Era conocida por ser reservada, por moverse en los círculos de poder sin buscar los titulares, por controlar su mundo con mano firme pero invisible. Los que la conocían la describían como una mujer tímida, seria, que desconfiaba de los extraños y que amaba a su familia por encima de todo.
Esa noche del 6 de mayo, mientras los médicos luchaban por mantenerla con vida, Mónaco contuvo el aliento. Las primeras hipótesis apuntaban a la mafia. Circulaban rumores de que organizaciones criminales rusas o italianas intentaban penetrar el lucrativo mercado inmobiliario del principado y que la matriarca de los pastor era un obstáculo.
La teoría parecía coherente, cinematográfica incluso, pero la realidad, como suele suceder en los crímenes que duelen verdad, era mucho más cercana, mucho más doméstica y, por eso mismo oscura. Mohamed Darwich moriría 5co días después, el 11 de mayo, sin haber podido revelar nada de lo que vio en esos últimos segundos antes de los disparos.
Elen Pastor resistió 15 días más, 15 días en que Mónaco esperó, en que su familia esperó, en que la investigación avanzaba en silencio. Murió el 21 de mayo de 2014, llevándose consigo todo lo que pudo haber sospechado, pero que nunca tuvo tiempo de decir. Para entender por qué alguien quiso matar a Elén Pastor, hay que entender primero lo que ella representaba.
No basta con decir que era rica. Hay que ver de dónde venía esa riqueza, cómo se construyó ladrillo a ladrillo durante casi un siglo y por qué su fortuna personal se convirtió con el tiempo en el centro de una tragedia que ningún novelista hubiera podido imaginar mejor. Mónaco es un lugar peculiar en el mapa del mundo, un confeti de tierra entre Francia e Italia, sin recursos naturales, sin industria pesada, sin grandes extensiones de cultivo.
Lo que tiene Mónaco es sol, mar, privilegios fiscales y, sobre todo tierra, una tierra escasísima y por esa misma escasez de un valor astronómico. En ese contexto, quien controla el mercado inmobiliario controla en buena medida el pulso económico del principado. Y durante décadas ese alguien fue la familia pastor.
Todo comenzó con el abuelo de Helen que en 1926 fundó lo que con el tiempo se convertiría en el grupo Pastor, una empresa dedicada a la construcción y gestión de bienes raíces en el Principado. Era una época en que Mónaco aún estaba encontrando su identidad como destino de lujo europeo y los primeros inversores en aquella tierra diminuta se aseguraron posiciones que luego resultarían inestimables.
Fue el padre de Elén, Gildo Pastor, quien transformó aquella empresa familiar en un verdadero coloso. Durante los años 60 y 70, cuando Mónaco comenzó su transformación en uno de los lugares más exclusivos del planeta, Gildo Pastor supo leer el momento con precisión de relojero. Compró, construyó, negoció y expandió hasta que el apellido pastor se volvió inseparable del hormigón y el mármol que define la silueta del principado.
En esos años, la familia Pastor no solo hacía negocios, formaba parte del tejido social y político de Mónaco. Se relacionaban con la familia real, con diplomáticos, con empresarios de toda Europa. Childo Pastor Padre era un hombre de su tiempo, pragmático y visionario al mismo tiempo, alguien que entendía que en un lugar tan pequeño como Mónaco, las relaciones personales y el poder económico son en realidad la misma cosa.
Len creció en ese ambiente. No fue educada para ser simplemente una heredera pasiva, sino para conocer y eventualmente dirigir ese mundo de contratos, propiedades y decisiones que su padre había construido. Cuando llegó el momento de tomar las riendas, lo hizo con la misma discreción que caracterizaría toda su vida pública.
No daba entrevistas largas, no aparecía en las revistas del corazón, no organizaba fiestas que terminaran en los periódicos, gestionaba. La fortuna que Elena administraba al momento de su muerte era difícil de calcular con exactitud, precisamente porque su estructura era compleja y estaba distribuida entre múltiples sociedades.
Pero las estimaciones que circulaban en los medios europeos hablaban de un patrimonio de alrededor de 20,000 millones de euros. Otros análisis más conservadores lo situaban entre 12,000 y 15,000 millones. En cualquier caso, una cifra que la convertía no solo en la mujer más rica de Mónaco, sino en una de las personas más acaudaladas de toda Europa.
Tener esa cantidad de dinero en un principado del tamaño de un barrio grande crea una posición única. Elen Pastor no podía moverse por Mónaco sin que su presencia fuera reconocida, sin que sus decisiones tuvieran consecuencias para decenas, quizás centenas de personas. Era, en el sentido más literal, la columna vertebral económica de muchas existencias.
