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Humberto Zurita confiesa la verdad: “Lo de Christian Bach fue FARSA”

Televisa, con su enorme visión entendió de inmediato que frente a sus cámaras no tenía simplemente a un hombre enamorado y a una mujer  vestida de blanco. Tenían ante sí un emblema. La boda unió a dos marcas poderosísimas del entretenimiento. Se hablaba de ellos en las salas de todas las casas como la respuesta luminosa a una industria que siempre estaba manchada  por escándalos, rupturas ruidosas y traiciones dolorosas.

Eran jóvenes, bellos,  sumamente exitosos y sobre todo rentables. Ante los ojos de millones  eran en apariencia invencibles. Le pido que guarde esa palabra en su memoria, invencibles,  porque a medida que avancemos, usted comprenderá que muchas de las jaulas más duras y crueles de esta vida no se construyen con barrotes de odio ni de desprecio.

Las prisiones más difíciles de escapar se construyen con la admiración de los demás. Cuando todo el mundo te dice que eres perfecto, pierdes el derecho humano a equivocarte. Desde afuera, el panorama era un cuento de hadas que no dejaba de crecer. Llegó el amor, se multiplicó el prestigio, llovieron los proyectos. Formaron un hogar con la llegada de Sebastián en 1986 y de Emiliano en 1993.

Su sed de crear los llevó a fundar Zuba Producciones en 1996 y entonces la narrativa que los envolvía se volvió todavía más seductora. Ya no eran únicamente los esposos famosos que recitaban diálogos escritos por otros. se habían convertido en una sociedad creativa, en una familia poderosa que producía, tomaba decisiones de alto nivel y avanzaba unida frente a las tormentas del medio.

La industria entera los miraba con un respeto profundo, viéndolos como una dinastía madura que había logrado el milagro que casi nadie alcanza en el feroz mundo del espectáculo.  Permanecer unidos, resistir el paso del tiempo y convertirse en el sinónimo exacto de la solidez. Pero hay un detalle que lo cambia todo.

Una pregunta que todos nosotros, con los años de experiencia que nos da la vida, debemos hacernos cuando vemos  una historia que luce demasiado perfecta, quien carga realmente con el peso inmenso  de sostener esa perfección. Porque mantener una imagen impecable sin  una sola mancha durante décadas nunca es gratis.

Cobrará su factura. Exige una disciplina agotadora. Exige tragarse las palabras y guardar silencios prolongados. Requiere renuncias personales y un control absoluto de las emociones. Siempre exige que alguien en la intimidad del hogar ceda su propia paz para que las paredes del edificio no comiencen a agrietarse a la vista de los vecinos.

Y todo indica que en esa majestuosa historia, Cristian fue  convirtiéndose día tras día y año tras año en mucho más que una esposa abnegada y mucho más que una actriz galardonada. Ella se transformó en el centro simbólico, en la columna vertebral  de una maquinaria familiar que necesitaba, por encima de cualquier cosa, verse invulnerable.

Aquella mujer brillante y sofisticada empezó a cargar sobre sus hombros algo mucho más peligroso que la fama. empezó a representar una imagen inmaculada que bajo ninguna circunstancia podía permitirse  fallar. Cuando el amor de una pareja deja de ser un refugio cálido al que corres cuando tienes miedo y se convierte en una estructura rígida que hay que mantener en pie a toda costa, su naturaleza cambia.

Ya no te abraza ni te protege. En su lugar, administra tu vida, te ordena como debes comportarte y sin darte cuenta te encierra. Eso fue exactamente lo que nadie quiso mirar mientras los focos seguían encendidos  y los aplausos no cesaban. Nadie quiso ver que detrás de ese hermoso cuento de hadas que todos aplaudíamos, tal vez ya se estaba levantando en completo silencio y ladrillo por ladrillo, la primera pared de un encierro del que ya no habría vuelta atrás.

Avancemos en el tiempo y situémonos en el año 2014. Hasta ese momento, Cristian Bach seguía siendo una presencia demasiado imponente y luminosa, como para que alguien, en su sano juicio, pudiera siquiera imaginar su inminente borrado. Acababa de participar en la telenovela La impostora, un proyecto muy  especial donde tuvo la oportunidad de compartir escena con su propio hijo Sebastián Zurita.

Si usted hace memoria y la recuerda en esos capítulos, coincidirá en que nada en su rostro, en su  postura o en su inconfundible voz hacía sospechar la tragedia. Seguía conservando aquella mirada afilada, esa clase natural que durante décadas había impuesto un respeto absoluto con tan solo pisar  un set de grabación.

Parecía la misma reina de siempre, dueña de su destino y de su carrera. Pero lo que  ocurrió después no fue casualidad y es algo que todavía desconcierta a quienes las seguimos durante tantos años. De un día para otro, el telón cayó y no cayó con el sonido de los aplausos. No hubo una emotiva rueda de prensa donde anunciara su retiro para  dedicarse a su familia.

No existió esa última entrevista de despedida en alguna revista del corazón posando en el jardín de su casa. No hubo una fotografía de cierre ni una sola frase de gratitud dirigida a ese público fiel que la había acompañado sagradamente  desde finales de los años 70, encendiendo el televisor tarde a tarde solo para verla a ella.

En lugar de una despedida digna de su trayectoria, nos entregaron algo mucho más frío y desolador, un inmenso vacío. Un silencio tan denso y calculado que durante los primeros meses muchos de nosotros llegamos a pensar que se trataba simplemente  de discreción de unas merecidas vacaciones largas. Sin embargo, conforme las hojas del calendario seguían cayendo, ese silencio comenzó a mutar en algo muy distinto.

Empezó a tomar la forma de una desaparición en toda la regla. Y aquí es donde la historia se vuelve más oscura, porque cuando una figura de ese calibre, una estrella que llenaba la pantalla con su sola presencia, se esfuma de golpe sin dar explicaciones claras y convincentes, el silencio deja de interpretarse como elegancia.

El silencio se vuelve sospecha. De repente, la gran Christian Bach dejó de asistir a los eventos de Gada, se esfumó de las alfombras rojas, dejó de  conceder hasta la más mínima declaración y nunca más volvió a pisar los pasillos de las televisoras donde había reinado como soberana por más de 30 años, mientras que otros grandes actores de su generación, al llegar el momento, anuncian pausas por salud o deciden retirarse para proteger su legado y poder decir adiós con la frente en alto.

En el caso de Cristian se levantó una muralla hermética altísima y de concreto armado. Nadie del exterior podía entrar, nadie logría verla y nadie sabía a ciencia cierta que estaba sucediendo. Y preste mucha atención a este detalle, porque en el centro exacto de esa muralla, custodiando la única puerta de entrada, se colocó Humberto Zurita, pero ya no lo veíamos desempeñando el papel del esposo cariñoso y  visible que la acompañaba a los estrenos.

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