Elizabeth Rosemont Taylor nació un de febrero del año 1932 en un barrio elegante del noroeste de Londres en Inglaterra, en una casa que olía a galerías de arte y a perfume caro. Sus padres, Francis Len Taylor y Sarah Southern, eran ciudadanos estadounidenses que vivían en Inglaterra por motivos del negocio familiar.
una galería de arte que vendía obras a coleccionistas adinerados de Europa y de Estados Unidos. Su madre, Sara, había sido actriz de teatro antes de casarse. Una mujer ambiciosa que había soñado con ser estrella y que al ver a su hija pequeña con aquellos ojos increíbles enmarcados por una doble fila natural de pestañas, pareció decidir casi desde el primer momento que la niña sería el vehículo para cumplir los sueños que ella misma no pudo realizar.
Y aquí ya empieza a aparecer la primera grieta en el cuento dorado, porque Elizabeth nunca eligió ser actriz. Nadie le preguntó si quería estar frente a una cámara cuando todavía no sabía leer del todo. Nadie le pidió permiso cuando empezaron a maquillarla con apenas 9 años. Nadie le dejó vivir lo que cualquier niña vive a esa edad.
La familia Taylor se trasladó a Estados Unidos en el año 1939, justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, escapando de los bombardeos que pronto castigarían a Londres. Se instalaron en California, en Los Ángeles, y Sara Southern, esa madre que ya tenía un plan trazado, comenzó a moverse con una determinación silenciosa para que su hija fuera vista por las personas correctas.
en el momento correcto. Tenía 10 años cuando hizo su primera película, Una producción modesta de la productora universal, titulada en inglés There’s one born every minute. En español, algo así como nice uno cada minuto. Pero el verdadero punto de quiebre, el momento en que aquella niña dejó de ser una niña y se convirtió en producto del sistema, llegó cuando firmó contrato con la productora Metro Goldwin Mayor, conocida por sus iniciales como MM en el año 1943.
tenía 11 años, 11 años apenas, y ya estaba atada a un contrato de 7 años con uno de los estudios más poderosos del mundo. un contrato que la obligaba a trabajar cuando le decían, a comer lo que le decían, a hablar como le decían y a pesar exactamente lo que el estudio considerara aceptable para los roles que tenían pensados para ella, la película que la convirtió en estrella fue National Velvet, conocida en español como fuego de juventud, estrenada en el año 1944.
Elizabeth tenía 12 años. interpretaba a una niña que entrenaba a un caballo para ganar una carrera y su interpretación fue tan natural, tan luminosa, que de la noche a la mañana se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del cine estadounidense. Pero detrás de esa interpretación luminosa había un secreto que el estudio jamás contó al público.
Durante el rodaje, en una de las escenas con el caballo, Elizabeth sufrió una caída que le lesionó gravemente la espalda. Esa lesión, que el estudio, según múltiples biografías, decidió minimizar para no retrasar la producción se considera el origen de los dolores crónicos que la acompañarían durante el resto de su vida.
Más de 100 cirugías sufriría Elizabeth Taylor a lo largo de las décadas siguientes, según ella misma confesó en entrevistas posteriores, y casi todas tendrían como punto de partida aquella espalda lesionada cuando todavía era una niña. Por lo tanto, lo que el público veía como un milagro infantil del cine era en realidad el primer capítulo de un calvario médico silencioso que duraría toda su existencia.
Mientras los espectadores se enamoraban de aquella niña preciosa que cabalgaba con valentía, esa misma niña regresaba a casa por las noches con la espalda rígida, con dolores que no podía explicar del todo, dependiendo de pastillas que en aquellos años se recetaban con una facilidad escalofriante. Hay testimonios recogidos por biógrafos como William Man y Kate Anderson Brower, que sugieren que en los estudios de Hollywood durante los años 40 y 50 era práctica común suministrar a las jóvenes estrellas medicamentos para mantenerlas
despiertas durante jornadas larguísimas y luego otros medicamentos para hacerlas dormir cuando llegaba la hora de descansar. Si esos testimonios son ciertos, Elizabeth Taylor pudo haber sido introducida al consumo de fármacos potentes cuando todavía era apenas una niña que jugaba con muñecas en los descansos del rodaje.
¿Sabías que en aquella época los contratos de los estudios incluían cláusulas que permitían controlar hasta lo que las actrices comían en sus propias casas? La MGM no era solo un empleador, era una especie de tutor que decidía con quién podía salir Elizabeth, qué fotografías podía publicar, a qué eventos podía asistir y lo que muchos consideran más perverso, con quién debía mostrarse públicamente para alimentar las historias inventadas por el Departamento de Prensa del Estudio.
Tus padres, lejos de protegerla del todo, parecían atrapados ellos mismos en la maquinaria. Sara, la madre, era prácticamente una sombra constante en los rodajes, una figura que algunos compañeros de la joven Elizabeth describirían años después como controladora hasta el extremo.
El padre Francis comenzaba ya a mostrar señales de alejamiento, refugiándose en su trabajo en la galería de arte y, según múltiples relatos posteriores, en algunos secretos personales que la familia trataba con cuidado extremo. Ahora bien, mientras todo esto ocurría puertas adentro hacia afuera, Elizabeth se transformaba en uno de los rostros más cotizados del planeta.
A los 15 años ya era considerada una de las jóvenes más bellas del cine y los productores de la MGM no tardaron en empujarla hacia papeles que la mostraban cada vez más adulta, cada vez más mujer, cada vez más alejada de la niña que en realidad seguía siendo. películas como Cyntia, una vida marcada y sobre todo padre de la novia estrenada en el año 1950, la consolidaron como la sucesora natural de las grandes divas del cine clásico.
tenía 18 años cuando interpretó a la novia perfecta de aquella película. Y para promover el estreno, la MGM organizó algo que hoy parecería una locura ética. Utilizar el rodaje y el estreno como plataforma para impulsar su primer matrimonio real. Un matrimonio que muchos historiadores del cine consideran que fue prácticamente diseñado por el Departamento de Relaciones Públicas del Estudio.
Aquel hombre se llamaba Conrad Nicki Hilton, hijo del fundador de la cadena de hoteles Hilton, un joven heredero apuesto de ojos claros y sonrisa fácil, pero también, según los testimonios que se conocerían años más tarde, un joven con problemas serios de alcohol y con una conducta privada que distaba mucho de la imagen de príncipe encantador que las revistas vendían al público.
