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El Ocaso del PRIAN: Sabotajes en el Congreso, Doble Moral y el Desesperado Intento por Mantener el Poder

La política mexicana contemporánea se encuentra inmersa en una espiral de confrontación, donde las máscaras del civismo caen con una facilidad pasmosa frente a la desesperación de perder el poder. En los últimos días, el panorama nacional ha sido testigo de episodios que rayan en el surrealismo y la violencia verbal, protagonizados por figuras que, ante la inevitable pérdida de influencia política y la consolidación de un nuevo régimen, han optado por el caos como única estrategia de supervivencia. Mientras el nuevo gobierno avanza en sus reformas estructurales, la oposición tradicional, encabezada por el PRI y el PAN, ha desatado una guerra sucia y sin cuartel, demostrando que el pánico a la irrelevancia es un consejero verdaderamente peligroso.

Desde el intento bochornoso de reventar sesiones en la Cámara de Diputados hasta la hipocresía de exigir justicia mientras se protegen historiales oscuros, la narrativa pública se ha llenado de acusaciones de “narcodictadura”, señalamientos internacionales y un nivel de bajeza legislativa nunca antes visto. Esta es una inmersión profunda en los recientes acontecimientos que han paralizado el debate nacional: las comparecencias judiciales de altos funcionarios, el sabotaje porril en el congreso y la desesperada cacería de brujas anunciada por Alejandro “Alito” Moreno Cárdenas.

La Batalla Judicial: Quienes Dan la Cara y Quienes se Esconden Tras el Fuero

Uno de los ejes centrales de la tensión política reciente gira en torno a las investigaciones y citatorios emitidos por la Fiscalía General de la República (FGR), presuntamente vinculados a investigaciones de gran calado e interés internacional (incluyendo a los Estados Unidos). Durante meses, la oposición exigió a gritos, en tribunas y redes sociales, que figuras de la Cuarta Transformación como Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, enfrentaran a la justicia. Aseguraban con una certeza arrogante que estos funcionarios jamás se atreverían a declarar, escudándose en el fuero y el poder del Estado.

Sin embargo, el guion opositor se desmoronó dramáticamente. Dámaso Castro, vicefiscal con licencia, acudió tranquilamente a declarar a la delegación de la fiscalía en Sinaloa. Ante los medios, rechazó categóricamente cualquier vínculo con los “Chapitos” o acusaciones provenientes de Estados Unidos, mostrándose sereno y confiado en las instituciones mexicanas. Pero el golpe maestro a la narrativa opositora lo dio el propio Rubén Rocha Moya. Cumpliendo su palabra, compareció ante la FGR en Culiacán, respondiendo a las interrogantes del Ministerio Público Federal. En sus declaraciones, reafirmó su confianza en el sistema judicial, en el estado de derecho y en el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, enviando un mensaje claro: “Con la frente en alto, no dejaré de luchar porque la verdad prevalezca”.

A esta postura se sumó la del senador de Morena, Enrique Inzunza, quien no solo se presentó puntualmente al citatorio, sino que lo hizo bajo una premisa que avergonzaría a más de un político de la vieja guardia: llegó solo, sin acompañamiento jurídico, representándose a sí mismo como abogado, y, lo más contundente, renunciando explícitamente a ampararse en el fuero federal que le otorga su cargo legislativo. “Lo hago desde la rectitud de hombre de la República y de sus leyes”, sentenció Inzunza.

La valentía de estos funcionarios al despojarse de sus privilegios legales contrasta de manera humillante con la actitud de otras figuras de la oposición, como María Eugenia Campos (Maru Campos). El silencio y la evasión de quienes antes lanzaban la piedra exponen una doble moral insostenible. Mientras la 4T asume la responsabilidad institucional, la oposición busca refugio en las lagunas legales para evitar rendir cuentas, demostrando que su exigencia de justicia era simplemente una estrategia de golpeteo político y no una convicción democrática genuina.

El “Pluriporro” y el Sabotaje en la Cámara de Diputados

Si la evasión judicial demostró la fragilidad de la oposición, lo ocurrido recientemente en la Cámara de Diputados expuso su absoluta decadencia ética. Durante una sesión extraordinaria de vital importancia —donde finalmente se aprobó, mediante votación mayoritaria (341 votos a favor), la postergación de la elección judicial hasta el 2028, una exigencia paradójicamente emanada del propio PRIAN— el recinto se transformó en un mercado de gritos e insultos.

