Cada no era gasolina para su motor interno. Se cuenta que en aquellos años oscuros, mientras caminaba por la Gran Vía, viendo los carteles luminosos de las estrellas de la época, murmuraba para sí misma: “Algún día todos vosotros vendréis a pedirme favores. Algún día seré yo quien decida quién entra y quién sale.” Pero Madrid en los años 60 era un coto cerrado y Encarna con su estilo agresivo y su falta de padrinos molestaba, molestaba mucho.
Sus comentarios en la radio cuando conseguía algún minuto en antena eran demasiado afilados para el régimen. No se callaba y eso en aquella España de silencio obligado era peligroso. Tanto que tuvo que tomar una decisión radical, una decisión que cambiaría su vida para siempre. hizo las maletas de nuevo, pero esta vez para cruzar el océano. Se fue a América.
un exilio voluntario o quizás forzado por las circunstancias. Eso nunca quedó del todo claro. Aterrizó primero en República Dominicana y luego en México. Y fue allí, en la tierra de las telenovelas y el drama desbordante, donde Encarna Sánchez se transformó definitivamente. América le enseñó lo que España no pudo, el espectáculo.
Allí entendió que la radio y la televisión no eran solo para informar, eran para emocionar, para agitar, para crear héroes y villanos. En México, Encarna dejó de ser la chica tímida de Almería y se convirtió en una diva. Aprendió a maquillarse, a vestirse con pieles, a moverse con arrogancia y lo más importante, aprendió a hacer dinero, mucho dinero.
Sus programas en la televisión mexicana fueron un éxito rotundo, pero aquí empiezan las sombras más densas de su biografía. Se rumorea, y digo, se rumorea porque los papeles oficiales desaparecieron misteriosamente, que sus amistades en México llegaban hasta las esferas más altas y peligrosas del poder. Se hablaba de relaciones cercanas con políticos corruptos, con empresarios de dudosa reputación.
Encarna se movía en fiestas donde el champán corría a ríos y donde se cerraban tratos que no podían ver la luz del día. Allí amasó su primera gran fortuna. Ya no era la niña pobre, ahora tenía joyas, tenía chóer, tenía servidumbre, pero también tenía algo nuevo en su mirada, una frialdad calculadora. había descubierto que todo, absolutamente todo, tenía un precio y ella por fin tenía la cartera llena para pagarlo.
Sin embargo, a pesar del éxito, del sol caribeño y del lujo, Encarna miraba hacia el otro lado del Atlántico. Su obsesión no era México. Su obsesión era volver a España. Volver para restregarle su éxito en la cara a todos los que la humillaron, volver para ser la reina en su propia tierra y esperó el momento perfecto.
El momento llegó en 1978. Franco había partido de este mundo hacía poco. España estaba en plena transición. Era un país efervescente, confuso, ábido de nuevas voces. Y ahí, como una depredadora que huele la sangre, apareció en Carna Sánchez. Regresó a Madrid, pero ya no llegó en tren con una maleta de cartón.
Llegó en primera clase con abrigos de visón y una actitud de emperatriz. Consiguió un hueco en la franja nocturna de la radio. Un horario que todos consideraban menor, un horario para perdedores. Nadie escucha la radio a esa hora, le dijeron los directivos. Pobres ilusos, no sabían con quién estaban tratando.
Encarna se sentó frente al micrófono de Radio Miramar primero y luego de la Cope y obró el milagro. No hizo un programa de política cesuda ni de cultura elevada. Hizo algo mucho más inteligente y maquiabélico. Le habló directamente a la soledad. Le habló a la señora que estaba en la cocina friendo empanadillas mientras su marido veía el fútbol sin dirigirle la palabra.
Le habló a la viuda que tejía en el salón. Le habló al camionero que cruzaba la meseta de noche. Usó un lenguaje directo, populista, a veces vulgar, pero tremendamente efectivo. Creó la mesa camilla y España entera cayó rendida a sus pies. Pero no se equivoquen, no era solo carisma, era poder. Encarna empezó a darse cuenta de que su micrófono era un arma de destrucción masiva.
Un comentario suyo podía hacer que una obra de teatro fracasara. Una crítica suya podía hundir la carrera de un cantante. Y los políticos, ay, los políticos, empezaron a temerla porque en Carna no tenía filtros. Si un ministro no le gustaba, lo destrozaba en directo sin piedad. Y así la niña de carboneras se convirtió en la mujer más influyente de la comunicación en España.
Su despacho en la cadena COPE se transformó en un búnker, un lugar donde se peregrinaba para pedir favores, para pedir perdón o para pedir clemencia. El dinero entraba a raudales, comisiones publicitarias millonarias, regalos de empresarios que buscaban su protección. Pero había una paradoja cruel en todo esto, mientras millones de personas la escuchaban cada noche, mientras su cuenta bancaria no paraba de crecer.
Encarna Sánchez cenaba sola. Imaginen la escena. Un piso de lujo en la moraleja, decorado con un gusto recargado, lleno de antigüedades y obras de arte. El servicio doméstico se retiraba y allí quedaba ella, la mujer que hacía temblar al gobierno, sentada en un sofá inmenso, rodeada de silencio.
Tenía pánico a la soledad, pero al mismo tiempo era incapaz de confiar en nadie. Veía traidores en todas partes. Pensaba que todos se acercaban a ella por su dinero o por su influencia. Y triste y cínicamente tenía razón en la mayoría de los casos. Sus miedos se convirtieron en paranoyas. Dormía con una pistola bajo la almohada, dicen las malas lenguas, o al menos con medidas de seguridad extremas.
tenía miedo a que le robaran, miedo a envejecer, miedo a perder su voz, pero su mayor miedo, el terror que la paralizaba, era que descubrieran su verdadera naturaleza, porque Encarna, bajo esa fachada de mujer dura, conservadora y defensora de la familia tradicional, escondía un corazón que latía por lo prohibido. En una España que aún señalaba con el dedo a quien se salía de la norma, Encarna vivía su afectividad en las sombras.
Buscaba compañeras, buscaba esa amistad íntima que llenara su vacío existencial. tuvo varias relaciones, sí, protegidas por el más absoluto secretismo, mujeres que pasaban por su vida como fantasmas, bien pagadas, bien vestidas, pero obligadas a ser invisibles. Hasta que un día el destino, ese guionista macabro, decidió cruzar su camino con el de otra mujer marcada por la tragedia.
Una mujer joven, hermosa, con una voz que desgarraba el alma y que acababa de sufrir la pérdida más terrible que se puede imaginar en una plaza de toros. Isabel. El encuentro entre estas dos mujeres estaba escrito en las estrellas o quizás en el infierno, porque lo que estaba a punto de nacer entre ellas no era una simple colaboración profesional, era el inicio de una simbiosis que sacudiría los cimientos de la prensa rosa y que acabaría en una guerra sin cuartel.
