todo lo que había conocido hasta entonces. Allí no era la princesa europea con apellido antiquísimo. Era la esposa del hombre más rico y extravagante del país. Y eso en la Brasil de los años 60, en plena ebullición cultural y económica, era un título que abría todas las puertas.
Sao Paulo la recibió con los brazos abiertos. La sociedad brasileña de entonces tenía una energía que la vieja Europa ya había olvidado. Una mezcla de modernidad arquitectónica y calor humano, de ambición sin complejos y alegría sin explicación. Ira se convirtió en mecenas de las artes.
Frecuentó los círculos intelectuales y artísticos de la ciudad. Apoyó a pintores y escultores y descubrió que le gustaba hacer algo más que una imagen decorativa en las fotografías de sociedad. Pero Baby Pignatari era para bien y para mal demasiado, demasiado intenso, demasiado presente, demasiado ocupado, siendo la leyenda que él mismo había construido.
El matrimonio comenzó a tensarse antes de cumplir 3 años. Enero de 1964, Ira volvió a Nevada, esta vez para divorciarse. Las mismas paredes de Reno que habían visto nacer esa unión la vieron disolverse sin ceremonias. Años después, hablando con Vanny Ty Fair, Ira reconocería que Baby había sido el amor de su vida y que fue también quien le devolvió su vida.
Paradoja que solo entienden quienes han sido liberados precisamente por aquello que después los abandonó. libre por segunda vez con 24 años cumplidos y dos matrimonios ya en el pasado, Ira von Furstenberg se encontró ante una pregunta que pocas mujeres de su generación y su clase social se habían atrevido a formular en voz alta qué quería hacer ella por decisión propia con el resto de su vida.
La respuesta no llegó de golpe, llegó despacio, a través de encuentros fortuitos, de conversaciones que se prolongaban más de lo previsto, de una intuición que ella siempre supo escuchar mejor que la mayoría y llegó, como tantas cosas decisivas en su historia a través de un hombre que la vio antes de que ella se viera a sí misma.
Dino de Laurentis era en los años 60 el productor de cine más ambicioso de Italia. el hombre que había llevado a Federico Felini al mundo y que soñaba permanentemente con proyectos más grandes que cualquier pantalla. Cuando conoció a Ira, vio algo que las pruebas de cámara confirmaron de inmediato. Aquella mujer no solo era fotogénica, era cinematográfica.
tenía la rarísima capacidad de hacer que el objetivo de la cámara la buscara a ella en lugar de esperar a ser encontrado. Le ofreció el papel protagonista en Matchless, una parodia de las películas de espías al estilo James Bond que se estrenó en 1967. El estreno fue un éxito moderado, pero suficiente para confirmar lo que de Laurentis había intuido.
Ira podía actuar y lo que era más importante, el cine la necesitaba más de lo que ella había imaginado necesitar el cine. En los años siguientes trabajó con algunos de los directores más reputados del cine europeo, con Mario Baba, maestro del terror italiano en Cinco muñecas para la luna de agosto, con Alberto Latuada, el gran cronista de la sociedad italiana, con Jan Negulesco, el director rumano que había triunfado en Hollywood, con Franco Sefirelli, el más operístico de los cineastas italianos.
Cada película era un mundo diferente y ira los habitaba todos con la misma facilidad desconcertante con la que había habitado mansiones en cuatro países distintos. La carrera cinematográfica de Ira von Fursemberg no siguió la trayectoria convencional de las actrices de su época.
No se instaló en Roma o en París para construir metódicamente un nombre en los créditos. Se movió como siempre entre países, entre géneros, entre idiomas. Rodó en italiano, en francés, en inglés. Interpretó a princesas rusas, a espías internacionales, a damas de sociedad con secretos sombríos. En España, donde su exmarido Alfonso había construido el Marbella Club y donde ella seguía siendo recibida con una mezcla de fascinación y morvo social, también dejó su huella en el cine.
Protagonizó No desearás al vecino del quinto, una de las comedias más populares del tardofranquismo español junto a Alfredo Landa. Era una película ligera, divertida, sin pretensiones de grandeza y sin embargo fue una de las que más público llevó a las salas en aquellos años. Aira lo entendía bien. A veces la mejor forma de sobrevivir en una industria es saber cuándo bajar la guardia y simplemente divertirse.