Y esa centralidad, que debería haber sido una coraza, acabó siendo la razón por la que alguien la quiso muerta. Tenía dos hijos. A ambos les transfería una asignación mensual de 500,000 € cifra, que para la mayoría de los seres humanos representaría más que una vida entera de trabajo, era para los pastor simplemente la manera en que la matriarca garantizaba que su familia viviera bien, que los negocios funcionaran y que el apellido siguiera brillando con la misma intensidad de siempre.
Pero esos 500,000 € mensuales también fueron a la larga el hilo que los investigadores siguieron hasta llegar al corazón de la conspiración. Porque en el mundo de Elén Pastor, como en casi todos los mundos donde hay demasiado dinero junto, había personas que vivían a la sombra de esa generosidad sin haberla ganado.
Personas que dependían de ella, que necesitaban de ella, pero que al mismo tiempo la resentían. Personas que sonreían en las reuniones familiares y planeaban en la oscuridad. Y una de esas personas llevaba muchos años sentada a su mesa. No todos los villanos de la historia tienen cara de villano.
Algunos visten bien, hablan varios idiomas, frecuentan cócteles de embajada y saben exactamente qué decir en cada momento para parecer respetables. Boichek Hanowski era uno de esos hombres y durante más de tres décadas logró convencer a todos de que era algo que no era. Hanowski había nacido en Polonia en agosto de 1949. Su vida hasta llegar a Mónaco no estaba exenta de ambición, pero tampoco de opacidad.
Con el tiempo presentaría ante el mundo una versión pulida de sí mismo. Empresario exitoso, hombre cultivado, cónsul honorario de Polonia ante el principado de Mónaco. Esa última distinción era significativa porque en un lugar tan pequeño y tan vigilado como Mónaco, los títulos diplomáticos otorgan un barniz de legitimidad y de contactos que vale más que cualquier tarjeta de presentación.
Lo que nadie sabía o lo que nadie quiso ver era que la imagen de Hanowski era poco más que un decorado cuidadosamente construido. Deía tener un título en economía de la Universidad de Cambridge. Era mentira. Sus negocios, que presentaba como exitosos y prósperos, estaban al borde del colapso. Las deudas se acumulaban, las inversiones habían fracasado una tras otra y la fachada de hombre de mundo empezaba a resquebrajarse bajo el peso de la realidad financiera.
La clave de su estabilidad no eran sus negocios, sino su relación con Silv Ratkovski, la hija de Elén Pastor. Janovski y Silv llevaban juntos décadas, una relación larga y compleja que nunca se había formalizado en matrimonio. Eso era un detalle que en la vida cotidiana podía parecer intrascendente, pero que en el mundo del dinero y la herencia tenía consecuencias enormes.
Sin matrimonio, Janowski no tenía derechos legales sobre el patrimonio de los pastor. Era el compañero de vida de la heredera, pero un compañero sin papeles, sin garantías, sin red de seguridad. Y entonces llegó el golpe que cambió todo. En 2012, Silv fue diagnosticada con cáncer. La enfermedad puso a Janowski ante un escenario que lo paralizó de terror.
Si Silv moría antes que su madre, él no recibiría absolutamente nada, ni un céntimo de los miles de millones que la familia Pastor había acumulado durante décadas. No solo eso, los 500,000 € mensuales que Elen enviaba a su hija y de los cuales Janowski se había servido durante años desviando una parte hacia sus propias empresas y proyectos fallidos, también desaparecerían de golpe.
La situación lo colocaba en un callejón sin salida que él mismo había construido. Sus negocios no generaban ingresos reales. Su estilo de vida dependía por completo del dinero de los pastor y la única puerta de acceso a ese dinero, Silv, estaba enferma y la cerrojo que la controlaba todo, era Elen, una mujer que, según el propio Janowski reconocería más tarde, nunca lo había aceptado como parte de la familia.
La relación entre Elen y Janovski era fría, distante y cargada de una desconfianza que la matriarca nunca escondió del todo. Elen Pastor era perspicaz. Había vivido suficiente en el mundo de los negocios para reconocer a alguien que no encajaba, alguien cuya sonrisa era demasiado calculada, cuyos gestos eran demasiado estudiados.

No hay registros de que lo confrontara directamente, pero quienes los conocían describían una tensión permanente, una frialdad que los años no habían logrado descongelar. Y fue precisamente esa frialdad, esa exclusión que Janowski sentía en cada reunión familiar, en cada gesto de su suegra, lo que fue alimentando algo mucho más oscuro que la simple incomodidad.
Los investigadores que reconstruirían los hechos tiempo después encontrarían en Janowski a un hombre que había pasado años procesando esa sensación de rechazo, mezclándola con el pánico financiero, con la desesperación de ver que su mundo construido sobre mentiras estaba a punto de derrumbarse. El resultado fue una decisión que solo puede tomarse cuando todos los filtros morales han quedado atrás.
