El deporte profesional es un teatro de ilusiones donde los seres humanos son elevados a la categoría de semidioses, solo para ser devueltos a la tierra con una brutalidad que pocos pueden soportar. Las luces de los estadios y los cuadriláteros tienen un brillo embriagador, capaz de cegar tanto a quienes observan desde las gradas como a quienes protagonizan la acción en el centro del escenario. Pero el tiempo, ese juez implacable e invicto, siempre tiene una forma de reescribir hasta las historias más poderosas, gloriosas y aparentemente inmortales. En el panteón de los héroes deportivos latinoamericanos, existe un apodo que resuena con un eco doble, cruzando fronteras y disciplinas, uniendo la brutalidad poética del boxeo con la magia impredecible del fútbol: Pipino Cuevas.
Esta no es una sola historia, sino el relato de dos hombres que compartieron un apodo, una etapa de gloria incuestionable y un descenso hacia la vida real que los obligó a enfrentarse a sus propios demonios y a las crudas realidades de la existencia cuando el clamor de las multitudes finalmente se apaga. Por un lado, tenemos a José “Pipino” Cuevas, el feroz y devastador boxeador mexicano que dominó la década de 1970, un joven prodigio que aterrorizó la división de peso wélter y que hoy, acercándose a los 70 años, vive una realidad que dista mundos de la opulencia y el miedo que alguna vez inspiró. Por el otro, encontramos a Nelson “Pipino” Cuevas, el explosivo futbolista paraguayo que se convirtió en una leyenda eterna del River Plate en una sola noche de locura y que, décadas después, ha tenido que reinventarse en un negocio que nadie hubiera imaginado.
Ambas historias nos hablan de la condición humana, del ascenso meteórico, del choque inevitable con el declive y de la asombrosa capacidad de adaptación frente al abismo. Para comprender cómo estos dos íconos han llegado al lugar donde se encuentran hoy, es necesario retroceder en el tiempo y desmenuzar los momentos exactos en los que sus vidas cambiaron para siempre, perdiéndose en un laberinto de decisiones, tragedias y triunfos inesperados.
Antes de la fama internacional, antes de los cinturones de campeonato adornados con oro y esmeraldas, y mucho antes de que su nombre fuera sinónimo de destrucción sistemática en el ring, José Pipino Cuevas era simplemente un niño problemático, atrapado en las fauces de la pobreza extrema en el implacable barrio Panamericano de la Ciudad de México. Nacer en ese entorno durante la mitad del siglo XX significaba iniciar la vida con un marcador en contra. Era hijo de un humilde carnicero, un hombre de manos ásperas y espalda cansada que luchaba de sol a sol para poner comida en la mesa y mantener a una abrumadora familia de diez hijos.
La infancia de Pipino no estuvo llena de juegos inocentes ni de sueños de grandeza; estuvo marcada por una tensión asfixiante, una frustración constante y, sobre todo, una sensación de enojo latente que él mismo no lograba comprender ni articular. Era un niño solitario, de mirada sombría y puños siempre cerrados. Tenía pocos amigos, y su principal forma de comunicación con el mundo exterior era a través de la violencia física. A menudo provocaba peleas callejeras sin un motivo aparente, buscando desesperadamente una válvula de escape para esa furia anónima que le quemaba las entrañas.
Su padre, observando las señales de alerta con la sabiduría que solo otorga la supervivencia en los barrios marginales, vio el peligro inminente en ese camino. Sabía que las calles de la Ciudad de México no perdonan, y que el destino de los niños llenos de ira suele terminar tras las rejas o en un ataúd prematuro. Por ello, tomó una decisión radical que cambiaría el curso de la historia del deporte mexicano. Con apenas 13 años, Pipino fue enviado a un oscuro y sudoroso gimnasio de boxeo local. El objetivo no era convertirlo en un campeón del mundo; no había ambiciones de grandeza, sino pura y absoluta necesidad. La idea era darle disciplina, proporcionarle un marco de reglas y un lugar físico donde pudiera canalizar y agotar esa agresividad que llevaba años acumulando en su interior.
Allí, entre el olor a cuero rancio, el sonido rítmico de la pera de velocidad y el golpe sordo de los guantes contra los costales de arena, el joven Pipino encontró algo que por primera vez en su vida tenía sentido. El boxeo no era solo un deporte para él; era un lenguaje. En menos de un año de entrenamiento intenso, se hizo profesional. Era prácticamente un niño, un adolescente sin vello facial, adentrándose en el despiadado y a menudo corrupto mundo de los hombres adultos.