En 1970 presentó el festival de Sanremo junto a Nuto Costa y Enrico María Salerno. Era uno de los eventos televisivos más seguidos de Italia, una plataforma que en aquella época equivalía a estar en el centro del universo mediático italiano. Aira lo hizo con su elegancia característica, sin esfuerzo aparente, como si presentar ante millones de espectadores fuera algo que había hecho toda la vida.

Pero la actuación más difícil no estaba en ningún set de rodaje, estaba en los pasillos de su propia vida, donde la soledad que los flashes no iluminan nunca se instalaba con una persistencia que ni el glamur ni los aplausos lograban disolver del todo. A medida que avanzaba los años 70, la carrera cinematográfica de ira fue perdiendo la intensidad de sus comienzos.
No fue un fracaso dramático, fue algo más silencioso y quizás más difícil de sobrellevar. El lento proceso por el que una industria que te ha necesitado empieza a necesitarte un poco menos cada temporada, sin darte razones claras ni fechas exactas. Ira lo vivió con más dignidad que rabia. siempre había tenido la inteligencia de no poner todos sus huevos en la misma cesta y los años en el cine le habían enseñado algo valioso sobre la naturaleza del poder en los círculos creativos.
Las conexiones que había construido frente a la cámara se convirtieron ahora en el capital con el que construyó una segunda vida profesional detrás de los escenarios. Se volcó en el mundo de la moda y la belleza con la misma determinación con la que había abordado cada etapa anterior de su historia.
fue presidenta de la filial italiana de Germán Montey, la empresa de cosméticos americana, y desde 1978 se convirtió en directora general de las relaciones públicas de Valentino Barabani. La colaboración con Valentino no era solo profesional, era una alianza entre dos estéticas que se reconocían mutuamente. Valentino vestía a las mujeres como si fueran princesas.
Ira era una princesa que sabía exactamente lo que eso significaba desde dentro. En esos años también se mantuvo cerca del mundo del arte gracias a una amistad que pocos esperaban. El príncipe reainiero de Mónaco, viudo de Grace Kelly desde su trágica muerte en 1982, mantuvo con ira una relación cercana que los medios insinuaron repetidamente como algo más que amistad.
Ella nunca lo confirmó ni lo desmintió. Se limitaba a sonreír con esa ambigüedad calculada que los años en los focos le habían enseñado a perfeccionar. Hay mujeres que el destino pone a prueba, no una, sino varias veces, como si necesitara comprobar hasta dónde llega su resistencia. Ira von Furstenberg era una de esas mujeres y la prueba más brutal de todas llegó en el verano de 2006, cuando su hijo mayor Christoph de Joenloe murió en condiciones que la prensa y la familia nunca terminaron de explicar del mismo
modo. Kristop tenía 49 años. Había viajado a Bangkok, Tailandia, para someterse a un régimen de adelgazamiento en un centro de bienestar. Pero las autoridades tailandesas lo detuvieron acusándolo de haber manipulado la fecha de su visado de permanencia en el país. Era una irregularidad administrativa menor, del tipo que normalmente se resuelve con un trámite burocrático y una multa.
Sin embargo, Christoph acabó en una prisión de Bangkok. Lo que sucedió dentro de esas paredes nunca quedó completamente claro. Los médicos que lo atendieron hablaron de una septicemia, de complicaciones aparentemente asociadas a una diabetes que el joven padecía de un fallo multiorgánico que se desarrolló con una rapidez que no dejó margen para ninguna intervención.
La familia habló de negligencia, de condiciones de detención inaceptables, de una muerte que no debería haber ocurrido. El gobierno tailandés mantuvo silencio. Ira recibió la noticia en Europa y algo en ella se rompió de una manera que ningún divorcio, ningún escándalo, ninguna derrota profesional había logrado romper antes.
Porque un hijo es lo único que no se puede reemplazar, lo único que no admite otra oportunidad, lo único que hace que toda la arquitectura del glamur y la supervivencia que una ha construido durante décadas se tambalee hasta los cimientos. Quienes la conocieron en los meses que siguieron a la muerte de Christoph describieron a una ira diferente, no rota, porque rota es una palabra que ella nunca habría aceptado para sí misma, pero sí más silenciosa, más cuidadosa con las palabras, más selectiva con las personas a las que
permitía acercarse. El duelo de ir a Fon Furstenberg fue un duelo privado en una vida que había sido casi siempre pública. Ella, que había aprendido desde los 13 años a existir bajo la mirada ajena, eligió procesar esa pérdida en el único espacio donde nadie podía seguirla. El espacio interior que ninguna cámara fotografía y ningún periodista logra describir con precisión.