Pero para entender cómo Encarna Sánchez, la mujer de hierro, se derritió ante la viuda de España, tenemos que recordar quién era Isabel Pantoja en aquel momento y por qué necesitaba desesperadamente a alguien que la salvara del abismo. Pero para entender como Encarna Sánchez, la mujer de hierro, se derritió ante la viuda de España, tenemos que recordar quién era Isabel Pantoja en aquel momento.
Porque la Isabel que conocemos hoy, esa mujer de gesto endurecido y mirada desafiante, no existía todavía. En 1984, Isabel era una muñeca rota. España entera se había paralizado una tarde de septiembre. En Pozo Blanco, un toro llamado Avispado cambió la historia de la crónica social para siempre.
Aquel fatídico evento no solo se llevó a la figura del toreo más grande del momento, dejó atrás a una mujer joven con un hijo pequeño en brazos y un luto riguroso que parecía no tener fin. Isabel se encerró en cantora. La finca, que debía ser un palacio de felicidad, se convirtió en un mausoleo. Las persianas bajadas, el silencio sepulcral, el olor a cera y a flores marchitas.
La imagen que el país tenía de ella era la de la viuda de España. Gafas de sol negras que ocultaban ojos hinchados de llorar, el pelo recogido, la ropa oscura. Era la viva imagen del dolor romántico, una heroína de tragedia lorquiana que había perdido a su gran amor. Pero amigos, la realidad detrás de los muros de cantora era mucho más prosaica y mucho más aterradora.
El dolor emocional era insoportable. Sí, pero había otro monstruo acechando en las sombras, la ruina económica. Pakirri genio en el ruedo, pero su herencia era un laberinto legal y financiero. Y mantener una finca como cantora cuesta una fortuna, una fortuna que Isabel, retirada de los escenarios por el luto, no estaba generando.
Las deudas empezaron a acumularse como buitres en el tejado. Los acreedores llamaban a la puerta. El teléfono no dejaba de sonar y no eran llamadas de pésame, eran exigencias de pago. Isabel se sentía sola, desprotegida, rodeada de gente que quería aprovecharse de su situación o que simplemente no tenía la capacidad para resolver problemas de tal magnitud.
Su madre, doña Ana, hacía lo que podía para proteger a su hija y a su nieto, pero el agua les llegaba al cuello. Isabel necesitaba un milagro, necesitaba un salvador o mejor dicho, una salvadora. Y entonces ocurrió, fue un encuentro que parecía diseñado por un guionista de Hollywood. Isabel decidió volver a los escenarios, lanzar un disco que canalizara todo ese dolor.
Marinero de luces, ¿lesena? Un álbum que es Historia de la música, donde cada canción era una lágrima convertida en arte. Para promocionarlo, Isabel tenía que enfrentarse a los medios y había un medio, un programa, una voz que dominaba sobre todas las demás. Encarna Sánchez la invitó a su programa de radio.
Aquel día el estudio de la COPE estaba eléctrico. Los técnicos contenían la respiración. Encarna, que solía ser dura, incisiva, casi cruel con sus invitados, estaba nerviosa. Se había arreglado más de la cuenta. Había pedido que la iluminación fuera perfecta. Cuando Isabel entró por la puerta, vestida de negro, pero con esa belleza racial que quitaba el hipo, algo hizo click en la mente de la locutora.
No fue una entrevista normal, fue una seducción intelectual en directo. En Carna, la mujer que hacía temblar a los ministros, suavizó la voz hasta convertirla en terciopelo. Le preguntó por su dolor, por su hijo, por su soledad y lo hizo con un respeto reverencial, casi religioso. Isabel, acostumbrada al acoso de los paparazis, se sintió por primera vez comprendida, protegida, escuchada de verdad.
En Carna no vio solo a una cantante famosa, vio a una mujer herida que necesitaba dirección y sobre todo vio un proyecto. Encarna siempre tuvo complejo de Pigmaleón. Le encantaba tomar a alguien bajo su ala y moldearlo, hacerlo grande, hacer lo suyo y qué mayor proyecto podía haber que la mujer más famosa y querida de España.
Al terminar la entrevista, los micrófonos se cerraron, pero la conversación no terminó. Encarna la invitó a cenar y en esa cena entre platos caros y vinos exclusivos se selló un pacto no escrito. Encarna miró a Isabel a los ojos y le dijo con esa seguridad aplastante que la caracterizaba. No te preocupes por nada. A partir de ahora yo me encargo.
Nadie te va a hacer daño nunca más. Isabel, agotada de luchar sola, se dejó querer. Se dejó proteger. No sabía que esa protección venía con un precio, un precio que tardaría años en descubrir. La entrada de Encarna Sánchez en el universo de los Pantoja fue como la entrada de un general en una ciudad conquistada.
No pidió permiso, simplemente ocupó el espacio y lo hizo con la herramienta más poderosa que tenía, su influencia y su chequera. empezó a visitar cantora con frecuencia. Al principio, el círculo cercano de Isabel la miraba con recelo. ¿Qué hacía esa periodista de radio conocida por su mal carácter, metida en la cocina de la finca? Pero Encarna sabía cómo ganarse a la gente, sabía qué tecla tocar y la tecla maestra era doña Ana.
En carna se ganó a la matriarca. le demostró que ella no estaba allí para sacar chismes, sino para solucionar problemas. Y vaya, si lo solucionó. De repente, gestiones burocráticas que estaban atascadas se resolvían con una sola llamada de encarna desde el teléfono fijo del salón. Deudas que ahogaban empezaron a desaparecer o a refinanciarse en condiciones milagrosas.
Pero no solo fue gestión, fueron regalos. Regalos que no eran propios de una simple amistad. Joyas de valor incalculable empezaron a aparecer en el joyero de Isabel. Abrigos de pieles exóticas y dinero. Se habla de maletines, de ayuda directa para sostener el nivel de vida de la tonadillera. Encarna invirtió en Isabel como quien invierte en una obra de arte o en una propiedad inmobiliaria.
La finca cantora, que había estado sumida en la oscuridad del luto, empezó a ver la luz. Pero era una luz artificial pagada por la locutora. Isabel volvió a sonreír. Se sentía poderosa al lado de Encarna. Iban juntas a todas partes. A los mejores restaurantes de Madrid, a estrenos de teatro, a viajes privados.
La prensa, siempre voraz empezó a notar el cambio. Isabel ya no era la viuda doliente y pasiva. Ahora tenía una actitud diferente, más segura, más desafiante. Empezó a vestirse de manera más moderna, a peinarse diferente. Detrás de cada cambio estaba la mano de Encarna, que le aconsejaba, le decía qué ponerse, qué decir, con quién hablar y con quién no.
Encarna se convirtió en su manager en la sombra, en su asesora financiera, en su confidente, en su guardiana. Y la familia Pantoja, viendo que el dinero fluía y que los problemas se esfumaban, aceptó a Encarna como una más. Le dieron las llaves del reino. Un error fatal, porque una vez que dejas entrar a alguien como Encarna Sánchez en tu vida, sacarla es prácticamente imposible.