Hanowski comenzó a planear el asesinato de Elen Pastor. No fue un impulso, no fue una explosión de rabia, fue una planificación fría, metódica, como si estuviera estructurando uno de sus fracasados proyectos empresariales. Y para ejecutarlo necesitaba intermediarios, porque los hombres que viven en el mundo del cónsul honorario y los cócteles diplomáticos no saben contratar asesinos, pero conocen a personas que sí saben.
Hay algo perturbador en la forma en que los crímenes de encargo funcionan. El dinero pasa de mano en mano. Cada eslabón de la cadena sabe solo lo que necesita saber. Y al final hay un hombre o una mujer que aprieta el gatillo sin conocer al que ordenó que se apretara. Es una arquitectura del mal diseñada para proteger al responsable real, para enterrarlo bajo capas de intermediarios de cuartadas y de distancias calculadas.
Así fue como Janovski construyó el plan para matar a Elen Pastor. El primer eslabón fue Pascal Durac, entrenador físico personal de Janovski. La relación entre un hombre adinerado o que aparenta serlo y su preparador físico es íntima en formas que van más allá del ejercicio. Se comparten frustraciones, se habla de problemas que no se cuentan a la esposa.
Se construye una confianza que en este caso Janowski decidió utilizar de la manera más oscura posible. Le pagó a Duriac 140,000 € para que coordinara la operación. Durc no era un asesino. Era un hombre con contactos, con movilidad, con la capacidad de moverse en círculos que Janowski no frecuentaba. Utilizó a su cuñado, Abdelcader Belcatir para llegar a los ejecutores finales.
Belcatir, a su vez contactó con dos hombres de Marsella, una ciudad que desde hace décadas tiene una reputación particular en lo que respecta al crimen organizado en el sur de Francia. Esos dos hombres eran Samid Ahmed y Aljair Hamadi. Said Ahmed y Hamadi recibieron 30,000 € cada uno por el trabajo, una cantidad que, comparada con los millones en juego, resulta casi obscena en su modestia.
30,000 € para terminar con la vida de una mujer de 77 años y su chófer de confianza. Eso era lo que valía la vida de Elén Pastor para los hombres que apretaron el gatillo. Para Janovski, en cambio, el precio total del encargo fue de 200,000 € una suma que él mismo reconocería ante el fiscal en sus primeras declaraciones. Los preparativos duraron semanas, se siguieron los movimientos de Elén Pastor.
Se estableció que las visitas al hospital donde su hijo Gildo se recuperaba eran regulares y predecibles. La rutina, esa tranquilizadora rutina que dan los años y la costumbre, fue la trampa perfecta. Alguien que visita a su hijo enfermo en el mismo hospital a horas similares, varios días a la semana, es alguien cuya trayectoria puede calcularse con precisión.
Y así se hizo. El 6 de mayo de 2014, Said Ahmed y Hamadi llegaron al hospital Larget de Nisa en taxi. No en un coche robado, no en una moto sin matrícula, en taxi. Es un detalle que habla de la mezcla de audacia y descuido que caracterizó toda la operación. Porque los taxis dejan registros, tienen cámaras, tienen conductores con memoria.
Said Ahmed esperó a que el pastor saliera del hospital con su chóer Mohamed Darwich, sacó la escopeta recortada y disparó. Luego huyeron en otro taxi. Dejaron atrás una escena de horror y también, sin saberlo, dejaron atrás las pruebas que hundirían a toda la cadena. En la zona del ataque, la policía encontraría poco después un detalle que parece sacado de una novela de procedimiento criminal.
Un frasco de gel de ducha con huellas de ADN, un objeto cotidiano insignificante que en circunstancias normales nadie hubiera considerado relevante, pero que en manos de los investigadores forenses franceses se convirtió en un hilo que tirar. Mientras Elen Pastor luchaba por su vida en el hospital y su chóer fallecía cinco días después, la policía francesa ya estaba en movimiento.
La Brigad Criminel de Nisa y los investigadores de la Fiscalía de Marsella comenzaron una de las operaciones más complejas que habían enfrentado, rastrear las comunicaciones de todos los implicados. En las semanas siguientes analizaron 3,illones y medio de llamadas telefónicas. 3,illones y medio.
Una cantidad que da idea de la escala y la meticulosidad de la investigación. Llamada a llamada, triangulando posiciones, identificando voces, conectando números, los investigadores empezaron a ver un mapa y ese mapa tenía un centro. No estaba en Marsella, donde vivían los pistoleros. No estaba en los suburbios de Nisa, donde operaba Belcatir.
El centro del mapa era una dirección conocida, respetable, casi opulenta. Era la dirección de Boek Janowski. Cuando la policía francesa comenzó a desenredar la madeja de los 3, millones y medio de llamadas, lo que encontró no fue el caos desorganizado de un crimen pasional, fue algo mucho más revelador, un patrón.