Elizabeth, con apenas 18 años recién cumplidos, se casó con él el 6 de mayo del año 1950 en una ceremonia espectacular que la MGM cubrió como si fuera un acontecimiento mundial. [carraspeo] Los periódicos hablaron del cuento de hadas perfecto. Los flashes la inmortalizaron vestida de blanco. Y mientras tanto, en las semanas previas a la boda, la joven Elizabeth lloraba en silencio en los probadores del estudio, según contarían años después algunas de las personas que estuvieron cerca de aquel proceso. Lo que vino después de la
luna de miel destrozó a Elizabeth de una forma que pocos imaginaron en su momento. Apenas terminó el viaje de bodas, las grietas comenzaron a abrirse de manera brutal. Hilton, según múltiples relatos publicados después, mezclaba alcohol con violencia verbal. Tenía estallidos imprevisibles.
Abandonaba a su esposa durante enteras para perderse en fiestas privadas y casinos. y trataba a Elizabeth con un desprecio que ella, criada en un entorno controlado pero cuidado, jamás había experimentado. Hay biografías serias que sugieren que durante aquel matrimonio, que duró apenas 8 meses, Elizabeth sufrió episodios de violencia física e incluso, según algunos relatos, perdió un embarazo temprano como consecuencia directa de uno de esos episodios.
Estas afirmaciones nunca fueron confirmadas oficialmente por la propia Elizabeth, pero figuran en los trabajos de varios biógrafos que cruzaron testimonios a lo largo de los años. El divorcio se firmó el 29 de enero del año 1951. Elizabeth tenía 19 años. Había sido novia, esposa y divorciada antes de poder beber legalmente alcohol en su propio país.

El estudio, en lugar dejarla descansar, la lanzó inmediatamente a otra producción para que el escándalo no le costara dinero a la My YM. Y aquí ya empezamos a ver el patrón que marcaría toda su vida. Cada herida personal era inmediatamente cubierta con una nueva película. Cada lágrima privada era ocultada con una nueva sonrisa pública.
Cada noche de insomnio era curada con otra pastilla que le facilitaba el médico de cabecera del estudio. Pero como todo en la vida de Elizabeth Taylor, el dolor nunca venía solo. Mientras intentaba reconstruirse del fracaso de aquel primer matrimonio, conoció a un actor británico 20 años mayor que ella, un hombre culto, refinado, con una voz terciopelada y una elegancia que parecía sacada de otra época. Se llamaba Michael Wilding.
Era una estrella consolidada del cine británico y representaba todo lo opuesto a la juventud violenta de Conrad Hilton. Se casaron el 21 de febrero del año 1952 en Londres y por un tiempo el mundo creyó que Elizabeth había encontrado por fin estabilidad. Tuvieron dos hijos, Michael Howard Wilding, nacido en el año 1953, y Christopher Edward Wilding, nacido en el año 1955.
dos niños que vinieron al mundo en medio de un matrimonio que, sin embargo, ya tenía fechas de caducidad invisibles. Lo que el público no supo entonces y que solo se conoció parcialmente con los años es que la diferencia de edad y de mundos entre Elizabeth y Michael Wilding empezó a pesar muy pronto.
Ella era una mujer joven, vibrante, con una carrera en explosión requerida por todos los grandes productores del momento. Él era un hombre mayor, con una carrera más estable, pero menos luminosa, que comenzaba a quedarse en segundo plano frente a la fama arrolladora de su esposa. El silencio en aquella casa, según testimonios que recogieron biógrafos posteriores, se hizo más ruidoso que cualquier discusión.
Y mientras Elizabeth filmaba clásicos como Gigante junto a James Dean y Rock Hudson en el año 1955, su matrimonio se desangraba en silencio y aquí entra una de las amistades más intensas y dolorosas de la vida de Elizabeth Taylor. Una amistad que muchos consideran fue uno de los grandes amores no románticos de su existencia.
Hablamos de Montgomery Clift, aquel actor brillante, atormentado, considerado por muchos como uno de los intérpretes más sensibles de la historia de Hollywood. Elizabeth y Montgomery se conocieron rodando un lugar en el sol en el año 1950 y entre ellos surgió un vínculo que ningún biógrafo serio se atreve a definir con una sola palabra.
No fue un romance al uso, porque Montgomery era homosexual en una época en que serlo en Hollywood era prácticamente un crimen profesional, pero tampoco fue una amistad común. Era algo más profundo, una conexión espiritual entre dos almas heridas que se reconocían mutuamente. El 12 de mayo del año 1956 ocurrió un episodio que marcaría a Elizabeth para siempre.
Un episodio que ella misma contaría décadas después con la voz quebrada en alguna entrevista. Montomery Clift salía de una cena en casa de Elizabeth y Michael Wilding en la zona montañosa de Hollywood. Iba conduciendo su propio carro. Había bebido durante la velada y en una curva pronunciada de la carretera perdió el control del vehículo y se estrelló contra un poste de la luz.
Cuando Elizabeth, que iba detrás en otro carro, se enteró del accidente, corrió hasta el lugar y encontró a Montgomery con el rostro destrozado, ahogándose con sus propios dientes rotos, que habían quedado atascados en su garganta. Sin pensarlo, sin dudarlo, Elizabeth le metió la mano en la boca, le sacó los dientes uno a uno con sus propios dedos y según los relatos publicados, probablemente le salvó la vida.
Aquel accidente cambió el rostro de Montgomer y Cliff para siempre. Su belleza, casi sobrenatural quedó parcialmente desfigurada. requirió múltiples cirugías reconstructivas y aunque siguió actuando, su carrera y su salud emocional nunca volvieron a ser las mismas. Lo que él vivió a partir de aquel día fue una larga pendiente descendente que muchos en la industria llamaron con crudeza, el suicidio más prolongado de la historia de Hollywood.
Y Elizabeth, que lo amaba a su manera, que lo entendía como pocos, lo acompañó hasta el final, lo defendió cuando otros lo abandonaban, le consiguió papeles cuando los productores ya no querían contratarlo y lloró su muerte cuando ocurrió 10 años después, en el año 1966. Pero ese duelo todavía estaba lejos en aquel momento, aunque ya iba sembrando una tristeza profunda en el corazón de Elizabeth.
Mientras tanto, su matrimonio con Michael Wilding terminó oficialmente en el año 1957 y en uno de esos giros vertiginosos típicos de su vida, Elizabeth ya estaba enamorada antes de que los papeles del divorcio estuvieran fríos. El nuevo hombre se llamaba Michael Todd, un productor de cine y empresario rudo, carismático, mucho mayor que ella, ganador del premio Ócar a la mejor película por la Vuelta al mundo en 80 días.
