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HECTOR “MACHO” CAMACHO : LA VERDAD QUE OCULTARON 14 AÑOS | Todo Salió a la Luz

Era de noche. Le habló sin rodeos. Le dijo que su madre había llorado toda la tarde, que le pedía que regresara a la casa, que dejara los amigos nuevos, que volviera a vivir con la familia. El macho escuchó en silencio durante un minuto entero. Después le respondió a su hermana con una voz que ella no le había escuchado nunca.

Dile a mami que estoy bien. Yo soy el macho. A mí no me pasa nada. Esa frase Yo soy el macho. A mí no me pasa nada, la repetiría el boxeador durante los siguientes 26 años. La repitió cuando lo arrestaron en Mississippi cargado de éxtasis. La repitió cuando uno de sus hijos lo denunció por maltrato. La repitió cuando lo llamaron del set del reality show 8 meses antes de morir.

La repitió, según una hermana, en la última conversación telefónica que tuvieron unas horas antes del tiroteo. Lo que el público no sabía en aquellos años, lo que ningún periodista pudo documentar, pero que años después confesarían los propios hijos del macho. es que a partir de ese accidente el polvo blanco entró al armario del boxeador y nunca volvió a salir.

Y 26 años después, dentro de un Mustang acribillado en Bayamón, esa misma sustancia iba a aparecer otra vez. 10 bolsitas, una de ellas abierta, mezclada con la sangre del macho sobre el asiento del pasajero. Pero hay algo que el espectador necesita saber antes de seguir. La historia que cuentan los periódicos sobre la noche en que mataron al macho Camacho está incompleta.

El blanco no era él. El macho no era el que tenía enemigos esa noche. El macho no era el que cargaba la mercancía. El macho murió por estar acompañado y el hombre que iba al volante, el hombre que se llevó al campeón puertorriqueño a un estacionamiento donde los esperaban cinco sicarios, era un hombre con un nombre que durante años nadie quiso pronunciar. Adrián Mojica Moreno, Yamil.

Y para entender por qué el macho aceptó subirse a su carro esa tarde de noviembre, hay que regresar a la pelea más importante de su carrera, la que lo cambió por dentro. La que se vio en cada cantina de México un sábado por la noche. 12 de septiembre de 1992. Estadio Thomas and Max Center. Las Vegas, Nevada.

El Macho Camacho contra Julio César Chávez. pelea por el título mundial superligero del Consejo Mundial de Boxeo. Aquella noche, en cada cantina de Tijuana, en cada sala de Guadalajara, en cada cocina de Monterrey, había hombres mexicanos pegados al televisor, padres con sus hijos sentados al lado, abuelos con la radio prendida por si fallaba la imagen, tíos apostando con compadres una caja de cervezas, 50 millones de personas pegadas a las pantallas en México, Puerto Rico y Estados Unidos.

Y para todos esos hombres mexicanos que veían esa noche en su sala, el rival a vencer era ese boxeador que se reía, que bailaba en el ring, que insultaba en español al gran campeón. El macho subió al cuadrilátero con su faldón, con sus shorts dorados, con la palabra macho bordada al frente. Sonrió a las cámaras, saludó al público, insultó a Julio César en el centro del ring durante la presentación, lo señaló con el dedo.

Le dijo cosas que las cámaras no alcanzaron a captar, pero que los aficionados de primera fila escucharon. Pero algo pasó esa noche. Desde el primer asalto, los aficionados que conocían al macho notaron que el muchacho del faldón ya no era el mismo. Las piernas no respondían igual. Los reflejos llegaban un milisegundo tarde. La cintura, esa cintura que durante 10 años había hecho fallar a los mejores noqueadores del mundo.

Esa noche se quedó plantada delante de los ganchos del mexicano. Julio César Chávez, en cambio, peleó la mejor noche de su carrera, lo casó con la izquierda, le rompió la nariz en el cuarto asalto, le abrió una ceja en el sexto, lo hizo tambalear contra las cuerdas en el noveno. El macho aguantó los 12 asaltos de pie, nunca cayó a la lona, nunca fue noqueado.

Pero cuando sonó la campana final, los tres jueces dieron tarjetas de paliza para el mexicano. En las salas de México hubo gritos esa madrugada, hombres abrazándose con sus hijos, cervezas levantadas, mujeres asomándose desde la cocina. Micio, micio, micio, misio. El gran campeón había callado al puertorriqueño del faldón. En las cantinas de Tijuana se escuchó una sola palabra durante 10 minutos sin parar.

Chávez, Chávez, Chávez. En las casas de Monterrey, los abuelos pedían silencio para escuchar la repetición de la decisión por radio. Y en cada barrio mexicano dentro y fuera del país, los hombres se acostaron esa madrugada con la sensación de que el orgullo nacional acababa de cobrarse 20 años de insultos. Pero en un vestidor de Las Vegas, a esa misma hora, el macho Camacho lloraba con las manos sobre la cara.

Su esposa Amy, la madre de tres de sus hijos, lo esperaba afuera con un abrazo que él no devolvió. en el avión de regreso a Florida esa madrugada. Según contaron años después que iban en el mismo vuelo, el macho no habló con nadie durante las 5 horas del trayecto. Tenía los lentes puestos, la cabeza echada hacia atrás y entre los dedos una toalla blanca con la que se tapaba la cara cada vez que sentía que alguien lo miraba.

A partir de esa noche, el macho no fue el mismo y el polvo blanco que había entrado en su vida en 1986 dejó de ser un secreto. Se volvió rutina, se volvió costumbre, se volvió la única manera que tenía de mirarse al espejo después de la humillación que le pegó Chávez en Las Vegas. En 1991 se había casado con Amy Torres.

Tuvieron tres hijos. Christian, nacido en 1989, Justin, nacido en 1992. Tylor, nacido en 1998. La familia se mudó al condado de Orange, en Florida, buscando un poco de paz, pero la paz no llegó. El macho viajaba de un lado al otro persiguiendo peleas que ya no llenaban estadios. Regresaba a casa cargado de billetes y de noches que no podía contar.

En 1998, Amy Camacho consiguió una orden de restricción contra su esposo. Los documentos judiciales que se hicieron públicos años después alegan que el macho la había amenazado a ella y a uno de sus hijos. La orden se firmó en la corte del condado. El macho la cumplió dos semanas. Después regresó a la casa como si nada.

¿Qué hace una mujer cuando el hombre con quien tuvo tres hijos, el hombre cuya cara aparece en pósteres pegados en las paredes de medio mundo, regresa a la casa en la madrugada con los ojos vidriosos y un olor que ella no quiere reconocer? ¿Qué hace cuando los niños se levantan a las 6 de la mañana y preguntan por su papá? Y ella tiene que decirles que está cansado, que está dormido, que no se acerquen.

Amy aguantó casi 16 años. Se divorciaron formalmente en el 2007. El macho perdió ese mismo año, la casa, los carros y la convivencia regular con sus hijos. Hay un detalle que pocos conocen de los meses posteriores al divorcio. El macho, sin casa propia, sin esposa, sin sus tres hijos viviendo con él, se mudó a un cuarto rentado en un motel de la zona de Kissimi, Florida.

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