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FLOR QUEMÓ 40 CARTAS DE VICENTE. ANTONIO NUNCA PREGUNTÓ

Siempre llegaba antes que el público general. Siempre ocupaba el mismo asiento en la fila 16, lado derecho. Siempre esperaba hasta que el teatro se vaciaba completamente para acercarse a saludar. Nunca pedía más de 5 minutos de conversación. hablaban exclusivamente de técnica vocal, de respiración diafragmática, de cómo manejar el vibrato en notas sostenidas, de la diferencia entre cantar para una audiencia de 500 personas versus 5000.

Temas técnicos, nada personal, o al menos eso parecía. Roberto Cantú García, tramollista del teatro Blanquita entre 1959 y 1978, declaró en una entrevista realizada en 2003 que durante ese periodo notó algo que le pareció extraño. Después de cada función, cuando Vicente se acercaba al escenario, Flor nunca lo recibía en el camerino.

siempre bajaba al escenario mismo, donde aún estaban las luces de trabajo encendidas, donde cualquier persona del equipo técnico podía escuchar la conversación. Roberto dice, “Si quisiera mantener algo en secreto, lo lógico sería recibirlo arriba con la puerta cerrada, pero ella hacía lo contrario. Lo recibía donde todos podíamos ver, como si necesitara testigos de que no pasaba nada inapropiado.

Antonio regresó de Zacatecas el 14 de julio de 1962. Flor le contó sobre Vicente Fernández esa misma noche. Durante la cena le describió la voz del muchacho, su disciplina. su hambre de aprender. Antonio escuchó sin interrumpir. Cuando Flor terminó, Antonio dijo, “Si crees que tiene futuro, preséntamelo. Siempre necesitamos sangre nueva en el género.

” Tres días después, en el restaurante El Cardenal, ubicado en la calle de Palma número 23, los tres se reunieron por primera vez en privado. La reservación estaba a nombre de Antonio Aguilar, mesa para tres. Segunda planta, ventana con vista a la calle. Fueron dos horas de conversación.

Según Armando Solís, el mesero que los atendió esa tarde y quien trabajó en el cardenal durante 34 años, Antonio hizo la mayoría de las preguntas. Interrogó a Vicente sobre su familia, sus planes a 5 y 10 años, si estaba casado, si entendía que en esta industria la imagen personal importaba tanto como el talento.

Vicente respondió cada pregunta con precisión. Estaba casado desde hacía dos años con María del Refugio Abarcavilla, Señor. Tenían un hijo de 9 meses. Su plan era convertirse en la voz del pueblo mexicano. No solo entretenimiento, sino un vehículo para que la gente expresara lo que no podía poner en palabras. Antonio quedó impresionado.

Antes de que terminara el encuentro, ofreció algo que cambiaría la trayectoria de Vicente para siempre. le propuso incluirlo como telonero en una gira que cubriría 16 ciudades del interior de la República durante los siguientes 4 meses. Vicente abriría los conciertos con 30 minutos. Antonio y Flor cerrarían con dos horas completas.

La paga sería modesta, pero la exposición sería invaluable. Vicente aceptó en el momento. Firmaron un acuerdo verbal ahí mismo, sellado con un apretón de manos. Armando Solís recuerda ese detalle. Porque Antonio pidió una botella de tequila a don Julio para brindar. Sirvió tres caballitos. Dijeron salud al unísono y con ese brindis comenzó una relación profesional que duraría tres décadas y una relación personal que nadie terminaría de entender completamente.

La gira arrancó el 3 de agosto de 1962 en León, Guanajuato. El autobús que transportaba al equipo completo era un Ford modelo 1958 con capacidad para 32 pasajeros, adaptado con literas improvisadas. En la parte trasera para viajes largos, además de Antonio, Flor y Vicente, viajaban ocho músicos, dos técnicos de sonido, un encargado de vestuario y Guadalupe, quien tenía 26 años y era la asistente personal de Flor.

En total 15 personas compartiendo espacios reducidos durante meses. Ese tipo de convivencia intensiva elimina las máscaras sociales. Tarde o temprano, todos muestran quiénes son realmente. Manuel Ibarra Soto, guitarrista que participó en esa gira y quien falleció en 2011, dejó un diario personal que su familia donó al Archivo de Música tradicional mexicana de la Universidad de Guadalajara.

En 2014, en las entradas correspondientes a agosto y septiembre de 1962, Manuel describe dinámicas que comenzaron a llamar su atención. Escribe Antonio trata a Vicente como a un hijo. Le corrige la postura en el escenario. Le enseña cómo saludar al público de provincia, cómo dosificar la energía en giras largas.

Pero Flor, Flor lo trata distinto, no como a un hijo, no exactamente como a un colega. Hay algo en cómo lo mira cuando él canta, como si viera algo que el resto de nosotros no podemos ver. Durante esa gira se estableció una rutina. Después de cada presentación, cerca de la medianoche, cuando el equipo cenaba en algún restaurante local o en el mismo hotel, Vicente y Flor se quedaban conversando mientras los demás se retiraban a descansar.

No era inusual que artistas discutieran aspectos de las presentaciones después del show. Lo inusual era que esas conversaciones se extendieran hasta las 2, a veces 3 de la madrugada, y que Antonio nunca participara en ellas. Siempre se retiraba primero diciéndole a Flor, “No te desveles mucho. Mañana hay que salir temprano.” Ella sentía, pero se quedaba.

¿De qué hablaban durante esas madrugadas? Según testimonio de Elena Gutiérrez, la encargada de vestuario durante esa gira, quien compartió habitación con Guadalupe en varios hoteles, Flor le confió algunos fragmentos. Hablaban de música, sí, pero también de cosas más profundas. Vicente le contaba sobre las presiones de ser el proveedor principal de una familia extensa.

Flor le hablaba de lo que significaba ser mujer en una industria que te aplaudía en público, pero te menospreciaba en las negociaciones. Vicente expresaba su miedo de nunca alcanzar la grandeza que ambicionaba. Flor le compartía su propio miedo, que después de dos décadas de carrera lo mejor ya hubiera pasado. El León, Guanajuato, sucedió algo que varias personas del equipo recuerdan con exactitud, porque rompió con la dinámica establecida.

Era la cuarta noche de presentaciones. Vicente terminó su segmento con Volver Volver, una canción que años después se convertiría en su himno personal. Esa noche algo en su interpretación fue distinto. Según Manuel Ibarra, hubo un momento en el puente de la canción donde Vicente cerró los ojos, sostuvo una nota más tiempo del ensayado y cuando abrió los ojos, los dirigió directamente hacia donde estaba Flor, en el lateral del escenario, esperando su turno.

Manuel escribe, “Lo vi. Todos lo vimos y todos vimos como Flor no apartó la mirada. 5 segundos. 10 15 hasta que terminó la canción. Esa noche, después de la cena, Antonio se retiró como siempre cerca de las 11:30, pero a diferencia de otras noches, a las 12:20 volvió a bajar al restaurante del hotel.

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