Se casaron el 2 de febrero del año 1957 y por primera vez Elizabeth en sus propias declaraciones públicas posteriores sintió que había encontrado al amor de su vida. Tuvieron una hija juntos, Laisa Tod, nacida el 6 de agosto del año 1957. Y durante un breve periodo, Elizabeth pareció finalmente respirar, pero la felicidad duró exactamente un año, 2s meses y 18 días.
El 22 de marzo del año 1958, Michael Todd subió a su avión privado llamado The Lucky L en honor a su esposa para volar a una cena de homenaje en Nueva York. Elizabeth había planeado acompañarlo, pero estaba en cama con una bronquitis severa y un fuerte resfriado. Y Michael insistió en que se quedara descansando. El avión despegó del estado de Nuevo México en medio de una tormenta.
Perdió control durante el vuelo y se estrelló en las montañas Suni. Michael Todd murió instantáneamente junto al piloto, el copiloto y un escritor amigo de la familia. Elizabeth se enteró por una llamada telefónica a las primeras horas de la madrugada. Tenía 26 años y era viuda con tres hijos pequeños.
El derrumbe que siguió a aquella noticia es uno de los episodios más documentados en las biografías de Elizabeth Taylor. Hay testimonios de que durante los días posteriores no comió, no durmió, no hablaba, simplemente repetía el nombre de Michael en susurros mientras los amigos se turnaban para no dejarla sola. En el funeral, las imágenes que dieron la vuelta al mundo mostraron a una mujer destrozada, vestida de luto, sostenida por amigos cercanos para no caer al piso.
Y mientras la prensa la cubría con respeto durante esos primeros días, lo que vino después fue uno de los escándalos más feroces que Hollywood vivió en los años 50. Un escándalo que cambió para siempre la imagen pública de Elizabeth Taylor. Porque entre los amigos más cercanos de Michael Todd estaba un cantante y showman llamado Eddie Fisher, casado en aquel momento con la actriz y cantante Deby Reynolds, una de las mujeres más queridas por el público estadounidense.
Eddie y Devy eran considerados la pareja perfecta del mundo del espectáculo, padres de dos niños pequeños, símbolo de los valores familiares que Estados Unidos celebraba en aquellos años. Y Eddie Fisher, en los meses siguientes, a la muerte de Michael Todd, comenzó a acompañar a Elizabeth en su duelo, a sostenerla emocionalmente, a llevarle la cena, a quedarse con ella hasta tarde en su casa.
Lo que empezó como un consuelo entre amigos, terminó convirtiéndose en un romance que la opinión pública castigó durante años. Una historia que las revistas convirtieron en uno de los primeros grandes escándalos sentimentales de la historia moderna del entretenimiento. Eddie Fisher dejó a David Reynolds, dejó a sus dos hijos pequeños y se casó con Elizabeth Taylor el 12 de mayo del año 1959, apenas 14 meses después de la muerte de Michael Todd.
La reacción del público fue brutal. Elizabeth, que hasta entonces había sido la viuda trágica que el mundo lloraba, pasó de la noche a la mañana a ser presentada como la mujer que había roto el matrimonio perfecto, la villana que había seducido al esposo de la pobre Deby Reynolds. Las cartas de odio llegaban por sacos a las oficinas de la MM.
Los pastores hablaban contra ella desde los púlpitos. Las revistas la pintaban como una destructora de hogares. Elizabeth, que en su intimidad seguía devastada por la muerte de Michael Todd, sufrió aquel rechazo público en silencio, pero también en cuerpo. Sus dolores físicos se intensificaron, sus problemas respiratorios empeoraron y comenzó una relación cada vez más estrecha con los analgésicos que sus médicos le recetaban, casi sin restricciones.
Pero el matrimonio con Eddie Fiser fue, según los testimonios posteriores de la propia Elizabeth, un intento desesperado de aferrarse a algo que le recordara a Michael Todd. Eddie no era Michael. jamás podría hacerlo y ella lo supo casi desde el primer día. Pero las circunstancias, el dolor, la presión mediática y la culpa la mantuvieron atada a aquel hombre durante un tiempo.
En el año 1960, en pleno [carraspeo] escándalo aún, Elizabeth aceptó protagonizar la película que cambiaría su vida una vez más, una superproducción legendaria que estuvo a punto de matarla literalmente. Cleopatra. La productora 20th Century Fox le ofreció una cifra histórica para la época, millón de dólares, convirtiéndola en la primera actriz en cobrar esa cantidad por una sola película. Aceptó.
voló a Londres para iniciar el rodaje y allí, durante el primer tramo de filmación, a comienzos del año 1961, ocurrió otro episodio que la marcaría profundamente. Elizabeth contrajo una neumonía severa durante aquel rodaje en Londres, una neumonía que rápidamente se complicó en una infección pulmonar grave. Su estado se deterioró tanto que, según los reportes médicos posteriores y las propias declaraciones de los doctores que la atendieron, los médicos del hospital en el que estaba internada en Londres tuvieron que practicarle una
traqueotomía de emergencia para evitar que muriera asfixiada. Hay biografías que afirman que durante esa crisis, Elizabeth fue declarada clínicamente muerta por unos breves instantes antes de ser revivida. Episodio que la propia actriz mencionó en entrevistas posteriores, asegurando haber tenido lo que ella describía como una experiencia espiritual inolvidable durante aquella noche en el hospital.
La cicatriz de aquella traqueotomía la acompañaría visible en su cuello durante el resto de su vida. Una marca que ella nunca quiso ocultar del todo, como un recordatorio permanente de que había estado a un paso de la muerte. Y aquella cercanía con la muerte, lejos de calmarla, despertó en ella una intensidad emocional que pronto se descargaría en el rodaje más explosivo de su carrera.
La producción de Cleopatra se trasladó después a Roma y allí Elizabeth conoció al hombre que se convertiría en la obsesión amorosa de toda su vida, el actor galés Richard Burton, con quien se casaría dos veces, con quien protagonizaría escándalos internacionales y con quien viviría la pasión más volcánica que Hollywood haya documentado jamás.
Borton estaba casado con Civil Williams, una mujer galesa con quien tenía dos hijas. Elizabeth seguía casada con Eddie Fisher y los dos eran las dos figuras más fotografiadas de aquel rodaje gigantesco, costoso, caótico, que estuvo a punto de hundir económicamente a la 20th Century Fox. Y entre toma y toma, entre escena y escena, entre los descansos en aquellos calurosos días romanos del año 1962, surgió entre Elizabeth Taylor y Richard Burton un fuego que ninguno de los dos pudo ni quiso apagar. Las imágenes de
los paparazzi italianos, fotografías robadas de los dos en yates privados, en restaurantes apartados, en playas, en hoteles, recorrieron el planeta en cuestión de semanas. El Vaticano publicó comunicados condenando el escándalo. Los esposos legítimos exigieron explicaciones. Los productores intentaron contener la crisis, pero nada detuvo aquel romance.