Aquí es donde la historia entra en terreno pantanoso, en esa zona gris donde la amistad se confunde con algo más profundo, más intenso y quizás más oscuro. ¿Qué eran realmente Encarna e Isabel? Durante años, la prensa del corazón ha usado eufemismos ridículos para describir su relación. Amistad entrañable, decían, compañeras inseparables.
Pero los que vivieron aquella época, los que las vieron de cerca, sabían que aquello no era una amistad normal entre dos amigas que toman café. Era una devoción absoluta. En Carna estaba obsesionada, no había otra palabra. Su vida giraba en torno a Isabel. Si Isabel tenía un concierto, Encarna movilizaba a toda su red de contactos para asegurar el lleno absoluto.
Si alguien escribía una mala crítica sobre el disco de Isabel, Encarna utilizaba su programa de radio al día siguiente para destrozar al crítico, para humillarlo públicamente hasta que pidiera perdón. Era una protección feroz, casi maternal, pero con un tinte posesivo que empezaba a asustar.
Isabel, por su parte, se dejaba querer. Encontró en encarna la figura fuerte que le faltaba desde la pérdida de su marido. Encontró seguridad y, seamos sinceros, encontró un nivel de vida que ella sola no podía mantener en ese momento. Pasaban horas al teléfono, horas, se contaban todo. Encarna que era un témpano de hielo con el resto del mundo, con Isabel se volvía blanda, solícita.
Hay testimonios de empleados de la época que hablan de escenas de celos, de discusiones acaloradas, seguidas de reconciliaciones emotivas con regalos carísimos de por medio. Vivían en una burbuja, una burbuja de lujo, poder y aislamiento. Encarna empezó a a Isabel de sus antiguas amistades. “Esa no te conviene”, le decía. Ese solo quiere tu dinero.
Poco a poco fue limpiando el entorno de la cantante hasta que solo quedaron ellas dos y el núcleo duro de la familia. Isabel, quizás sin darse cuenta o quizás prefiriendo no verlo, había entrado en una jaula de oro, una jaula preciosa, forrada de terciopelo, donde no le faltaba de nada, pero donde la llave la tenía Encarna Sánchez en su bolsillo.
Y Encarna no tenía ninguna intención de abrir la puerta, pero la naturaleza humana es compleja y el deseo de libertad siempre acaba aflorando. Isabel era joven, tenía 30 y pocos años, la sangre le hervía y aunque la compañía de Encarna le daba seguridad, también empezaba a darle algo más. Asfixia Encarna quería exclusividad, quería ser la única persona importante en la vida de Isabel.
Pero Isabel, Isabel empezaba a mirar hacia afuera. Y eso, amigos, es el ingrediente principal para el desastre. Y así llegamos al verano que lo cambiaría todo. El verano donde la amistad blindada mostró su primera grieta, una grieta por la que se colaría la luz de un flash y el escándalo de una nación. Encarna, siempre buscando complacer a Isabel, siempre queriendo darle lo mejor, organizó unas vacaciones, pero no unas vacaciones cualquiera.
Quería privacidad total. Quería un lugar donde pudieran ser ellas mismas, lejos de las miradas curiosas, lejos de los protocolos de Madrid. Eligieron Caños de Meca en la costa de Cádiz, un lugar salvaje, hermoso, con playas kilométricas y dunas de arena dorada. Alquilaron una casa discreta. El hotel Melia Sanctipetri fue testigo de sus idas y venidas, pero buscaban la soledad de la playa.
En carna bajó la guardia. Por primera vez en años se sintió segura. creyó que allí, en su tierra, en Andalucía, nadie se atrevería a molestarla. Creyó que su poder era un escudo invisible que la protegía de todo. Se equivocó. Se olvidó de que la fama de Isabel Pantoja era un imán y se olvidó de que en las dunas, entre los matorrales, siempre puede haber alguien observando, alguien con una cámara y un teleobjetivo, alguien esperando el momento exacto para capturar lo que nadie debía ver.
Aquellos días en la playa fueron paradójicamente los más felices y los más desgraciados de su relación. Felices porque se mostraron tal y como eran. desgraciados, porque esa libertad tenía los minutos contados. Imagínenlas allí. El sol cayendo, la brisa marina, las risas y un fotógrafo conteniendo la respiración, sabiendo que tenía en su cámara una bomba de relojería, un material que podía valer millones o costarle la carrera.
Lo que ese fotógrafo captó no eran dos amigas charlando sobre recetas de cocina, eran gestos, eran caricias, era una intimidad que rompía todos los esquemas de la época. En Carna no sabía que mientras ella disfrutaba del sol se estaba gestando la tormenta perfecta, una tormenta que la obligaría a usar todo su poder, todo su dinero y toda su maldad para intentar detenerlo inevitable.
Pero eso, queridos espectadores, es una historia que merece ser contada con detalle, porque lo que pasó con esas fotos no fue solo una anécdota de verano, fue una operación de estado. Fue el momento en que Encarna Sánchez decidió que si la realidad no le gustaba, la compraría para destruirla. Prepárense porque en el próximo bloque vamos a entrar en la sala de máquinas de la censura.
Vamos a descubrir cómo se movieron los hilos, cuánto costó el silencio y cómo, a pesar de todo el esfuerzo, el secreto terminó siendo un grito a voces. El verano en el sur de España, tiene una luz especial, una luz que lo inunda todo y que no deja lugar para las sombras, pero paradójicamente fue bajo esa luz cegadora de Cádiz donde se gestó la oscuridad más profunda en la vida de Encarna Sánchez.
Estamos en 1995. Caños de Meca, un paraíso hippi, libre, salvaje. Un lugar donde el tiempo parece detenerse. Isabel y Encarna llegaron allí buscando precisamente eso, detener el tiempo. Buscaban un paréntesis en sus vidas frenéticas. Isabel quería descansar de los escenarios y de la presión de serla viuda de España.
En Carna quería descansar de su propia armadura, de ese personaje de Dama de Hierro que interpretaba cada noche ante el micrófono. Se alojaron, dicen las crónicas de la época, que susurran lo que no se podía escribir cerca del hotel Melia Sanctipetri. Pero sus momentos de verdadera libertad ocurrían en la arena. Bajaban a la playa confiadas, demasiado confiadas.
Encarna, que siempre miraba por encima del hombro, que siempre escaneaba cada habitación en busca de amenazas, bajó la guardia. El rumor del mar, el viento de Levante y la compañía de Isabel la adormecieron. Y ahí, en ese estado de relajación imprudente, ocurrió. No estaban haciendo nada malo a los ojos de la ley, por supuesto, pero a los ojos de la moral estricta de aquella España, y sobre todo a los ojos de la imagen pública que ambas habían construido con tanto esmero, lo que estaba ocurriendo en esa toalla era dinamita pura. Hubo gestos, hubo una
cercanía física que traspasaba la barrera de la simple amistad. Se aplicaban crema solar con una delicadeza sospechosa. Se miraban con una intensidad que no necesita palabras. Se reían con esa complicidad de quienes comparten un secreto que el resto del mundo ignora. En un momento dado se dice que hubo un abrazo, un gesto de consuelo o de cariño inmenso que las fundió en una sola silueta frente al mar.
