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El Rostro Oculto de la Leyenda: La Verdadera Historia de Blue Demon, la Rivalidad con El Santo y su Trágico y Solitario Final

16 de diciembre del año 2000. La vibrante e incesante Ciudad de México apenas comienza a despertar. En el frío y gris entorno de una estación del metro capitalino, las primeras horas de la mañana transcurren con la prisa habitual. Sin embargo, para un hombre de 78 años que acaba de terminar su estricto entrenamiento físico rutinario, el reloj de la vida está a punto de detenerse. Sube pesadamente hacia la salida y, justo al alcanzar el primer escalón, la inmensidad de su existencia colapsa. Se desploma. Un infarto fulminante lo derriba. Un transeúnte desconocido, movido por la urgencia, rebusca entre los bolsillos del anciano caído, encuentra un número de teléfono anotado en un papel arrugado y marca.

A kilómetros de distancia, en la intimidad de un hogar, el teléfono rompe el silencio. Un hijo levanta la bocina y escucha las palabras que paralizarían el corazón de cualquiera: “Tu padre se acaba de desmayar”. Es Blue Demon Junior, quien, arrastrado por el pánico ciego y la desesperación, sale corriendo hacia la calle. El miedo le nubla la mente; corre en la dirección equivocada, completamente desorientado. Cuando finalmente logra llegar a la estación, se encuentra con una escena dantesca: su padre, el titán de los cuadriláteros, yace en el suelo de concreto, todavía aferrándose a un hilo de vida.

El hijo se arrodilla bruscamente, sus manos tiemblan mientras aplica maniobras de reanimación cardiopulmonar. Lo sostiene con desesperación, le ruega a gritos que luche, que no se rinda. Y entonces, en medio del bullicio indiferente del metro, lo siente. Siente el último y cálido aliento de su padre desvanecerse sobre su propia mejilla.

El niño nacido en la pobreza extrema de Rinconada, Nuevo León; el joven que apenas logró terminar el cuarto grado de primaria; el obrero que dejó su sudor en el ferrocarril; y el titán que se convirtió en una de las figuras culturales más reconocibles, veneradas e inmortales que México haya producido en toda su historia, exhala por última vez. Y lo hace muriendo en los brazos de su hijo, en el frío y sucio suelo de una estación de metro. Sin cámaras de televisión, sin el rugido ensordecedor del público que durante cincuenta gloriosos años coreó su nombre en las arenas. Muere sin desprenderse de esa máscara que nunca se quitó: ni en la intimidad de su baño, ni caminando por la calle, ni siquiera frente a sus propios hijos, hasta que estos tuvieron la edad suficiente para soportar el peso de su monumental secreto.

Ese final crudo y desolador, esa imagen contrastante de un hombre que en vida fue muchísimo más grande que la propia vida, expirando en el suelo anónimo de un transporte público mientras su hijo intenta resucitarlo, es la estampa exacta que esta historia necesita que el mundo contemple en su totalidad. Porque alrededor de la vida, obra y muerte de Blue Demon existen preguntas punzantes, interrogantes oscuras que los homenajes convencionales de luces y lentejuelas prefieren obviar.

¿Por qué la legendaria rivalidad con El Santo fue tan amarga, ácida y visceral que nunca logró resolverse del todo, a pesar de compartir el mismo cuadrilátero y las mismas pantallas de cine durante décadas? ¿Qué fue aquello que estuvo a punto de truncar brutalmente su carrera, no en una, sino en tres aterradoras ocasiones? ¿De qué material está hecho un hombre que decide regresar a pelear, una y otra vez, cuando la ciencia y los médicos le dictaminan que es físicamente imposible? ¿Qué ocurrió realmente aquella fatídica noche en Oaxaca en 1967, cuando una endeble barandilla cedió, provocando que su cráneo estallara contra el duro pavimento, al punto de que los primeros auxilios encontraron algo que había dejado de ser un rostro humano para convertirse en una masa sanguinolenta, oscura y deforme? Y, finalmente, ¿qué oscuros motivos hubo después de su funeral, cuando los mismos luchadores que habían derramado sangre a su lado recibieron el humillante mensaje de que no eran bienvenidos para darle un último adiós?

Esta es la historia cruda y sin máscara de Blue Demon. A través de estas líneas, desentrañaremos cuatro pilares fundamentales de su existencia: el origen humilde de Alejandro Muñoz Moreno; la verdad sin censura sobre su guerra fría con El Santo; las tres veces que burló a la muerte y al retiro forzado; y el desgarrador epílogo de su vida.

I. De la Pobreza del Rancho a la Forja de un Titán: ¿Quién era Alejandro Muñoz Moreno?

Para comprender la magnitud de la leyenda, es imperativo descender a sus raíces. Hay que empezar desde el principio, desde el polvoriento Rancho de Rinconada. En la historia de los grandes ídolos mexicanos, la pobreza a menudo se romantiza como un elemento decorativo del guion. Pero para Alejandro, la miseria no era una metáfora; era el material sólido, áspero y concreto con el que se construyeron sus huesos y su carácter.