La prensa inventó el término escandal para referirse a aquel romance. Y mientras Elizabeth y Richard se hundían el uno en el otro, fuera del rodaje, sus respectivos matrimonios se desmoronaban en directo. Eddie Fisher, humillado públicamente, sufría una crisis nerviosa documentada. Civil Williams, abandonada con sus hijas, regresó a su tierra galesa con una dignidad que le valió la simpatía de medio mundo.
Elizabeth y Richard se divorciaron de sus respectivas parejas y se casaron por primera vez el 15 de marzo del año 1964 en Montreal, Canadá, en una ceremonia íntima. Lo que vino después fue, según muchos críticos y observadores, una de las relaciones más intensas, hermosas, destructivas y a la vez creativamente fértiles de la historia del cine.
Hicieron juntos una serie de películas memorables como ¿Quién le teme a Virginia Wolf, la fierecilla domada, Cleopatra y otras? Y se convirtieron en la pareja más famosa del planeta. Pero detrás de los focos había alcohol, mucho alcohol. Había peleas verbales feroces. Había celos.
Había días de no hablarse y noches de reconciliarse con joyas espectaculares que Richard le regalaba para pedir perdón. Cada diamante que el mundo veía en el cuello de Elizabeth Taylor era en realidad una disculpa cifrada por algo que había ocurrido la noche anterior. Puertas adentro. Richard Barton, según testimonios de quienes lo conocieron y según sus propios diarios publicados postumamente, era un alcohólico crónico que había arrastrado esa dependencia desde joven.
Elizabeth, por su parte, mezclaba alcohol con los analgésicos que tomaba para sus dolores crónicos de espalda y para sus múltiples problemas de salud. La combinación era explosiva. Hubo fiestas, viajes, yates privados, hoteles enteros reservados solo para ellos, escándalos en aeropuertos, peleas grabadas por la prensa.
Pero también hubo amor y nadie que estudie esa relación con honestidad puede negarlo. Richard escribió sobre Elizabeth en sus diarios con una ternura desgarradora. La llamó la mujer más extraordinaria del planeta. su ocean, su océano, su musa. Y ella hasta el último día de su vida, lo nombró siempre como el verdadero amor de su existencia junto a Michael Todd.
El primer matrimonio con Richard Burton terminó en divorcio en el año 1974, después de 10 años de altibajos brutales. Pero el divorcio duró poco. En el año 1975 volvieron a casarse en una ceremonia íntima realizada en África, en la actual Botswana, junto a un río, intentando recuperar lo que aún brillaba entre ellos.
Y aquel segundo intento duró apenas 9 meses. Volvieron a divorciarse, esta vez de manera definitiva, en el año 1976, pero jamás dejaron de comunicarse. Hasta el último día, Richard llamaba a Elizabeth, le escribía, le enviaba mensajes y ella respondía. Lo que tenían no terminó con el divorcio, no terminó ni siquiera con la muerte, porque cuando Richard Burton falleció el 5 de agosto del año 1984, una parte de Elizabeth, según sus propias palabras públicas, murió con él aquel día.
La muerte de Richard Burton ocurrió en circunstancias que también dejaron preguntas. Estaba en Suiza, en su casa, cuando sufrió una hemorragia cerebral. Su cuerpo, golpeado por décadas de alcohol y excesos, no resistió. Tenía 58 años. Elizabeth supo de la muerte por una llamada que la sacudió hasta los huesos. quería ir al funeral, quería despedirse, pero la nueva esposa de Richard le pidió expresamente que no asistiera para evitar revuelo mediático.
Elizabeth respetó aquella petición durante el funeral oficial, pero pocos días después, cuando ya nadie miraba, viajó sola a Suiza, fue al cementerio, se sentó junto a la tumba durante horas en silencio. Hay fotografías borrosas de aquel momento capturadas a distancia por algún paparazzi que muestran a una mujer destrozada, vestida de oscuro, hablando sola con la tierra, recién removida.
Pero antes de aquella muerte, antes de aquel duelo, la vida de Elizabeth había seguido su curso vertiginoso. Después del segundo divorcio de Richard Burton en el año 1976, se casó por sexta vez, ahora con un político estadounidense llamado John Warner, futuro senador por el estado de Virginia.
El matrimonio se celebró el 4 de diciembre del año 1976. Elizabeth, intentando huir del fantasma de Richard, intentó adaptarse al rol de esposa de político conservador, vivir en Virginia, asistir a cenas oficiales, apoyar campañas electorales, pero esa vida la asficció. Acostumbrada al ritmo frenético de Hollywood, encerrada en una casa de campo durante semanas, mientras su esposo viajaba por motivos políticos, Elizabeth comenzó a sufrir una de las etapas más oscuras y silenciosas de su vida.
Subió de peso de manera notable, lo que la prensa amarillista celebró con titulares crueles. Cayó en una depresión profunda y, sobre todo, su consumo de alcohol y de medicamentos llegó a un punto que ya no podía ocultarse. [carraspeo] Hay un capítulo de su vida que muchos prefieren olvidar, pero que ella misma reconoció en entrevistas y libros posteriores.
Durante los años de su matrimonio con John Warner, Elizabeth Taylor estuvo más cerca de la muerte por su propia adicción que por cualquier accidente o enfermedad anterior. Mezclaba calmantes, somníferos, alcohol, antidepresivos en cantidades que, según sus médicos, debían haberla matado. Hubo episodios de internamiento, hubo intervenciones de familiares preocupados, hubo días enteros que ella misma confesó después que no recordaba.
El divorcio con John Warner se firmó en el año 1982 y ese fue el momento en que Elizabeth, con 50 años miró su propia vida y decidió que necesitaba ayuda real o no llegaría viva a los 60. En diciembre del año 1983, Elizabeth Taylor hizo algo que marcó un antes y un después en la cultura pública de las celebridades respecto a las adicciones.
Ingresó voluntariamente en el centro Betty Ford en California, una clínica de rehabilitación recién creada por la antigua primera dama Betty, también ella superviviente de adicciones, y lo hizo a la luz pública sin ocultarlo, hablando abiertamente con la prensa, asumiendo su problema con una honestidad que en aquellos años era prácticamente revolucionaria.
