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En su último suspiro, ANTONIO AGUILAR confesó el SECRETO sobre LOLA BELTRÁN…

Y lo era, Pepe. Era perfecta para la imagen, para las portadas, para las giras donde necesitábamos vender la fantasía del matrimonio ideal. Pero no la amabas, dijo Pepe y no sonó a pregunta. La respetaba, aclaró Antonio. La respeté 57 años. Le fui fiel de cuerpo durante 23 años. Nunca la traté mal.

Nunca le grité, nunca le levanté la mano, pero amarla negó con la cabeza. Amarla como se supone que un hombre ama a su esposa, con eso que te hace querer morir si ella muere, con eso que te hace pensar en ella cuando despiertas y cuando te duermes. Eso nunca existió. Los monitores seguían pitando, el suero goteaba.

Afuera alguien caminaba por el pasillo. Pepe se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Entonces, ¿quién?, preguntó. Antonio Aguilar sonró. Una sonrisa pequeña, dolorosa, llena de nostalgia y arrepentimiento. Lola Beltrán, dijo, “Lola fue el amor de mi vida durante 29 años, desde 1967 hasta el día que murió en 1996. 29 años amándola en secreto, 29 años mintiéndole a tu mamá, 29 años siendo un cobarde.

Pepe sintió que el piso se movía. Lola Beltrán, la voz de México, la mujer que cantaba paloma negra como si le estuvieran arrancando el corazón con las manos. La que llenaba el palacio de bellas artes y hacía llorar a hombres que nunca lloraban. la que murió el 24 de marzo de 1996 de un derrame cerebral a los 61 años. La misma Lola Beltrán, que había cenado en casa de los Aguilar docenas de veces, que había ido a cumpleaños, que había cantado en la boda de Antonio hijo, que Flor llamaba comadre.

No puede ser”, dijo Pepe. “Fue”, respondió Antonio. “Y necesito contarte todo antes de morir, porque alguien tiene que saber la verdad. Alguien tiene que entender por qué fui tan miserable.” Pepe quiso pararse. Quiso abrir la puerta y salir corriendo, pero la mano de su padre lo detuvo. Esa mano de moribundo que temblaba, pero que seguía aferrada a la suya, como si Pepe fuera lo único que lo mantenía atado a la vida.

Escúchame”, suplicó Antonio, “por favor.” Y Pepe se quedó. La conocí el 18 de septiembre de 1967 en el Teatro Blanquita. Yo tenía 48 años. Llevaba 17 años casado con Flor. Ustedes ya habían nacido todos. Antonio hijo tenía 14. Pepe tenías nueve. Marcelo siete, Dalia C. Yo era el charro de México, el hombre que no podía hacer nada mal, el símbolo de la familia perfecta.

Esa noche había una gala benéfica para el Hospital Infantil de México. Cantaban Juan Gabriel, Pedro Infante Torrentera, el hijo de Pedro, José Alfredo Jiménez, Jorge Negrete ya estaba muerto, pero iba su viuda. Y Lola, Lola Beltrán, que acababa de regresar de una gira por España, donde había cantado para Franco en el Palacio Real.

Yo la había visto antes, claro, en premios, en eventos, en la radio, pero nunca así. Nunca de cerca, nunca bajo esas luces del blanquita que la hacían brillar como si no fuera de este mundo. Llevaba puesto un vestido de china poblana verde con bordados dorados. Tenía el pelo negro recogido en un chongo con gardenias blancas prendidas, los labios rojos, los ojos enormes.

Y cuando abrió la boca para cantar Cucurucu paloma Pepe, te juro por Dios que sentí que me moría. No fue la voz. Bueno, sí fue la voz, pero fue más que eso. Fue la manera en que cerraba los ojos cuando llegaba a las notas altas. La manera en que movía las manos como si estuviera sosteniendo el corazón de alguien.

La manera en que parecía estar cantando solo para mí, aunque había 100 personas en ese teatro. Terminó de cantar y hubo aplausos de pie durante 4 minutos con 22 segundos. Lo sé porque me quedé contándolos, porque no podía dejar de mirarla, porque algo se había roto dentro de mí y no sabía que era.

Después de la gala hubo un brindis en el lobby del teatro. Champán francés, canapés, fotógrafos de Excelsior y novedades tomando fotos para la edición del domingo. Flor estaba conmigo platicando con la esposa de José Alfredo. Yo debería haber estado ahí con ella. Pero vi a Lola sola junto a una columna fumando un cigarro Rally y caminé hacia ella sin pensarlo.

“Señorita Beltrán”, le dije. Ella volteó, me miró de arriba a abajo, sonríó. Señor Aguilar, respondió, “Qué honor. El honor es mío. Su presentación fue No tengo palabras. Seguro las tiene. Usted siempre tiene palabras. Las canta todas las noches. Me reí.” Ella se rió. Y en ese momento, Pepe, en ese momento exacto a las 10:47 de la noche del 18 de septiembre de 1967, me enamoré como nunca me había enamorado en mi vida, como no me enamoré de tu mamá cuando nos casamos, como no me había enamorado de nadie nunca. Platicamos 23 minutos de todo y

de nada, de México, de música, de giras. de lo cansado que es vivir fingiendo. Ella me confesó que odiaba las entrevistas, que los periodistas siempre le preguntaban por qué no se casaba. “Porque no he encontrado a alguien que me haga sentir viva”, me dijo mirándome a los ojos. Y yo supe que ella también lo había sentido.

Nos interrumpió un fotógrafo de novedades. Don Antonio, una foto con Lola para el periódico. Posamos. Ella se puso a mi lado. Nuestros hombros se tocaron. El flash se disparó. Esa fotografía salió en la página 14 del Novedades el domingo 20 de septiembre de 1967. La recorté. La guardé en mi cartera durante 40 años.

Está ahí todavía, en mi saco. El saco gris que dejé colgado en el closet de la habitación. Pepe se quedó callado. Su padre tosió otra vez más fuerte. La enfermera volvió a tocar. Señor Aguilar, necesitamos revisar los signos vitales. 5 minutos gritó Pepe sin voltear. La enfermera se fue. Antonio continuó.

Esa noche regresé a casa con Flor. Cenamos, nos acostamos. Ella se durmió a mi lado como siempre y yo me quedé despierto hasta las 5 de la mañana mirando el techo pensando en Lola, en su voz, en su sonrisa, en cómo dijo mi nombre, señor Aguilar, como si mi nombre en su boca fuera una canción. Pasaron 4 meses sin verla, 4 meses donde traté de olvidarla.

Me metí de lleno al trabajo, grabé dos discos, filmé una película en Durango, hice gira por Guatemala y El Salvador. Pensé que se me pasaría, que había sido solo una tontería de hombre viejo y aburrido. Pero el 14 de enero de 1968 coincidimos en una presentación en el Auditorio Nacional. Homenaje a José Alfredo Jiménez por sus 40 años.

Lola cantó el rey, yo canté caballo viejo. Después en los camerinos nos encontramos en el pasillo. Antonio, me dijo, “Ya no, señor Aguilar, solo Antonio. Lola, he pensado en ti”, confesó. Así, sin rodeos, sin juegos. Yo también. ¿Y ahora qué hacemos? No lo sé. Debía haberle dicho esto está mal. Estoy casado. Tengo cuatro hijos.

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