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Elizabeth Taylor: La Traición y Manipulación que Hollywood Nunca Admitió

Elizabeth Rosemont Taylor nació un de febrero del año 1932 en un barrio elegante del noroeste de Londres en Inglaterra, en una casa que olía a galerías de arte y a perfume caro. Sus padres, Francis Len Taylor y Sarah Southern, eran ciudadanos estadounidenses que vivían en Inglaterra por motivos del negocio familiar.

una galería de arte que vendía obras a coleccionistas adinerados de Europa y de Estados Unidos. Su madre, Sara, había sido actriz de teatro antes de casarse. Una mujer ambiciosa que había soñado con ser estrella y que al ver a su hija pequeña con aquellos ojos increíbles enmarcados por una doble fila natural de pestañas, pareció decidir casi desde el primer momento que la niña sería el vehículo para cumplir los sueños que ella misma no pudo realizar.

Y aquí ya empieza a aparecer la primera grieta en el cuento dorado, porque Elizabeth nunca eligió ser actriz. Nadie le preguntó si quería estar frente a una cámara cuando todavía no sabía leer del todo. Nadie le pidió permiso cuando empezaron a maquillarla con apenas 9 años. Nadie le dejó vivir lo que cualquier niña vive a esa edad.

La familia Taylor se trasladó a Estados Unidos en el año 1939, justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, escapando de los bombardeos que pronto castigarían a Londres. Se instalaron en California, en Los Ángeles, y Sara Southern, esa madre que ya tenía un plan trazado, comenzó a moverse con una determinación silenciosa para que su hija fuera vista por las personas correctas.

en el momento correcto. Tenía 10 años cuando hizo su primera película, Una producción modesta de la productora universal, titulada en inglés There’s one born every minute. En español, algo así como nice uno cada minuto. Pero el verdadero punto de quiebre, el momento en que aquella niña dejó de ser una niña y se convirtió en producto del sistema, llegó cuando firmó contrato con la productora Metro Goldwin Mayor, conocida por sus iniciales como MM en el año 1943.

tenía 11 años, 11 años apenas, y ya estaba atada a un contrato de 7 años con uno de los estudios más poderosos del mundo. un contrato que la obligaba a trabajar cuando le decían, a comer lo que le decían, a hablar como le decían y a pesar exactamente lo que el estudio considerara aceptable para los roles que tenían pensados para ella, la película que la convirtió en estrella fue National Velvet, conocida en español como fuego de juventud, estrenada en el año 1944.

Elizabeth tenía 12 años. interpretaba a una niña que entrenaba a un caballo para ganar una carrera y su interpretación fue tan natural, tan luminosa, que de la noche a la mañana se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del cine estadounidense. Pero detrás de esa interpretación luminosa había un secreto que el estudio jamás contó al público.

Durante el rodaje, en una de las escenas con el caballo, Elizabeth sufrió una caída que le lesionó gravemente la espalda. Esa lesión, que el estudio, según múltiples biografías, decidió minimizar para no retrasar la producción se considera el origen de los dolores crónicos que la acompañarían durante el resto de su vida.

Más de 100 cirugías sufriría Elizabeth Taylor a lo largo de las décadas siguientes, según ella misma confesó en entrevistas posteriores, y casi todas tendrían como punto de partida aquella espalda lesionada cuando todavía era una niña. Por lo tanto, lo que el público veía como un milagro infantil del cine era en realidad el primer capítulo de un calvario médico silencioso que duraría toda su existencia.

Mientras los espectadores se enamoraban de aquella niña preciosa que cabalgaba con valentía, esa misma niña regresaba a casa por las noches con la espalda rígida, con dolores que no podía explicar del todo, dependiendo de pastillas que en aquellos años se recetaban con una facilidad escalofriante. Hay testimonios recogidos por biógrafos como William Man y Kate Anderson Brower, que sugieren que en los estudios de Hollywood durante los años 40 y 50 era práctica común suministrar a las jóvenes estrellas medicamentos para mantenerlas

despiertas durante jornadas larguísimas y luego otros medicamentos para hacerlas dormir cuando llegaba la hora de descansar. Si esos testimonios son ciertos, Elizabeth Taylor pudo haber sido introducida al consumo de fármacos potentes cuando todavía era apenas una niña que jugaba con muñecas en los descansos del rodaje.

¿Sabías que en aquella época los contratos de los estudios incluían cláusulas que permitían controlar hasta lo que las actrices comían en sus propias casas? La MGM no era solo un empleador, era una especie de tutor que decidía con quién podía salir Elizabeth, qué fotografías podía publicar, a qué eventos podía asistir y lo que muchos consideran más perverso, con quién debía mostrarse públicamente para alimentar las historias inventadas por el Departamento de Prensa del Estudio.

Tus padres, lejos de protegerla del todo, parecían atrapados ellos mismos en la maquinaria. Sara, la madre, era prácticamente una sombra constante en los rodajes, una figura que algunos compañeros de la joven Elizabeth describirían años después como controladora hasta el extremo.

El padre Francis comenzaba ya a mostrar señales de alejamiento, refugiándose en su trabajo en la galería de arte y, según múltiples relatos posteriores, en algunos secretos personales que la familia trataba con cuidado extremo. Ahora bien, mientras todo esto ocurría puertas adentro hacia afuera, Elizabeth se transformaba en uno de los rostros más cotizados del planeta.

A los 15 años ya era considerada una de las jóvenes más bellas del cine y los productores de la MGM no tardaron en empujarla hacia papeles que la mostraban cada vez más adulta, cada vez más mujer, cada vez más alejada de la niña que en realidad seguía siendo. películas como Cyntia, una vida marcada y sobre todo padre de la novia estrenada en el año 1950, la consolidaron como la sucesora natural de las grandes divas del cine clásico.

tenía 18 años cuando interpretó a la novia perfecta de aquella película. Y para promover el estreno, la MGM organizó algo que hoy parecería una locura ética. Utilizar el rodaje y el estreno como plataforma para impulsar su primer matrimonio real. Un matrimonio que muchos historiadores del cine consideran que fue prácticamente diseñado por el Departamento de Relaciones Públicas del Estudio.

Aquel hombre se llamaba Conrad Nicki Hilton, hijo del fundador de la cadena de hoteles Hilton, un joven heredero apuesto de ojos claros y sonrisa fácil, pero también, según los testimonios que se conocerían años más tarde, un joven con problemas serios de alcohol y con una conducta privada que distaba mucho de la imagen de príncipe encantador que las revistas vendían al público.

Elizabeth, con apenas 18 años recién cumplidos, se casó con él el 6 de mayo del año 1950 en una ceremonia espectacular que la MGM cubrió como si fuera un acontecimiento mundial. [carraspeo] Los periódicos hablaron del cuento de hadas perfecto. Los flashes la inmortalizaron vestida de blanco. Y mientras tanto, en las semanas previas a la boda, la joven Elizabeth lloraba en silencio en los probadores del estudio, según contarían años después algunas de las personas que estuvieron cerca de aquel proceso. Lo que vino después de la

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