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Enrique Peña Nieto: El “EXILIO DE ORO” en Madrid… El pacto de IMPUNIDAD que todavía lo protege.

11 de enero de 2007, Estado de México. Enrique Peña Nieto era gobernador. Tenía apenas 40 años y su carrera avanzaba como si alguien hubiera trazado el camino con regla y compaz. Atlacomulco ya lo miraba como el elegido. El PRI veía en él una posibilidad de regreso. Las cámaras lo seguían, los empresarios lo buscaban.

Los operadores políticos empezaban a repetir su nombre como si fuera inevitable. Y entonces de pronto su esposa murió. Mónica Pretelini Sa. Guarda ese nombre en tu memoria porque antes de Angélica Rivera, antes de la Gaviota, antes de la Casa Blanca, antes de Madrid, estuvo Mónica, la esposa discreta, la madre de sus tres hijos, la mujer que había estado a su lado antes de que el país entero empezara a mirar a Peña Nieto como candidato presidencial.

La versión oficial fue fría, técnica, casi quúica. Según el reporte médico presentado años después por el propio Peña Nieto en una entrevista con Jorge Ramos, Mónica sufrió una crisis convulsiva, después un paro cardiorrespiratorio. Después falta de oxígeno en el cerebro después, muerte cerebral. Palabras largas, palabras limpias, palabras que parecen explicar algo, pero que no siempre calman a un país que ya había aprendido a desconfiar del poder.

Él dijo que no había drogas, dijo que no había veneno, dijo que no había nada oculto. Iegalmente esa fue la versión que quedó. Pero alrededor de esa muerte empezaron a crecer preguntas como humedad en una pared cerrada. ¿Por qué todo ocurrió tan rápido? ¿Por qué hubo tanto control sobre la información? ¿Por qué la historia se sintió para muchos demasiado cerrada, demasiado protegida, demasiado conveniente para un hombre que ya caminaba hacia una ambición mayor? Nadie puede afirmar lo que no fue probado. Eso hay que decirlo

con claridad. Pero también hay que decir algo más. En México, cuando una muerte ocurre cerca del poder, el silencio nunca parece inocente. Según contó Peña Nieto, él regresó a casa y encontró a Mónica en una situación crítica. Imagina esa escena. La casa cerrada, los pasillos quietos, un hombre que horas antes era gobernador y que de pronto aparece ante las cámaras como viudo. Tres hijos sin madre.

Una carrera política que no se detiene, porque en ese mundo la tragedia puede doler, pero el calendario no perdona. La jaula dorada ya empezaba a formarse, no con barrotes visibles, sino con decisiones, con silencios, con aquello que se guarda, porque decirlo rompería la imagen. Y Peña Nieto necesitaba una imagen perfecta.

Necesitaba ser el hombre joven, fuerte, elegante, familiar, confiable, el viudo que sufría así, pero también el político que seguía avanzando. El heredero de Atlacomulco no podía permitirse verse descompuesto, pero Mónica no era la única grieta dentro de esa casa. Había otra historia, más incómoda, más viva, una historia que no cabía en las fotografías oficiales ni en los discursos de campaña.

Durante su matrimonio, Peña Nieto mantuvo una relación con Maritza Díaz Hernández. De esa relación nació Diego Alejandro, un hijo fuera del matrimonio, un niño, carne de su carne, sangre de su sangre, pero también una verdad peligrosa para el retrato que estaban construyendo. Porque años después, cuando Peña Nieto ya estaba rumbo a Los Pinos y el país veía en televisión su romance con Angélica Rivera, Diego no era una bendición pública, era un problema de imagen, era la parte de la historia que no combinaba con la telenovela. Y aquí

viene el detalle que debes guardar. En agosto de 2012, apenas semanas después de ganar la elección presidencial, cuando cualquier otro hombre habría estado preparando el futuro de su familia con orgullo, Peña Nieto terminó enfrentado legalmente con Maritza por la manutención de Diego. Según los reportes de la época, buscó reducir el pago argumentando que como presidente ganaría menos que antes.