Lo que ellas no sabían, lo que encarna en su arrogancia no pudo prever, es que a unos cientos de metros, camuflado entre las dunas, soportando el calor asfixiante y la arena en los ojos, había un hombre, un profesional de la imagen, un cazador de instantes. Su nombre no importa tanto como lo que tenía en sus manos, una cámara con un teleobjetivo capaz de captar el alma a distancia.
Ese fotógrafo sabía lo que estaba viendo. Sabía que no eran fotos de vacaciones normales. Sabía que tenía entre las manos la exclusiva de la década, el gordo de la lotería. Cada clic de su cámara era el sonido de una caja registradora abriéndose. Capturó la secuencia completa, capturó la ternura, capturó la risa, capturó la vulnerabilidad de la mujer más temida de la radio.
Cuando el carrete se terminó, el fotógrafo se retiró reptando como un soldado en territorio enemigo. Sabía que si los guardaespaldas de Encarna lo descubrían, no solo perdería la cámara, podría perder mucho más. escapó con el tesoro en el bolsillo, directo a revelar lo que haría temblar los cimientos del papel cuché. La noticia corrió como la pólvora en las redacciones de Madrid antes incluso de que las fotos se revelaran.
“¿Hay fotos?” Esa frase corta y terrible empezó a sonar en los teléfonos de los directores de las revistas más importantes. Hay fotos de Encarna e Isabel en la playa y son fuertes. Cuando el rumor llegó a oídos de Encarna Sánchez, la reacción fue volcánica. No hubo miedo, al menos no al principio hubo ira, una ira bíblica.
Encarna no podía concebir que alguien se hubiera atrevido a invadir su espacio sagrado. Ella, que controlaba la información, que decidía qué se publicaba y qué no, había sido casada. Pero tras la ira llegó el cálculo frío. Encarna sabía que esas fotos no podían salir. No se trataba solo de vergüenza o de proteger su intimidad.
Se trataba de poder. Si esas fotos veían la luz, su autoridad moral, esa imagen de mujer conservadora y recta desde la que juzgaba a España cada noche, se desmoronaría. Y lo que es peor, Isabel quedaría expuesta. Encarna cogió el teléfono. Y cuando Encarna cogía el teléfono para estos asuntos, no llamaba para negociar, llamaba para sentenciar.
Se puso en contacto con la revista que tenía el material. No vamos a dar nombres, pero todos sabemos de qué cabecera hablamos. La conversación debió ser digna de una película de gangsters. Encarna no suplicó, amenazó. Puso sobre la mesa todo su arsenal. Si publicáis eso, os hundo. Retiro la publicidad de todas mis empresas amigas.
Os demando hasta dejaros en la calle. No volveréis a trabajar en este país. Pero el director de la revista sabía lo que tenía. Sabía que esas fotos valían más que cualquier amenaza, así que Encarna tuvo que cambiar de estrategia. Si el miedo no funcionaba, usaría la única herramienta que nunca le fallaba. El dinero. Se habla de una cifra astronómica para la época.
Algunos dicen 10 millones de pesetas, otros hablan de 20. Una fortuna en metálico. Maletines que cambiaron de mano en despachos cerrados a Cali Canto. Encarna compró los negativos, compró las copias, compró el silencio del fotógrafo y de la agencia. “Quiero todo, que no quede ni un rastro”, ordenó. Y así se hizo. O al menos eso creyó ella.
Las fotos más comprometidas, las que mostraban la verdadera naturaleza de su relación, fueron guardadas en una caja fuerte o, según cuentan algunas leyendas urbanas, destruidas por la propia encarna en un ritual de fuego purificador en su casa de la moraleja. Solo se permitió que salieran a la luz unas pocas imágenes, las más suaves, aquellas que podían pasar por unas vacaciones de amigas, unas fotos inofensivas que sirvieron de cortina de humo para ocultar la verdadera bomba que Encarna había desactivado a golpe de
talonario. Encarna ganó la batalla. Las fotos no salieron. El escándalo se sofocó antes de nacer, pero esa victoria tuvo un coste terrible. No hablo del dinero que a Encarna le sobraba, hablo del coste emocional. A partir de ese momento, la paranoia de Encarna se disparó. Se dio cuenta de que era vulnerable. Se dio cuenta de que el mundo estaba en su contra y de que todos querían derribarla.
Y su reacción fue encerrarse aún más. Convirtió su vida y la de Isabel en un búnker. La jaula de oro se cerró herméticamente. Encarna prohibió a Isabel tener contacto con periodistas que no fueran de su estricta confianza, es decir, casi ninguno. Controlaba sus llamadas, decidía quién entraba en cantora y quién no.
Empezó a ver enemigos en la propia familia de Isabel. Tu hermano no te conviene. Esa amiga tuya es una filtradora. Isabel Pantoja, que al principio había agradecido la protección de Encarna, empezó a sentir el frío del metal de los barrotes. La gratitud se fue transformando en asfixia. Encarna ya no era solo su amiga y protectora, se estaba convirtiendo en su carcelera.
Una carcelera que la cubría de joyas y la llevaba a los mejores restaurantes, sí, pero que no la dejaba respirar. La locutora quería posesión total. Celos profesionales y personales se mezclaban en un cóctel explosivo. Si Isabel recibía una oferta para una entrevista en televisión, Encarna se ponía lívida. ¿Para qué vas a ir ahí? Te van a engañar. Quédate conmigo.
Yo te cuido mejor. Quería que Isabel brillara, sí, pero solo bajo su luz. No soportaba que Isabel tuviera vida propia fuera de su control. Y en medio de esa presión asfixiante, Isabel empezó a cambiar. La viuda dócil empezó a despertar. Se dio cuenta de que el precio que estaba pagando por la salvación financiera de cantora era su propia libertad.

Encarna, en su ceguera de poder, no vio las señales. Creía que con dinero y miedo podía retener a cualquiera. No entendió que a un pájaro, por muy dorada que sea la jaula, si le dejas la puerta abierta 1 mm, volará. Y la puerta se abrió de la manera más inesperada. Mientras Encarna apretaba las tuercas, creyendo que tenía todo atado y bien atado, el destino le preparaba una jugada maestra, una jugada irónica, porque la amenaza para su reinado no vendría de un hombre poderoso, ni de un periodista de investigación, ni de un
juez. La amenaza vendría de otra mujer, una mujer que era todo lo contrario a Encarna. Donde Encarna era oscuridad, esta mujer era luz. donde encarna era seriedad y amenaza, esta mujer era risa y fiesta. Donde Encarna era Madrid y despachos cerrados. Esta mujer era Sevilla, feria y alegría. Su nombre era María del Monte y su aparición en la vida de Isabel Pantoja fue como abrir una ventana en una habitación que llevaba años cerrada.
