un papel que cumplir. Ya. Entonces, en esos años de jazmines y corredores de mármol, las semillas de lo que vendría estaban plantadas, [música] no en la tierra de los jardines imperiales, sino en el alma de una niña que amaba demasiado y que el mundo estaba a punto de arrancarle todo lo que amaba de un solo tirón brutal.
Retrocedamos un poco más. A enero de 1979, Leila tiene 8 años y Teerán está en llamas, no de fuego, sino de voces. Millones de voces que gritan [música] el nombre de Yomini, que gritan el fin del sha, que gritan una revolución que nadie dentro del palacio quiere ver llegar, porque verla sería admitir que ya llegó. El sha está enfermo, tiene cáncer de hígado, aunque ese secreto todavía lo guardan con recelo.
Está debilitado, indeciso, paralizado entre los consejos contradictorios de sus asesores y la presión de un pueblo que ya tomó la decisión sin consultarle. Los que estuvieron cerca de él en esos días hablan de un hombre que parecía haber entregado la batalla internamente, mucho antes de que fuera obvio para el mundo exterior.
El 16 de enero de 1979, Mohamad Resalabi abandonó Irán. Oficialmente se fue de vacaciones. Todos sabían que no volvería. Todos sabían que esas vacaciones eran el fin de 2,500 años de monarquía persa y de una dinastía Palabi que apenas tenía 54 años de existencia, pero que había convertido a Irán en otra cosa, para bien y para mal.
El avión despegó de Mehrabad, dentro el Sha, la emperatriz Fará, sus hijos. Leila, que tenía 8 años y que llevaba en las manos una muñeca que no soltaría en todo el vuelo, nunca regresaría a Irán. Saltemos adelante a 1980. El Sha muere en el Cairo el 27 de julio. Leila tiene 10 años. Su padre lleva 17 meses de exilio errante. Egipto, Marruecos, Las Bahamas, México, Estados Unidos, Panamá, Egipto, de nuevo buscando un lugar donde pudieran quedarse, un país que los recibiera, una estabilidad que no llegó nunca porque los países amigos del Sha resultaron ser
amigos del Sha mientras tenía poder y petróleo. No después, la familia vio morir al Sha en el Cairo. vio como un hombre que había gobernado uno de los países más importantes del mundo, terminó sus días como un paciente trasladado de hospital en hospital, rechazado por casi todos los que alguna vez lo habían necesitado.
La lección que eso le dejó a Leila, aunque ella era demasiado pequeña para procesarla entonces, fue una que se incrustaría en su p sique con la precisión de un clavo. El mundo abandona. [música] El mundo promete y abandona. Lo que Leila no sabía mientras sostenía esa muñeca en el avión que salía de Teerán era que en julio de 1980 estaría parada frente a la tumba de su padre en un país extranjero y que ese sería apenas el primero de los duelos que definiría el resto de su vida.
Después de la muerte del Sha, la familia se instaló en Estados Unidos, Greenwich Conericut primero, luego distintos apartamentos en Nueva York. La emperatriz Fara intentó construir algo parecido a una vida normal para sus hijos, algo parecido a una rutina, a un hogar. Inscribió a Leila en colegios americanos.
La acompañó a los actos de graduación. Trató de ser ambas cosas al mismo tiempo. La emperatriz que preservaba la dignidad de la dinastía en el exilio y la madre que sostenía a cuatro hijos huérfanos de padre y de patria. No era tarea para una sola persona, pero Fara lo intentó. Leila era una estudiante brillante. Hablaba persa, francés, inglés con fluidez de nativa.
Tenía ese talento propio de los hijos de diplomáticos y exiliados. La capacidad de adaptarse, de cambiar de idioma y de registro según el contexto, de ser varios yos simultáneamente. Pero debajo de esa adaptabilidad había algo que no se adaptaba, [música] algo que resistía. Algo que observaba el mundo con ojos demasiado conscientes de lo que se había perdido.
En la adolescencia ese algo encontró un lenguaje y ese lenguaje era el control sobre su cuerpo. Flash forward. Años después, [música] cuando los médicos intentaron explicar a la familia la gravedad del estado de Leila, mencionarían la anorexia nerviosa como el diagnóstico central. Pero quienes la amaban sabrían que el nombre clínico nunca capturaba la totalidad de lo que estaba pasando.
