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Hedy Lamarr: La Mujer Más Guapa del Mundo… que Murió Sola y Pobre

La desmonta entera, examina cada pieza y la vuelve a armar tornillo por tornillo hasta que vuelve a sonar perfectamente. Su madre, al descubrir lo que había hecho, casi le pega una bofetada por miedo a haber roto un objeto carísimo. Su padre, en cambio, se ríe y le dice, “Jey, no eres una niña normal. Tú vas a inventar algo algún día.

” Esa frase la lleva consigo toda la vida. La lleva incluso a los 80 años. La lleva cuando muere. Había otra historia que su padre contaba a veces en familia cuando Jedi ya era adolescente. Cuando ella tenía 7 años, durante un verano en Los Alpes Austriíacos, Jedi se había quedado mirando durante horas el funcionamiento de una pequeña presa hidroeléctrica del pueblo donde estaban de vacaciones.

Había hecho preguntas técnicas al ingeniero que la mantenía, había dibujado esquemas en una libreta, había hecho cálculos aproximativos. Al final el ingeniero le había dicho a Emil Kisler, “Su hija tiene cabeza de ingeniera, no de niña.” Esa frase había hecho llorar al padre de orgullo esa noche en privado, pero la madre, al saberlo, había suspirado y había dicho una sola cosa.

Que Dios no nos castigue por eso. Pero hay un problema. En la Viena de los años 20, una niña judía con cara de princesa y cerebro de ingeniera no tiene espacio para desarrollarse. La sociedad espera de ella una sola cosa. Que crezca para ser hermosa, que aprenda piano, que hable francés, que cocine algo decente, que se case con un buen partido y que tenga hijos.

Nadie le pregunta qué quiere ser, nadie le pregunta qué le interesa. La inteligencia en una niña en aquel mundo era una rareza incómoda, algo de lo que no se hablaba en voz alta. Y Jedy lentamente aprende a esconderla. Pero en 1979, dos investigadores llamados Kelly Riabov y Alexander Avdonin encuentran la fosa de Coptaki, toman tres cráneos, los esconden, los devuelven a la fosa y se callan durante 12 años porque en plena URS hablar de los Romanov era todavía suicida.

En 1991, con la caída del régimen soviético, se anuncia el descubrimiento. Se excavan los restos, nueve cuerpos. Faltan dos, Alexei y María. Los análisis de ADN realizados por laboratorios británicos y rusos confirman las identidades de los nueve presentes. En 1998, los restos de Nicolás, Alejandra, Olga, Tatiana y Anastasia son enterrados con honores de estado en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo.

En 2007, dos investigadores rusos encuentran los restos faltantes a 100 m del lugar original. Alexei y María, quemados, fragmentados, pero ahí están. El círculo se cierra. En el año 2000, la Iglesia Ortodoxa Rusa canoniza a toda la familia como mártires. Tatiana, junto a sus padres, sus hermanas y su hermano, pasa a ser oficialmente, para millones de creyentes ortodoxos, una santa.

Su nombre se pronuncia hoy en miles de iglesias de Rusia, de Grecia, de Serbia, en cada liturgia. Pero más allá de la santidad oficial, ¿quién fue Tatiana? Fue una mujer que nunca eligió su vida, que nació para sostener a una familia que se hundía, que vivió sin haber amado libremente, que murió sin haber salido nunca de Rusia, sin haber sido nada más que la segunda hija de un sar caído.

Y sin embargo, hay algo en su historia que toca un nervio en todos nosotros. Tatiana es el ejemplo de las vidas hechas de obediencia, de los sacrificios silenciosos que nadie aplaude, de quienes se levantan cada día para cuidar a los suyos, renunciando a sus sueños sin protestar, sosteniendo a una familia entera desde el silencio.

Esa persona existe en todos los rincones del mundo, en todas las épocas. Probablemente la conoces. Hay un detalle final. Cuando los forenses en 1991 examinaron los restos de Tatiana, descubrieron que la mandíbula estaba ligeramente desplazada respecto a la posición normal de un cuerpo enterrado. Le habían dado un golpe en la cara después de muerta, una violación final gratuita sobre un cuerpo ya destrozado.

Pero entre los dientes, apretados como si los hubiera cerrado en su último instante, encontraron un trozo de tela verde claro bordada. Era el dobladillo de la almohada que llevaba pegada al pecho cuando bajó al sótano, la almohada con las joyas, la almohada que había intentado proteger hasta el final. Tatiana, incluso muerta, seguía aferrándose a lo que le habían pedido cuidar.

Esa es Tatiana Nicolayevna Romanova, la hija que se entrenó toda su vida para sostener a los suyos y que sostuvo hasta los dientes, hasta el último aliento. Una rosa rusa, como dijo su padre el día que nació, una rosa que floreció en el sótano más oscuro del siglo XX. Y en otra mansión, en el norte de Italia, un hombre llamado Benito Mussolini ve la película tres veces seguidas en su sala privada de cine y al final exclama, según los testigos, que esa muchacha tenía que estar en su cama.

Hey en esos meses de 1933, en mitad del escándalo, se encierra en su cuarto durante semanas. No quiere salir, no quiere ver a nadie. Lee los periódicos en silencio, lee los insultos, lee las cartas anónimas que empiezan a llegar a la casa familiar. Algunas amenazadoras, otras simplemente humillantes. Una carta escrita con una caligrafía elegante le sugiere que se suicide para preservar el honor de su familia.

Hey la guarda durante años. Nunca cuenta a nadie por qué. Décadas después, en una entrevista grabada en Florida, dirá, “Esa carta fue la primera vez que entendí que el mundo te puede odiar por ser tú misma y esa lección no se olvida nunca. Pero el hombre que de verdad va a cambiar la vida de Jedy esa primavera no es ni Hitler ni Mussolini.

Es un austríaco de 34 años, un industrial, un fabricante de armas y se llama Friedrich Mandel. Mandel es uno de los hombres más ricos del Imperio austrohúngngaro en su fase final. heredero de una fábrica especializada en municiones, granadas y sistemas de armamento. Católico converso porque su madre era judía, lo cual técnicamente lo convertía en medio judío bajo las leyes raciales que ya empezaban a aplicarse en Europa.

Pero un católico que viste impecablemente, asiste a misa todos los domingos y mantiene negocios con todos los dictadores de la región. Vende balas a Mussolini, vende granadas a Franco, vende cañones a Hitler y nadie le pregunta por su sangre. Al fin y al cabo, la sangre vende y el que vende no pregunta.

Hey lo conoce en una fiesta de gala en el hotel Imperial de Viena en mayo de 1933. Mandel entra en el salón rodeado de su séquito habitual. Dos guardaespaldas corpulentos, un secretario, dos diplomáticos italianos, un general austriíaco. Lleva un smoking negro impecable, el pelo engominado hacia atrás, las uñas perfectamente recortadas y un anillo de oro con un escudo en el meñique.

Cuando ve a Hey, atraviesa el salón sin saludar a nadie más, se planta delante de ella, le besa la mano sin pedir permiso y le dice una sola frase en alemán perfecto. Freudand Kisler, voy a casarme con usted. Hey se ríe. Cree que es una broma. Mandel no se ríe. Esa misma noche, Mandel envía un carro con chóer a la casa de los padres de Jedy con un ramo enorme de rosas blancas y una invitación a cenar al día siguiente.

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