Nacido el 24 de abril de 1922, en Rinconada, Nuevo León, un recóndito y pequeño pueblo en el corazón abrasador del norte de México. En 1922, este lugar era exactamente lo que su nombre dictaba: un rincón olvidado donde el reloj de la vida se calibraba por el extenuante trabajo del campo y los caprichosos ciclos de las cosechas. Allí, la existencia era una constante medición de la inmensa distancia entre lo que apenas se tenía y lo que desesperadamente se necesitaba para sobrevivir.

Alejandro llegó al mundo como el quinto hijo de una extensa prole de doce hermanos. Pertenecer a una familia de doce hijos sin recursos económicos en el norte de México durante la tumultuosa década de los años veinte significaba realidades muy duras que las estadísticas no pueden capturar. Significaba que la comida en la mesa jamás era suficiente para saciar el hambre de todos; que la ropa zurcida y percudida pasaba religiosamente de un hermano a otro hasta deshacerse; que la educación formal era un lujo inalcanzable. Para Alejandro, el corte educativo llegó temprano: el cuarto grado de primaria fue el límite de sus estudios.

Todo el vasto conocimiento que adquirió posteriormente lo asimiló en aulas mucho más despiadadas: el trabajo rudo, la calle implacable y esa comprensión instintiva y afilada que desarrollan aquellos que saben perfectamente que nadie en el mundo va a venir a resolver sus problemas si ellos no lo hacen por sí mismos.

Durante su adolescencia, la necesidad lo empujó a migrar a Monterrey, la gran ciudad, el espejismo de las oportunidades que el árido rancho le negaba. Allí encontró refugio en el ferrocarril. En esa época, los trenes representaban una de las escasas industrias donde un joven fuerte, aunque carente de educación formal, podía edificar algo que se asemejara a la estabilidad económica. A la tierna edad de 17 años, Alejandro ya era un curtido trabajador ferroviario, y con una disciplina inquebrantable, enviaba rigurosamente la mitad de su sueldo a sus padres en Rinconada.

Ese detalle, aparentemente trivial, define la esencia de Alejandro Muñoz Moreno con mucha mayor precisión que cualquier análisis exhaustivo de su fulgurante carrera posterior. Nos revela a un individuo para quien la responsabilidad y el honor precedían al placer personal. Un hombre que creía firmemente que aquellos que le dieron la vida y lo precedieron tenían el derecho absoluto sobre el fruto de su esfuerzo. Esa devoción familiar fue la brújula de toda su existencia, sin importar cuántos ceros se sumaran a sus cheques en el futuro. El humilde joven que partía su salario de ferrocarrilero por la mitad fue el mismo hombre estoico que, décadas más tarde, cargaría en silencio con el abrumador peso económico de su familia mientras una placa fría de titanio en su cabeza obligaba a los médicos a prohibirle volver a luchar.

Fue en Monterrey donde el destino comenzó a tejer su red. Cerca del concurrido Cine América, existía una pequeña dulcería donde trabajaba una joven de 16 años llamada Goya. Alejandro, de 21 años, convertido en un hombre de apariencia imponente y seria, pasaba por allí invariablemente todos los días. El romance que floreció entre ellos fue profundamente discreto. Fue el tipo de amor sigiloso característico de los hombres reservados, esos a los que el mundo rápidamente etiqueta de “toscos” o huraños por su apariencia ruda y sus silencios prolongados. Sin embargo, bajo esa coraza impenetrable, Alejandro albergaba un universo de sensibilidad que su rudeza exterior apenas lograba disfrazar.

Contrajeron matrimonio en el mes de febrero de 1947. Goyita, cuyo nombre de pila completo los historiadores de la lucha libre mexicana jamás se molestaron en documentar con el mismo fervor que el de su legendario esposo, se erigiría pronto como la piedra angular, la estratega en las sombras sin la cual el colosal imperio y la carrera de Blue Demon jamás habrían alcanzado la magnificencia que tuvieron.

Pero el surgimiento del demonio azul aún estaba por llegar. Primero, tuvo que descubrir el ring.

El catalizador fue Rolando Vera, un luchador profesional de gran respeto y renombre en Monterrey. Sus caminos se cruzaron en la humedad y el olor a linimento de un modesto gimnasio. Vera, dotado con ese ojo clínico que solo poseen quienes han sangrado durante años en el cuadrilátero, observó a Alejandro. No vio el cuerpo de un obrero común; vio la materia prima, la promesa latente de lo que podría llegar a ser con el cincelado y el entrenamiento adecuado. Lo que Rolando Vera vio en Alejandro Muñoz Moreno fue un potencial devastador y puro.

El 31 de marzo de 1948, en la calurosa ciudad fronteriza de Laredo, Texas, Alejandro atravesó las cuerdas y subió por primera vez a un ring profesional bajo una nueva identidad: Blue Demon.

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