Lo que Leila desarrolló en sus años de adolescente en el exilio era una relación con su cuerpo que era simultáneamente un acto de control, un lenguaje de dolor y una forma de pertenecer a sí misma cuando todo lo demás, el país, el palacio, la infancia, el padre había desaparecido. Si pudiéramos ver el futuro en el momento en que Leila tenía 14 años y comenzaba a restringir lo que comía, veríamos que ese hábito se convertiría en el centro gravitacional de los siguientes 17 años de su vida.
que los ciclos de restricción y tratamiento, de recuperación aparente y recaída trazarían el mapa de su existencia adulta con una fidelidad aterradora. Pero retrocedamos, porque antes de la enfermedad, antes del diagnóstico, hubo años de una adolescencia que tenía sus propios momentos de luz. Leila era cercana a su hermana Farajnas.
tenía amigas en el colegio. Amigas que no sabían exactamente quién era ella, que no sabían que detrás del apellido había una historia de tronos y exilios y revoluciones, y esa ignorancia era un regalo. En el colegio americano podía ser simplemente Leila, una chica inteligente, un poco seria, con una melancolía que sus amigas atribuían al carácter y que no sabían que tenía nombre y apellido: pérdida, exilio, [música] duelo.
La emperatriz Fara ha hablado en varias ocasiones sobre esos años con una honestidad que duele escuchar. [música] ha dicho que se culpa, que quizás no vio a tiempo lo que estaba pasando, que la magnitud del exilio, las gestiones diplomáticas, los intereses de la comunidad iraní en el extranjero, la preservación de la memoria de su esposo, le exigía una atención que a veces se la robaba a sus hijos, que hacía lo que podía, que a veces lo que podía no era suficiente.
3 años antes de que Leila recibiera su primer diagnóstico formal. Es 1984. Leila tiene 14 años. Fara la observa durante una cena familiar y nota que no come. Le pregunta, “¿Leila dice que no tiene hambre?” Es una respuesta normal para un adolescente y durante meses fará se dice que es una respuesta normal para una adolescente.
En ese mismo momento, en Teerán, la revolución islámica lleva 5 años consolidándose. El gobierno de Homeini ha borrado sistemáticamente los rastros de la era Palabi. Los nombres de las calles han cambiado, los retratos han desaparecido. El palacio imperial se ha convertido en museo. en símbolo de la decadencia que la revolución vino a barrer.
En Teerán, ser palabi es ser el enemigo. En Nueva York, ser palabi es ser un fantasma, una reliquia de algo que ya no existe. Leila lo sabe, tiene 14 años y lo sabe con una claridad que debería ser demasiado pesada para una adolescente. Sabe que no puede volver. sabe que el país del que la sacaron siendo niña existe ahora bajo otras reglas, otras banderas e otros dioses.
Sabe que la leila que habría sido la princesa, la figura pública, la heredera de algo, nunca existirá. ¿Quién eres cuando el papel que el mundo tenía preparado para ti desaparece? ¿Quién eres cuando el escenario en el que ibas a actuar lo demuelen y construyen otro encima? Leila pasó el resto de su vida intentando responder esas preguntas y la respuesta que encontró trágicamente fue que quizás no había respuesta.
Saltemos adelante a los años 90. Leila tiene 20, 21, 22 años. Ha estudiado en la Universidad George Washington. Ha vivido entre Nueva York y Europa, moviéndose entre los círculos de la comunidad iraní en el exilio, apareciendo en eventos de la fundación imperial, siendo fotografiada de vez en cuando en funciones sociales, siempre elegante, siempre delgada, ¿no? Demasiado delgada.
Y para quien sabía mirar, siempre con esa sonrisa que los iraníes llaman ta arrof, una cortesía tan profunda que se convierte en máscara. Pero retrocedamos a 1992, un martes de octubre. Leila tiene 22 años y está en tratamiento por primera vez de forma formal, un centro especializado en trastornos alimentarios. Sus familiares la visitan.
La emperatriz Fara describe esas visitas con una angustia que no ha desaparecido en décadas. ver a su hija en ese lugar tan delgada que las sillas le lastimaban los huesos, y escuchar a los médicos hablar de porcentajes de peso y planes de alimentación, mientras ella intentaba encontrar las palabras que le llegaran a una joven [música] que parecía habitar un lugar al que nadie podía acceder.