A la edad de 14 años, una etapa en la que la mayoría de los jóvenes están lidiando con los problemas de la escuela secundaria, Pipino ya se estaba subiendo al ring para enfrentarse a rivales que le duplicaban la edad, el peso y la experiencia en la vida. Los resultados iniciales fueron brutalmente duros, una verdadera prueba de fuego para su espíritu. Perdió repetidamente en esos primeros años formativos. Su inexperiencia quedó expuesta, e incluso sufrió la humillación de ser noqueado en su debut profesional. Para muchos, ese habría sido el final de un sueño incipiente. Pero detrás de esas derrotas sangrientas, bajo la lona manchada de los rings de mala muerte, algo oscuro y formidable se estaba forjando. Se estaba gestando un monstruo. Pipino descubrió que tenía un poder sobrenatural en sus puños y una resistencia mental y física que se negaba rotundamente a quebrarse.
A mediados de los años 70, la división de peso wélter estaba llena de talentos experimentados, hombres duros curtidos en mil batallas. Pipino Cuevas seguía siendo cronológicamente un adolescente, pero en su interior ya poseía la veteranía de alguien que ha recibido los golpes más duros de la vida. Su mirada había cambiado; la ira infantil se había cristalizado en una frialdad calculadora.
En junio de 1976, ocurrió un evento que definiría su carrera. Viajó a Los Ángeles para enfrentarse al altamente experimentado Andy “The Hawk” Price. Fue una lección dolorosa y necesaria. Price, utilizando su vasta experiencia, su técnica depurada y su control absoluto de la distancia, superó y desarmó al joven Cuevas, dejando en completa evidencia su estilo salvaje, agresivo y carente de refinamiento defensivo. Cuevas perdía la pelea, pero ganaba una atención invaluable. Esa derrota terminaría siendo la pieza central de su inminente ascenso a la cima del mundo.
Observando atentamente desde el ringside aquella cálida noche californiana se encontraba Ángel Espada, el entonces campeón mundial wélter reinante. Espada analizó los movimientos de Cuevas y llegó a una conclusión que resultaría fatal. Lo que vio lo convenció de que ese joven mexicano sería un rival fácil, una defensa de título cómoda y lucrativa. En su mente, Cuevas no era más que un adolescente inexperto, un peleador impulsivo, predecible y fácilmente dominable por un campeón de su talla. Fue uno de los errores de cálculo más grandes en la historia del boxeo moderno.
Con solo cuatro años como boxeador profesional y apenas saliendo de las brumas de la infancia, un Pipino Cuevas de 18 años subió al ring contra Ángel Espada como el claro desfavorecido en las apuestas. La pelea se llevó a cabo el 17 de julio de 1976, bajo el calor asfixiante e implacable de una plaza de toros en Mexicali, México. La atmósfera era espesa; el público local esperaba un milagro, pero los expertos no le daban a Cuevas ninguna oportunidad real de sobrevivir, y mucho menos de ganar.
Pero el boxeo es el teatro de lo impredecible. En un solo instante explosivo, la jerarquía del mundo pugilístico se invirtió. Cuevas no intentó boxear con Espada; no intentó intercambiar fintas ni buscar la ventaja en las tarjetas de los jueces. Simplemente desató la violencia pura. Un devastador gancho de izquierda, un golpe que parecía contener toda la furia acumulada de su dura infancia, conectó con precisión quirúrgica en el rostro del campeón. Espada se derrumbó, acabado. Con apenas 18 años de edad, José Pipino Cuevas se convirtió en el campeón wélter más joven de la historia, un récord asombroso que conmocionó al panorama deportivo.
Lo que vino después de aquella calurosa noche en Mexicali no fue un reinado ordinario; fue una verdadera tormenta de destrucción. El nuevo campeón defendió su corona con una intensidad y una ferocidad que sorprendieron incluso a los observadores más cínicos del boxeo. Peleadores experimentados que los analistas esperaban que pudieran descifrar y superar el estilo directo del mexicano fueron, en cambio, arrasados sin piedad.
El argentino Miguel Ángel Campanino, que llegaba al enfrentamiento ostentando una impresionante racha de 32 victorias consecutivas y era considerado por muchos como el favorito para destronar al joven campeón, fue literalmente destruido en apenas dos asaltos. La potencia de Cuevas era un enigma que no se podía estudiar en videos; había que sentirla, y cuando los rivales la sentían, ya era demasiado tarde. El canadiense Clyde Gray, ampliamente respetado por su legendaria dureza y capacidad para absorber castigo, subió confiado al ring, creyendo que podría llevar a Cuevas a las aguas profundas de los asaltos finales. Sin embargo, terminó siendo otra víctima más de la lista, incapaz de resistir los ataques implacables y la presión asfixiante del campeón.
