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Intentaron arruinar la película de María Félix- Ella lo transformo en historia

La película se llamaba Enamorada. El director era Emilio Fernández, el indio, el mismo hombre que dos años antes la había dirigido en una de sus primeras películas exitosas. Era la historia de una mujer de carácter fuerte en tiempos de la Revolución Mexicana, una mujer que se enfrentaba a un general y que terminaba, según el guion original, doblegándose ante el amor.

Un papel que sobre el papel parecía perfecto para María, pero había algo detrás de ese proyecto que no era cine. Era una trampa. Y la trampa no la había puesto un enemigo desconocido, la había puesto alguien que María consideraba. hasta ese martes por la tarde, un aliado. El nombre de Fernando Rivas no aparece en los libros de historia del cine mexicano, no porque no existiera, sino porque la historia tiene una forma muy conveniente de olvidar a los arquitectos de las traiciones cuando esas traiciones no funcionan. Fernando era productor,

tenía 42 años, usaba trajes importados de tela inglesa y hablaba con la seguridad lenta de alguien que nunca había recibido un no que le importara demasiado. Había conocido a María 3 años antes, cuando ella empezaba a despegar. La había ayudado en un par de contratos complicados. Había intercedido en un conflicto con un director que quería reducirle el sueldo.

Había estado ahí en los momentos precisos para que María sintiera que tenía un aliado dentro de una industria que no sabía muy bien qué hacer con ella. Fernando sabía cultivar esa clase de confianza. Era su verdadero talento. No producir películas, no descubrir talentos, no crear historias que importaran.

Su talento era hacer que las personas poderosas creyeran que él estaba de su lado hasta que dejaba de estarlo. Lo que María no sabía, lo que nadie le dijo hasta que fue casi demasiado tarde, era que Fernando llevaba meses construyendo una operación cuidadosa. No era solo él, eran varios, un grupo de productores y directores que habían llegado a una conclusión compartida durante una cena privada en la casa de uno de ellos.

Una noche de enero de 1947, entre tequila, caro y puros importados. La conclusión era simple y brutal. María Félix era demasiado grande, demasiado independiente, demasiado costosa en todos los sentidos de la palabra y había que reducirla antes de que se volviera imposible de controlar. No dijeron destruirla, dijeron manejarla, pero todos en esa mesa sabían que era lo mismo.

Si tú creciste viendo las películas de la época de oro, si tu abuelita te contaba historias de María Félix mientras bordaba en las tardes, si recuerdas esa sensación de sentarte frente a la televisión un domingo y ver esos rostros que ya no existen, entonces esta historia es para ti. Suscríbete para que no te pierdas ninguna.

El plan tenía tres partes, cada una diseñada con la precisión de un reloj suizo. La primera era contractual. Fernando había hablado durante semanas con los ejecutivos del estudio para revisar las condiciones del contrato de María en Enamorada. Había encontrado lo que buscaba, cláusulas técnicas que permitían reemplazar a una actriz si el director solicitaba el cambio por razones artísticas. La idea era simple.

presionar a Emilio Fernández para que firmara una carta solicitando el reemplazo de María. Con esa carta, el estudio podría sacarla del proyecto sin violar el contrato, sin pagarle la totalidad de sus honorarios y, lo más importante, sin que pareciera una decisión personal. Parecería una decisión creativa, un director que ejerce su derecho artístico.

Nada personal, señorita Félix, solo negocios. La segunda parte era la prensa. En México, en los años 40, los periodistas de espectáculos eran herramientas que ciertos productores usaban con la misma naturalidad con que usaban un teléfono. Fernando tenía relaciones con dos columnistas importantes, hombres que escribían para periódicos que leía todo México cada mañana con el café.

Estos columnistas estaban dispuestos a publicar lo que Fernando necesitara a cambio de exclusivas futuras. acceso a estrenos y los sobres discretos que circulaban en esa industria con la naturalidad del aire. La historia que tenían preparada era específica y devastadora. María Félix era difícil, impuntual, conflictiva en el set, incapaz de recibir dirección, que su talento era una ilusión construida por la cámara y por fotógrafos como Gabriel Figueroa, que la hacían ver mejor de lo que era, que los directores que habían

trabajado con ella lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo porque temían su lengua venenosa y sus conexiones con hombres poderosos. Las columnas estaban escritas, revisadas, listas para publicarse. Solo esperaban la señal de Fernando. La tercera parte era la más personal y la más cruel. Fernando planeaba hablar directamente con María, no para avisarle de lo que venía, sino para ofrecerle una salida que en realidad era una rendición.

le diría que sabía de las presiones que había sobre ella, que él podía protegerla, pero que para hacerlo necesitaba que ella cambiara su actitud, que fuera más flexible, más accesible, más dispuesta a trabajar dentro de las reglas que otros habían establecido. Le hablaría como alguien que la protegía. Le pediría que se achicara usando el lenguaje del afecto.

María, yo solo quiero lo mejor para ti, pero tienes que entender que no puedes seguir así. La industria tiene reglas y tú las estás rompiendo todas. Era en todos los sentidos una obra maestra de la manipulación. Tres fases coordinadas, el contrato, la prensa, la presión personal. Cualquiera de las tres habría bastado para destruir a una actriz normal.

Las tres juntas eran una sentencia de muerte profesional y habría funcionado con casi cualquier otra mujer de la industria. Habría funcionado con actrices más jóvenes, más dóciles, más necesitadas de aprobación. Habría funcionado con mujeres que no tuvieran la dureza de crecer en Álamos, Sonora como la cuarta de 11 hermanos, bajo la mirada de un padre militar que nunca le enseñó a pedir permiso para nada.

Pero dos días antes de esa reunión, alguien le avisó a María, “No fue un héroe. No fue un acto de valentía extraordinaria que merezca su propia película. fue una secretaria, una mujer cuyo nombre se perdió en el tiempo, como se pierden los nombres de tantas mujeres que hacen las cosas que importan sin esperar que nadie las recuerde.

Esta secretaria trabajaba en las oficinas del estudio. Había escuchado una conversación entre Fernando y uno de los ejecutivos. Una conversación que no debía escuchar, una conversación donde hablaban de María como si fuera un problema que resolver, una pieza defectuosa en una máquina que ellos creían que les pertenecía. Esa noche, mientras guardaba unos documentos en el archivo, la secretaria decidió que no podía quedarse callada.

Le escribió una nota breve a María. No firmó, no dejó manera de identificarse, solo describió lo que había escuchado con letra clara y directa, sin adornos, sin opiniones, los hechos nada más. María leyó esa nota tres veces, la dobló, la guardó en su bolso y esa noche no durmió, no porque tuviera miedo, porque estaba pensando.

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