Entró aire fresco y ese aire fresco fue el veneno que mataría la relación con Encarna Sánchez. Pero amigos, la transición no fue sencilla. No fue un simple cambio de amigas, fue una guerra, una guerra de guerrillas emocionales donde Encarna, al verse desplazada, sacó lo peor de sí misma.
¿Cómo conoció Isabel a María? ¿Qué vio en ella que Encarna no podía darle? Y lo más importante, ¿cómo reaccionó la bestia cuando se dio cuenta de que su presa se le escapaba entre los dedos para irse a reír con otra? Prepárense, porque si creían que el escándalo de las fotos fue fuerte, lo que viene ahora es la crónica de una venganza. Una venganza servida fría a través de las ondas de radio ante millones de oyentes que no entendían por qué su locutora favorita destilaba tanto odio hacia la que había sido su mejor amiga.
Entramos en la etapa de la traición y créanme, no hay furia en el infierno comparable a la de una mujer poderosa despechada. Si en Carna Sánchez era la noche cerrada de Madrid, llena de intrigas y sombras de despacho, María del Monte era el mediodía radiante de Sevilla en plena feria. No podían ser más opuestas y quizás por eso cuando Isabel Pantoja se cruzó con ella, el choque fue inevitable.
Corría el año 1995 y María estaba en la cresta de la ola. Su disco Cántame sonaba en todas las casetas, en todos los coches, en todas las casas. Era la reina indiscutible de las sevillanas, una mujer con una risa contagiosa, campechana, sin dobleces, que disfrutaba de la vida con una sencillez que a Isabel, encerrada en su jaula de oro y luto, le resultaba fascinante.
Se conocieron en un ambiente distendido, lejos de la rigidez de los estudios de la COPE. Dicen que fue en una fiesta privada o quizás en un evento benéfico en Sevilla. Lo cierto es que hubo conexión inmediata. Isabel, acostumbrada a la intensidad dramática de Encarna, de repente se vio riendo a carcajadas con los chistes de María.
Se vio cantando, bailando, siendo simplemente una mujer joven que quería divertirse. María le ofreció algo que Encarna, con todos sus millones y su poder, jamás podría darle. Ligereza. Con María no había que hablar de estrategias para hundir a enemigos. No había que analizar cada palabra por miedo a que se malinterpretara.
Con María se comía pescadito frito con las manos, se jugaba a las cartas hasta las tantas y se vivía el presente sin miedo al mañana. Para Isabel, asfixiada por la protección obsesiva de la locutora, María fue un salvavidas de corcho en medio de un océano de plomo. Empezaron a verse más. Las llamadas telefónicas ya no eran monólogos densos de Encarna sobre conspiraciones políticas.
Eran charlas interminables con María sobre anécdotas graciosas, sobre música, sobre la vida cotidiana. Poco a poco, Isabel empezó a escaparse de la órbita de Encarna. “Tengo que ir a Sevilla a ver a mi madre”, decía. Pero en realidad muchas veces esas visitas incluían largas tardes con María del Monte, tardes de sol, de guitarra y de libertad.
Encarna Sánchez, que tenía un radar para la traición más sensible que un sismógrafo, empezó a notar el cambio. Las llamadas a cantora ya no se contestaban al primer tono. Isabel estaba ocupada, descansando o fuera. Las excusas eran vagas y cuando lograba hablar con ella, notaba en su voz un matiz diferente, una alegría que ella no había provocado.
Los celos de Encarna no eran normales, eran patológicos. Eran los celos de quien cree poseer a otra persona, como se posee un objeto de colección. No podía soportar la idea de que su creación, su protegida, la mujer en la que había invertido tanto dinero y emoción pudiera ser feliz sin ella. y mucho menos que pudiera ser feliz con otra.
Empezó a investigar y lo que descubrió le heló la sangre. Isabel no estaba sola en Sevilla. Isabel estaba con Esa, así llamaba a María del Monte, nunca por su nombre, siempre con desprecio. Esa folclórica de segunda, esa que canta sevillanas para turistas. El desprecio de Encarna hacia María era clasista y cruel. Consideraba a María inferior intelectual y socialmente.
¿Cómo puedes preferir estar con esa gente vulgar antes que conmigo que te he abierto las puertas de la élite? Le reprochaba a Isabel en discusiones tormentosas. Pero Isabel por primera vez no se dio. Estaba cansada de la oscuridad. Quería luz y María era luz. La ruptura no fue un evento único, fue un proceso doloroso de distanciamiento.
Isabel dejó de acudir a las cenas en la moraleja. Dejó de pedir consejo a Encarna para cada paso que daba y el golpe final, la humillación suprema para la locutora, llegó de la mano de una vez más las revistas del corazón. Si las fotos de Caños de Meca fueron un secreto guardado bajo siete llaves, las fotos que aparecieron poco después fueron un grito de guerra.
Revista 10 minutos. Portada a todo color. Isabel Pantoja y María del Monte en la playa. Pero esta vez no había tensión, no había miradas furtivas, había juegos. Se las veía en el agua salpicándose, riendo como dos adolescentes ajenas al mundo. Isabel llevaba el pelo suelto, mojado y una sonrisa que hacía años que no se le veía.
Para Encarna, ver esa portada en el kiosco fue como recibir una bofetada con la mano abierta. No solo porque Isabel estaba con otra, sino porque estaba feliz. Y esa felicidad pública era la prueba palpable de su fracaso. Todo su dinero, toda su influencia no habían servido para retenerla. La reacción de Encarna en su despacho de la Cope fue terrorífica.
Cuentan que arrojó la revista contra la pared con tal fuerza que las hojas se soltaron. gritó, maldijo. Y en ese momento el amor obsesivo que sentía por Isabel se transmutó en algo mucho más peligroso, odio puro. Si Isabel no iba a ser suya, no sería de nadie. Y si María del Monte había osado robarle a su protegida, pagaría el precio más alto posible, su carrera.
Encarna decidió que no iba a gastar ni una peseta más en ocultar nada. Al contrario, ahora quería que todo el mundo supiera que Isabel la había traicionado, pero no lo diría directamente. Usaría su arma más letal, el micrófono. Esa misma tarde, millones de españoles sintonizaron la radio esperando el editorial de Encarna.
Y lo que escucharon fue una ejecución pública. Encarna no mencionó nombres, no hacía falta. Su audiencia, entrenada en leer entre líneas, sabía perfectamente de quién hablaba. con una voz gélida, cargada de veneno, empezó a lanzar insinuaciones. Habló de la ingratitud. Habló de personas que muerden la mano que les da de comer.