Léelo otra vez en tu mente. Un hombre que acababa de ganar la presidencia de México. Un hombre rodeado de poder, escoltas, operadores, empresarios, reflectores, abogados. Y aún así, discutiendo ante un tribunal cuánto debía darle a su propio hijo, no era solo dinero, era mensaje. Maritza terminó saliendo públicamente a pedir justicia, habló en videos, denunció abandono, dijo que había miedo, dijo que abogados no querían tocar el caso.

Y mientras tanto, la maquinaria presidencial seguía avanzando como si nada. Los discursos continuaban, las cámaras seguían grabando, la nueva familia oficial se acomodaba frente al país, pero el niño seguía ahí. Ese es el problema de los secretos. Se pueden esconder de la prensa, se pueden empujar fuera del encuadre, se pueden cubrir con bodas, vestidos, campañas y portadas de revista, pero no desaparecen.

Respiran, crecen, esperan. Mónica murió. Maritza habló. Diego quedó marcado por un apellido que abría todas las puertas, menos la más importante, la de su propio padre. Y así, antes de que llegaran los millones, antes de Pegasus, antes de Madrid, antes del supuesto pacto de impunidad, la tragedia ya estaba sembrada en la casa, no en los tribunales, no en los bancos, en la familia, porque el hombre que quería gobernar México ya estaba demostrando algo terrible, que podía construir una imagen perfecta para millones de desconocidos mientras dejaba

heridas abiertas en las personas que llevaban su sangre. Después de la muerte de Mónica, después de Maritza, después de Diego Alejandro, Peña Nieto todavía necesitaba una cosa para llegar intacto a Los Pinos. Una familia perfecta, no una familia real, con heridas, ausencias, conflictos y silencios.

Una familia de fotografía, una familia para cámaras, una familia que pudiera ser vendida al país como prueba de estabilidad. Y entonces apareció Angélica Rivera, la gaviota, la actriz de telenovela. El rostro que millones de mexicanos ya conocían antes de escuchar un solo discurso de Peña Nieto. En la pantalla ella había sido romance, sacrificio, lágrimas, belleza popular.

En la política se convirtió en algo mucho más útil. se convirtió en puente en decorado, en el vestido blanco que podía cubrir las grietas de un hombre que cargaba una esposa muerta, una expareja reclamando justicia y un hijo fuera del encuadre oficial. Piensa en eso. Un político salido de Atlacomulco, entrenado por el viejo PRI, necesitaba parecer nuevo y una actriz nacida para la televisión podía darle exactamente eso. Emoción, cercanía, fantasía.

El país no solo miraba a un candidato, miraba una historia de amor empaquetada como telenovela nacional. Él, el viudo joven que volvía a sonreír. Ella, la estrella que lo acompañaba como si la política pudiera convertirse en final feliz. Pero las familias fabricadas para ganar elecciones rara vez protegen a los hijos. Los exponen.

Paulina, Alejandro y Nicole, los hijos de Peña Nieto con Mónica Pretelini, crecieron bajo una luz imposible. Tenían apellido, privilegios, escoltas, escuelas, viajes, acceso a un mundo que la mayoría de los mexicanos solo veía desde afuera. Pero también tenían una madre ausente para siempre, un padre absorbido por la ambición y una nueva familia colocada frente al país como si el pasado hubiera quedado resuelto por decreto.

La jaula dorada también puede ser una casa llena de lujos donde nadie pregunta cómo estás. Y entonces llegó el primer golpe público, feria internacional del libro de Guadalajara. Peña Nieto, ya convertido en figura nacional, recibió una pregunta simple, casi inocente. ¿Cuáles eran los libros que habían marcado su vida? Lo que debía ser una respuesta cultural, terminó convertido en humillación nacional.

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