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EL SANTO : SE REVELÓ EL ASQUEROSO SECRETO DETRAS DE SU MUERTE

Le dijo que necesitaba un personaje con peso moral, un personaje al que el público pudiera ver como un héroe, algo que sonara a justicia. divina. Y Rodolfo, después de pensarlo, eligió un nombre que sonaba a algo más grande que él. El santo, tenía 25 años, una máscara plateada que le había mandado a hacer un artesano de la lagunilla, un traje plateado, botas plateadas y una idea que en aquel momento parecía una locura.

No quitarse nunca la máscara, ni en la calle, ni en su casa, ni delante de su esposa, ni delante de sus hijos, nunca. Esa decisión tomada a los 25 años fue la que lo convirtió en leyenda y fue la misma que 42 años después le iba a costar la vida porque la máscara no era un accesorio, era un contrato silencioso con el público mexicano.

Y romper ese contrato tenía un precio que él, ya viejo, no calculó. Los primeros años fueron de su vida lenta. El santo peleaba en arenas pequeñas, cobraba poco. Su esposa, María de los Ángeles Rodríguez, lo había conocido antes de la máscara. Era una de las pocas personas que sabía su cara. Tuvieron 10 hijos, cinco varones, cinco mujeres.

Y durante años, el santo entraba a su propia casa con la máscara puesta porque los niños eran muy chicos y él no quería que se enteraran. cenaba con máscara, veía la televisión con máscara, se quitaba la máscara solo en el baño, con la puerta cerrada o ya en la cama con la luz apagada. Imagina lo que es eso.

Un padre que sus propios hijos no conocen la cara. Una mujer que solo ve a su marido sin máscara en la oscuridad. Una casa donde la cara real del hombre que la mantiene es un secreto que se guarda hasta de los hijos. Esa fue la vida del santo durante 40 años y por mucho tiempo no fue un sacrificio, fue un negocio, porque la máscara, además de ser identidad, era contrato.

Cada película que filmó, cada cinturón que ganó, cada lonchera de plástico que se vendió en los puestos del mercado, cada figurita de cartón, cada cómic, cada función de circo, todo dependía de que esa máscara no se quitara nunca. Y aquí entra el primer hilo del problema, porque el santo nunca fue dueño completo de su propio nombre y eso en 1981 le iba a costar todo.

Vamos al cine porque eso es lo que muy poca gente sabe del santo. Hizo 52 películas entre 1958 y 1982. 52. Una cifra que ni los actores mexicanos más prolíficos de Hollywood alcanzaron. Películas con monstruos, películas con vampiros, películas con momias, películas con mujeres lobo, películas filmadas en 15 días con presupuestos miserables, con doblajes apurados, con escenas grabadas en cuevas reales de Hidalgo para no pagar la escenografía.

Y en cada una de esas películas, el santo ganaba un sueldo fijo, no porcentaje, no regalías, sueldo. El productor era el que se quedaba con los derechos de la imagen. El productor era el que vendía la película a Estados Unidos, a Argentina, a Venezuela, a España. El productor era el que cobraba cuando la película pasaba en televisión 5 años después.

El santo, ¿no? Cuando un fan le pedía un autógrafo y le decía, “Señor santo, gracias por tantas películas”, el santo sonreía debajo de la máscara y firmaba. Pero por dentro sabía que esas películas no eran suyas, eran de otros, y que él después de filmarlas no veía un peso más. Y aquí es donde aparece por primera vez el nombre del hombre que iba a destruirlo.

No es el hombre que esperas. Pero te aviso una cosa, cuando sepas quién fue, vas a entender por qué la familia legítima del Santo lleva 40 años callando. A finales de los años 70, el santo ya tenía 60 años. El cuerpo le pesaba. Las funciones de lucha libre eran cada vez más cortas. Las películas habían dejado de funcionar en taquilla.

La gente joven prefería el cine de Hollywood, las películas de Bruce Lee, las series de televisión. La era del santo, sin que él quisiera reconocerlo, estaba terminando y necesitaba dinero. Por primera vez en 40 años de carrera, el santo necesitaba dinero. La casa de la colonia Cuautemoc, donde vivía con María de los Ángeles y los hijos que aún quedaban en casa, tenía gastos altos.

Los nietos empezaban a llegar, las facturas se acumulaban y los sueldos que cobraba por funciones de lucha libre de barrio no alcanzaban. Fue en ese momento, en 1981, cuando se acercó a él un hombre, un empresario del medio del espectáculo, un hombre con contactos en televisión, en cine, en producciones de teatro, un hombre que le ofreció lo que en aquel momento sonaba a salvación.

un contrato, un contrato grande, un contrato que iba a poner al santo de vuelta en la primera línea del entretenimiento mexicano. El empresario lo invitó a comer a un restaurante de la zona rosa, le llevó vino, le habló con respeto, le dijo que él, de niño, había visto las películas del Santo en el cine de su barrio, que su propio padre lo llevaba los domingos al cine Chapultepec, que para él era un honor poder ofrecerle una nueva etapa.

Le pintó un futuro con películas grandes, con giras por Estados Unidos, con presencia en televisión norteamericana, con merchandising oficial que iba a generar dinero suficiente para que ni los nietos del Santo trabajaran nunca. El santo escuchó, pidió tiempo para pensarlo, lo platicó con María de los Ángeles esa noche en la cocina de la casa.

Ella, que conocía a su marido como nadie, le dijo que tuviera cuidado, que ese tipo de hombres no aparecen por amor al espectáculo, que aparecen cuando huelen dinero por sacar. El santo le contestó que no tenía mucho que perder, que las funciones de barrio ya no daban, que las ofertas grandes ya no llegaban, que era esa propuesta o quedarse quieto esperando a morirse.

10 días después, el santo volvió a la oficina del empresario en una segunda planta de un edificio de la colonia Roma, calle Tabasco, Conorizaba. una oficina amplia, alfombrada, con un escritorio de madera oscura y un retrato del propio empresario colgado en la pared y firmó. Esa firma duró 12 segundos y costó 40 años después la vida del ídolo más grande de México.

El contrato cedía al empresario los derechos de explotación comercial del nombre, la imagen y la máscara del santo por 10 años. 10. por una suma de dinero modesta al inicio y un porcentaje de las ganancias futuras sobre el papel parecía un buen acuerdo. Sobre el papel parecía una nueva etapa.

Pero las letras pequeñas, las que el santo no leyó con cuidado, las que su abogado tampoco revisó a fondo, decían otra cosa. Decían que cualquier uso de la imagen del santo en cualquier formato, en cualquier país, en cualquier medio, durante los siguientes 10 años pasaba por el empresario. Decían que si el santo aparecía en televisión sin autorización, había multa.

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