Su otro hijo, Juertus de Joen Loe, seguía vivo y activo y era en todos los sentidos un hombre extraordinario. Esquiador olímpico que representó a México en varios Juegos Olímpicos de invierno, fotógrafo reconocido, cantante, aristócrata sin complejos que había convertido su apellido en una marca personal Avangard.
Ira hablaba de él con orgullo, sin reservas. Cubertus era la prueba de que algo en la educación que ella había dado, incompleta y errática como cualquier educación materna, había salido bien. Pero la ausencia de Cristo era una herida permanente, una de esas heridas que no cicatrizan del todo, que permanecen en el fondo de la conciencia como un eco constante, como una melodía a la que le falta una nota y que nunca vuelve a sonar completa.
Ira la llevó consigo durante los 18 años que vivió después de aquella pérdida. La llevó con discreción, la llevó con dignidad, la llevó como solo pueden llevar las grandes pérdidas quienes saben que la alternativa es hundirse y que hundirse no es una opción. A pesar del dolor o quizás precisamente gracias a la disciplina que el dolor obliga a desarrollar, Ira Fun Furstenberg no se retiró del mundo.
Hizo exactamente lo contrario. En 1992, cuando muchas mujeres de su generación y su clase ya se habían instalado cómodamente la nostalgia y los recuerdos, Ira fundó su propia casa de moda. La llamó Ira vontenstenberg Collection y lanzó una línea que incluía ropa, accesorios y mobiliario para el hogar.
No era un capricho de aristócrata aburrida. era la continuación lógica de una vida entera dedicada a entender la belleza como categoría filosófica y no solo como accidente estético. Ira había vivido rodeada de los mejores diseñadores, los mejores artesanos, los mejores materiales. Había vestido los mejores vestidos, dormido en las mejores sábanas, viajado en los mejores coches.
Esa acumulación de experiencia sensorial se había convertido en criterio y el criterio en una voz propia que la industria de la moda tardó en escuchar, pero que finalmente reconoció. Paralela a su trabajo en la moda estaba su pasión por el diseño de joyas. creó una línea llamada Objects Unix, objetos únicos, piezas que compraba en distintas partes del mundo durante sus viajes interminables y que transformaba, enriqueciéndolas con oro, añadiéndoles su visión personal, convirtiéndolas en algo diferente a lo que habían sido. Era
una metáfora perfecta de lo que ella misma había hecho con su propia vida. tomar lo que encuentra, transformarlo, firmarlo. También fue filántropa. Apoyó causas humanitarias y medioambientales con una generosidad que no buscaba titulares. Sabía que los apellidos que llevaba imponían una responsabilidad hacia los que no tenían apellidos de ningún tipo.
Y esa responsabilidad la cumplió a su manera, sin ostentación, pero con constancia. España ocupó un lugar especial en la biografía de Ira von Furstenberg durante toda su vida adulta. Era paradójico, dado que su primer matrimonio con el fundador del Marbella Club había terminado en escándalo y denuncia pública, pero Ira tenía la capacidad de separar los lugares de las personas que los habitan y Marbella era para ella algo más que el proyecto de Alfonso.
Era un estado de ánimo, un ritmo de vida, una forma de entender el verano que no existía en ningún otro lugar del mundo. Regresó a la Costa del Sol cada verano durante décadas. La veían en las terrazas del puerto Vanus, en las cenas privadas de las villas que sus amigos de toda la vida mantenían abiertas para ella.
Los veraneantes más jóvenes que se cruzaban con ella y no sabían exactamente quién era, percibían con claridad que aquella mujer no era simplemente alguien bien vestido, era alguien que había estado en el centro de algo grande en algún momento que ellos no habían alcanzado a vivir, pero que seguía visible en cada gesto, en cada inflexión de voz, en la forma en que ocupaba el espacio.
