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Iman Pahlavi: La Princesa que Se Suicidó… y Nadie Pudo Salvarla

un papel que cumplir. Ya. Entonces, en esos años de jazmines y corredores de mármol, las semillas de lo que vendría estaban plantadas, [música] no en la tierra de los jardines imperiales, sino en el alma de una niña que amaba demasiado y que el mundo estaba a punto de arrancarle todo lo que amaba de un solo tirón brutal.

Retrocedamos un poco más. A enero de 1979, Leila tiene 8 años y Teerán está en llamas, no de fuego, sino de voces. Millones de voces que gritan [música] el nombre de Yomini, que gritan el fin del sha, que gritan una revolución que nadie dentro del palacio quiere ver llegar, porque verla sería admitir que ya llegó. El sha está enfermo, tiene cáncer de hígado, aunque ese secreto todavía lo guardan con recelo.

Está debilitado, indeciso, paralizado entre los consejos contradictorios de sus asesores y la presión de un pueblo que ya tomó la decisión sin consultarle. Los que estuvieron cerca de él en esos días hablan de un hombre que parecía haber entregado la batalla internamente, mucho antes de que fuera obvio para el mundo exterior.

El 16 de enero de 1979, Mohamad Resalabi abandonó Irán. Oficialmente se fue de vacaciones. Todos sabían que no volvería. Todos sabían que esas vacaciones eran el fin de 2,500 años de monarquía persa y de una dinastía Palabi que apenas tenía 54 años de existencia, pero que había convertido a Irán en otra cosa, para bien y para mal.

El avión despegó de Mehrabad, dentro el Sha, la emperatriz Fará, sus hijos. Leila, que tenía 8 años y que llevaba en las manos una muñeca que no soltaría en todo el vuelo, nunca regresaría a Irán. Saltemos adelante a 1980. El Sha muere en el Cairo el 27 de julio. Leila tiene 10 años. Su padre lleva 17 meses de exilio errante. Egipto, Marruecos, Las Bahamas, México, Estados Unidos, Panamá, Egipto, de nuevo buscando un lugar donde pudieran quedarse, un país que los recibiera, una estabilidad que no llegó nunca porque los países amigos del Sha resultaron ser

amigos del Sha mientras tenía poder y petróleo. No después, la familia vio morir al Sha en el Cairo. vio como un hombre que había gobernado uno de los países más importantes del mundo, terminó sus días como un paciente trasladado de hospital en hospital, rechazado por casi todos los que alguna vez lo habían necesitado.

La lección que eso le dejó a Leila, aunque ella era demasiado pequeña para procesarla entonces, fue una que se incrustaría en su p sique con la precisión de un clavo. El mundo abandona. [música] El mundo promete y abandona. Lo que Leila no sabía mientras sostenía esa muñeca en el avión que salía de Teerán era que en julio de 1980 estaría parada frente a la tumba de su padre en un país extranjero y que ese sería apenas el primero de los duelos que definiría el resto de su vida.

Después de la muerte del Sha, la familia se instaló en Estados Unidos, Greenwich Conericut primero, luego distintos apartamentos en Nueva York. La emperatriz Fara intentó construir algo parecido a una vida normal para sus hijos, algo parecido a una rutina, a un hogar. Inscribió a Leila en colegios americanos.

La acompañó a los actos de graduación. Trató de ser ambas cosas al mismo tiempo. La emperatriz que preservaba la dignidad de la dinastía en el exilio y la madre que sostenía a cuatro hijos huérfanos de padre y de patria. No era tarea para una sola persona, pero Fara lo intentó. Leila era una estudiante brillante. Hablaba persa, francés, inglés con fluidez de nativa.

Tenía ese talento propio de los hijos de diplomáticos y exiliados. La capacidad de adaptarse, de cambiar de idioma y de registro según el contexto, de ser varios yos simultáneamente. Pero debajo de esa adaptabilidad había algo que no se adaptaba, [música] algo que resistía. Algo que observaba el mundo con ojos demasiado conscientes de lo que se había perdido.

En la adolescencia ese algo encontró un lenguaje y ese lenguaje era el control sobre su cuerpo. Flash forward. Años después, [música] cuando los médicos intentaron explicar a la familia la gravedad del estado de Leila, mencionarían la anorexia nerviosa como el diagnóstico central. Pero quienes la amaban sabrían que el nombre clínico nunca capturaba la totalidad de lo que estaba pasando.

Lo que Leila desarrolló en sus años de adolescente en el exilio era una relación con su cuerpo que era simultáneamente un acto de control, un lenguaje de dolor y una forma de pertenecer a sí misma cuando todo lo demás, el país, el palacio, la infancia, el padre había desaparecido. Si pudiéramos ver el futuro en el momento en que Leila tenía 14 años y comenzaba a restringir lo que comía, veríamos que ese hábito se convertiría en el centro gravitacional de los siguientes 17 años de su vida.

que los ciclos de restricción y tratamiento, de recuperación aparente y recaída trazarían el mapa de su existencia adulta con una fidelidad aterradora. Pero retrocedamos, porque antes de la enfermedad, antes del diagnóstico, hubo años de una adolescencia que tenía sus propios momentos de luz. Leila era cercana a su hermana Farajnas.

tenía amigas en el colegio. Amigas que no sabían exactamente quién era ella, que no sabían que detrás del apellido había una historia de tronos y exilios y revoluciones, y esa ignorancia era un regalo. En el colegio americano podía ser simplemente Leila, una chica inteligente, un poco seria, con una melancolía que sus amigas atribuían al carácter y que no sabían que tenía nombre y apellido: pérdida, exilio, [música] duelo.

La emperatriz Fara ha hablado en varias ocasiones sobre esos años con una honestidad que duele escuchar. [música] ha dicho que se culpa, que quizás no vio a tiempo lo que estaba pasando, que la magnitud del exilio, las gestiones diplomáticas, los intereses de la comunidad iraní en el extranjero, la preservación de la memoria de su esposo, le exigía una atención que a veces se la robaba a sus hijos, que hacía lo que podía, que a veces lo que podía no era suficiente.

3 años antes de que Leila recibiera su primer diagnóstico formal. Es 1984. Leila tiene 14 años. Fara la observa durante una cena familiar y nota que no come. Le pregunta, “¿Leila dice que no tiene hambre?” Es una respuesta normal para un adolescente y durante meses fará se dice que es una respuesta normal para una adolescente.

En ese mismo momento, en Teerán, la revolución islámica lleva 5 años consolidándose. El gobierno de Homeini ha borrado sistemáticamente los rastros de la era Palabi. Los nombres de las calles han cambiado, los retratos han desaparecido. El palacio imperial se ha convertido en museo. en símbolo de la decadencia que la revolución vino a barrer.

En Teerán, ser palabi es ser el enemigo. En Nueva York, ser palabi es ser un fantasma, una reliquia de algo que ya no existe. Leila lo sabe, tiene 14 años y lo sabe con una claridad que debería ser demasiado pesada para una adolescente. Sabe que no puede volver. sabe que el país del que la sacaron siendo niña existe ahora bajo otras reglas, otras banderas e otros dioses.

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