Las comunicaciones entre los distintos actores de la conspiración se superponían en el tiempo. Formaban una secuencia lógica que iba desde Janowski hasta los pistoleros de Marsella pasando por Doriac y Belcatir con la precisión de un organigrama empresarial. Las transferencias bancarias fueron otro frente de ataque.
En el mundo digital el dinero deja rastros, aunque quienes lo mueven crean que han borrado sus huellas. Los pagos que Janowski había realizado a Doriac eran rastreables. Las transacciones que habían fluido hacia los ejecutores también podían seguirse con esfuerzo y con tiempo a través de los sistemas bancarios europeos. Los investigadores trabajaban en paralelo en varios países, coordinando con autoridades francesas, monegascas y polacas.
Voekjanowski fue detenido en junio de 2014, apenas semanas después del ataque y entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Habló en sus primeras horas bajo custodia ante el fiscal Brisovin en Marsella. Hanowski admitió haber pagado 200,000 € para organizar el asesinato de Elén Pastor.
Fue una confesión parcial calculada que luego trataría de matizar y de reducir a lo largo del proceso judicial, pero las palabras ya estaban dichas, registradas y no podían desdecirse. Sin embargo, junto con esa confesión llegaron las justificaciones. Hanowski no se presentó como un hombre movido por la codicia, sino como alguien que había actuado para proteger a su compañera, Silv del trato abusivo que supuestamente recibía de su propia madre.
Era una narrativa que sus abogados defenderían durante años con tenacidad, la de un hombre que amaba a una mujer enferma y que tomó una decisión desesperada para liberarla. La fiscalía no tardó en desmontar esa construcción pieza a pieza. Los investigadores habían descubierto algo que contradecía de raíz la imagen del protector abnegado.
Durante años, Hanovski había estado desviando hacia sus propias cuentas y empresas una parte significativa de los 500,000 € mensuales que Helen Pastor enviaba a su hija. era el dinero de Silv, pero él lo utilizaba para mantener su fachada empresarial, para pagar deudas, para sostener el decorado de prosperidad que tanto trabajo le había costado construir.
La pregunta que los fiscales planteaban era simple y demoledora. Si Hanovski realmente quería proteger a Silv de una madre abusiva, ¿por qué llevaba años robando el dinero que esa misma madre le daba a su hija? La respuesta obvia era que el amor no tenía nada que ver, que lo que Janowski quería no era liberar a Silv, sino asegurarse de que el flujo de dinero continuara y que la única manera de garantizarlo era que Silv sobreviviera a su madre y heredara la fortuna.
El diagnóstico de cáncer de Silv en 2012 había activado en Janowski un mecanismo de pánico que lo llevó al punto de no retorno. Si Silv moría antes que Elen, la herencia pasaría al hijo varón Shildo y Janowski quedaría completamente fuera, sin dinero, sin respaldo, con sus empresas en quiebra y su vida construida sobre mentiras.
El asesinato de Elén no era un acto de amor, era una póliza de seguro. Si la matriarca desaparecía, Silvie heredaría de inmediato y aunque su compañera muriera después, algo quedaría. Silvir Ratkovski, la hija de la víctima y compañera del acusado, fue detenida inicialmente como sospechosa. Fue una detención que cargó con ella toda la crueldad de la situación.
Hija de la víctima, compañera del asesino, enferma de cáncer, enfrentando a la policía sin saber bien qué estaba pasando. La investigación la exoneró completamente. La fiscalía concluyó que Silvie no tenía ningún conocimiento del plan y que su estado de conmoción al descubrirlo era genuino. quedó libre, pero hundida bajo un peso que difícilmente puede imaginarse.
Mientras tanto, la red de cómplices se deshacía. Said Ahmed y Jamadi fueron identificados gracias al ADN del frasco de gel y a los registros de los taxis. Pascal Doriac fue arrestado, Belcatir también. En total, una decena de personas terminarían sentadas ante un tribunal, cada una con su papel específico en el engranaje de la muerte.
Pero todos los caminos, en cada declaración y en cada prueba, llevaban al mismo origen. Llevaban a Janowski. 4 años y 4 meses después de los disparos en el aparcamiento del hospital Larget, el 17 de septiembre de 2018, el tribunal de lo penal de Exan Hovans abrió sus puertas para juzgar uno de los casos criminales más mediáticos de la historia reciente de Francia.
Una decena de acusados, un patrimonio de 20,000 millones de euros como telón de fondo y una familia devastada en primera fila. El juicio de Elén Pastor comenzaba. La sala estaba llena de periodistas de media Europa. El caso había capturado la imaginación del público desde el primer momento porque reunía todos los ingredientes de la tragedia clásica.