Justo antes de la pandemia de 2020, Ira tomó una decisión que sorprendió a muchos. compró un apartamento en Madrid. A los casi 80 años, una mujer que había vivido en Brasil, París, Ginebra, Londres y Roma decidía establecerse en la capital española. Era un giro que pocos esperaban, pero que en el fondo tenía una coherencia perfecta.
Madrid era la ciudad que le había dado sus películas más populares, la ciudad donde el recuerdo de su nombre seguía siendo conocido, la ciudad donde podía ser una leyenda viva sin esfuerzo adicional. Pero la pandemia llegó y lo cambió todo. Los viajes se suspendieron, los salones cerraron y ira, como el resto del mundo, se encontró de pronto detenida en un tiempo que no sabía moverse despacio.
Hubo un aspecto de la vida de Ira von Furstenberg que la prensa siempre trató con la mezcla de fascinación y especulación que suele reservarse para las grandes figuras, sus romances. Más allá de sus dos matrimonios oficiales y más allá de la aventura con Baby Pignatari, que precipitó el fin del primero, la prensa le atribuyó a lo largo de las décadas una lista de relaciones que ella misma nunca se molestó en confirmar ni en negar del todo.

El nombre que más resonó fue el de reñero de Mónaco. Después de la muerte de Grace Kelly en septiembre de 1982, el príncipe soberano quedó viudo con tres hijos y el peso entero de un principado sobre los hombros. La cercanía entre Rainiero e ira, la frecuencia con la que se les veía juntos en los eventos que ambos frecuentaban, generó una narrativa que los medios construyeron con entusiasmo.
Algunos llegaron a escribir que Ira podría haber ocupado el trono de Mónaco como segunda esposa del príncipe. Ella nunca lo confirmó. Sonrió en las entrevistas con esa expresión que tenía entre divertida y levemente condescendiente, que decía sin palabras que el tema era demasiado complejo para reducirse a una pregunta de periodista.
Y esa ambigüedad, mantenida con maestría durante años contribuyó a alimentar una leyenda que la realidad confirmada quizás no habría sostenido con la misma intensidad. Porque ira entendía algo que muy pocas personas en su posición comprenden del todo. El misterio es siempre más poderoso que la revelación.
Lo que no se dice, lo que se insinúa y se retira, lo que flota en el aire de una conversación sin terminar de aterrizar, tiene una capacidad de seducción que ninguna verdad desnuda puede igualar. En los años finales de su vida, Ira von Furstenbert concedió algunas entrevistas largas y reflexivas que permitieron vislumbrar algo de lo que había quedado bajo la superficie brillante de su biografía pública.
No eran confesiones, nunca había sido una mujer de confesiones. Eran más bien iluminaciones, destellos de lucidez que aparecían en medio de una conversación y que la persona que escuchaba debía capturar rápidamente antes de que desaparecieran. Habló del cine con una nostalgia genuina que sorprendía por su intensidad.
Reconoció que si hubiera seguido actuando si no hubiera dejado que otras prioridades desplazaran aquella vocación tardía. pero real. Quizás habría encontrado en la actuación algo que en ninguna otra actividad llegó a encontrar completamente. Era una admisión inusual en ella, una grieta en la armadura de una mujer que normalmente no dejaba ver los arrepentimientos.
También habló de la soledad, no con amargura, sino con esa ecuanimidad de quien ha procesado largo tiempo una verdad incómoda y ha llegado a un acuerdo con ella. La soledad, dijo en una de esas conversaciones, es el precio de haber elegido siempre la libertad sobre la comodidad.
Y era un precio que aceptaba, porque la alternativa habría sido quedarse donde no debía, ser quien no era, vivir una vida que encajaba perfectamente con lo que los demás esperaban y que no tenía nada que ver con lo que ella necesitaba. Su apartamento romano, donde pasó sus últimos años, estaba lleno de los objetos que había coleccionado durante décadas de viajes.
Piezas africanas, esculturas asiáticas, telas de colores imposibles que había comprado mercados de ciudades cuyos nombres la mayoría de sus contemporáneos no sabría situar en un mapa. Cada objeto era un capítulo de su historia. Juntos formaba la autobiografía más honesta que jamás escribiría. Los últimos años de su vida transcurrieron en Roma, la ciudad donde todo había comenzado.
