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Felipe Calderón: El Siniestro ARQUITECTO del Narco-Estado… ¡ÉL LO SABÍA TODO!

El secreto tenía un nombre, Genaro García Luna. No era un rumor perdido en los pasillos del poder. No era un policía menor. No era un funcionario escondido en una oficina sin importancia. Era el hombre al que Felipe Calderón le entregó la llave de la seguridad nacional en diciembre de 2006, justo cuando el nuevo presidente necesitaba una guerra para demostrar que mandaba.

García Luna recibió la Secretaría de Seguridad Pública, la Policía Federal, el presupuesto, la inteligencia, los operativos, los contactos con Estados Unidos y el control de una maquinaria que en teoría debía perseguir al narcotráfico. en teoría, porque detrás del uniforme, detrás de los discursos sobre modernización policial, detrás de las conferencias donde se hablaba de tecnología, mapas criminales y golpes al crimen organizado, había una sombra que ya venía creciendo desde antes.

García Luna no llegó limpio al gabinete. venía de dirigirla a AFI, la Agencia Federal de Investigación, y su nombre ya estaba marcado por el escándalo de 2005, cuando una captura fue montada para la televisión como si la justicia mexicana fuera un programa de espectáculo, cámaras, agentes, detenidos, una escena repetida para fabricar heroísmo y aún así Calderón lo eligió.

Piensa en eso un momento. Un presidente cuestionado por una elección rota, un país partido por la mitad, un nuevo gobierno desesperado por imponer autoridad y en el centro de todo, un hombre acusado durante años de manejar la seguridad como teatro. Ese fue el elegido, ese fue el arquitecto operativo de la guerra.

Calderón diría después que no sabía, que nunca tuvo pruebas verificables, que confió en las instituciones, que si García Luna engañó a todos, también lo engañó a él. Pero aquí empieza la parte que vuelve incómoda toda esa defensa, porque las advertencias llegaron y no llegaron de enemigos políticos gritando en una plaza.

Llegaron desde dentro del propio estado. 9 de mayo de 2007. Los Pinos. Apenas unos meses después del inicio de la guerra, el general Tomás Ángeles Dawajare, entonces una figura importante dentro del ejército, se reunió con Calderón y con Juan Camilo Mouriño. No era una charla informal, no era una sospecha lanzada al aire. Según su propio testimonio, el general puso sobre la mesa una advertencia grave.

García Luna, el hombre que dirigía la seguridad del país, tendría vínculos con el cártel de Sinaloa. Imagina esa escena. Una sala cerrada. El presidente frente a un militar que no estaba hablando de política, sino de seguridad nacional. Afuera, México empezaba a llenarse de retenes, patrullas, soldados, muertos. Adentro, alguien le decía al presidente que el hombre encargado de combatir al narco podía estar conectado con una de las organizaciones más poderosas del país.

¿Qué hizo Calderón? Pidió que se entregara la información por escrito y después nada. No hubo una ruptura pública, no hubo una investigación que sacudiera al gabinete, no hubo una caída inmediata. García Luna siguió ahí, más fuerte, más cerca, más intocable y guarda este detalle porque volverá como una sombra. Años después, el general Ángeles Dawajare terminaría detenido, acusado de vínculos con el narco, enviado a una prisión de alta seguridad y liberado después por falta de pruebas.

11 meses. 11 meses encerrado. Como si el sistema hubiera querido enseñarle a todo el ejército una lección silenciosa. Hay verdades que no se dicen, hay nombres que no se tocan, pero no fue el único. Febrero de 2008. Javier Herrera Vález, un mando de la Policía Federal Preventiva, envió cartas directamente a Felipe Calderón.

Cartas, no rumores, no chismes, cartas dirigidas al presidente. En ellas hablaba de algo que sonaba imposible y al mismo tiempo demasiado real. El cártel de Genaro, así lo llamaba, una red dentro de la propia policía formada por funcionarios leales a García Luna, presuntamente dedicada a proteger intereses criminales, filtrar información, extorsionar, fabricar casos y abrirle camino al cártel de Sinaloa.

Herrera Valles no estaba denunciando a un policía corrupto en una esquina perdida del país. estaba denunciando que el corazón del aparato de seguridad estaba podrido, que la guerra podía estar siendo dirigida desde una oficina contaminada, que los operativos, las detenciones, las filtraciones y los golpes selectivos podían no responder a la justicia, sino a una lógica más oscura.

¿Y qué recibió a cambio? No protección, no investigación, no reconocimiento. Recibió aislamiento, amenazas, caída profesional y finalmente cárcel. En noviembre de 2008 fue detenido. Según sus denuncias, fue golpeado y humillado por tocar el nombre prohibido, García Luna, el ingeniero, el intocable. Ahí está el secreto, que nunca debió sobrevivir tantos años.

No era solo que Calderón hubiera elegido mal a un funcionario, era que las alarmas sonaron una y otra vez dentro del propio gobierno. Militares, policías, cartas, testimonios, advertencias, todo apuntaba hacia el mismo hombre. Y aún así la guerra continuó. Él lo sabía todo, o al menos le dijeron lo suficiente como para no poder decir que no sabía nada.

Esa es la diferencia que cambia la historia, porque una cosa es ser engañado por un traidor, otra muy distinta es recibir las advertencias, guardar silencio y dejar que el traidor siga manejando el país. Mientras Los Pinos cerraba la puerta, México empezaba a abrir fosas. Mientras las advertencias se quedaban encerradas en Los Pinos, México empezó a contar a sus muertos.

No en discursos, no en informes oficiales, no en conferencias con mapas y flechas de colores. Los empezó a contar en funerales, en llamadas de madrugada, en cuerpos que no volvían a casa, en niños que salieron por la mañana y nunca regresaron igual, en madres que aprendieron a reconocer el miedo por el sonido de un teléfono. La guerra de Felipe Calderón no cayó sobre los capos primero, cayó sobre la gente.

Porque cuando un presidente saca al ejército a las calles sin una estrategia clara, sin controles civiles, sin saber si el hombre que dirige la seguridad está limpio o podrido, el país entero se convierte en zona de prueba. Y eso fue México, un experimento, un laboratorio de miedo donde cada ciudad aprendió una palabra nueva.

Levantón, balacera, fosa, desaparecido. Las cifras empezaron a subir como una fiebre que nadie podía bajar. En 2006, México registraba 10,452 homicidios. Para 2011, la cifra llegó a 27,213, casi el triple. Pero cuidado con los números, porque los números anestesian. Dices 27,213 y parece estadística, pero detrás de cada número había una mesa vacía, una cama sin tender, una madre mirando la puerta esperando pasos que nunca llegaron. Y entonces llegó San Fernando.

Agosto de 2010, Tamaulipas, un lugar seco, áspero, perdido en esa frontera donde México parece terminar de golpe. Allí, en un rancho llamado El Wisachal, 72 migrantes fueron encontrados sin vida. Venían de Honduras, El Salvador, Guatemala, Brasil, Ecuador. Hombres y mujeres que no buscaban poder, no buscaban guerra.

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