Una fortuna inmensa, un crimen mafioso, una traición desde dentro de la familia y una víctima que encarnaba la idea misma de la vulnerabilidad de los poderosos. Si la mujer más rica de Mónaco no estaba a salvo, ¿quién lo estaba? Janovski compareció con el aspecto de un hombre que ha envejecido mal. Tenía 68 años.
Durante los 4 años de instrucción judicial había mantenido su postura de hombre perseguido injustamente, de alguien que quizás había cometido errores, pero cuya intención nunca fue el asesinato. Sus abogados construyeron una defensa elaborada. que intentaba humanizarlo, presentarlo como víctima de una dinámica familiar destructiva, como un hombre que había amado a Silv hasta el punto de perder el juicio.
La fiscalía desplegó ante el tribunal las pruebas acumuladas durante 4 años de investigación, las transferencias bancarias, los registros telefónicos, las declaraciones de los cómplices, el testimonio del propio Doriac, que describió con detalle cómo Janowski le había dado instrucciones precisas sobre el operativo, incluyendo, según el entrenador, la orden expresa de matar también al chóer y de robar el bolso de Elén para simular un atraco.
Ese último detalle era importante porque Janovski insistía en que nunca había ordenado matar a Mohamed Darich. Decía que su objetivo era solo el pastor, como si esa distinción pudiera de alguna manera aliviar la monstruosidad del encargo. El tribunal no aceptó esa diferenciación. Si había pagado para que se ejecutara la operación y la operación resultó en dos muertes, era responsable de ambas.
Los otros acusados fueron desfilando por el estrado a lo largo de las semanas del juicio. Said Ahed y Hamadi, los pistoleros, mantuvieron una postura de relativa indiferencia que contrastaba de manera perturbadora con la gravedad de lo que habían hecho. Doriac intentó minimizar su papel, presentándose como alguien que había sido manipulado por su empleador.

Belcatir negóber sabido exactamente para qué se necesitaban los hombres que buscó. Cada uno construyó su propia versión de los hechos, pero todas las versiones cuando se ponían una junto a la otra formaban el mismo cuadro. Y entonces llegó el último día del juicio, el día en que los acusados tienen derecho a una última palabra antes de que el tribunal se retire a deliberar.
Janovski se levantó y, en un giro dramático que nadie en la sala había previsto, comenzó a llorar y entre lágrimas, después de 4 años de negaciones y matizaciones y argumentos jurídicos, confesó, dijo que era culpable, dijo que lo sentía, dijo que había ordenado el asesinato. La sala quedó en silencio. Era un momento de esos que los periodistas que cubren tribunales recuerdan durante décadas el momento en que la máscara cae por completo y lo que queda debajo es simplemente la verdad.
Algunos interpretaron la confesión de último momento como un cálculo estratégico, un intento de obtener clemencia del tribunal mostrando arrepentimiento. Otros la vieron como el colapso final de un hombre que había llevado demasiado tiempo cargando con el peso de lo que había hecho. El tribunal no se mostró conmovido.
La sentencia llegó el 16 de octubre de 2018. Cadena perpetua para Voichek Hanovski. Cadena perpetua también para Said Ahmed y para Hamadi. Doriak recibió una condena de 22 años. El resto de los acusados fueron condenados a penas que oscilaban entre los 15 años y penas menores según su grado de participación. La pena más suave del proceso fue de 15 años de cárcel.
En toda esta historia hay un personaje que suele quedar en segundo plano, eclipsado por la magnitud del crimen y la teatralidad del juicio, pero que en realidad cargó con quizás el peso más insoportable de todos. Silv Ratkovski, la hija de Elén Pastor y compañera de vida de Boekjan Hanovski, fue al mismo tiempo la razón declarada del crimen, su víctima más silenciosa y la persona que tuvo que seguir viviendo con las consecuencias de todo.
Silvie y Helen tenían una relación que los cercanos describían como compleja. La matriarca era una mujer de carácter fuerte, acostumbrada a controlar su entorno, y esa necesidad de control se extendía naturalmente hacia sus hijos. No era la relación sencilla y cálida que se imagina cuando se piensa en una madre y su hija.
Era una relación de amor real, pero también de tensiones reales, de expectativas y de fricciones que se acumulaban a lo largo de los años. Janovski utilizó esas fricciones como materia prima para construir su narrativa defensiva. Presentó a Helen como una madre opresiva que había arruinado la vida de su hija, que se había inmiscuido en su relación, que la había controlado y manipulado.
Era una versión de los hechos que tenía suficiente verdad parcial como para resultar convincente a primera vista, pero que los investigadores desmontaron mostrando que la iniciativa del crimen no venía del sufrimiento de Silv, sino del pánico financiero de Janovski. Cuando Silv fue detenida como sospechosa en los primeros días de la investigación, estaba enferma de cáncer.