Hollywood hasta entonces ocultaba las adicciones de sus estrellas como secretos vergonzosos. Elizabeth, con su ingreso voluntario, abrió una puerta que muchas otras estrellas atravesarían después. Ese gesto, aunque fuera doloroso, fue uno de los más valientes de su vida pública. Pero la rehabilitación fue un proceso largo y con recaídas.
Hay testimonios que sugieren que Elizabeth volvió a consumir en varias ocasiones durante los años 80, especialmente en los momentos más difíciles. Una de las recaídas más documentadas habría ocurrido tras la muerte de Richard Burton en 1984, cuando aquel duelo descomunal la empujó nuevamente hacia los analgésicos. Volvió a internarse en la Betty Ford en el año 1988, esta vez con un tratamiento más intensivo.
Y allí, en aquella segunda estancia, ocurrió uno de los giros más sorprendentes de su vida. Algo que pocos fans pueden contar con precisión, algo que cambiaría el último tramo de su existencia. Allí conoció a un hombre llamado Larry Fortenski, un trabajador de la construcción de 40 años, divorciado, sin nada que ver con el mundo del espectáculo, que estaba internado por problemas similares de adicción.
Larry era un hombre sencillo, callado, de manos grandes, con una historia de vida muy distinta a la de cualquier otro hombre que Elizabeth hubiera conocido. Y entre los dos surgió algo, una complicidad de sobrevivientes, una conexión que ninguno de los dos buscó. Salieron juntos del centro de rehabilitación, comenzaron una relación discreta y, para sorpresa del mundo entero, se casaron el 6 de octubre del año 1991 en una ceremonia espectacular celebrada en el rancho Neverland del cantante Michael Jackson, uno de los amigos más
cercanos de Elizabeth durante aquellos años. Aquella boda con Larry Fortenski, su séptimo y último matrimonio en términos de hombres distintos, fue uno de los eventos más extraños de la cultura popular de los años 90. Michael Jackson como anfitrión, helicópteros sobrevolando la propiedad, paparazis camuflados entre los árboles intentando obtener fotografías exclusivas, invitados como Lisa Minelli, Nancy Reagan y una novia de 59 años que llegaba al altar con un trabajador de la construcción 20 años menor. La prensa se
burló. Los analistas predijeron que aquel matrimonio no duraría y aunque sí terminó en divorcio en el año 1996. Lo cierto es que mientras duró, según los testimonios de quienes los conocieron, Elizabeth fue por primera vez en mucho tiempo una mujer relativamente tranquila. Larry no buscaba fama, no buscaba dinero, no buscaba escándalo y eso en la vida de Elizabeth Taylor era algo prácticamente imposible de encontrar.
El divorcio con Larry, sin embargo, también dejó heridas. Pero antes de hablar de ese final, hay que detenerse en otro pilar fundamental de la última etapa de la vida de Elizabeth Taylor. Un pilar que para muchos fue la causa más noble que abrazó jamás y la que la redimió de cualquier capricho mediático que se le hubiera atribuido en el pasado.
Su lucha pública por las personas concida en plena epidemia en una época en que la enfermedad era un estigma global. Todo comenzó con Rock Hudson, su gran amigo, su compañero de gigante, aquel actor apuesto con quien había rodado escenas memorables y a quien había considerado como un hermano durante décadas. Rock Hudson era homosexual en una época en que ningún actor de su categoría podía permitirse serlo abiertamente.
Hollywood cubrió su orientación durante toda su carrera con matrimonios falsos. y romances inventados por las publicistas del estudio. Pero en julio del año 1985, Rock Hudson, gravemente enfermo, demacrado irreconocible, hizo pública su condición. tenía sida y aquella noticia recorrió el mundo como un terremoto.
Era el primer rostro famoso mundialmente conocido en reconocer públicamente que padecía aquella enfermedad que entonces era considerada por muchos como una sentencia de muerte segura y peor aún como una vergüenza social. Mientras gran parte de Hollywood se alejó de Rock por miedo, por desconocimiento, por homofobia, Elizabeth Taylor hizo exactamente lo contrario.
Lo abrazó públicamente, lo defendió, lo acompañó hasta sus últimos días. Cuando Rock murió el 2 de octubre del año 1985, Elizabeth tomó una decisión que cambiaría completamente la última parte de su vida. se convertiría en una de las activistas más visibles del mundo en la lucha contra el sida y lo hizo en una época en que ningún actor o actriz de su talla quería siquiera mencionar la enfermedad por miedo a perder contratos.
Elizabeth lo arriesgó todo, su fama, su prestigio, su tiempo, su dinero. Cofundó organizaciones, recaudó fondos, se reunió con presidentes, dio discursos en el Senado de Estados Unidos, presionó al gobierno estadounidense para que destinara recursos a la investigación. Mientras los políticos guardaban silencio porque hablar de sida era impopular, Elizabeth Taylor levantaba la voz hasta dejarse la garganta.
En el año 1991 fundó su propia organización, la Elizabeth Taylor Aids Foundation, conocida por sus iniciales como Etaf, una organización que destinaría recursos a comunidades vulnerables en distintas partes del mundo. Y junto al Dr. Matilde Crem, había sido cofundadora previamente en el año 1985 de la American Foundation.
For AIDS Research, conocida como Anfar, otra de las grandes plataformas internacionales contra la enfermedad. Hay testimonios de personas anónimas, gente común sin fama, que recibieron llamadas personales de Elizabeth Taylor cuando estaban en sus últimos días en hospitales. Gente a la que ella visitaba en silencio, sin cámaras, sin prensa, sentándose junto a sus camas a tomarles la mano cuando nadie más se atrevía.
Esas historias recogidas en biografías serias y en entrevistas con activistas posteriores son quizá la parte más hermosa y menos contada de su vida. ¿Sabías que Elizabeth Taylor llegó a presionar directamente al presidente Ronald Reagan, viejo conocido suyo de los tiempos de Hollywood, para que pronunciara públicamente la palabra sida en algún discurso, algo que el gobierno estadounidense había evitado durante años por considerarlo políticamente sensible.
Hay relatos de quienes la acompañaron en aquellos años que cuentan que Elizabeth no se rendía, que llamaba una y otra vez, que enviaba cartas, que aparecía sin avisar en oficinas de altos funcionarios para presionar y cuando recibió críticas por meterse en política sin ser política, su respuesta fue siempre la misma.
Según múltiples entrevistas publicadas, alguien tenía que hacerlo y a ella le sobraba voz. Esa Elizabeth Taylor, la activista feroz que peleaba por causas que no le tocaban directamente a ella, es la versión que muchos de sus fans leales prefieren recordar por encima de cualquier diamante o cualquier matrimonio. Mientras tanto, la salud de Elizabeth seguía siendo un campo de batalla constante.