Había algo circular en ese regreso, la clase de simetría que el destino a veces construye sin avisar y que solo se reconoce cuando ya ha ocurrido. La niña que nació en Roma en abril de 1940 había dado la vuelta completa al mundo, había tocado todos sus extremos y terminó donde había empezado, en la ciudad donde el pasado y el presente coexisten con ningún otro lugar.
Roma la acogió sin condiciones. La ciudad tiene esa habilidad particular de absorber a sus hijos pródigos sin preguntas ni reproches. Quizás porque en una ciudad que lleva 3,000 años acumulando historias, ninguna historia individual parece demasiado escandalosa ni demasiado extraordinaria. Ira mantuvo hasta el final una agenda que habría agotado a personas 20 años más jóvenes.
Seguía asistiendo a exposiciones, a presentaciones de moda, a las cenas con los pocos amigos que quedaban del círculo original. Ese grupo que se había ido adelgazando con los años a medida que los funerales se multiplicaban. seguía interesándose por el arte contemporáneo, por los jóvenes diseñadores, por lo que estaba ocurriendo en el mundo sin que los periódicos lo consideraran suficientemente importante para mencionarlo.
Y seguía siendo Aira, no la sombra de Aira ni la versión veterana de Aira. Aira, sin más adjetivos. La mujer que había aprendido que la identidad cuando es verdadera, no necesita decoración adicional y que sobrevive a todo lo que la vida decide ponerle enfrente. El 18 de febrero de 2024, un lunes de invierno romano, Aira Bon Fustenberg sufrió una caída en su residencia.
No fue una caída dramática ni anunciada. Fue de esas caídas domésticas que ocurren en un segundo de descuido, en un momento en que el suelo no está donde debería o el cuerpo no responde con la rapidez que la mente todavía exige. Una de las crueldades silenciosas del envejecimiento. La caída le rompió una costilla.
La costilla perforó el pulmón. Cuando comenzó a sentirse mal y buscaron ayuda, la hemorragia interna ya era irreparable. Tenía 83 años. El mundo que le había conocido recibió la noticia con esa mezcla de tristeza y sorpresa que caracteriza la muerte de las personas que creemos inmortales. Porque la energía que proyectan no parece compatible con la idea de que algún día puedan simplemente dejar de estar.
Los mensajes de condolencia llegaron de España, de Italia, de Brasil, de Alemania, de Mónaco. Llegaron de los lugares que ella había habitado y de las personas que ella había marcado. La prensa española la recordó especialmente. Fue durante muchos años uno de los rostros más reconocibles de la jetset de Marbella y su presencia en la Costa del Sol había formado parte del imaginario colectivo de varias generaciones de españoles que asociaban su nombre con una época dorada que el tiempo había convertido en leyenda.
El funeral tuvo lugar el 23 de febrero en la iglesia de Santa María en Roma. fue enterrada en el cementerio de Strobel and Wolfgansé en Salzburgo. La tierra austríaca recibió a la princesa que había nacido italiana, se había casado española, vivido brasileña y muerto romana. Una última ironía de una vida que siempre había desafiado la clasificación sencilla.
Para entender a Ira von Furstenberg es necesario entender el mundo en el que vivió, porque sin ese contexto su historia pierde la mitad de su significado. nació en el final de una Europa que ya no existe, la Europa de los principados centenarios, de los apellidos que cargaban el peso de siglos de historia, de los matrimonios que se acordaban en función de alianzas y fortunas y que las partes implicadas aceptaban con la resignación de quien sabe que el mundo tiene reglas que él no ha escrito, pero que tampoco puede ignorar.
y murió en un mundo completamente diferente, un mundo donde esos apellidos siguen existiendo, pero han perdido la mayor parte de su capacidad de definir una vida, donde el lujo que ella conoció en su versión más pura y más antigua ha sido sustituido por una versión comercializada y democratizada que tiene los mismos nombres, pero no exactamente el mismo sabor.
Ira fue en ese sentido una figura de transición, una de las últimas representantes genuinas de un modo de vida que el siglo XX fue disolviendo lentamente, no con una revolución declarada, sino con la presión constante de un mundo que se movía más rápido que cualquier tradición podía seguir. Ella lo supo y, en lugar de resistirse, eligió moverse con el mundo, cambiar de piel cuando era necesario, reinventarse cuando la alternativa era quedarse obsoleta.
