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GIGOLÓS DEL CINE: 10 Actores españoles de los 70 que SATISFACÍAN a viejas glorias por fama

Su descaro llegó a tal punto que en el año 1976 publicó unas memorias tituladas No niego nada, un libro que cayó como una bomba atómica en la sociedad española. En ellas narraba con pelos y señales sus aventuras de alcoba, aireando la intimidad de las mujeres que lo habían amado y mantenido.

Aquello no fue solo una traición, fue la confirmación pública de que su carrera se había construido sobre sábanas de seda y mentiras piadosas.  Marujita Díaz, Tita Cervera y otras tantas divas fueron víctimas de su encanto letal. Espartacoos Anthony representa la figura del galán que no necesitaba tener talento interpretativo, porque su mejor actuación la realizaba fuera de las cámaras, convenciendo a damas poderosas de que él era el príncipe azul, cuando en realidad era el ladrón de guante blanco más encantador que jamás pisó un

plató de cine. Su legado es el de un hombre que demostró que en la España de la Transición tener un rostro  bonito y pocos escrúpulos era la carrera más lucrativa de todas. Máximo Valverde. Si Espartacos Anthony escribió el manual del vividor, Máximo Valverde fue su alumno más aventajado y el galán castizo por excelencia de la década de 1970.

Con un pasado como Torero que le daba ese aire de valentía y peligro que tanto a las mujeres y un físico imponente que encajaba a la perfección en el cine del destape. Máximo no tardó en darse cuenta de que su mejor faena no la haría en el ruedo, sino en las revistas del corazón. Él representaba al macho ibérico,  un hombre que no pedía permiso, que vivía la noche madrileña con una intensidad suicida y que coleccionaba conquistas como si fueran orejas cortadas en una plaza de toros de primera categoría. Su carrera

cinematográfica, aunque prolífica en títulos comerciales y comedias ligeras, siempre estuvo sostenida por su inmensa popularidad en la prensa rosa, una popularidad que alimentaba estratégicamente a través de sus relaciones con las mujeres más deseadas y famosas del momento. Máximo supo desde el principio que para mantenerse en la cima en una industria tan competitiva  necesitaba estar siempre en boca de todos.

Y qué mejor manera de hacerlo que convirtiéndose en la sombra de las mujeres que España adoraba. Su romance con Amparo Muñoz, la bellísima Miss Universo, fue la portada soñada por cualquier aspirante a estrella.  Él, el galán maduro y experimentado. Ella, la joven reina de la belleza mundial. Juntos formaron una pareja explosiva que le garantizó a Máximo contratos, bolos y una presencia constante en televisión.

Pero Máximo no se limitaba a una sola musa. Su nombre se vinculó al de Isabel Pantoja en los años previos a su boda con Paquirri,  un coqueteo que le otorgó un aura de seductor inalcanzable capaz de enamorar a la tonadillera más protegida del país. Para Máximo Valverde, las mujeres no eran solo compañeras sentimentales, eran el combustible que mantenía en marcha el motor de su fama.

En una época donde el talento interpretativo a veces pasaba a un segundo plano frente al carisma y el morvo,  él supo vender su imagen de amante infatigable mejor que nadie. Se movía en los círculos de la alta sociedad y la farándula con la destreza de un relaciones públicas nato, siempre con la sonrisa puesta y el abrazo listo para la foto oportuna.

Mientras otros actores se dejaban la piel estudiando el método Stanislavlski, Máximo estudiaba quién era la mujer más influyente de la fiesta para sacarla a  bailar. Su habilidad para estar en el lugar adecuado con la compañía adecuada le permitió alargar su carrera durante décadas, sobreviviendo a modas y cambios políticos.

Sin embargo, detrás de esa fachada de triunfador y de hombre que las volvía locas, se escondía una realidad más pragmática, la necesidad de sobrevivir. Máximo entendió que su capital erótico era su mayor activo financiero. Aceptó papeles que quizás no tenían gran calidad artística, pero que explotaban su fama de  conquistador.

Esa misma fama que él cultivaba con esmero en la vida real.  Nunca se casó con ninguna de sus grandes conquistas, manteniendo siempre esa aura de soltero de oro inatrapable, lo que aumentaba su valor en el mercado del deseo. Fue el hombre que susurró al oído de las mujeres más bellas de España  y a cambio ellas le regalaron una vida de focos, aplausos y una leyenda de don Juan que a día de hoy sigue siendo su marca registrada.

Máximo Valverde nos enseñó que en el cine español de los 70 ser el novio de la estrella era a veces el mejor papel de la película. Manolo Otero. Si la voz masculina de la década de 1970 pudiera encapsularse en un solo sonido, sería, sin lugar a dudas, el timbre grave, profundo y aterciopelado de Manolo Otero.

Este galán madrileño, hijo de un cantante de ópera y barítono  y heredero de una presencia escénica imponente, representa a la perfección el arquetipo del hombre que supo convertir su matrimonio en la mejor campaña de marketing de su carrera. Aunque Otero tenía talento propio y una formación actoral respetable, su ascenso al Olimpo de las celebridades el lugar donde los contratos millonarios llueven del cielo, no se debió únicamente a sus dotes interpretativas, sino a su habilidad para convertirse en la mitad masculina de la pareja más explosiva y deseada de

la transición española. Su trampolín hacia la fama masiva tuvo nombre y apellidos de mujer, María José Cantudo. A principios de los años 70, María José Cantudo no era solo una actriz, era un fenómeno social. La mujer que protagonizó el primer desnudo integral visto en el cine español en la película La trastienda,  convirtiéndose en el mito erótico de todo un país.

Manolo Otero, astuto y consciente de que en el mundo del espectáculo la visibilidad lo es todo, formó con ella una alianza sentimental que lo catapultó a las portadas de todas las revistas. Se casaron en el año 1973  y desde ese momento Manolo dejó de ser un actor secundario para transformarse en el marido de la mujer más deseada de España.

Esa etiqueta, lejos de molestarle, fue el combustible que utilizó para impulsar su carrera musical y cinematográfica. Las productoras lo querían a él porque tener a Manolo en el cartel era tener una parte del aura del acantudo. Durante su matrimonio, Otero cultivó con maestría su imagen de Latin lover, melancólico y sofisticado.

Aprovechando el tirón mediático de su vida conyugal, lanzó su carrera como cantante recitador, logrando éxitos descomunales como Todo el tiempo del mundo. Una canción que se convirtió en el himno de las sábanas de seda y los susurros de Alcoba. Sin embargo, en los mentideros de la industria se comentaba con cierta malicia que aquel éxito repentino estaba cimentado sobre los cimientos de la fama de su esposa.

Ella era la que llenaba los teatros y acaparaba los flashes.  Él era el acompañante de lujo que supo capitalizar cada aparición pública del matrimonio para vender su propia marca personal. Era una simbiosis  perfecta. Ella ponía el morvo y la actualidad. Él ponía la voz y la estampa de galán clásico, pero como suele ocurrir en estas historias donde el amor y el negocio se entrelazan peligrosamente, el final fue amargo y muy rentable para la prensa rosa.

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