Durante los años 90 y los primeros años 2000, las cirugías se acumulaban una tras otra. operaciones de cadera, operaciones cerebrales para extirpar un tumor benigno descubierto en el año 1997. Intervenciones cardíacas, problemas respiratorios crónicos, infecciones recurrentes. Su cuerpo, golpeado desde la infancia estaba cobrándole factura por todas las décadas de exigencias, golpes, medicamentos y excesos.
Pero ella seguía apareciendo, seguía dando entrevistas, seguía recaudando fondos, seguía siendo Elizabeth Taylor, incluso cuando caminaba con bastón, incluso cuando aparecía en silla de ruedas, incluso cuando los médicos le decían que descansara. Su amistad con Michael Jackson, que se hizo mundialmente famosa durante los años 80 y 90, fue otro capítulo curioso y profundamente humano de su vida.
Cuando Michael fue acusado en distintos procesos legales relacionados con menores, Elizabeth lo defendió públicamente en momentos en que casi todo el mundo se había alejado de él. Lo creía inocente, lo decía abiertamente, lo visitaba en su rancho, lo acompañaba en sus juicios. La relación entre ambos era extraña a ojos del público, pero quienes los conocieron de cerca aseguraban que se trataba de una conexión sincera entre dos figuras que habían vivido la fama desde la infancia, dos sobrevivientes del estrellato precoz que se entendían
sin necesidad de muchas palabras. Cuando Michael Jackson falleció en junio del año 2009, Elizabeth Taylor, ya muy enferma, no asistió al funeral en persona porque su estado físico no se lo permitió, pero envió un mensaje público desgarrador en el que afirmó haber perdido a uno de sus mejores amigos. Y aquí ya estamos llegando a los últimos años de su vida.
Los años en los que aquella mujer, que había vencido tantas veces a la muerte, comenzó por fin a aceptar que el cuerpo tenía un límite. En el año 2004 le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca congestiva, una enfermedad progresiva que poco a poco va debilitando el corazón hasta que este ya no puede bombear con la fuerza necesaria.
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Elizabeth comenzó a aparecer en público con menos frecuencia. Su belleza juvenil se había transformado. Su rostro mostraba las cicatrices del tiempo y de las cirugías, pero sus ojos violetas seguían intactos, seguían igual de luminosos que cuando era una niña que cabalgaba en aquella película legendaria. Pero lo más impactante de los últimos años de Elizabeth Taylor no fue su deterioro físico, sino la lucidez con la que ella misma fue narrando su propio casi en tiempo real a través de las redes sociales que había abrazado con
curiosidad sorprendente para una mujer de su generación. En los últimos años de su vida, Elizabeth se hizo activa en la red social Twitter, donde compartía pensamientos, reflexiones, fotografías antiguas, mensajes de apoyo a causas en las que creía. Era una de las pocas estrellas del Hollywood clásico que se había adaptado al lenguaje digital y a través de sus mensajes escritos con la naturalidad de una conversación íntima, se podía ver a una mujer que había hecho las paces con buena parte de su pasado, que reía de sí misma, que recordaba a
sus maridos con humor y con cariño, que hablaba con orgullo de sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. Porque sí, hablemos de los hijos. Elizabeth tuvo cuatro hijos a lo largo de su vida. Michael Howard Wilding y Christopher Edward Wilding, nacidos durante su matrimonio con Michael Wilding. Lisa Tod, nacida durante su matrimonio con Michael Todd.
Y María Burton, una niña adoptada en Alemania durante su primer matrimonio con Richard Burton. una niña que había nacido con un grave problema en la cadera y a quien Elizabeth y Richard llevaron a través de múltiples cirugías hasta lograr que pudiera caminar normalmente. Sus cuatro hijos, junto a una larga descendencia de nietos y bisnietos, fueron en los últimos años de su vida el verdadero refugio emocional de Elizabeth, el lugar donde podía ser madre, abuela, mujer común, lejos de los flashes y de los premios.
Pero como ya hemos visto a lo largo de esta historia, en la vida de Elizabeth Taylor, casi nada terminaba siendo simple. Hubo periodos de distanciamiento con algunos de sus hijos, hubo reconciliaciones, hubo tensiones que las biografías mencionan con discreción, pero que existieron. Su hijo Michael Howard, por ejemplo, se distanció del estilo de vida hollywoodense desde muy joven y vivió durante años en una comunidad alternativa en el extranjero.
Su hija Lisa Tod se dedicó a la escultura alejándose de los reflectores. Christopher Edward también prefirió un perfil bajo y María Borton creció con sus propios desafíos marcados por aquella cadera complicada y por el divorcio de sus padres adoptivos. Pero pese a todas las tormentas, todos sus hijos estuvieron junto a ella en los momentos finales.
Todos rodearon su cama cuando ya quedaba poco tiempo. Y eso para una mujer que había perdido tanto, era quizás la mayor victoria silenciosa de su vida. A finales del año 2010, a comienzos del año 2011, la salud de Elizabeth empeoró rápidamente. Su corazón, ya muy debilitado, comenzó a fallar de forma más evidente. Fue ingresada en el hospital Sinai de Los Ángeles en febrero del año 2011, oficialmente para tratar síntomas relacionados con su insuficiencia cardíaca.
Los reportes médicos hablaban de un cuadro complicado pero estable. La prensa, sin embargo, comenzaba a especular sobre la gravedad real de su situación, alimentada por el silencio de la familia y por las pocas apariciones públicas de la actriz en los meses anteriores. Hubo días en que Elizabeth parecía mejorar, días en que se incorporaba en la cama, hablaba con sus hijos, pedía ver fotografías de sus nietos, pero el corazón seguía debilitándose.
¿Y qué crees que pidió Elizabeth Taylor durante aquellas últimas semanas en el hospital cuando ya intuía, según sus enfermeras y allegados, que el final no estaba lejos? Hay testimonios que aseguran que pidió verías de Michael Tod, aquel marido perdido en el accidente de avión. El amor que ninguna otra unión logró reemplazar.
Hay relatos que afirman que pidió escuchar grabaciones de la voz de Richard Burton, aquellas grabaciones de poesía galesa que él le había hecho décadas atrás. Y hay quienes afirman, aunque sin confirmación oficial, que pidió la presencia de un sacerdote en sus últimos días para confesarse, ya que en sus últimos años había abrazado el judaísmo tras una conversión que había realizado en el año 1959, justamente influida por su matrimonio con Mike Todd, que era judío.
