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FLOR SILVESTRE ABRIÓ LA ÚLTIMA CARTA DE JAVIER SOLÍS Y ENCONTRÓ CENIZAS DENTRO

En 2019, Javier se levantó de su mesa y se acercó a donde estaba Flor. Le extendió un pequeño sobre de papel pergamino color marfil. Sería un honor que leyera esto cuando tenga un momento de tranquilidad. Señora Silvestre”, dijo con una formalidad que contrastaba con su conocida calidez. Flor tomó el sobre, lo guardó en su bolso de mano sin abrirlo y simplemente asintió con una sonrisa cortés.

Esa fue la primera carta, el sobre que marcó el inicio de una correspondencia que duraría 6 años y que nadie, absolutamente nadie en el círculo cercano de ambos artistas conocía en su totalidad. Durante las siguientes semanas, Flor no abrió aquella primera carta. la guardó en el cajón de su tocador junto a polvos compactos y fragancias importadas de París.

Cada mañana la veía al buscar sus cosas. Cada noche, al guardarlas, el sobre permanecía cerrado. Esperando fue hasta el 3 de noviembre de 1959, exactamente 17 días después de recibirla, que finalmente rompió el sello. Lo que encontró la desconcertó profundamente. No era una declaración de amor ni un alago profesional. Era una carta de tres páginas manuscritas con letra firme, ligeramente inclinada hacia la derecha, escrita con pluma fuente de tinta azul oscuro.

En ella, Javier no hablaba de ella, hablaba de sí mismo, de una manera que muy pocos lo habían escuchado hablar jamás. Contaba sobre su infancia en Tacubaya, sobre un padre que nunca conoció y una madre que trabajaba 14 horas diarias en una tintorería para mantenerlos a él y a sus tres hermanos. describía la primera vez que sintió que cantar era lo único que lo hacía sentir que existía de verdad.

No solo que sobrevivía, escribía sobre el miedo constante de que todo lo que había logrado desapareciera de un momento a otro, porque nada de lo que tengo me parece realmente mío. Todo se siente prestado, como si en cualquier momento alguien viniera a reclamarlo. La última frase de aquella primera carta decía, cuando la escuché cantar ayer, entendí que existe una diferencia entre interpretar canciones y vivir dentro de ellas. Usted vive dentro de cada nota.

Yo aún estoy aprendiendo a hacerlo. Si me permite, me gustaría aprender de usted, aunque sea desde la distancia de estas palabras. Flor leyó esa carta tres veces consecutivas aquella noche. No se la mostró a su esposo, no la comentó con nadie. Dos días después, el 5 de noviembre, le respondió. Su carta fue más breve, apenas una página.

le agradecía su honestidad y le decía que el verdadero arte no se enseñaba con leciones, sino que se descubría en la vulnerabilidad de aceptar que cada canción exige dejarte romper un poco. Firmó con respeto y sinceridad Guillermina. Guillermina Jiménez Chabolla era el nombre real de Flor Silvestre, que firmara con su nombre verdadero el que solo usaban su familia más cercana y algunos amigos de la infancia decía algo importante.

Estaba respondiendo como la mujer detrás del escenario, no como la estrella que el público conocía. La respuesta de Javier llegó 11 días después, esta vez fue más extensa. Cuatro páginas. hablaba sobre la presión de cumplir con las expectativas de los productores, sobre las canciones que le obligaban a grabar, aunque sintiera que no le pertenecían, sobre la soledad de los camerinos después de las presentaciones, cuando todos se iban y él se quedaba solo con su reflejo en el espejo, preguntándose si la persona que veía ahí era real o

solo una construcción para complacer a otros. Así comenzó un intercambio epistolar que se mantendría constante durante los siguientes 6 años. Cartas que iban y venían cada dos o tres semanas, algunas breves, otras extensas, siempre escritas a mano, nunca mecanografiadas, siempre entregadas en persona por intermediarios de confianza, nunca por correo postal, siempre guardadas con absoluto sigilo. El Dr.

Alfonso Morales Ferreira, historiador especializado en cultura popular mexicana del siglo XX, quien durante 12 años investigó la correspondencia privada de artistas de la época dorada y publicó sus hallazgos en el libro Voces en papel, la correspondencia secreta de los iconos mexicanos en 2016 explica algo fundamental sobre este tipo de relaciones epistolares.

En una época donde las vidas públicas de los artistas estaban completamente controladas por los estudios y los contratos, incluían cláusulas morales estrictas, las cartas privadas se convirtieron en el único espacio de verdadera intimidad, no necesariamente intimidad romántica o sexual, sino intimidad emocional, un lugar donde podían quitarse las máscaras que llevaban puestas las 24 horas del día durante 1960 y 1900 Las cartas entre Flor y Javier se volvieron más frecuentes.

Llegaban cada 10 o 12 días. Javier escribía sobre sus giras, sobre las madrugadas en carreteras polvorientas, viajando de ciudad en ciudad sobre el alcohol que comenzaba a necesitar para calmar los nervios. Antes de subir al escenario, Flor respondía con historias de sus propias luchas, la dificultad de balancear su carrera con su matrimonio, las exigencias de mantener una imagen pública impecable, mientras por dentro sentía que se desmoronaba las decisiones profesionales que tenía que tomar sin que nadie entendiera realmente lo que

significaban. En ninguna de esas cartas había declaraciones de amor romántico. Nunca hubo un te amo o te deseo. Lo que había era algo quizá más íntimo y más peligroso. Una honestidad brutal y desprotegida que ninguno de los dos compartía con nadie más en sus vidas. María de los Ángeles Hernández Ruiz, quien trabajó como camarógrafa en Televisa de 1958 a 1987 y coincidió múltiples veces con ambos artistas en estudios y locaciones.

Recordó en una entrevista concedida en 2011 a un programa de radio cultural llamado Memoria Viva, algo que le llamó profundamente la atención. En las grabaciones o eventos donde estaban los dos, nunca los vi hablar directamente. Se saludaban con cordialidad desde la distancia, un gesto de cabeza, una sonrisa cortés, pero nunca se acercaban a conversar.

Era como si existiera un acuerdo tácito de mantener distancia física para que nadie sospechara lo que fuera que hubiera entre ellos. Y sin embargo, yo los veía mirarse, miradas breves de apenas dos o tres segundos, pero cargadas de algo que no sabría nombrar, entendimiento, quizá, reconocimiento. En 1962, las cartas adquirieron un tono diferente.

Javier había firmado un contrato con Colombia Records que lo obligaba a grabar 48 canciones en un periodo de 18 meses. escribió a Flor describiendo el agotamiento de grabar tres canciones diferentes en un solo día, de tener que entregar emoción auténtica en cada toma cuando se sentía completamente vacío. “Siento que estoy vendiendo pedazos de mi voz sin que quede nada para mí”, escribió en una carta fechada el 23 de julio de 1962.

Cada canción que grabo es un pedazo menos de lo que alguna vez fui. Flor respondió con una carta que, según ella misma, confesaría décadas después a su hija Marcela, en una conversación privada que Marcela mencionó durante una entrevista radial en 2004, la hizo llorar mientras la escribía. le contó sobre la vez que tuvo que grabar una escena de película donde su personaje cantaba una canción de cuna a su hijo moribundo.

Justo tres días después de haber perdido un embarazo que nadie en la producción sabía que había tenido, me obligué a usar ese dolor para la escena porque el director necesitaba lágrimas reales. Salió perfecta. Me dieron un premio por esa actuación, pero cada vez que veo esa película, lo único que veo es el momento exacto en que usé mi peor dolor para el entretenimiento de otros.

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