El tratamiento funciona en la medida en que los tratamientos para la anorexia severa funcionan parcialmente temporalmente lo suficiente para crear la esperanza de que esta vez sí Leila sale del centro, recupera algo de peso, los médicos hablan de progreso y entonces algo pasa, no un evento dramático, no una crisis visible, sino la acumulación silenciosa de todos los días que son iguales cuando No tienes país ni pertenencia ni un futuro que puedas dibujar con claridad y el ciclo comienza de nuevo. Congelemos este
momento porque en 10 años cuando alguien revise la historia clínica de Leila Palabi, verá que este patrón recuperación parcial recaída, recuperación parcial recaída, se repitió con una regularidad que los médicos llaman crónica y que los que la amaban llamaban desesperación. Volvamos a 1994, 2 años antes del momento que estamos congelando.
Un martes de octubre también, aunque ningún calendario lo señale como importante. Leila está en París, en el apartamento que la familia mantiene en la Ribe Gosh, es la ciudad en la que más cómoda se siente. Si cómoda es la palabra correcta. París tiene una tradición de recibir exilios ilustres. los Romanov, los Borbones, los Habsburgo y la comunidad iraní en la capital francesa es numerosa, educada, sofisticada.
En París Leila puede moverse entre personas que entienden sin que ella tenga que explicar. Tiene amigos allí, tiene rutinas, va a los museos, lee, lee vorazmente con esa hambre de ideas que los que la conocían señalaban como uno de sus rasgos más definitorios. Le apasionaba la historia, particularmente la historia de las monarquías europeas, los estudios sobre identidad y exilio, la filosofía política, como si buscara en los libros un mapa para entender lo que le había pasado a ella y a su familia.
Desde donde estaba Leila en esos años de París, su vida debía parecer al menos tolerable. tenía dinero, tenía cultura, tenía familia que la amaba, tenía amigos, podía vivir sin trabajar, podía viajar, podía elegir su tiempo. Desde donde estaba Fara mirándola se veía diferente. Se veía una hija que no encontraba ancla, que se movía entre ciudades y apartamentos sin echar raíces en ninguno, que llenaba el tiempo con actividad, pero que en los momentos de quietud tenía esa mirada.
Fará la describió así en una entrevista como de alguien que está calculando constantemente cuánto tiempo más puede seguir. La verdad estaba en ninguno de los dos puntos de vista o en ambos al mismo tiempo. Lo que sucedió en esos años entre Leila y sus médicos, entre Leila y su familia, entre Leila y ella misma, no se sabrá en su totalidad nunca, [música] porque Leila era una persona extraordinariamente privada.
En un mundo donde la familia imperial iraní en el exilio vivía bajo el escrutinio constante de las comunidades persas dispersas por el mundo, donde cada movimiento era observado, comentado, interpretado como señal política o como símbolo del estado de la monarquía en el exilio. Leila eligió la invisibilidad, eligió no dar entrevistas, eligió no aparecer en los actos oficiales más de lo estrictamente necesario.
Eligió en la medida en que pudo ser una persona en lugar de un símbolo, pero no elegir ser un símbolo no la liberaba del peso de serlo, porque el peso no está en la actuación, el peso está en el origen. Saltemos adelante a 1997. Leila tiene 27 años. Ese año su hermano Ali Resa, 4 años mayor que ella, publica estudios sobre historia iraní.
Como trabaja en su carrera académica, intenta también encontrar un propósito en el exilio. Los dos hermanos menores, Leila y Ali Resa, comparten algo que sus otros hermanos quizás no comparten con la misma intensidad, la sensación de ser los más perdidos. Reza el mayor tiene un papel claro.
Es el heredero nominal el que mantiene viva la llama política de la restauración monárquica, el que da discursos y concede entrevistas y representa algo para la comunidad iraní en el exilio. Faranás [música] también ha encontrado sus causes, pero Leila y Alira flotan en un espacio intermedio entre la pertenencia y el vacío. En ese mismo momento en Irán, Mohamed Hatami acaba de ganar las elecciones presidenciales con una plataforma reformista por un momento brevísimo, ilusorio.