Acababa de perder a su madre de manera violenta y brutal. y se encontraba en manos de la policía tratando de demostrar que no había tenido nada que ver con la muerte de la mujer que la había traído al mundo. Los testimonios que surgieron de ese periodo la describían en un estado de colapso total, incapaz de procesar la simultaneidad de todas esas pérdidas.
fue liberada cuando la investigación confirmó su inocencia completa, pero la libertad jurídica no alivia el tipo de heridas que Silv llevaba consigo. El hombre con quien había pasado décadas de su vida, el compañero que había estado a su lado durante su diagnóstico de cáncer, había ordenado el asesinato de su madre, no en un momento de locura pasajera, sino con planificación, con dinero, con intermediarios.
Eso no es una traición que se pueda comprender o procesar con facilidad. Silvi desapareció prácticamente del espacio público después de los hechos. No hay declaraciones suyas en los registros del juicio, más allá de lo indispensable. No concedió entrevistas a los medios que cubrieron el caso con tanta avidez.
Se convirtió en una ausencia en el centro de la historia, lo cual, paradójicamente dice mucho más que cualquier declaración. Hay dolores que no tienen palabras. Y el de Silvir Ratkovski era de esos. El hermano Shildo Payanca Pastor, el hijo varón de Elén, era quien se recuperaba de un infarto cerebral en ese mismo hospital cuando su madre fue atacada a la salida.
Hay algo de una crueldad casi simbólica en esa coincidencia. Elen estaba visitando a su hijo enfermo cuando fue emboscada. Su último acto antes de morir fue un acto de amor materno. Y ese acto de amor fue lo que la puso en el lugar y el momento exacto que el asesino había calculado. La familia Pastor, esa segunda dinastía de Mónaco que había durado casi un siglo, quedó fracturada de maneras que ninguna herencia puede reparar.
El dinero seguiría existiendo, las propiedades seguirían en pie, los contratos y las sociedades inmobiliarias seguirían funcionando. Pero la matriarca, que lo había sostenido todo, la mujer cuya discreción y cuya firmeza habían sido el eje invisible de ese mundo, ya no estaba. Y el hueco que dejó tenía una forma que no admitía sustitutos.
El caso pastor no fue solo un crimen, fue también un espejo brutal que Mónaco tuvo que mirar de frente y en el que no encontró necesariamente la imagen que le gustaba proyectar hacia el exterior. Porque Mónaco vende al mundo una idea de perfección vigilada, de riqueza sin violencia, de un lugar donde los problemas del resto de los países no existen o no pueden entrar.
El asesinato de Elén Pastor demostró que esa idea es, en el mejor de los casos, una simplificación. En los primeros días después del ataque, cuando todavía era posible pensar que había sido la mafia rusa o italiana, la narrativa que circulaba en los medios presentaba a Mónaco como víctima de una amenaza exterior.
Fuerzas oscuras del crimen organizado internacional intentando penetrar la fortaleza del principado. Era una historia que resultaba cómoda porque externalizaba el problema, lo convertía en algo ajeno. cuando quedó claro que el crimen era de origen doméstico, que el asesino era un hombre que había vivido durante décadas en los círculos sociales del principado, que había ostentado un cargo diplomático en el propio Mónaco, que había asistido a los mismos eventos y frecuentado los mismos restaurantes y hoteles que el resto de la élite monegasca, la
incomodidad fue mucho mayor, porque ese crimen no venía de afuera, venía de dentro. El perfil de Janovski como cónsul honorario de Polonia, el Mónaco, añadía otra capa de complejidad. Los cónsules honorari no son diplomáticos de carrera designados por su gobierno. Son personas locales, frecuentemente empresarios o figuras sociales que reciben el título como reconocimiento y que ejercen funciones de representación menores.
Hanowski había utilizado ese título para reforzar su imagen de hombre respetable y bien conectado, y nadie, en ningún momento había cuestionado seriamente si la imagen correspondía a la realidad. El proceso judicial reveló también las grietas del mundo que Helen construido a su alrededor. Sus 500,000 € mensuales a cada hijo eran una demostración de generosidad.
extraordinaria, pero también una manera de mantener a sus hijos y sus allegados en una dependencia que, en el caso de Hanovski se había vuelto tóxica. Había vivido durante años gastando más de lo que tenía, cubriendo esa diferencia con el dinero que llegaba de Helén y que teóricamente era de Silvie. Había construido un castillo de arena y lo había bautizado como una mansión.
Y cuando el mar se acercó, el diagnóstico de cáncer de Silv, la posibilidad de que el dinero se cortara, la certeza de que Elen nunca lo aceptaría como heredero, decidió que era más fácil eliminar el problema en su origen que afrontar la realidad. Esa lógica perversa no es exclusiva de Mónaco ni de los ultraicos.
