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Florinda Meza: El Asqueroso Secreto que Reventó a la Familia de Chespirito

Vas a verla repetirse a partir de aquí. Roberto Gómez Bolaños no encajaba en el perfil de un hombre frívolo. Lo decían todos los que lo conocían dentro y fuera del estudio. Era tímido, disciplinado, católico practicante, hijo de un dibujante de revistas y de una mujer culta que le había leído a Cervantes desde los 6 años.

Cuando conoció a Graciela Fernández en 1956, ella era hija de un magistrado del Tribunal Superior de Justicia. Se casaron al año siguiente. Tuvieron a su primera hija, Graciela, en 1957. Después llegaron Cecilia, Marcela, Paulina, Teresa y por último Roberto, el único varón nacido en 1968. Cuando Florinda entró a su vida en 1970, esos seis niños tenían entre 13 y 2 años.

Roberto los desayunaba todas las mañanas en una mesa de comedor que él mismo había diseñado. Iba a misa los domingos con ellos. tenía la costumbre de escribir sus guiones por la noche en una pequeña oficina del piso superior de la casa, mientras Graciela los acostaba uno por uno. Esa era la vida que Florinda Mesa con 21 años se propuso desplazar.

No lo hizo de golpe, lo hizo con la paciencia de alguien que ya había sobrevivido a una infancia rota durante 7 años seguidos. Pero hay un dato anterior incluso a la entrada de Florinda en el equipo que va a definir todo lo que ocurra después. Después del nacimiento de su sexto hijo en 1968, Roberto Gómez Bolaños tomó una decisión médica que él mismo confirmaría años más tarde en su autobiografía.

Se sometió a una basectomía. La operación cerraba para siempre la posibilidad biológica de tener más hijos. Florinda Mesa lo supo desde el principio de la relación. En una entrevista posterior a 2014, ella confirmó que Roberto le había informado de la basectomía durante uno de los primeros viajes profesionales que hicieron juntos cuando ella tenía poco más de 22 años.

Lo aceptó y durante 40 años, cada vez que un periodista le preguntó por qué no había tenido hijos con el comediante más famoso de Latinoamérica, dio la misma respuesta. Por elección personal, Roberto había tomado esa elección por su cuenta antes de que Florinda fuera oficialmente nada en su vida.

Desde ese primer viaje, Florinda Mesa supo que iba a entrar en la historia de un hombre con seis hijos, sin posibilidad de tener uno propio, sin posibilidad de competir con Graciela Fernández en el único terreno en el que las mujeres del medio mexicano se enfrentaban en aquellos años. El terreno biológico es un detalle que cambia la lectura de los siguientes 40 años.

Porque la mujer que durante décadas sería acusada de robarle el padre a los seis hijos de Graciela Fernández, había aceptado desde el primer viaje no poder ser madre nunca. La maternidad le quedaba prestada, como todo lo demás en su vida. Los primeros 2 años, entre 1970 y 1972, hubo solo coincidencias planeadas. Florinda se quedaba en el estudio después de los ensayos para repasar líneas con Roberto.

Le llevaba café cuando él escribía hasta tarde. Le pedía consejos sobre personajes que aún no existían. Roberto, que era riguroso con su tiempo, empezó a cambiar de costumbre. Volvía a casa cada vez más tarde. Inventaba reuniones que no estaban en su agenda. Se compró una segunda agenda. Graciela Fernández, en su casa de la colonia Florida, no preguntó por la segunda agenda.

Sabía que cuando un hombre empieza a guardar agendas separadas no es porque haya descubierto una pasión por la organización. Lo más asqueroso de esos 7 años no ocurría en habitaciones de hotel. Ocurría dentro de la casa de los Gómez Bolaños cuando Florinda era invitada formalmente como compañera de trabajo de Roberto.

Comió en esa mesa, conoció por nombre a los seis hijos del matrimonio, aprendió el nombre del perro y aceptó durante años la cordialidad con la que Graciela Fernández recibía en su comedor a las colegas profesionales de su marido. Después de 2013, las seis hijas adoptaron un comportamiento unificado que ningún medio mexicano logró romper.

Dejaron de pronunciar el nombre de Florinda Mesa en público, rechazaron cualquier sesión fotográfica conjunta con ella y planearon su entrada al despacho del testamento durante semanas, asegurándose de aparecer las 6 al mismo tiempo en un mismo coche, vestidas de manera coordinada. En 1973 nació el Chavo del Ocho como programa independiente en 1974.

Ya era el fenómeno más visto de la televisión mexicana. Y en 1975, durante la primera gran gira internacional del elenco, ocurrió algo que varios miembros del equipo iban a confirmar décadas después en libros póstumos y entrevistas a familiares. Florinda Mesa y Roberto Gómez Bolaños habían dejado de molestarse en disimular durante los viajes.

Hay algo importante que tienes que saber sobre esa gira de 1975, porque uno de los testigos directos de lo que ocurría detrás de Bambalinas era el actor que 6 años después iba a pagar con su carrera el haberlo visto. Su nombre era Ramón Valdés. ¿Te suena mejor como don Ramón? Ramón Valdés tenía 52 años en 1975. Era hijo mayor de una familia humilde de Ciudad Juárez.

Había trabajado limpiando zapatos a los 9 años, vendiendo periódicos a los 12 y a los 27 había llegado a la Ciudad de México con el sueño de actuar. Cuando entró al elenco del Chavo del Ocho en 1971, ya era un hombre cansado, divorciado de su primera esposa con varios hijos a su cargo. Don Ramón, el personaje, no fue creación de Chespirito.

Lo construyó Ramón a partir de su propia vida. Don Ramón llevaba puesta su propia ropa, su propia rabia y su propio cariño torpe por los niños. Lo único que Chespirito puso fue el nombre. Y Ramón Valdés durante esa gira de 1975 vio cosas que ningún otro miembro del elenco se atrevió a confirmar en público hasta que él ya estaba muerto.

Lo que don Ramón vio fue lo que años después su nieto Miguel iba a contar en una entrevista que sigue circulando hoy. Miguel Valdés es nieto de Ramón. concedió la entrevista en julio de 2025 al medio Infobae México y en esa entrevista soltó una frase que la familia no había hecho pública durante 37 años. Mi abuelo se fue del Chavo del Ocho por Florinda Mesa.

Esa mujer se metió en absolutamente todo, desde lo creativo hasta lo técnico. No era un problema de hombre o mujer. Era que invadía cada espacio del programa y mi abuelo no aguantó. Esa invasión empezó en la gira de 1975. Florinda, que oficialmente solo era actriz del elenco, empezó a corregir guiones que no le pertenecían.

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