Parecerá que quizás el país puede abrirse, que quizás el regreso, oh, si no político, al menos sentimental, podría ser posible algún día. Leila sigue desde lejos esas noticias con la atención obsesiva de quién espera algo que en el fondo sabe que no llegará. En entrevistas que sus familiares han concedido después de su muerte, hay fragmentos de conversaciones que Leila tuvo sobre Irán, sobre la posibilidad de volver, sobre qué significaría pararse en el aeropuerto de Terán y [música] respirar ese aire por primera vez en casi 20 años. Esas conversaciones
siempre terminaban en el mismo punto. No era posible. El gobierno islámico no iba más recibirlos. Y aunque lo hiciera, el Irán al que volverían ya no sería el Irán que perdieron. El país real y el país imaginado llevaban décadas divergiendo. Y en ese espacio entre los dos habitaba una nostalgia que no tenía cura porque su objeto ya no existía.

Rewind. 1979. El avión despega de Mehrabat. Leila, 8 años, sostiene la muñeca. Nadie le dice que no van a volver. Nadie se lo dice en voz alta al menos. [música] Pero los niños saben. Los niños sienten cuando los adultos tienen miedo de decir la verdad y llenan ese silencio con intuiciones que a veces son más precisas que las palabras. Fast forward, 1999.
Leila tiene 29 años. Lleva más de una década luchando con la anorexia. Ha pasado periodos en clínicas especializadas en Europa y Estados Unidos. Ha tenido médicos y psiquiatras y nutricionistas. Ha habido momentos en que la familia pensó que lo había logrado, que esta vez el periodo de estabilidad se sostendría.
Siempre llegaba la recaída. [música] Ese año Leila da su última entrevista pública de importancia. Es una entrevista breve, cuidadosa, donde habla poco de sí misma y más del tema que le importa. Irán, la historia de su familia, el exilio de los iraníes en el mundo. Quienes la conocían dicen que incluso en esa entrevista, incluso detrás de la compostura cuidadosamente mantenida, había algo en sus ojos que era difícil de nombrar, una distancia, como si estuviera mirando desde lejos algo que los demás veían de cerca.
Porque la muerte del padre sucedió. El exilio fue inevitable, porque el exilio fue inevitable. La pérdida de identidad era solo cuestión de tiempo. Y porque la pérdida de identidad sucedió, la enfermedad encontró terreno fértil. Y porque la enfermedad encontró terreno fértil durante 17 años sin que nadie pudiera curarla de verdad, estamos aquí en el Hotel Leonard en Londres, en una habitación silenciosa e frente a una mujer de 31 años que finalmente dejó de luchar. Pero eso vendría después.
[música] Antes hay dos años más. Dos años que vale la pena mirar de cerca porque en ellos están las últimas señales, los últimos momentos. en que el desenlace todavía podría haber sido otro. El año 2000, Leila pasa gran parte del tiempo en Londres. Le gusta Londres con esa preferencia que tienen los exiliados por las ciudades grandes y anónimas, donde puedes moverte sin ser reconocida, donde nadie te para en la calle para preguntarte por la restauración monárquica o para contarte lo que su familia perdió en la
revolución. Londres tiene esa cualidad. Puede absorber a cualquiera en su masa y dejarte invisible si eso es lo que quieres. Pero la invisibilidad tiene un costo y ese costo se llama soledad. Los que la vieron en esos meses hablan de una leila cada vez más retirada, que cancelaba planes, que no contestaba el teléfono durante días, que cuando aparecía estaba físicamente más frágil que nunca.
Su peso en esos meses era alarmante, médicamente crítico y que al mismo tiempo insistía en que estaba bien, que estaba manejando las cosas, que no necesitaba otra hospitalización. En ese preciso momento, en otro lugar, su madre Fara hace llamadas telefónicas. Habla con los médicos de Leila. Habla con amigos de Leila en Londres, habla con Leila misma.
Esas conversaciones largas y a veces tensas entre una madre que quiere intervenir y una hija adulta que ejerce su derecho a tomar sus propias decisiones, aunque esas decisiones la estén matando lentamente. Es una de las tragedias más crueles de los trastornos de la conducta alimentaria, que su mecánica misma dificulta la intervención, que la persona que los padece a menudo no percibe o no quiere percibir la gravedad de su propio estado, que el sistema de valores que construye la enfermedad, el control, la autonomía, la negación, hace
que aceptar ayuda se sienta como capitulación. Y Leila Palabi no era una mujer que capitulara fácilmente. Eso que en otro contexto habría sido una fortaleza. En este contexto era parte de la trampa. Faltan 2 años para su muerte. Leila tiene 29 años y acaba de pasar otra temporada en tratamiento. Sus médicos son cautelosamente esperanzadores.