Es una lógica humana que aparece cuando la codicia supera a cualquier otro instinto. Lo que sí era específicamente monegasco era la escala del escenario. En un país normal, de dimensiones normales, Janowski habría sido una figura marginal, un empresario fracasado con deudas y pretensiones. En Mónaco, donde la concentración de riqueza es tan extrema que hasta los márgenes tienen acceso a fortunas inimaginables en cualquier otro lugar, un hombre como Hanowski podía moverse durante décadas entre la élite, acumular un título diplomático y vivir de una
herencia ajena sin que nadie lo pusiera en su lugar. El caso provocó en Mónaco un debate interno, discreto, pero real sobre los mecanismos de control y verificación que rodean a las figuras públicas del principado, sobre cómo es posible que alguien con las credenciales falsas de Hanovski hubiera llegado tan lejos.
sobre si la concentración de riqueza y la cultura de la discreción que definen al principado también crean espacios donde la mentira puede prosperar durante décadas sin ser detectada. Las sentencias en los tribunales franceses no siempre son el punto final de la historia. El sistema judicial francés permite apelar las condenas y en octubre de 2018 Voek Janovski, condenado a cadena perpetua, decidió ejercer ese derecho.
Era una decisión que sus abogados habían preparado desde antes de que cayera el martillo del juez y que en el mundo jurídico tenía una cierta lógica. Cuando la condena es la máxima posible, siempre vale la pena intentar una revisión. El juicio de apelación se celebró en noviembre de 2021 ante el tribunal de apelación de Bush Dougon. Habían pasado 7 años desde el ataque en el aparcamiento del hospital Laget y el caso seguía generando titulares en Francia y Mónaco.
La figura de Janowski, ya anciano, ya roto, seguía siendo el centro de una historia que el tiempo no había conseguido volver. menos perturbadora. Durante las cuatro semanas que duró el proceso de apelación, los argumentos de la defensa no habían cambiado sustancialmente. Janovski seguía intentando matizar su responsabilidad. Seguía presentando la historia de una relación familiar disfuncional como contexto atenuante.
Seguía ofreciendo una versión de los hechos en que el amor hacia Silv era el motor de una decisión equivocada. Pero la evidencia era la misma que había convencido al primer tribunal y el fiscal Pierre Cortés pidió de nuevo la cadena perpetua, esta vez con un mínimo de 22 años de reclusión efectiva antes de cualquier posibilidad de revisión.
El 12 de noviembre de 2021, el Tribunal de Apelación dictó su veredicto. Janovski seguía siendo culpable, seguía mereciendo cadena perpetua. La apelación no había cambiado nada, excepto confirmar una segunda vez y ante otro tribunal que lo que había ocurrido aquel 6 de mayo de 2014 no admitía interpretaciones alternativas ni lecturas benévolas.
También fueron reconfirmadas las condenas de Said Ahmed y Hamadi, los pistoleros. Pascal Dauri, el entrenador físico, que había sido el puente entre el mundo de Janovski y el mundo del crimen organizado Marsellés, fue condenado a 30 años en el juicio de apelación, una sentencia más larga que la de primera instancia que subrayaba cuánto peso le atribuía al tribunal a su papel de coordinador del operativo.
El proceso de apelación cerró definitivamente la puerta legal al único camino que le quedaba a Janowski. No había más instancias ordinarias, no había más tribunales ante los que presentar una versión diferente de la historia. La justicia francesa había hablado dos veces con la misma voz. Voiche Janovski había organizado el asesinato de su suegra y su cómputo de su chóer.
Lo había hecho por dinero y por miedo a quedar sin nada y pagaría el precio más alto que el sistema judicial francés contempla. Hay algo agotador en la duración de este tipo de procesos judiciales. 7 años desde el crimen hasta la sentencia definitiva. 7 años en que la familia de Elén Pastor y en especial Silv tuvo que vivir con el caso abierto, con la posibilidad teórica de que el veredicto cambiara con los nombres de su madre y del hombre que había amado, apareciendo regularmente en los titulares de los periódicos.
La justicia llegó, pero llegó lenta, como suele llegar cuando la realidad es demasiado complicada para resolverse deprisa. Lo que quedó después de la sentencia definitiva fue una especie de silencio, el tipo de silencio que llega no cuando todo se ha resuelto, sino cuando ya no hay nada más que decir.
Elen Pastor seguía muerta. Mohamed Darwich seguía muerto. Silv seguía cargando con lo que cargaba. Y Hanovski seguía en una celda francesa con sus 70 y tantos años, con su historia de engaños y de ambición, sin haber logrado ni una sola de las cosas que creyó que ganaría con la muerte de su suegra. Hay una pregunta que flota sobre toda esta historia desde el principio hasta el final y que nunca termina de responderse del todo.