Habló de amistades peligrosas y de malas influencias. se refirió a María del Monte como esa persona, la deshumanizó, la convirtió en un ente maligno que había corrompido a la inocente viuda. Empezó a atacar su música, su estilo, su físico. “Hay gente que se cree artista y no llega ni a bufón”, decía. Pero el ataque no se quedó en la radio.
Encarna movió sus hilos en la industria. De repente, a María del Monte se le empezaron a cerrar puertas, programas de televisión donde era habitual dejaron de llamarla. Contratos de galas en ayuntamientos gobernados por amigos de Encarna se cancelaron misteriosamente. Fue un veto en toda regla, un asedio mediático.
Y contra Isabel la estrategia fue diferente. Fue el silencio castigador mezclado con puullas directas. Encarna dejó de poner sus canciones, dejó de hablar de sus éxitos y cuando la mencionaba era para resaltar algún fallo, algún error de vestuario, alguna declaración desafortunada. La frase dientes, dientes, ¿qué es lo que les jode? Que Isabel Pantoja pronunciaría años después caminando del brazo de Julián Muñoz tiene su germen aquí.
Fue en esta época cuando Isabel aprendió a sonreír falsamente ante las cámaras mientras por dentro la devoraba la ansiedad. Sabía que Encarna la estaba vigilando. Sabía que cada paso que daba con María era analizado y criticado en el programa de mayor audiencia de la tarde. La presión era insoportable. Los paparazis, alentados por las insinuaciones de Encarna, se volvieron más agresivos.
Buscaban la foto que confirmara lo que la locutora sugería veladamente. Acosaban a Isabel y a María y noche. Cantora volvió a ser una fortaleza, pero esta vez no para protegerse de la tristeza, sino para protegerse de la ira de Encarna. Isabel tuvo que elegir y eligió a María. Eligió la alegría, aunque eso significara ganarse a la enemiga más poderosa de España.
Pero Encarna no era una mujer que supiera perder. La venganza se convirtió en su motor vital. Se obsesionó con destruir esa nueva amistad y en su furia empezó a cometer errores. Empezó a hablar más de la cuenta con gente que no debía. Empezó a dejar ver su dolor disfrazado de rabia. Y mientras ella planeaba su siguiente ataque, mientras revisaba dosieres y buscaba trapos sucios de María del Monte para sacarlos al aire, algo dentro de ella empezó a fallar.
No era su mente que seguía siendo afilada como un visturí, era su cuerpo. Esa voz, esa herramienta prodigiosa con la que había construido un imperio y con la que ahora intentaba destruir a Isabel, empezó a quebrarse. Una ronquera persistente, una tos seca que no se iba con jarabes, un cansancio que le pesaba en los huesos.
Encarna, tan preocupada por controlar a los demás, había descuidado lo único que realmente le pertenecía, su salud, el estrés, las noches sin dormir maquinando venganzas, el tabaco que consumía compulsivamente. Todo le estaba pasando factura. La sombra en su salud apareció. un diagnóstico que nadie quiere escuchar.
Y de repente la guerra contra Isabel y María pasó a un segundo plano, aunque el rencor seguía intacto. En Carna se enfrentaba ahora a un enemigo que no podía sobornar ni amenazar ni destruir con un editorial de radio. Se enfrentaba a su propio final, pero incluso en la antesala del final, la figura de Isabel seguía presente.
Llamaría para preguntar cómo estaba. iría a visitarla al hospital. ¿Habría un último acto de reconciliación o el orgullo de ambas sellaría el silencio para siempre? Lo que ocurrió en esos últimos meses de vida de Encarna Sánchez es digno de una novela gótica. Soledad, robos, traiciones de su propio servicio y una ausencia, la de Isabel, que dolía más que la propia enfermedad.
Prepárense porque entramos en el acto final. El ocaso de la bestia, el momento en que la mujer más poderosa de España se vio reducida a una paciente más, sola en una habitación de lujo, mientras sus leales empezaban a rapiñar lo que quedaba de su imperio. Dicen que el poder es el mejor afrodicíaco, pero también es el peor anestésico.
Te hace creer que eres inmortal. te hace creer que las reglas de la biología no se aplican a ti. Encarna Sánchez vivió convencida de que su voluntad de hierro podía doblegar cualquier cosa, directivos, políticos, audiencias e incluso a su propio cuerpo. Pero a principios de 1996, la realidad llamó a su puerta y no llamó con suavidad.
Empezó con una molestia, una simple carraspera. Será el aire acondicionado, decía. Será el tabaco, se excusaba encendiendo otro cigarrillo con esa ansiedad nerviosa que la consumía. Pero la carraspera se convirtió en una tos seca, persistente, dolorosa. Y luego la voz, esa voz de trueno, esa herramienta con la que había construido un imperio y destruido reputaciones, empezó a fallar.
se volvía quebradiza, metálica. El diagnóstico llegó en una consulta privada blindada a la prensa. Los médicos, con caras largas y batas blancas impolutas pronunciaron las palabras que nadie quiere oír. No diremos el nombre clínico, respetando las normas, pero hablaremos de una sombra en el pulmón, un mal silencioso y agresivo que se había extendido demasiado rápido.
La reacción de Encarna no fue el miedo, fue la negación. Esto no puede pasarme a mí. No, ahora tengo demasiadas cosas que hacer. Tengo demasiados enemigos que destruir. Intentó seguir trabajando. Se ponía pañuelos de seda al cuello para ocultar la inflamación. Se maquillaba con más intensidad para tapar la palidez cadavérica que empezaba a asomar bajo su piel.
Pero los oyentes, esos millones de fieles que la seguían cada tarde, notaban algo. Notaban que la leona estaba herida. Y las llenas, amigos, huelen la sangre a kilómetros. Su mansión en la moraleja dejó de ser un centro de poder para convertirse en un hospital de campaña de lujo, pero un hospital muy particular.
No había paz, no había serenidad, había un trasciego constante de gente. ¿Quiénes estaban allí? su chóer, Carlos, que era su sombra, su ama de llaves y un séquito de amigos y colaboradores que bajo la excusa de preocuparse por su salud, en realidad estaban tomando posiciones para lo que se avecinaba. Pero la pregunta que toda España se hacía, la pregunta que flotaba en el ambiente cargado de medicinas y flores caras era, ¿dónde está Isabel? Isabel Pantoja no apareció.
La ruptura había sido total. El muro de silencio entre las dos era más grueso que los muros de cantora. Se dice, y esto forma parte de la leyenda negra de esos días, que En Carna esperaba una llamada, que miraba el teléfono con la esperanza de ver ese número, que en sus momentos de delirio por la medicación fuerte murmuraba nombres del pasado, pero el teléfono no sonó, o si sonó, nadie se lo pasó.
