su estilo, la argentina avanzó constantemente, intentando abrumar a Fundora con un volumen de golpes impresionante. Sin embargo, la mexicana radicada en Estados Unidos demostró que en el boxeo de élite, lanzar más no significa conectar mejor. Mientras Alaniz buscaba el intercambio, Fundora medía cada movimiento con una paciencia casi clínica .

Durante los primeros asaltos, la pelea pareció equilibrada para el ojo inexperto, pero los detalles invisibles ya estaban inclinando la balanza. Cada vez que Alaniz lograba acortar la distancia, recibía un recto de zurda preciso que “pagaba peaje”. La puntería de la mexicana era excepcional: lanzaba menos, pero sus impactos eran considerablemente más pesados y limpios que las combinaciones bloqueadas de la argentina .
El Quiebre Táctico: Un Ajedrez a Velocidad de Vértigo
A partir del cuarto asalto, la narrativa cambió. Fundora dejó de ser solo precisión para tomar la iniciativa selectiva. Ganchos ascendentes y combinaciones que nacían del jab empezaron a erosionar la frescura de la campeona argentina . El plan de Alaniz —presionar y forzar el intercambio— chocó contra una pared de inteligencia táctica. Fundora parecía haber estudiado cada patrón: cuando la argentina avanzaba en línea recta, encontraba el jab de regla; cuando intentaba variar alturas, Fundora respondía con un paso lateral y un contragolpe quirúrgico .
Lo fascinante del combate era la calma de Fundora contra el corazón frontal de Alaniz. Mientras la argentina empujaba con determinación, Fundora creaba “la avenida perfecta” para el contragolpe, acumulando información sobre los errores de su oponente asalto tras asalto .
La Paliza Histórica: Dos Caídas y un Final de Pesadilla
El séptimo asalto fue el escenario del desenlace irreversible. Alaniz salió con la consigna de seguir empujando, pero el desgaste físico y mental era evidente. Fundora, que ya había descifrado completamente el estilo de su rival, soltó una izquierda limpia y profunda que detuvo el avance argentino en seco . Alaniz cayó a la lona por primera vez. Aunque se levantó impulsada por el orgullo, el daño ya estaba hecho.

Fundora, sin desordenarse y con una frialdad absoluta, olió el final. Avanzó con determinación calculada y volvió a impactar el rostro de la argentina con otra izquierda implacable . La segunda caída fue definitiva. Ya no hubo discusión posible: el golpe no solo desarmó el cuerpo de Alaniz, sino el plan entero de su esquina.
Gabriela Fundora se consagró esa noche como la reina indiscutida de las 112 libras, unificando los cuatro cinturones y demostrando que en el boxeo, la inteligencia paciente siempre tendrá la última palabra frente a la agresividad sin estrategia . Lo que comenzó como un duelo parejo terminó en una paliza histórica que puso a México en la cima absoluta y dejó al orgullo argentino buscando respuestas en la lona de Las Vegas.