¿Valió la pena? No en términos morales donde la respuesta es obviamente no, sino en los propios términos de Janowski, en la lógica fría y calculada con que él mismo había construido su plan. Obtuvo algo de lo que quería. La respuesta es tan contundente como irónica. No obtuvo absolutamente nada. Silv Ratkovski, la mujer por cuya herencia supuestamente lo había hecho todo, no obtuvo tampoco lo que Janowski esperaba.
El cáncer que había desencadenado todo el engranaje del miedo y la codicia continuó su curso. Silv murió de su enfermedad antes de que el proceso judicial llegara a su fin, sin haber podido haber condenado definitivamente al hombre que había destruido su familia, sin haber recibido la herencia que Janowski creía que sería su salvación.
Es una vuelta de tuerca final que tiene algo de profundamente trágico. La única persona en nombre de quiens pretendía haber actuado, la única que habría podido heredar y de cuya herencia él esperaba beneficiarse, murió antes que todo aquello. El plan no solo era moralmente abecto, era también completamente inútil desde el principio.
Chanovski había sacrificado dos vidas, había destruido la suya propia y había devastado a una familia entera en persecución de un dinero que nunca iba a llegar a sus manos. El grupo pastor siguió existiendo. Las propiedades inmobiliarias que la familia había acumulado durante casi un siglo no desaparecieron con la muerte de Helén.
Los edificios seguían en pie en los mismos barrios caros de Mónaco. Los contratos seguían vigentes. El apellido seguía teniendo peso en el mercado. La maquinaria económica que Helen había heredado y mantenido era suficientemente sólida como para sobrevivir incluso a la desaparición de quien la dirigía.
Ese es el tipo de durabilidad que construye un siglo de trabajo. Pero los imperios inmobiliarios son una cosa y las personas son otra. Lo que no se puede sustituir es la presencia de alguien que ha sido durante décadas el centro gravitacional de una familia, de una estructura, de una forma de hacer las cosas.
El pastor había sido eso, discreta, controladora. compleja, imperfecta como todos, pero irreemplazable en el papel que ocupaba. Su ausencia creó un vacío que el dinero no puede llenar porque el dinero no recuerda cumpleaños, no toma decisiones difíciles en momentos de crisis, no mira a los suyos con esa mezcla de exigencia y amor que solo existe en ciertas personas.
El caso de Elén Pastor se convirtió con el tiempo en un ejemplo de referencia en varios sentidos. Para los estudiosos del crimen organizado demostraba cómo las redes de ejecutores por encargo pueden operar en entornos de alta vigilancia y seguridad. Para los periodistas que cubren crímenes de élite era un recordatorio de que la riqueza extrema no elimina las dinámicas humanas más oscuras, sino que en muchos casos las amplifica.
Para el público en general era una historia que tocaba algo profundamente universal, la traición de alguien de quien se esperaba lealtad. Mohamed Darwich, el chóer que murió junto a Elen, no ocupó nunca el mismo espacio mediático que su empleadora. Era un hombre ordinario en muchos sentidos, alguien cuya labor invisibilizarse para que otra persona pudiera moverse con comodidad por el mundo.
Pero también era alguien con su propia vida, su propia familia, sus propias razones para levantarse cada mañana. murió porque estaba en el lugar equivocado, junto a la persona equivocada, para los intereses de un hombre que nunca lo consideró más que un obstáculo o un detalle logístico. Esa injusticia adicional es parte de la historia y no debería olvidarse.
Elen Pastor tenía 77 años cuando la mataron. Había vivido una vida plena en muchos sentidos. Había dirigido un imperio. Había criado a sus hijos. Había sobrevivido a la complejidad de ser una mujer poderosa en un mundo que no siempre facilita ese camino. Merecía más tiempo, merecía morir de otra manera y merecía, sobre todo, no tener que morir a manos de alguien que había comido en su mesa.
La historia de Elén Pastor no es solo la historia de un crimen resuelto por la justicia. Es la historia de lo que ocurre cuando la codicia se disfraza de amor, cuando la mentira se viste de respetabilidad y cuando alguien decide que su propia supervivencia económica vale más que la vida de otro ser humano. Es una historia que habla de los límites del dinero como protección, de la vulnerabilidad que existe dentro de cualquier familia, independientemente de su riqueza, y de cómo los imperios más sólidos pueden tener en su propio seno a quien los quiera destruir. La
millonaria que no debía morir murió y el hombre que lo decidió pasará el resto de su vida en una celda sin el dinero que quería, sin la mujer que amaba, sin el apellido prestado, que durante décadas le dio una identidad que nunca fue suya. Yeah.