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” EL TEMIBLE” CASTILLO : CUMPLIO 52 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE

Pero inexplicable o no, el resultado era oficial. Mayyweather seguía siendo campeón y Castillo se iba en palme con las manos vacías. Años después, el propio Floyd Mayweather habló de esa pelea en una entrevista con ESPN. Le preguntaron directamente, “¿Ganaste esa pelea contra Castillo?” Mayweather tardó varios segundos antes de responder.

Castillo fue duro. Fue el peleador más duro que he tenido en mi vida. Me golpeó más que cualquier otro. No dijo que ganó, dijo que fue duro. Esa respuesta, para cualquiera que conozca a Floyd Mayweather es la confesión más cercana a la verdad que va a salir de su boca. Porque Mayweather no admite debilidades, no admite errores, no admite que alguien le ganó.

Pero esa noche de abril de 2002 no pudo decir que ganó, solo dijo que fue duro. La pelea tuvo otro elemento que muy pocos analizaron en su momento, el peso de Castillo. Para esa pelea, Castillo había subido de peso. Peleó en un límite que no era el natural para su cuerpo. Había descendido a peso super pluma, haciendo una bajada que lo debilitó físicamente.

Y aún así dominó. Aún así fue mejor que el campeón invicto. Aún así ganó los 12 rounds en la realidad de ese ring. ¿Qué hubiera pasado si Castillo hubiera peleado en su peso natural? ¿Qué hubiera pasado con los jueces correctos? Esas preguntas no tienen respuesta oficial, pero tienen respuesta real.

Y esa respuesta la saben todos los que estuvieron en el MGM Grand esa noche. Pero hay algo que la gente no sabe de esa noche, algo que ocurrió antes de que los jueces leyeran sus tarjetas, algo que explica por qué el resultado fue lo que fue. Y no tiene nada que ver con lo que pasó dentro del ring. Voy a contarte eso, pero primero necesitas entender de dónde venía este hombre.

Porque la historia de José Luis Castillo no empieza en Las Vegas, empieza en un lugar donde el boxeo no es un deporte, es la única salida y termina en ese mismo lugar porque el sistema siempre te devuelve al inicio. En Palmes, Sonora, 70000 habitantes, una ciudad construida alrededor de las vías del ferrocarril. Su nombre viene de ahí, Empalme, el punto donde se juntan los rieles.

Pero en la práctica, empalme es el lugar donde se junta todo lo que México no quiere ver. La pobreza, el trabajo mal pagado, las casas de lámina, los niños sin zapatos. En verano el calor llega a 45 gr. En invierno el viento del desierto entra por las rendijas de las casas de madera. No hay glamur en empalme, nunca lo hubo.

José Luis Castillo nació ahí el 9 de diciembre de 1975. El menor de varios hijos, su padre trabajaba en los talleres del ferrocarril. Manos negras de grasa, espalda doblada, un salario que no alcanzaba para nada. Su madre lavaba ropa ajena para completar el gasto. Castillo creció en ese ambiente.

Aprendió a no quejarse antes de aprender a leer. En empalme, quejarse no sirve para nada. El trabajo resuelve lo que la queja no puede. Eso es lo que la ciudad te enseña desde niño. Es ADN de trabajador silencioso de hombre que aguanta sin decir nada. Eso estaba en castillo antes de subirse a un ring por primera vez. No lo aprendió en el boxeo, lo traía de la calle donde creció.

En Empalme no había gimnasios de boxeo de lujo, no había entrenadores certificados, no había equipo nuevo. Había un cuarto con costales viejos colgados del techo y hombres que se enseñaban unos a otros a pelear. Castillo entró a ese cuarto a los 12 años, no porque alguien le dijera que tenía talento, no porque soñara con ser campeón mundial.

Entró porque en empalme a los 12 años las opciones son pocas. o el ferrocarril, o las calles o los guantes. Él eligió los guantes. Su primer entrenador fue un hombre del barrio, un exboxeador amateur que había llegado lejos, pero no lo suficiente. Lo primero que le enseñó no fue cómo golpear, lo primero que le enseñó fue cómo recibir.

Em empalme aprendes a recibir antes que a dar, diría Castillo años después en una entrevista para Box Azteca. Porque la vida aquí te golpea primero. El ring es lo de menos. A los 16 años, Castillo ya era el mejor peleador de Empalme. A los 17, el mejor de Sonora. A los 18 debutó como profesional. Victoria por knockout en el primer asalto. Le pagaron lo equivalente a 50.

Los gastó en comida para su familia. Eso era todo lo que le importaba. No la gloria, no la fama, la comida. Pero el boxeo en México a finales de los 90 tenía sus propias reglas. Y la primera regla era esta: si eres bueno, alguien va a aparecer. No para ayudarte, para usarte. Entre 1994 y 1998, Castillo peleó 34 veces, ganó 33, 30 por knockout.

30 knockouts en 34 peleas. Eso no es un boxeador, eso es un desastre natural con guantes. Su estilo no era elegante. No era el de Mayweather, calculado y científico. No era el de Óscar de la Olla, limpio y para la televisión. El estilo de castillo era el de empalme, brutal, directo, sin adornos. Avanzaba, presionaba, golpeaba al cuerpo hasta que el rival ya no aguantaba pararse derecho y cuando el rival bajaba la guardia para proteger el cuerpo, le llegaba a la cabeza. simple, efectivo, devastador.

En 1999 ganó el título NF en peso ligero. En 2000, el título doble UBC de peso ligero. Era la primera vez que un boxeador de Empalme, Sonora, era campeón mundial. Esa noche en su barrio, la gente salió a la calle. No había estadio, no había pantalla gigante, pero había radios. Y por esos radios, todo empalme escuchó el nombre de su hijo.

Castillo llamó a su madre desde el vestuario. Ya soy campeón, jefa. Su madre no dijo nada, solo lloró. Ese era el mundo de donde venía José Luis Castillo. Un mundo donde ganar un campeonato mundial significaba que tu madre podía dejar de lavar ropa ajena. Pero había un problema y ese problema tenía nombre Floyd Mayweather Jr.

Mayweather era el campeón que todos querían ver. Joven, carismático, con un récord intachable. Sus promotores eran los más poderosos del mundo. Su equipo jurídico era el más caro de Las Vegas y sus conexiones con los jueces, con las comisiones, con los medios. Eso no lo decían en voz alta, pero en el mundo del boxeo todos lo sabían.

Castillo llegó a esa pelea con un contrato que nunca debió haber firmado. Pero cuando te ofrecen Las Vegas y el cinturón del mundo, no piensas en los números, piensas en tu madre, piensas en Empalme y firmas. Después de la primera pelea, el escándalo fue tan grande que la revancha fue inevitable. El mundo quería saber. Castillo ganaba si los jueces eran honestos.

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