La familia también intenta hacerlo. Falta un año, es 2000. Leila está en Londres más que en ningún otro lugar. el apartamento, los museos, los libros, eh las llamadas telefónicas a su madre, que a veces van bien y a veces terminan con el silencio tenso de dos personas que se aman y no saben cómo ayudarse. Faltan 6 meses.
diciembre de 2000. Es Navidad, aunque para la familia Palabi la fecha importante es no Bruce, el año nuevo persa en marzo, la fiesta que llevan décadas celebrando en el exilio con una fidelidad que es a la vez amor y resistencia y nostalgia. En diciembre, la familia se reúne donde puede. Leila está presente.
Hay fotos de esa reunión que la familia guarda, pero no ha hecho públicas. En ellas, [música] Leila aparece sonriente, aparece frágil, aparece como lo que siempre fue, una persona que cabía en el espacio entre la luz y la sombra. Faltan 3 meses. Marzo de 2001. Nour, el año nuevo, persa 1380. La familia celebra como siempre.
Leila llama a su madre. Hablan durante una hora. Fara ha contado que en esa llamada Leila sonó bien, que hubo momentos de humor, que hablaron de un libro que Leila estaba leyendo sobre la corte otomana y que la hacía reír. Faltan días. Junio de 2001. Leila está en Londres. El hotel Leonard [música] en Mary Lebone es un hotel de lujo discreto, el tipo de lugar donde la gente lleva nombre compuesto y no hace preguntas.
Leila ha estado allí otras veces, conoce al personal. Nadie la trata diferente al resto de los huéspedes, que es exactamente lo que ella quiere. Los últimos días de Leila Palabi son una zona de sombra, no en el sentido de misterio sensacionalista, sino en el sentido más quieto y más triste. No sabemos bien qué pensó, qué sintió, qué fue lo que la hizo decidir, si es que decidió, si es que el cuerpo simplemente llegó al límite al que llevaba años acercándose.
Los médicos forenses determinaron que la causa de muerte fue una sobredosis de medicamentos prescritos en combinación con el estado de extremo deterioro físico al que la anorexia severa había llevado su cuerpo. No dejó una nota, al menos ninguna que se haya hecho pública. [música] Lo que dejó fue ese cuarto de hotel, los frascos, la foto de su padre y el silencio de alguien que llevaba años gritando en un idioma que nadie sabía bien cómo traducir.
Y así volvemos a donde comenzamos. El hotel Leonard, [música] habitación 114, 10 de junio de 2001. Ahora entienden un poco más cómo llegamos aquí, aunque entender no sea lo mismo que aceptar. Lo que no les dije del todo al principio era la dimensión de lo que Leila cargaba, que no era solo suyo, no era solo su dolor individual, por realador que fuera.
A Leila Palabi cargaba el peso de una historia que la había elegido a ella. No al revés. Nació en el vértice de un momento histórico que la marcó con una identidad que nunca pudo quitarse y que tampoco podía habitar plenamente. Era iraní en el exilio, era palabi en un mundo donde ese nombre era simultáneamente símbolo de nobleza para unos y de opresión para otros.
Era princesa de un reino que no existía. Era hija de un país que no podía recibirla. ¿Cómo construyes un yo? cuando los materiales de construcción que la historia te da están todos rotos. Esa pregunta es la que Leila intentó responder durante 31 años y que finalmente dejó sin respuesta. La noticia de su muerte llegó a la familia en distintos momentos del 10 de junio.
La emperatriz Fara recibió la llamada de las autoridades británicas. Errea Apalabi estaba en Estados Unidos. Alira estaba en Europa, Faranas también. Una familia dispersa por el mundo recibiendo la misma noticia desde distintos usos horarios, como si el exilio quisiera seguir marcando la distancia incluso en el momento del duelo.
El cuerpo de Leila fue trasladado a París. Fue enterrada en el cementerio de Pasi en el 16º arrondísemen, no lejos de donde está enterrado su padre. En las lápidas del cementerio de Pasi hay otras historias de monarquías perdidas, de exilios ilustres, de personas que murieron lejos del país en el que querían morir. Leila encontró allí una compañía silenciosa que quizás en vida nunca encontró del todo.