El aura de Pipino se volvía mítica. Incluso cuando le otorgó la revancha a Ángel Espada, esta vez peleando en Puerto Rico, territorio del ex campeón y con el público local enardecido a su favor, el resultado fue igual de brutal e innegable. Espada demostró un inmenso corazón, logrando meterse de nuevo en la pelea e incluso parecía ir arriba en las tarjetas de puntuación durante algunos momentos del combate. Pero Cuevas, paciente como un verdugo, esperaba su oportunidad. Finalmente, lanzó otro demoledor gancho de izquierda que impactó con un crujido sordo. El golpe no solo terminó el combate, sino que le fracturó la mandíbula a Espada.
Este hecho escalofriante se convirtió en el sello distintivo de su reinado. Los rivales no solo perdían contra Pipino Cuevas; eran destruidos físicamente por él, sus carreras alteradas permanentemente. A medida que sus defensas de título se acumulaban, el mexicano se hizo conocido no solo por retener el cinturón, sino por la devastación quirúrgica que dejaba a su paso.
Cuando Cuevas subió al cuadrilátero contra el habilidoso Harold Weston, la contienda se transformó rápidamente en otra exhibición brutal de poder. Cuevas no se conformó con derrotarlo en las tarjetas; lo persiguió hasta acorralarlo, rompiéndole la mandíbula y las costillas en el proceso. Esa noche quedó meridianamente claro qué tipo de campeón era: uno que no buscaba ganar puntos, sino incapacitar a su oponente.
La leyenda continuó creciendo de forma aterradora. Apenas dos meses después de la carnicería con Weston, Cuevas se enfrentó al ex campeón mundial Billy Backus. Backus era un veterano respetadísimo en el deporte, un hombre duro que años antes había logrado la hazaña de derrotar al gran ídolo de Cuevas, el legendario José “Mantequilla” Nápoles. Muchos pensaron que la astucia y la experiencia de Backus podrían neutralizar la juventud del mexicano. Pero la experiencia significó absolutamente nada frente a la fuerza de la naturaleza en la que se había convertido Cuevas. Esta vez no fue una mandíbula rota; fue una cuenca ocular destrozada. El castigo fue tan severo que no solo puso fin a la pelea de inmediato, sino que prácticamente terminó la carrera profesional de Backus, obligándolo a un retiro forzado a la edad de 36 años.
Cuevas, sintiéndose invencible, apenas reducía el ritmo. Parecía disfrutar de la constante actividad, de la rutina del campamento de entrenamiento y de la adrenalina del combate. Apenas cuatro meses después de masacrar a Backus, viajó a Sacramento, California, para enfrentarse al gran favorito local, Pete Ranzany, ante una multitud hostil de más de 17.000 aficionados que no dejaban de rugir y presionar. Por un fugaz momento en el primer asalto, pareció que Ranzany, impulsado por la energía de su público, podía tener algún tipo de ventaja. Pero ese momento de esperanza fue ilusorio y de corta duración. En el segundo asalto, Cuevas se plantó firme y lanzó lo que él mismo describiría años más tarde como “el golpe más duro de toda mi vida”. El impacto fue seco, definitivo, y terminó la pelea de forma devastadora, silenciando por completo a la ensordecedora multitud en una fracción de segundo.
Para entonces, José Pipino Cuevas ya había trascendido el estatus de atleta para convertirse en un verdadero ícono cultural nacional en México. Las calles se vaciaban cuando él peleaba; los televisores de las cantinas y los hogares humildes sintonizaban sus combates con devoción religiosa. Los fervientes aficionados mexicanos, sedientos de grandeza, comenzaron a clamar por una pelea de unificación contra el entonces campeón del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), el estilista Carlos Palomino. Era el combate soñado, el choque de estilos definitivo que, para muchos, habría definido toda una era dorada del boxeo latinoamericano. Trágicamente para los puristas del deporte, esa pelea por motivos promocionales y políticos jamás llegó a materializarse.

En su lugar, Cuevas continuó su marcha imparable, una procesión de defensas donde los oponentes parecían corderos llevados al matadero. Enfrentó a retadores emergentes y hambrientos como Scott Clark, un joven que subió al ring con la ambición desbordante de la juventud, pero que rápidamente se vio superado por una realidad que no podía manejar. Cuevas peleaba de la única manera que conocía, con un instinto primitivo y efectivo: avanzando sin parar, sin retroceder un centímetro, lanzando golpes de poder sin descanso, cortando las salidas del ring, hasta que su rival simplemente colapsaba bajo el peso abrumador del castigo.
