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En su lecho de muerte, VICENTE FERNÁNDEZ REVELÓ el SECRETO sobre JAVIER SOLÍS

Entre el 20 de febrero y el 18 de marzo de 1966, Javier Solís había sido internado tres veces bajo nombres falsos. El Dr. Mauricio Sandoval Ibarra, cirujano general que atendió al cantante en su última hospitalización, declaró años después, en una entrevista concedida cuando ya estaba retirado, que las condiciones en las que llegó Javier Solís la última vez eran incompatibles con la imagen de salud que proyectaba públicamente.

Había perdido 16 kg en dos meses, presentaba signos evidentes de desnutrición avanzada y un cuadro de estrés crónico severo que había comenzado a manifestarse en arritmias cardíacas. Total de consultas privadas no declaradas públicamente. 47. Análisis de sangre realizados en laboratorios discretos. 22. Prescripciones médicas archivadas bajo seudónimo. 39.

Los peritos encontraron algo más perturbador en aquellos archivos médicos. Javier Solís había estado consumiendo una combinación de medicamentos que incluía barbitúricos para dormir, anfetaminas para mantenerse despierto durante las giras extenuantes y analgésicos potentes para controlar dolores crónicos de espalda que arrastraba desde 1963.

El Dr. Héctor Villarreal Ochoa, toxicólogo forense consultado para analizar las prescripciones, determinó que esa mezcla de sustancias mantenida durante meses era un cóctel potencialmente letal que cualquier médico responsable habría suspendido de inmediato. Pero Javier Solís no podía detenerse.

Tenía contratos firmados por valor de 2,400,000es. Tenía compromisos en siete países distintos. tenía una familia que mantener, empleados que dependían de él y una industria entera que lo exigía incansablemente. ¿Cómo era posible que nadie en su círculo cercano se diera cuenta de que el hombre más admirado de México estaba al borde del colapso? ¿Quién permitió que siguiera trabajando en esas condiciones? ¿Y qué tiene que verández con todo esto? La respuesta llegó en forma de una grabación que nadie sabía que existía.

En el cassete encontrado en el rancho Los Tres Potrillos, Vicente Fernández relató con voz quebrada un encuentro que nunca había mencionado públicamente. Fue el 23 de abril de 1966, 4 días después de aquel concierto en el teatro Blanquita, Vicente había conseguido trabajo como corista en grabaciones para la disquera CBS, ganando apenas 200 pesos por sesión.

Esa tarde estaban programadas las grabaciones de fondo para el nuevo álbum de Javier Solís. Vicente llegó dos horas antes, nervioso, emocionado por la posibilidad de estar en el mismo estudio que su ídolo. Javier Solís llegó a las 4:30 de la tarde. Vicente recordaba cada detalle. Llevaba un suéter de cachemira gris, pantalones de gabardina oscura y lentes oscuros a pesar de estar en un espacio cerrado.

Caminaba despacio apoyándose discretamente en las paredes. El ingeniero de sonido, Ramiro Gutiérrez Salinas le ofreció una silla y un vaso de agua. Javier Solís lo rechazó con un gesto cortés, pero firme. Estoy bien, dijo con esa voz profunda que hacía temblar micrófonos. Solo necesito un momento.

Pero sus manos temblaban al sostener la partitura. Vicente estaba en la cabina de grabación cuando ocurrió algo que lo marcó para siempre. Javier Solís comenzó a interpretar que va. Era una canción nueva, un bolero desgarrador sobre un amor perdido, sobre promesas rotas, sobre el precio de la fama y la soledad.

En la primera toma, su voz se quebró en el tercer verso. En la segunda toma tuvo que detenerse para tomar aire a mitad de frase. En la tercera toma, algo en su interpretación cambió. Ya no estaba cantando para el público, estaba cantando para sí. mismo. Y las palabras que salían de su garganta tenían un peso, una verdad, un dolor que trascendía la melodía.

El ingeniero detuvo la grabación porque las lágrimas de Javier Solís se escuchaban en la pista. Cuando salió del estudio principal, Javier Solís caminó directamente hacia donde estaban los coristas. Vicente Fernández, ese joven de 27 años que todavía soñaba con ser alguien, sintió que el corazón se le detenía cuando el ídolo se detuvo frente a él.

Tú tienes voz”, le dijo Javier Solís mirándolo fijamente. “La tienes, pero tener voz no es suficiente. Cuídala, cuida tu voz, cuida tu salud, cuida tu familia, porque este mundo hizo una pausa larga, dolorosa. Este mundo te lo va a quitar todo si se lo permites. Y cuando ya no tengas nada que dar, te va a dejar tirado como a un perro.

” Vicente Fernández no supo que responder, solo asintió. Javier Solís le puso una mano en el hombro, lo apretó con fuerza y se marchó sin decir nada más. Esa fue la última vez que Vicente Fernández vio a Javier Solís con vida, pero había algo más que Vicente no descubrió hasta décadas después, algo que cambió por completo el significado de aquel encuentro, algo que Javier Solís sabía aquella tarde en el estudio de grabación y que conscientemente decidió callar.

Las investigaciones privadas realizadas por el equipo legal de la familia Fernández destaparon documentos que habían permanecido sellados durante 55 años. Entre ellos un informe médico fechado el 19 de abril de 1966. Exactamente el mismo día del concierto en el teatro Blanquita, el Dr. Germán Flores Montiel, médico personal de Javier Solís, había diagnosticado una vesícula biliar gravemente inflamada que requería cirugía de emergencia.

El informe era claro, directo, devastador. El paciente presenta cálculos biliares múltiples con riesgo de perforación inminente. Se recomienda internamiento inmediato y procedimiento quirúrgico urgente. Cualquier retraso en la intervención podría resultar en complicaciones fatales. Javier Solís leyó ese informe, lo leyó completo y decidió no cancelar el concierto de esa noche. Decidió no cancelar la grabación.

4 días después decidió no cancelar los 19 compromisos que tenía programados para las siguientes tres semanas, porque cancelar significaba romper contratos, significaba devolver adelantos, significaba decepcionar a miles de personas que habían comprado boletos, significaba admitir debilidad en una industria que no perdonaba la debilidad.

El 26 de abril de 1966, Javier Solís finalmente se sometió a la cirugía que llevaba posponiendo durante meses. El procedimiento, que debía ser rutinario, se complicó gravemente debido al estado avanzado de la inflamación y a las condiciones físicas deterioradas del cantante. Durante la operación, su corazón se detuvo dos veces.

Los médicos lograron reanimarlo, pero el daño ya estaba hecho. Las complicaciones postoperatorias incluyeron peritonitis, fallo renal agudo y un parocardiorrespiratorio del que nunca se recuperó completamente. El 19 de abril de 1966, Javier Solís subió a ese escenario del Teatro Blanquita sabiendo que estaba enfermo, sabiendo que necesitaba cirugía urgente, sabiendo que cada minuto que pasaba sin atención médica acercaba su cuerpo al punto de no retorno.

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