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¡HARFUCH REVELA! POR QUÉ POSADAS OCAMPO fue AS€SINADO Antes de HABLAR con SALINAS

campo un eco vivo de algo que no había terminado de cicatrizar. Ese origen lo marca Posadas o campo. No fue un hombre de iglesia por cultura o por conveniencia familiar. Fue un hombre de iglesia por convicción, construida en el contexto de un estado que había aprendido a sangre, que la fe y el poder político no podían coexistir sin fricciones.

Eso explica décadas después por qué cuando Posada Socampo vio lo que estaba pasando en México en los años 90, no pudo callarse, porque callar para él era una traición al único proyecto de vida que había tenido desde niño, ordenado sacerdote en 1936. Posadas o campo ascendió dentro de la estructura eclesiástica mexicana con la misma discreción metódica que caracteriza a los hombres que duran en las instituciones.

No fue el cura más brillante de su generación. No fue el más carismático, fue el más serio, el más riguroso, el que llegaba a las reuniones habiendo leído todo lo que había que leer, el que tomaba notas cuando otros improvisaban, el que construía sus posiciones sobre hechos verificados y no sobre intuiciones.

Esas virtudes, la seriedad, el rigor, la documentación lo llevaron a posiciones cada vez más importantes dentro de la jerarquía. Fue obispo de Tijuana en 1970. Fue obispo de Cuernavaca en 1976. Fue obispo de Puebla en 1984 y el 13 de abril de 1987, Juan Pablo I lo nombró arzobispo de Guadalajara, la arquidiócesis más grande e históricamente significativa del país.

Recuerda esa fecha, 1987. Porque lo que Posadas Campo encontró en Guadalajara cuando llegó no era simplemente una ciudad católica con sus rituales y sus tradiciones. Era el epicentro de algo que estaba cambiando México para siempre. Guadalajara en 1987 era al mismo tiempo la segunda ciudad más grande de México y el corazón operativo de lo que después el mundo conocería como el cártel de Guadalajara.

Miguel Ángel Félix Gallardo. El padrino, operaba desde ahí con una libertad que décadas después todavía resulta difícil de creer. Sus redes de distribución cubrían el país de norte a sur. Sus rutas de exportación cruzaban la frontera con Estados Unidos con una regularidad y un volumen que no podían existir sin complicidad institucional en los dos lados y sus relaciones con la clase política mexicana con funcionarios, con policías, con gobernadores, con figuras del gobierno federal eran conocidas en los círculos

correctos con el mismo nivel de detalle con el que hoy conocemos el organigrama de cualquier empresa. pública. No eran sospechas, eran hechos. El problema era que nadie con poder suficiente quería hacer nada con esos hechos. Para entender por qué, necesitas entender cómo funcionaba el narcotráfico en México en esa época, no como lo entendemos hoy, cárteles en guerra, violencia desbordada, geografías fragmentadas, sino como algo muy diferente.

Un sistema administrado. El narcotráfico en el México de los años 80 no era caos, era orden, un orden perverso, criminal, construido sobre la corrupción sistemática de las instituciones. orden. Al fin las plazas estaban asignadas, los grupos tenían territorios definidos y la relación entre los narcotraficantes y las instituciones del Estado, la policía, el ejército, la Dirección Federal de Seguridad era una relación de administración.

El Estado no perseguía al narcotráfico. El Estado cobraba por tolerarlo. Eso era el sistema en que Posadas Ocampo llegó a trabajar cuando se convirtió en arzobispo de Guadalajara. Y ese sistema, ese acuerdo implícito entre el crimen organizado y las instituciones del Estado, era tan conocido por quienes operaban en los círculos de poder que hablar de él en voz alta era considerado más que un acto de valentía, un acto de imprudencia.

Posadas o campo llegó a Guadalajara y se encontró con esa realidad, un hombre de su formación, de su rigor, de su convicción de que la Iglesia tenía la obligación moral de pronunciarse sobre lo que estaba destruyendo a las familias mexicanas. No podía ignorarlo. Los curas de su diócesis le reportaban lo que veían en sus comunidades.

Jóvenes reclutados por los cárteles, familias destrozadas por las adicciones, violencia que llegaba a barrios que antes habían sido tranquilos, dinero del narcotráfico, lavado a través de negocios locales que nadie tocaba porque todo el mundo sabía de quién eran. Eso era Guadalajara en los años en que Posadas Ocampo fue construyendo su conocimiento del problema.

Y en 1987, el mismo año en que Posadas llegó a Guadalajara, la DEA perdió a uno de sus agentes más importantes en territorio mexicano. Enrique Kiki Camarena, secuestrado, torturado y asesinado con la participación de funcionarios de la Dirección Federal de Seguridad. La policía política del Estado mexicano. El caso Camarena, abrió una herida entre México y Estados Unidos que no cicatrizó durante años y que en los archivos de la DEA dejó documentada la profundidad de la relación entre el cártel de Guadalajara y las instituciones del

Estado mexicano. Osadas o campo leyó esos reportes, los que circulaban, los que llegaban por canales diplomáticos a la anunciatura apostólica, los que le compartían sus contactos en la clase política y en la comunidad empresarial de Guadalajara, fue acumulando pieza por pieza, nombre por nombre y en 1989 la captura de Félix Gallardo por la policía federal cambió el mapa del narcotráfico mexicano.

La organización que él había construido se fragmentó. Los hermanos Arellano, Félix Ramón, Benjamín, Javier y los demás se quedaron con Tijuana y Baja California. Amado Carrillo Fuentes, tomó el control del cártel de Juárez y en Sinaloa, un hombre joven y ambicioso llamado Joaquín el Chapo Guzmán empezó a construir lo que décadas después sería el cártel más poderoso del mundo.

La fragmentación del cártel de Guadalajara no redujo el tráfico de droga, lo reorganizó y la reorganización trajo algo que el sistema anterior no tenía. competencia y la competencia entre organizaciones criminales, cuando no hay una autoridad regulatoria que las contenga, tiene una sola resolución posible, violencia. Esa violencia fue llegando a Guadalajara de forma gradual entre 1989 y 1993, primero en los municipios periféricos, después en las colonias populares, después en zonas que nunca habían visto nada de ese tipo. y el arzobispado de

Guadalajara, a través de sus párrocos, de sus trabajadores sociales, de sus escuelas y hospitales, lo veía todo de primera fila. Posada o campo recibía esos reportes cada semana y cada semana que pasaba, la lista de lo que sabía crecía. Mientras Posadas Campo acumulaba ese conocimiento, México vivía una transformación que en la superficie parecía modernización y en el fondo era algo más complicado.

Carlos Salinas de Gortari llegó a la presidencia en diciembre de 1988 en una elección que la oposición y buena parte del país consideraba fraudulenta. La caída del sistema. La noche del conteo de votos, los resultados que tardaron días en conocerse. La victoria oficial de Salinas, con un margen que nadie creía todo eso, quedó enterrado bajo la urgencia del proyecto económico que el nuevo presidente llegaba a implementar.

Salinas tenía un plan, un plan ambicioso, sofisticado, diseñado para transformar a México en un acto relevante de la economía global, privatizaciones, apertura comercial, modernización del estado y como pieza central del edificio, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el Telecá, que se estaba negociando en esos años y que se firmaría en enero de 1994.

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