Al ver que los votos no les favorecían y que sus argumentos carecían de peso legal o técnico, la estrategia fue recurrir al sabotaje más vulgar. El protagonista de este lamentable episodio fue Carlos Mancilla, diputado del PRI, a quien ya se le conoce en los pasillos políticos como el “pluriporro” de Alejandro Moreno. Sin ninguna preparación legislativa aparente y utilizando la tribuna como un altavoz para sus obsesiones personales, Mancilla lanzó un discurso cargado de odio y falto de coherencia.

Desviándose por completo del tema central que se debatía (la reforma electoral), Mancilla atacó directamente a Andy López Beltrán (hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador), calificándolo como el “príncipe heredero del narcopacto” y afirmando que Morena había dejado de ser un movimiento para convertirse en una “narcodinastía”. Este nivel de bajeza, de atacar a familiares sin presentar una sola prueba concluyente, evidenció la absoluta falta de inteligencia política y capacidad de debate de un partido que alguna vez se autodenominó “institucional”.

La reacción de la bancada mayoritaria fue inmediata y contundente. Lilia Aguilar, diputada del PT, exigió a la presidencia de la Cámara que restableciera el orden ante lo que calificó como una “necesidad patológica, narcisista y porril” por parte del PRI. En su intervención, exhibió la parcialidad de la presidenta de la mesa directiva (Kenia López Rabadán), quien, a pesar de su deber institucional de mantener el decoro, actuó como una alcahueta silenciosa frente a los abusos de su aliado político. “Haga valer su autoridad o hágase a un lado”, le exigieron, dejándola en ridículo frente a la nación.

Por su parte, el diputado Arturo Ávila fue quien le asestó el golpe retórico final a Mancilla: “No saben debatir, no tienen inteligencia… arrastraría al pantano sus obsesiones, sus frustraciones, con tal de quedar bien con su patrón, con Alito Moreno… Usted es el porro mayor de esta Cámara de Diputados y es la vergüenza de esta legislatura”. La desesperación del PRIAN se hizo tangible: al no poder convencer con ideas, intentan destruir con ruido.

La Cacería de Alito Moreno: La Ironía del “Narcoestado”

En medio de este colapso moral y estratégico, Alejandro “Alito” Moreno Cárdenas, el asediado dirigente nacional del PRI, decidió redoblar la apuesta con una amenaza que roza lo delirante. En una reciente declaración pública, prometió iniciar una cacería legal internacional contra la familia del expresidente López Obrador y la actual presidencia de la República, asegurando que los denunciará personalmente ante la Fiscalía General de la República y todos los organismos internacionales posibles.

“No podemos permitir que en México quieran consolidar una narcodictadura terrorista y comunista que destruye el sistema democrático… Todos, bola de narcopolíticos que han puesto a nuestro país en una vergüenza internacional”, vociferó Moreno Cárdenas.

El cinismo de estas declaraciones es verdaderamente monumental. Alito Moreno, líder de un partido que durante más de setenta años sistematizó la corrupción, el fraude electoral, las masacres de Estado y las alianzas inconfesables, se erige ahora como el paladín de la moralidad y la democracia. Habla de “narcoestado” como si esta palabra hubiera sido inventada durante el sexenio de la 4T, olvidando convenientemente que la guerra contra el narcotráfico y la colusión de las más altas esferas del gobierno (como el infame caso de Genaro García Luna) se institucionalizó bajo los gobiernos del PRI y el PAN.

Es profundamente irónico que Alito señale a otros mientras tiene sentado a sus espaldas a figuras como Rubén Moreira, rodeado de sombras y escándalos en su estado natal de Coahuila, o cuando la historia reciente de sus aliados políticos está manchada por la letra “Z” y la violencia extrema que desgarró al país. La amenaza de llevar este “caso” a tribunales internacionales es un grito desesperado de auxilio por parte de un hombre que sabe que su partido está a punto de perder el registro nacional y desaparecer de la historia. Es la pataleta de alguien que ya no tiene influencia, credibilidad ni apoyo popular, y que intenta aferrarse al último clavo ardiente de la difamación para justificar su existencia política.

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