La soledad de Encarna en esos meses finales fue aterradora. Imaginen tenerlo todo. Millones en el banco, propiedades, joyas, fama y estar rodeada de gente que cobra un sueldo por estar a tu lado. No había amor genuino en esa habitación. Había interés. Había miedo al futuro sin la jefa, había codicia. Encarna se dio cuenta, quizás demasiado tarde, de que había comprado muchas cosas en su vida, pero no había logrado comprar lealtad verdadera, ni siquiera la de aquella a la que había protegido con tanto celo. Isabel estaba lejos
viviendo su vida, quizás con María, quizás sola, pero definitivamente lejos de la sombra tóxica de la locutora. Y esa ausencia dolía más que el propio mal silencioso que la devoraba por dentro. Y mientras Encarna libraba su última batalla en la cama, perdiendo fuerzas día a día, en los pasillos de su propia casa, se estaba gestando un thriller policíaco.
Hablemos del dinero, porque Encarna Sánchez no guardaba su fortuna solo en bancos suizos o en inversiones inmobiliarias. En Carna era de la vieja escuela. Desconfiaba de los bancos, desconfiaba del sistema, desconfiaba de todo lo que no pudiera tocar. En esa casa había efectivo, mucho efectivo.
Se habla de 43 millones de pesetas en billetes escondidos en armarios, en cajas fuertes camufladas bajo colchones. Dinero negro, dinero de comisiones, dinero para imprevistos y no solo dinero, joyas, esmeraldas colombianas, diamantes de pureza excepcional, relojes de oro macizo, regalos que se había hecho a sí misma o que había recibido de poderosos admiradores.
Pues bien, amigos, en esos días de confusión, de médicos entrando y saliendo, de enfermeras y visitas, ese tesoro empezó a evaporarse. El robo del siglo en la moraleja no fue un atraco con pistolas y pasamontañas, fue un saqueo silencioso, perpetrado desde dentro. Alguien o algunos sabían dónde estaba todo, sabían las combinaciones, sabían que la dueña estaba demasiado débil para bajar a comprobar si los fajos de billetes seguían allí.
¿Quién fue? Esa es la gran pregunta que aún hoy, décadas después, sigue sin respuesta judicial clara. señalaron mutuamente. El chóer acusó al administrador, el administrador acusó al servicio. Los colaboradores se lavaron las manos. Imaginen la escena. Encarna en su habitación luchando por cada respiración, mientras en la habitación de al lado manos nerviosas llenaban bolsas de basura con millones de pesetas.
Es la imagen definitiva de la decadencia. La rapiña sobre el cuerpo aún caliente de la bestia. Cuando Encarna finalmente fue trasladada a la clínica para sus últimos días, la casa quedó a merced de los buitres. Desaparecieron cuadros, desaparecieron abrigos de piel, desaparecieron documentos comprometedores. Se hizo una limpieza a fondo.
¿Sabía en carna lo que estaba pasando? Algunos dicen que sí, que en sus momentos de lucidez se daba cuenta de que la estaban desbalijando, pero que ya no tenía fuerzas ni voluntad para impedirlo, que simplemente cerró los ojos y dejó que se llevaran todo, porque al lugar a donde ella iba, el dinero no servía de nada.
El 5 de abril de 1996, la noticia interrumpió la programación habitual. Encarna Sánchez ha partido. Su luz se apagó definitivamente. La voz que había hecho temblar a España se quedó en silencio. Tenía 60 años, aunque parecía haber vivido 100 vidas. La reacción del país fue una mezcla de conmoción y alivio. Sus enemigos respiraron tranquilos.
Ya no habría más ataques furibundos desde la radio. Sus oyentes lloraron la pérdida de su líder, de esa mujer que les hacía compañía en las noches solitarias. Pero el verdadero espectáculo, el circo mediático, comenzó minutos después de su partida. No hubo tiempo para el luto respetuoso. En el tanatorio se vivió una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Aparecieron personajes de todo tipo. Políticos que iban a asegurarse de que sus secretos estaban a salvo, folkóricas que iban a ver si les tocaba algo de la herencia. Periodistas buscando la lágrima fácil. Isabel, la pregunta del millón. ¿Iría Isabel Pantoja a despedirse de la mujer que la había rescatado de la ruina y que luego intentó destruirla? Isabel envió una corona de flores, una corona grande, vistosa, pero ella no fue.
Se quedó en cantora o quizás en Sevilla. Su ausencia fue el último acto de rebeldía, el último portazo en la cara de Encarna. Incluso en el final, Isabel le negó la satisfacción de verla derrotada o triste. Fue un mensaje claro. Tú ya no tienes poder sobre mí. Pero Encarna, incluso desde el más allá, tenía una última carta guardada, un testamento, un documento que haría estallar la paz, si es que alguna vez la hubo y que dejaría a todos, incluida Isabel, con la boca abierta.
Porque si pensaban que el robo de los 43 millones era el final de la historia, estaban muy equivocados. El caos legal, la aparición de una heredera sorpresa y las cintas grabadas que nunca vieron la luz estaban a punto de convertir la partida de Encarna en el inicio de una nueva guerra. Y en medio de todo eso, las fotos prohibidas.
Esas fotos de la playa que Encarna creyó haber destruido, ¿realmente desaparecieron? O alguien guardó una copia de seguridad esperando el momento justo para venderla al mejor postor. Amigos, lo que viene ahora es el legado maldito, porque hay herencias que no se pagan con impuestos, se pagan con el alma. Cuando la luz de Encarna Sánchez se apagó definitivamente aquel 5 de abril de 1996, muchos pensaron que el espectáculo había terminado.
Se equivocaban. El verdadero circo, el de la codicia y el misterio, acababa de levantar el telón. Imaginen la escena en la notaría. Los amigos de Encarna, esos que habían vaciado su casa mientras ella daba sus últimos suspiros, se frotaban las manos. Esperaban ser recompensados por su supuesta lealtad.
Esperaban heredar la fortuna de la locutora más rica de España. Pero encarna, incluso desde el más allá, tenía preparada una última carcajada macabra. Cuando el notario abrió el testamento, el silencio en la sala se hizo tan denso que se podía cortar. El nombre que salió de esos papeles no fue el de su fiel chófer, no fue el de su ama de llaves y por supuesto no fue el de Isabel Pantoja, la heredera universal, la dueña absoluta de todo el imperio o de lo que quedaba de él, era una mujer llamada Clara Suñer.
¿Quién? Exacto. Esa fue la pregunta que se hizo toda España. Clara Suñer era una actriz de radio, una antigua colaboradora con la que Encarna apenas tenía trato en sus últimos años. Una mujer que vivía modestamente y que de la noche a la mañana se encontró con una fortuna teórica de miles de millones de pesetas. ¿Por qué ella? ¿Fue un error? ¿Fue un olvido de Encarna que no actualizó su testamento en décadas? O fue una jugada maestra de la locutora para asegurarse de que nadie de su entorno, buitre, nadie que la hubiera traicionado o
abandonado en su enfermedad, viera un solo céntimo. La cara de los presentes debió ser un poema. Pero la sorpresa de Clara Suñer pronto se tornó en pesadilla, porque cuando fue a tomar posesión de la mansión de la moraleja, de esa casa que debía estar llena de obras de arte y joyas, se encontró con un cascarón vacío.