La verdad concreta de aquellos rituales finales solo la conocen los presentes en aquella habitación. El 23 de marzo del año 2011 a las 2:45 de la madrugada, hora local de Los Ángeles, Elizabeth Rosemont Taylor falleció en aquel hospital. Tenía 79 años. La causa oficial registrada fue insuficiencia cardíaca congestiva, una enfermedad que la había acompañado durante años y que finalmente terminó por vencerla.
A su lado estaban sus cuatro hijos. La habitación, según los pocos testimonios públicos que existen, estaba en silencio. No hubo cámaras, no hubo flashes, no hubo prensa. Después de toda una vida de portadas, de luces, de focos, Elizabeth Taylor murió en la oscuridad y la calma absoluta, como ella misma había deseado en sus últimas conversaciones íntimas.
Y aquí llegamos a uno de los detalles más curiosos y más simbólicos de toda su vida. Un detalle que pocos conocen, pero que retrata a la perfección quién era realmente Elizabeth Taylor. Antes de morir había dejado instrucciones precisas para su funeral. Según fuentes cercanas a la familia citadas en distintos medios tras su muerte, había pedido específicamente que su entierro comenzara con 15 minutos de retraso.
Y cuando le preguntaron por qué quería un detalle tan extraño, ella habría respondido con ese humor mordaz y elegante que la caracterizaba, que llegaría tarde a su propio funeral, porque siempre había llegado tarde a todo en su vida y no quería romper la costumbre justo en aquel momento. Y así fue. Su funeral celebrado el día 24 de marzo del año 2011 en el cementerio Forest Lawn de Glendale en California, comenzó efectivamente con 15 minutos de retraso, según relatan.
Fue enterrada en una ceremonia íntima con presencia exclusiva de familiares y amigos cercanos. Su tumba está situada en el mausoleo Great Mausoleum de aquel cementerio, muy cerca de las tumbas de otras grandes estrellas del Hollywood clásico. El epitafio que ella misma había elegido para su lápida es una frase sencilla, profunda, que sintetiza la mujer que había sido.
La frase recuerda que vivió, amó y luchó hasta el último día. Y de alguna forma esa frase lo dice todo. Porque si algo no se le puede negar a Elizabeth Taylor es que jamás dejó de luchar, jamás dejó de amar y jamás dejó de vivir, ni siquiera cuando el cuerpo le pedía rendirse. Pero su muerte abrió también otros capítulos curiosos. Su testamento, hecho público parcialmente tras su fallecimiento, reveló una fortuna estimada en cientos de millones de dólares.
Fortuna que ella había construido no solo a través del cine, sino sobre todo a través de su línea de perfumes, especialmente el icónico White Diamonds, lanzado en el año 1991 y que se convirtió en una de las fragancias más vendidas de la historia. Una parte significativa de su fortuna fue destinada a su fundación contra el sida, asegurando que su lucha continuara después de ella.
Sus joyas. Una colección legendaria que incluía piezas históricas como el diamante croupon le había regalado. Fueron subastadas en la prestigiosa casa Christis en diciembre del año 2011 en una subasta que rompió récords mundiales de ventas de joyas, recaudando una cifra que superó los 150 millones de dólares, también con destino parcial a obras benéficas.
Pero hay todavía algunos secretos que rodean los últimos años de Elizabeth Taylor, que aunque no han sido confirmados de manera oficial, han sido comentados por distintas fuentes y biógrafos con suficiente consistencia como para mencionarlos con prudencia. Hay relatos que sugieren que en sus últimos años Elizabeth había escrito o dictado memorias muy personales, memorias que incluían detalles íntimos sobre sus matrimonios, sobre los abusos del sistema de estudios cuando era niña, sobre figuras de Hollywood que aún seguían vivas en el momento en que ella
estaba escribiendo. Esas supuestas memorias, según diversos rumores, habrían sido guardadas bajo llave. por instrucciones de la familia, con el acuerdo de no publicarlas hasta que ciertas personas mencionadas en ellas también hubieran fallecido. Si esas memorias existen realmente y si algún día son publicadas, lo que el mundo conozca de Elizabeth Taylor podría cambiar nuevamente.
¿Te imaginas qué historias sobre Hollywood deben dormir en esos cuadernos privados si es que existen? ¿Qué nombres? ¿Qué episodios, qué traiciones, qué romances secretos pudo haber documentado una mujer que conoció prácticamente a todas las grandes figuras del cine durante más de seis décadas. Las biografías más recientes han ido sacando a la luz amistades secretas de Elizabeth Taylor con figuras tan diversas como James Dean, Marilyn Monbro, Frank Sinatra, John Fitzgerald Kennedy e incluso la princesa Diana de Gales. Hay testimonios cruzados que
sugieren conversaciones íntimas, momentos compartidos lejos de las cámaras, complicidades que jamás llegaron a la prensa. Elizabeth, según las personas cercanas, era una mujer extraordinariamente leal con sus amistades. Guardaba secretos como tesoros y se llevó muchos a la tumba. Existe también una pregunta que ha rondado a los estudiosos de su vida durante años.
Una pregunta dolorosa que conviene plantear con respeto. ¿Cuántas pérdidas reales sufrió Elizabeth Taylor en términos de embarazos perdidos? a lo largo de su vida. Hay biografías que mencionan al menos cinco abortos espontáneos confirmados, episodios devastadores que ocurrieron en distintos momentos de sus matrimonios y que dejaron heridas emocionales que Elizabeth raramente comentó en público.
La actriz, mujer profundamente maternal, según todos quienes la conocieron, cargó esos lutos privados durante toda su vida. Cada vez que el público veía a Elizabeth Taylor sonreír en una alfombra roja, esa sonrisa estaba construida sobre cementerios privados que pocos imaginaban. Y mientras pienso en todo esto, en esta vida tan llena, tan dolida, tan intensa, también pienso en lo que Elizabeth Taylor representa hoy, más de una década después de su muerte, porque hay artistas que mueren y se borran en pocos años. Y hay artistas que
mueren y se hacen leyendas eternas. Elizabeth pertenece sin duda, al segundo grupo. Cada generación nueva que descubre películas como ¿Quién le teme a Virginia Wolf? La gata sobre el tejado de Zinc caliente, un lugar en el sol, Cleopatra o gigante, queda atrapada por aquella presencia magnética, por aquella mirada violeta, por aquella mezcla de fragilidad y fuerza que solo ella pareció tener en el cine clásico.