La reacción de la comunidad iraní en el mundo fue inmediata y profunda. Para muchos iraníes en el exilio, los que salieron en 1979, los que salieron después, los que nunca salieron, pero perdieron igualmente algo irreparable con la revolución. Leila representaba algo, no solo la familia imperial, representaba la generación robada, los niños que crecieron entre dos mundos y que nunca terminaron de pertenecer a ninguno.
Los que cargaron una identidad que era simultáneamente demasiado y demasiado poco. Años después, en 2011, Ali Reza Palabi moriría también de manera trágica de un disparo autoinfligido en su apartamento de Boston. Era el segundo de los hijos del Sha, que moría así, lejos de Irán, lejos de un hogar que ya no existía. La emperatriz Fará, que había perdido a su esposo en 1980 y a dos de sus hijos en1 y 2011, se convirtió en el símbolo de un duelo que no tiene nombre en ningún idioma porque no debería ser posible sobrevivirlo, pero sobrevivió
porque las madres a veces sobreviven lo que no debería sobrevivirse y porque quizás también sobrevivir era la única forma de seguir siendo testigo de la historia que tanto quería que no se olvidara. Un martes de octubre, 1970, Leila nace en Teerán. El palacio tiene el perfume de los jazmines y la revolución todavía no tiene nombre.
Leila sostiene una muñeca en el avión que la saca de Irán para siempre. 1992. Leila está en un centro de tratamiento por primera vez y los médicos hablan de porcentajes de peso. 2001. Leila está en el hotel Leonard en Londres y el mundo está a punto de perderla para siempre. Todos otoños, todos martes, todos el mismo dolor con distinta ropa.
El universo a veces no tiene sentido del humor, a veces simplemente tiene crueldad. La historia de Leila Palabi no es solo la historia de una princesa, es la historia de lo que le hace el exilio a las personas que lo sufren desde la infancia. Es la historia de lo que le hace la pérdida a un alma que todavía no ha terminado de formarse cuando la pérdida llega.
Es la historia de una enfermedad que la medicina del siglo XX y del siglo XXI todavía no sabe curar con consistencia. Y es la historia de una familia que amó con toda su capacidad y que aún así no pudo salvar a quien amaba. ¿Podrían haberla salvado? ¿Hay alguna intervención, alguna decisión diferente, algún momento en que el camino podría haber bifurcado hacia algo distinto.
Quizás, quizás si el exilio hubiera tenido una ancla geográfica estable en lugar del movimiento constante. Quizás si la enfermedad hubiera encontrado tratamiento antes más agresivo, más sostenido. Quizás si el mundo hubiera tenido palabras para lo que Leila vivía que fueran más precisas que trastorno alimentario, palabras que abarcaran también el duelo político, la pérdida de identidad colectiva, el peso de ser símbolo de una historia que no eligió quizás.
Pero los quizás, como dice el proverbio persa, son la forma que tiene el pasado de torturarnos. Sabiendo todo esto, la niña del palacio de Teerán, el avión de enero de 1979, los años de exilio y tratamiento y recaída y amor y soledad. ¿Creen que la historia de Leila Palabi era inevitable? ¿Creen que hay vidas que el destino marca de una manera que no admite otra salida? ¿O creen que en algún punto, en algún martes de algún octubre que no supimos reconocer, había todavía una puerta abierta? Déjenme saber en los comentarios. Leila Palabi murió el 10 de
junio de 2001, que fue enterrada en el cementerio de Pasi en París junto a los restos de su padre. Su nombre forma parte de la larga lista de iraníes que perdieron algo irreparable en 1979 y que nunca encontraron la manera de vivir con esa pérdida. Pero su historia no termina en esa habitación de hotel, aunque allí haya terminado su vida.
Vive en las conversaciones de quienes la conocieron. Vive en los poemas que escritores iraníes le dedicaron. vive en cada familia dispersa por el mundo que reconoce en su historia la propia y vive en la pregunta incómoda que su muerte nos deja. ¿Qué le debemos a las personas que cargan no solo su propio dolor, sino el dolor de toda una historia? No tengo respuesta, solo tengo la pregunta.
Gracias por este viaje no lineal a través de una vida que se vivió hacia delante, pero que solo se entiende hacia atrás, como todas las vidas, como la tuya, como la mía. Hasta la próxima, donde seguiremos desenredando vidas complejas contadas de formas inesperadas. M.