Las paredes tenían las marcas donde antes colgaban cuadros valiosos. Las cajas fuertes estaban abiertas y vacías. Los abrigos de piel habían volado. Del dinero en efectivo, esos famosos 43 millones no quedaba ni el polvo. Clara heredó propiedades, sí, y también heredó deudas y problemas legales infinitos. Pero el tesoro líquido de Encarna se había esfumado en manos de fantasmas que nunca fueron juzgados.
Fue el último acto de piratería en la vida de una mujer que vivió como una corsaria de las ondas. Pero si hablamos de herencias malditas, tenemos que mirar hacia Cantora, tenemos que mirar hacia Isabel Pantoja. Muchos dicen, “Y esto entra en el terreno de la superstición que tanto en el sur, que Encarna Sánchez no se fue sola.
” Dicen que dejó una energía oscura, una especie de mal de ojo sobre la mujer que osó abandonarla. Fíjense en la cronología. Tras la partida de Encarna, Isabel pareció liberarse. Vivió años de aparente felicidad con María del Monte. Luego llegó Julián Muñoz, la alcaldía de Marbella, el poder político, el dinero a Espuertas.
Parecía que Isabel había logrado todo lo que Encarna le prometió, pero sin el yugo de la locutora. Pero el destino es un cobrador implacable. Años después, la maldición de Encarna pareció cumplirse con una precisión aterradora. Todo lo que Isabel construyó se desmoronó. La operación malaya, la detención policial, las esposas en las muñecas de la tonadillera más famosa de España.
El juicio mediático fue brutal, mucho peor que cualquier crítica que Encarna hubiera podido hacer en vida. Y finalmente, lo impensable, la reclusión. Isabel Pantoja entró en ese lugar de sombras en Alcalá de Guadaira. Una mujer que había sido tratada como una reina que había viajado en aviones privados pagados por Encarna, terminó durmiendo en una celda estrecha, vistiendo un uniforme gris, despojada de su libertad y de su honor.
¿Se acordaría Isabel de Encarna en esas noches interminables de encierro? Resonaría en su cabeza la voz de la locutora diciéndole, “Sin mí no eres nada. Yo soy la única que te protege. Es imposible no ver la ironía trágica. Encarna siempre quiso encerrar a Isabel en una jaula de oro. Al final, el destino la encerró en una jaula de hierro real.
La obsesión por el dinero y el poder, que fue el motor de la relación entre ambas, terminó siendo la tumba social de Isabel. Y como si el destino quisiera cerrar el círculo con un lazo perfecto, 20 años después de aquel verano fatídico en Caños de Meca, ocurrió lo que Encarna gastó una fortuna en evitar. Las fotos prohibidas reaparecieron.
Internet no olvida. Los archivos secretos se abren. De repente, las imágenes de Isabel y Encarna en la playa jugando, abrazadas, felices estaban en todas partes, en portadas digitales, en programas de televisión. en redes sociales. Pero lo curioso, amigos, es que ya no causaron escándalo. España había cambiado, lo que en 1995 era motivo de vergüenza y ocultación.
En 2015 era visto con naturalidad, incluso con ternura. La gente no vio obsenidad. Vio a dos mujeres que se quisieron a su manera torcida y complicada. vio historia de España, el esfuerzo titánico de Encarna por borrar esas imágenes, los millones pagados, las amenazas lanzadas. Todo fue inútil.
El tiempo puso todo en su lugar. Esas fotos hoy son la prueba de que bajo la coraza de la dama de hierro había un ser humano que buscaba desesperadamente ser amado, aunque no supiera cómo pedirlo sin usar la chequera. Pero queda una última incógnita, un último misterio que Encarna se llevó a la tumba y que todavía hoy quita el sueño a mucha gente poderosa.
¿Qué sabía realmente Encarna Sánchez? Se dice que en su despacho de la COPE y en su casa de la moraleja, Encarna tenía un sistema de grabación digno del servicio secreto. Grababa todo. Conversaciones con ministros, confesiones de empresarios, llamadas íntimas con celebridades. En Carna usaba la información como moneda de cambio.
Si tú me atacas, yo saco la cinta. Ese era su seguro de vida. ¿Dónde están esas cintas? Cuando saquearon su casa, se llevaron también los secretos de estado. ¿Hay alguien hoy en día que guarda en un cajón grabaciones que podrían hacer caer gobiernos o destruir reputaciones intocables? La leyenda dice que ese material existe. ¿Qué está esperando? ¿Qué es una bomba de relojería que algún día, cuando menos lo esperemos, estallará? Y quizás en esas cintas esté la verdadera voz de Isabel Pantoja.
confesando sus miedos, sus ambiciones y sus verdaderos sentimientos hacia la locutora. Una confesión que nunca escucharemos, pero que podemos imaginar. Al final de este viaje por las cloacas del poder y la fama nos queda una pregunta flotando en el aire. ¿Fue amor? ¿Ababa Encarna a Isabel? Probablemente sí, con la fuerza de un huracán devastador.
Pero era un amor enfermo, un amor que no buscaba la felicidad del otro, sino la posesión. Encarna amaba a Isabel como un coleccionista. Ama su pieza más valiosa. Quiere que brille, pero solo dentro de su vitrina. ¿Y amaba Isabela Encarna? Esa respuesta es más difícil. Isabel encontró en Incarna un padre, una madre, un banco y un ejército.
Encontró seguridad en el momento más vulnerable de su vida. Pero el amor, el verdadero amor, no puede florecer bajo la sombra del miedo y la deuda. La historia de Encarna Sánchez e Isabel Pantoja es la historia de dos soledades que chocaron. Una soledad nacida de la pobreza y el rencor y otra soledad nacida de la viudez y la fama.
Juntas crearon un imperio de exclusivas, dinero y mentiras. Pero los imperios caen, las fortunas se gastan o se roban, la belleza se marchita. Hoy Encarna es un recuerdo, un mito de la radio que las nuevas generaciones apenas conocen. E Isabel, Isabel sigue ahí sobreviviendo cantando coplas que hablan de amores trágicos, arrastrando la leyenda de ser la mujer que sobrevivió a la bestia.
Si Encarna levantara la cabeza hoy si pudiera ver desde el otro lado cómo terminó todo, ¿qué diría? probablemente encendería un cigarrillo, miraría a la cámara con esa media sonrisa cínica que la caracterizaba y diría, “Os lo advertí, en este mundo de lobos o comes o te comen.” Y a ella, a ella se la comieron por no hacerme caso.
Gracias por acompañarnos en esta inmersión en la historia oculta de España. A veces la realidad supera a la ficción y el silencio, amigos míos, siempre termina hablando a gritos. Buenas noches y buena suerte.