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Frida Kahlo: Su Marido la Traicionó con su Hermana… Ella lo Pintó Todo para que el Mundo lo Supiera

En el caso de Frida fueron permanentes. La enfermedad le dejó la pierna derecha más delgada que la izquierda. La musculatura no se desarrolló de la misma manera después de la infección y ligeramente más corta. La diferencia era visible. No dramáticamente, no de una manera que impidiera caminar, pero sí de una manera que se notaba cuando la gente miraba.

Y los niños notan. Y cuando notan algo distinto, raramente lo guardan para sí mismos. En la escuela los otros niños se lo hacían saber todos los días. La llamaban pata de palo. Así, sin adorno, sin compasión, con esa crueldad específica y sin imaginación que tienen los niños cuando encuentran algo diferente y deciden que diferente significa inferior.

Pata de palo. Dos palabras. Lo suficiente para que una niña de 6, 7, 8 años aprenda que el mundo puede decidir en cualquier momento que algo en ella está defectuoso, que su cuerpo, que es lo más suyo que existe, puede convertirse en material de burla para personas a quienes no les ha hecho nada. Aprendió desde niña lo que es que el mundo te mire como algo que no salió del todo bien.

Esa herida no cierra nunca del todo. La persona que ha sido señalada por su cuerpo cuando tenía 6 años lleva esa señal durante el resto de su vida. Aunque el mundo no la vea, aunque nadie más la señale, aunque hayan pasado décadas. Sigue ahí. Y en el caso de Frida Calo, esa herida temprana es la clave para entender por qué más adelante, mucho más adelante, cuando el cuerpo se le volvió a romper de una manera mucho más brutal, supo exactamente lo que tenía que hacer con ello.

Guillermo Calo vio lo que le estaban haciendo a su hija y decidió hacer algo que ningún padre de su época hacía con sus hijas. La trató exactamente igual que si fuera su hijo. La llevaba consigo a los museos, no de paseo, no a mirar cuadros bonitos a aprender. Le explicaba lo que veían, le hacía preguntas, esperaba respuestas reales y no respuestas de niña pequeña.

le enseñaba filosofía, le explicaba la técnica fotográfica, la luz, la composición, cómo la cámara transforma la realidad en algo fijo y permanente que la realidad en sí misma nunca es. La dejaba sentarse a su lado mientras trabajaba. Compartían también el deporte. Guillermo animó a Frida a practicar natación, ciclismo, boxeo deportes que en el México de la segunda década del siglo XX no eran exactamente los que se recomendaban para una señorita de buena familia.

Y Frida los practicó con esa pierna más delgada que la otra, con esa diferencia que los niños de la escuela señalaban todos los días. La practicó igualmente porque su padre le había enseñado desde pequeña que el cuerpo que tenía era el cuerpo que era y que ese cuerpo podía ser más de lo que el mundo esperaba que hiciera. Guillermo Calo fue el único amor de toda la vida de Frida que nunca la traicionó.

Eso importa. importa porque todo lo que vino después tiene más sentido. Si se entiende que Frida K supo desde muy joven lo que significaba ser vista de verdad, no como adorno, no como apéndice, no como esposa o hija o modelo, sino como alguien con ideas propias que merecían escucharse. Su padre le dio eso y ningún otro hombre en su vida fue capaz de sostenerse a esa altura de manera consistente.

Frida Calo era brillante, no brillante en el sentido vago con que se describe a la gente cuando no se quiere decir nada concreto. brillante de verdad, medible, documentada. A los 15 años consiguió una de las pocas becas disponibles en toda Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional Preparatoria, que era el Instituto más prestigioso y más exigente del país.

De los 2000 estudiantes que había matriculados en la escuela, solo 35 eran mujeres. 35 de 2000. Frida Calo era una de ellas. Tenía el pelo cortado a lo garzón. Fumaba cigarrillos en los pasillos con una naturalidad que irritaba a los profesores más conservadores y discutía de política con los chicos con esa directidad que desconcertaba a los que esperaban que una chica de 15 años se quedara callada y asintiera.

se había unido a un grupo de estudiantes que se llamaban a sí mismos, los cachuchas, jóvenes que leían a los filósofos europeos, que debatían sobre el marxismo y el nacionalismo mexicano, que hacían bromas que a veces cruzaban la línea y que lo sabían y que lo encontraban más divertido que preocupante. era exactamente el tipo de persona que prospera en ese ambiente, inteligente, irreverente, sin miedo a la mirada ajena ni al juicio de los que piensan que una mujer joven debería ocupar menos espacio del que ocupa.

Quería ser médico. Ese era el plan. La medicina, el cuerpo humano entendido desde dentro, desde la ciencia, desde la razón. la idea de poder entender exactamente qué le estaba pasando a un cuerpo enfermo y tener las herramientas para repararlo desde el conocimiento y no desde la intuición. Eso era lo que quería Frida Calo a los 17 años.

Nadie en su entorno se sorprendía. Parecía exactamente lo que era, una muchacha con la cabeza clara que había elegido un camino exigente y que tenía todo lo necesario para recorrerlo. Entonces llegó el 17 de septiembre de 1925 y el plan de ser médico se convirtió en yeso y dolor y techo. Aquí está la revelación número dos de este video.

Ese día, Frida y su novio de entonces, Alejandro Gómez Arias, tomaron un autobús en Ciudad de México para volver a Coyoacán después de un día en el centro de la ciudad. Era un autobús de esos de madera pintada de colores que todavía circulaban por las calles de Ciudad de México en los años 20. Con ese traqueteo particular que tenían los vehículos de la época y con los asientos tan juntos que los pasajeros siempre quedaban hombro con hombro con el desconocido de al lado.

En una de las paradas del trayecto subió al autobús un hombre que llevaba una bolsa grande con polvo de oro, el tipo de polvo que usaban los pintores de murales para ciertos acabados decorativos en los edificios públicos. El autobús siguió su ruta y en el cruce de Cuautemotin con 5 de mayo, un tranvía que venía por el carril contrario no pudo frenar a tiempo.

El impacto fue violento e inmediato. El autobús de madera no resistió la colisión con el tranvía de acero. Se dobló, crujió, se abrió. Los pasajeros salieron despedidos o quedaron atrapados entre los restos. Y el pasamanos de metal que Frida Calo tenía delante, arrancado de su sitio por la fuerza del impacto, entró por su cadera izquierda y salió por el lado derecho.

La columna vertebral se fracturó en tres puntos distintos. La clavícula, dos costillas, la pierna derecha en 11 lugares, 11 puntos distintos donde el hueso se dio bajo la fuerza del accidente. El pie derecho aplastado bajo el peso de los restos del vehículo, el hombro izquierdo dislocado. La ropa quedó completamente destrozada y sobre su cuerpo desnudo, sobre la piel y sobre la sangre, el polvo de oro del pintor de murales que se había esparcido por todo el interior del autobús como una lluvia absurda e irreal sobre el

desastre. Alejandro Gómez Arias, que también estaba en el autobús y que salió con heridas menores, fue el primero en llegar hasta ella entre los restos. El pasamanos estaba todavía dentro de su cuerpo. Alguien entre los presentes tomó la decisión de sacarlo antes de que llegaran los médicos. Una decisión que en la medicina moderna sería un error grave, pero que en aquel momento, en aquella calle, con aquella hemorragia visible, fue lo que había.

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