Fue modelo antes de que existiera el concepto moderno de supermodelo. Fue actriz en el cine europeo cuando el cine europeo competía con Hollywood de igual a igual. fue directora de relaciones públicas de un gran nombre de la muda, cuando las relaciones públicas de la alta costura eran todavía una disciplina artesanal.
Fundó su propia marca cuando fundar marcas personales era una excepción y no la norma. En cada caso estaba donde estaba la acción antes de que la mayoría supiera que esa era la dirección correcta. Existe una pregunta que flota sobre la vida de Ira Fun Furstenberg y que ninguna de sus entrevistas terminó de responder con claridad.
Fue feliz, no en el sentido superficial de la palabra que confunde la felicidad con la ausencia de problemas, sino en ese sentido más profundo y más difícil de articular que tiene que ver con la coherencia entre lo que uno es y lo que uno vive. Los que la conocieron bien dicen que Ira tenía una vitalidad que no era actuada, que entraba en una habitación y la temperatura cambiaba, no metafóricamente, sino casi en sentido literal, porque la tensión de todos se desplazaba hacia ella con la naturalidad de una flor que gira hacia la luz, que
tenía un humor seco y certero, que disparaba sin aviso y que hacía reír a la gente antes de que hubieran terminado de procesar lo que acababa de decir. Pero también dicen que había en ella, especialmente en los últimos años, una mirada que iba más lejos de la habitación en la que estaba, una especie de presencia doble que habitaba simultáneamente el presente y algún lugar interior al que nadie más tenía acceso.
No era tristeza exactamente, era algo más complicado. Era la expresión de una persona que ha visto mucho, que ha sobrevivido a cosas que no deberían sobrevivirse y que ha llegado a una comprensión del mundo que no es exactamente paz, pero que tampoco es guerra. Es algo intermedio para lo que los idiomas que ella hablaba, todos cuatro, no tenían una palabra precisa.
Su hijo Ubertus, en las declaraciones que hizo tras la muerte de su madre, habló de ella con una ternura que no necesitaba adornos. habló de una mujer que había amado con intensidad todo lo que había amado, que no había guardado nada para después, que había vivido sin red, porque vivir con red le parecía otra forma de no vivir del todo.
Quedan de ir a von Furstenberg varias cosas que el tiempo no ha conseguido borrar del todo. Quedan las fotografías. Ese archivo extraordinario de imágenes que desde los 13 años hasta los y tantos documentan a una mujer que fue siempre reconociblemente ella misma, a pesar de todos los cambios de escenario y de decorado. Quedan las películas, algunas vistas ya solo por los aficionados al cine europeo clásico, otras todavía emitidas en las noches de los canales de televisión que programan para los que no duermen.
que da el apellido que sigue resonando en las conversaciones sobre el Marbella Club, sobre la jetset de los años 60 y 70, sobre esa época en que el lujo y la libertad parecían ir de la mano de una manera que el mundo posterior ya no ha sabido reproducir con la misma gracia. Queda el recuerdo en las ciudades que la adoptaron, en Sao Paulo, donde fue mecenas de las artes en un momento crucial de la historia cultural brasileña, en Madrid, donde llegó cerca del final, como si hubiera sabido que ese era el lugar que le faltaba conocer
bien en Marbella, donde su figura es parte del mito fundacional de un destino que hoy recibe millones de turistas, sin saber exactamente quiénes fueron los que lo inventaron. Y queda la historia. Esta historia que hemos contado durante 20 episodios y que como todas las historias verdaderas no tiene una moraleja clara ni un mensaje que se pueda resumir en una frase.
La vida de ir a Von Furstenberg no enseña que el dinero no da la felicidad porque ella tampoco era feliz sin dinero. No enseña que los títulos nobiliarios son una trampa, porque ella misma los usó con habilidad cuando le convenía y los ignoró con determinación cuando le estorbaban. no enseña nada que no supiéramos ya.
Lo que hace, en cambio, es recordarnos que una vida puede ser muchas vidas, que una persona puede ser muchas personas y que la medida de una existencia no está en cuántas veces cae, sino en cuántas veces encuentra la forma de levantarse de una manera que nadie había previsto, pero que vista en perspectiva parece la única posible.
Ira von Furstenberg fue princesa, esposa, madre, amante, actriz, diseñadora, filántropa, superviviente. Fue todo eso y fue sobre todo ella misma.