Sus dos premios Óscar a mejor actriz, ganados por una mujer marcada en el año 1960 y por quién le teme a Virginia Wolf. En el año 1966 son apenas dos pequeños trofeos comparados con la huella cultural enorme que dejó. Hablando de aquellos premios, hay una historia poco comentada sobre el primer Óscar que ganó. Cuando recibió el premio por una mujer marcada, Elizabeth había acabado de salir de aquella crisis pulmonar terrible en Londres, aquella neumonía que estuvo a punto de matarla durante el rodaje de Cleopatra.
Muchos en Hollywood comentaron en privado que aquel premio había sido en parte un voto de simpatía hacia una actriz que había estado al borde de la muerte. Esa lectura cínica, sin embargo, no resta valor a su interpretación, considerada por muchos críticos como una de las más complejas de su carrera. Pero ella supo siempre interpretar Hollywood con una mezcla de gratitud y de distancia crítica, sabiendo que la industria que la había encumbrado era la misma que estaba dispuesta a tirarla a la basura el día que dejara de ser
comercial. Hay otra anécdota poco contada que ilustra esa relación compleja con la fama. En sus últimos años, Elizabeth había rechazado múltiples ofertas para escribir una autobiografía oficial completa, definitiva. Editoriales internacionales le ofrecieron cifras millonarias por publicar su historia bajo su propia firma.
Ella rechazó todas, según fuentes citadas en distintos perfiles publicados después de su muerte. Su explicación, según esos relatos, era que su vida ya había sido tan revisada, tan inventada por los demás, que escribir su propia versión equivaldría a quedarse atrapada en aquellos episodios para siempre.
Prefería usar su tiempo y energía en su fundación contra el sida y en estar con sus nietos. Esa decisión dejó al mundo con una versión incompleta de su historia, una versión que biógrafos, periodistas y documentalistas todavía hoy intentan completar pieza por pieza. ¿Y qué pensaba realmente Elizabeth sobre su lugar en la historia [carraspeo] del cine? Sobre el significado de haber sido una de las últimas grandes estrellas del sistema clásico de Hollywood.
Hay una entrevista poco conocida concedida a finales de los años 90 en la que Elizabeth habría dicho que ella nunca se sintió una estrella en el sentido tradicional, sino más bien una sobreviviente de una maquinaria que masticó a muchas otras mujeres en aquellos años y se preguntó en voz alta y para la cámara por qué ella había logrado sobrevivir cuando tantas otras no lo habían han conseguido.
No supo responder esa pregunta entonces y quizás nunca la respondió del todo. Si tuvieras que elegir después de escuchar todo esto una sola imagen para recordar a Elizabeth Taylor, ¿cuál elegirías tú? La niña de 12 años cabalgando victoriosa en fuego de juventud, la mujer joven y deslumbrante de un lugar en el sol.
La esposa apasionada y atormentada junto a Richard Burton. La activista incansable luchando contra el sida, la madre rodeada por sus hijos en aquella habitación silenciosa del hospital Ceders Sinai. Hay tantas, Elizabeth Taylor, que cada espectador puede construir la suya propia. Y quizás eso es lo que la convirtió en leyenda.
No fue una sola cosa, fue todas ellas al mismo tiempo, durante 79 años intensos, ruidosos y profundamente humanos. Hubo también, en sus últimos años gestos pequeños pero conmovedores que sus enfermeras y amigos cercanos relatarían tras su muerte. la costumbre de pedir que le pintaran las uñas en tonos lavanda, en honor al color que ella consideraba propio por aquellos ojos célebres.
La rutina de pedir que le pusieran cerca fotografías pequeñas de las personas que había amado, incluidas fotos de Michael Todd, de Richard Burton y sobre todo de sus hijos cuando eran pequeños. Eran detalles minúsculos, pero detalles que dibujan a una mujer que sabía perfectamente que estaba despidiéndose y que quería hacerlo rodeada de los símbolos que más significado tenían para ella.
Y hay un último misterio comentado en los círculos cercanos a la actriz que conviene mencionar antes de cerrar este expediente. Hay biografías recientes que sugieren que en los últimos años de su vida, Elizabeth mantuvo correspondencia íntima, profundamente emocional con una persona cuya identidad la familia ha protegido con fiereza hasta hoy.
Estas cartas habrían quedado guardadas junto al resto de los documentos privados que ella dejó cerrados para futuras generaciones. Si ese misterio se llega a revelar algún día, completará uno de los últimos huecos importantes en el retrato de la mujer detrás de la leyenda. Y tú, después de haber escuchado todo este recorrido, ¿cómo recuerdas a Elizabeth Taylor? como la niña forzada por una maquinaria implacable, como la novia eterna que se casó ocho veces buscando algo que el destino seguía arrebatándole.
Como la mujer que peleó contra adicciones crónicas y dolores físicos durante toda su vida, como la activista valiente que arriesgó su carrera por defender a personas estigmatizadas como la madre, la abuela, la bisabuela, que terminó sus días rodeada de los suyos. Me gustaría leer tu opinión porque creo que cada espectador construye su propia Elizabeth y todas esas Elizabeth juntas forman el verdadero retrato de la mujer que vivió bajo aquellos ojos violetas.
Lo que sí queda claro después de revisar todos los testimonios, todas las biografías, todos los archivos, es que Elizabeth Taylor no fue lo que Hollywood quiso que fuera. Fue sobre todo una mujer que no encajó del todo en ningún molde, que se negó a ser solo bella, que se negó a ser solo actriz, que se negó a ser solo víctima, que se negó a ser solo sobreviviente.
Fue todo eso y más y lo fue intensamente, sin pedir permiso, sin pedir disculpas, sin pedir compasión. Y aunque Hollywood ocultó muchas cosas sobre su vida privada durante décadas, lo que hoy se sabe, lo que las biografías recientes han documentado, lo que sus seres queridos han contado en pequeñas dosis, dibuja a una mujer extraordinariamente compleja, profundamente herida, ferozmente vital.
Una mujer que hasta su último latido defendió causas, abrazó a los suyos y miró al mundo con aquellos ojos violetas que siguen brillando incluso hoy en cada fotografía, en cada película, en cada documental que intenta reconstruir su huella. Si esta historia de Elizabeth Taylor te ha removido por dentro, si te has sentido atrapado por la verdad detrás del glamur, si quieres descubrir otros expedientes prohibidos del Hollywood clásico que el sistema de estudios sepultó durante décadas, no puedes perderte el próximo video de este canal,
donde abriremos el caso oscuro de Marilyn Monroy, esa otra leyenda inmortal cuya muerte sigue plagada de preguntas sin respuesta y cuyos últimos días esconden secretos que muy pocos se atreven a contar completos.