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Imelda Marcos: 3000 Zapatos Mientras Su Pueblo Moría de Hambre

Y esa jerarquía silenciosa marcaría la vida de Imelda de formas que ni ella misma comprendería hasta décadas después. La familia se trasladó a Taclován, en la provincia de Leite, una región verde y húmeda en el corazón de Filipinas. Leite era un mundo de arrozales, de lluvias torrenciales, de calor pegajoso y de una pobreza que se aceptaba con resignación católica.

Y aquí es donde comienza la primera herida. Porque los romualdes tenían una casa grande en Taclovloban, una casa hermosa, pero esa casa no era para Imelda y sus hermanos. Esa casa pertenecía a los primos ricos, a los romualdes de primera línea. Y Melda y su familia vivían al lado, en lo que básicamente era un garaje reconvertido, un cobertizo con paredes de madera y techo de zinc que se calentaba como un horno bajo el sol tropical.

No es una metáfora, un garaje. La niña, que un día tendría 3,000 pares de zapatos, creció en un garaje donde el calor era tan insoportable que por las noches tenían que dormir con las ventanas abiertas, escuchando los grillos y sintiendo los mosquitos en la piel. El piso era de tierra apisonada. Las paredes dejaban entrar la lluvia durante los tifones.

Y cuando llovía fuerte, y en leite llueve fuerte durante meses enteros, y Melda y sus hermanos ponían cubetas debajo de las goteras y se acurrucaban en un rincón esperando que pasara la tormenta. Ella era la mayor de las niñas, la que debía dar el ejemplo, la que no podía llorar.

podía escuchar a sus primos del otro lado de la pared. Los escuchaba reír, los escuchaba comer, los escuchaba vivir la vida que a ella le habían negado por un accidente de nacimiento, haber nacido del lado equivocado de la familia. Ese sonido, la risa de los que tienen todo mientras tú no tienes nada, se le grabó en el alma como un hierro candente.

Y entonces su madre se enfermó. Remedios Trinidad comenzó a debilitarse cuando Imelda tenía 8 años. Fue un deterioro lento, silencioso, como una vela que se consume desde dentro. En Taclován no había buenos hospitales, no había dinero para medicinas importadas y Vicente, su padre, no tenía recursos para llevarla a Manila.

Remedio se apagó en aquella casa que olía a humedad y a derrota. Murió cuando Imelda tenía 9 años. Y Melda nunca habló públicamente de esa muerte con detalle, pero quienes la conocieron de joven dicen que algo se quebró en ella ese día, algo profundo, algo que nunca se reparó y que todo lo que vino después, los zapatos, los palacios, las joyas, la locura del gasto, la adicción al lujo, fue un intento desesperado de llenar un vacío que no tiene fondo.

Después de la muerte de su madre, Yelda se convirtió en la mujer de la casa. Tenía 11 años. Cocinaba para sus hermanos, lavaba la ropa, limpiaba el garaje que era su hogar, cuidaba a los más pequeños mientras su padre desaparecía durante días, ahogando su tristeza en licor y en promesas vacías de que todo iba a mejorar.

Pero Imelda tenía algo que nadie podía quitarle, algo que cambiaría su destino para siempre. Era hermosa, extraordinariamente hermosa, alta para los estándares filipinos, con una piel que parecía brillar bajo el sol, ojos grandes y oscuros como pozos de agua y una sonrisa que tenía el poder de detener una conversación. No era solo guapa, era magnética.

Cuando entraba a una habitación, la habitación cambiaba y ella lo sabía. Desde muy joven entendió, con esa inteligencia instintiva que tienen los que no poseen nada más, que su belleza era su única moneda, su único pasaporte, as su única salida de aquel garaje. A los 18 años participó en un concurso de belleza en Taclovan y ganó.

La nombraron la rosa de Taclovan. Ese título, que hoy suena provinciano y menor, fue para ella el primer trago de algo que se convertiría en su adicción más poderosa y más destructiva, la admiración. La gente la miraba, la aplaudían, le decían que era especial, que era distinta, que merecía cosas grandes.

Y por primera vez en su vida, Imelda sintió que el mundo le debía algo y que estaba empezando a cobrar. Pero Taclovan era demasiado pequeño para su ambición. Después de ganar el concurso local, Imelda decidió ir a Manila para competir en el certamen nacional de Miss Filipinas. Viajó en autobús con un vestido prestado y unos zapatos que le quedaban un poco grandes.

La ironía es casi demasiado perfecta. La futura acumuladora de 3,000 pares viajó a su primer gran destino con zapatos que no eran de su talla. No ganó mes Filipinas. Quedó entre las finalistas, pero no se llevó la corona. Fue una derrota que la hirió profundamente. Algunos biógrafos señalan que hubo controversia, que Imelda inicialmente fue anunciada como ganadora, pero que un jurado modificó los resultados.

Los detalles varían según la fuente, pero lo que es seguro es que Imelda sintió que le habían robado algo que le pertenecía. Y esa sensación, la sensación de que el mundo te debe, se convirtió en el combustible que alimentaría cada una de sus decisiones durante los siguientes 50 años. Se quedó en Manila. No tenía dinero para mantenerse.

Trabajó brevemente en una tienda de música. Vivió con parientes lejanos que la toleraban más que la acogían. Sobrevivía con dignidad, pero apenas. Y mientras tanto, refinaba su única arma. su presencia. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Con su título de belleza y una ambición que no cabía en toda la isla de Leite, Imelda hizo lo que hacen todos los que quieren escapar de su origen. Se fue a la capital. Llegó a Manila a principios de los años 50 con una maleta pequeña, sin contactos reales, sin dinero y con una sola certeza grabada en el pecho que no iba a volver jamás a aquel garaje.

Manila en los años 50 era una ciudad de contrastes brutales, mansiones coloniales junto a barrios de cartón y lata, fiestas de la élite política con champán importado, mientras los campesinos de las provincias comían arroz con sal. Diplomáticos extranjeros en carros de lujo pasando junto a niños descalzos que vendían cigarrillos sueltos en las esquinas.

Y en medio de ese caos hermoso y cruel, una joven de 24 años que cantaba en reuniones sociales para ganarse un lugar en la mesa de los poderosos. Porque Imelda cantaba y cantaba bien. Tenía una voz dulce, limpia, melodiosa, que usaba como llave maestra para abrir puertas que de otro modo le habrían cerrado en la cara. Cantaba en fiestas diplomáticas, en recepciones de senadores, en reuniones privadas donde se decidía el destino del país entre copas de whisky y cigarros importados.

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