Sin embargo, en el boxeo, ningún reinado es eterno y hasta las armaduras más sólidas eventualmente muestran grietas. Esas pequeñas fisuras comenzaron a aparecer de forma sutil frente al disciplinado, técnico y escurridizo Randy Shields. En ese combate, Cuevas tuvo muchísimas más dificultades de las esperadas para encontrar a su rival. Shields no se paró a intercambiar; se movió, abrazó, punteó y frustró al mexicano. Cuevas logró llevarse una ajustada victoria por decisión, la primera vez en años que no lograba un nocaut espectacular.
Cuando el campeón atravesó esa pelea cerrada, la mayoría de los críticos, cegados por su aura, lo consideraron simplemente una mala noche, un pequeño bache en el camino. Shields era ampliamente conocido por su resistencia y su estilo poco atractivo, y aun así, Cuevas había logrado salir con la mano en alto. Si acaso, la narrativa se torció a su favor: la pelea alimentó aún más el mito que lo rodeaba, sugiriendo que incluso en una noche complicada y oscura, donde sus herramientas principales fallaban, seguía siendo un competidor demasiado feroz y peligroso para ser derrotado por decisión.
El Vértice de la Fama y la Sombra de Sugar Ray Leonard
A finales de los años 70, Pipino Cuevas era sin lugar a dudas una de las mayores atracciones de taquilla en todo el mundo del boxeo, atrayendo multitudes particularmente masivas y apasionadas en Los Ángeles, donde la diáspora mexicana lo idolatraba. Es cierto que Cuevas no poseía el carisma desbordante y la sonrisa encantadora de Rubén “El Púas” Olivares, ni tampoco contaba con la brillantez técnica y el movimiento de pies digno de ballet del gran José “Mantequilla” Nápoles. Pero no le hacía falta. Lo que Cuevas ofrecía era un espectáculo de poder crudo, primario y devastador, y eso resultaba ser más que suficiente para cautivar y aterrorizar al público por igual. Las multitudes se aglomeraban a diario solo para tener el privilegio de verlo entrenar en el gimnasio, soltando exclamaciones de asombro mientras el campeón destrozaba las sesiones de práctica. Golpeaba el saco de velocidad y los costales pesados con una fuerza tan descomunal que, en más de una ocasión, llegó a arrancar los aparatos de sus sólidos soportes de acero.
Dentro del cuadrilátero, su filosofía y su estilo eran tan brutalmente simples como aterradores. Avanzaba caminando hacia adelante, plano sobre sus pies, como un tanque inamovible. Lanzaba cada golpe, ya fuera un jab, un cruzado o su característico gancho de izquierda, con el 100% de su fuerza, buscando el daño máximo en cada impacto. Y, lo que es más importante, confiaba ciegamente en su propia resistencia sobrehumana para absorber y soportar cualquier respuesta que el oponente pudiera intentar. Era, literalmente, una filosofía de matar o morir, de someter o ser sometido. Y durante años, casi invariablemente, eran sus rivales quienes terminaban cediendo y cayendo a la lona.
El propio Pipino, al ser interrogado sobre su ferocidad, lo explicaba con una honestidad descarnada que helaba la sangre. Confesaba que peleaba para terminar las cosas lo más rápido posible, siendo plenamente consciente de que en la división wélter cada oponente era mortalmente peligroso. Respetaba a los hombres con los que compartía el ring, pero en su fuero interno creía firmemente ser superior a todos ellos, y salía a pelear para demostrar esa superioridad desde el toque inicial de la campana.
Cuando llegó el momento de enfrentarse a su viejo conocido, Ángel Espada, por tercera y definitiva vez, ya no quedaba ni el más mínimo rastro de duda sobre quién era el dueño absoluto de esa rivalidad histórica. Un Cuevas visiblemente más experimentado, maduro, físicamente imponente y seguro de sí mismo que nunca antes, controló la pelea de principio a fin. Jugó con su oponente, desgastando a Espada asalto tras asalto, hasta que finalmente decidió detenerlo en el décimo round, rompiéndole, en un acto de repetición macabra, nuevamente la mandíbula en el proceso. Aquella noche fue brutal, definitiva y profundamente simbólica; representaba el apogeo de lo lejos que había llegado aquel niño furioso del barrio Panamericano.
Con su reputación consolidada en lo más alto del panteón boxístico, la prensa especializada, los promotores y los fanáticos del mundo del boxeo empezaron a dirigir su mirada hacia algo de proporciones aún mayores: la gestación de una verdadera superpelea. Los nombres de los grandes contendientes comenzaron a moverse a su alrededor en un complejo baile de negociaciones, a medida que otros títulos mundiales cambiaban de manos en la división. De manera inevitable, toda la atención y los reflectores de los medios globales se centraron en una joven estrella emergente, un estadounidense carismático, rápido y mediático que se estaba convirtiendo rápidamente en la cara innegable y el principal motor económico del deporte: Sugar Ray Leonard.
El escenario global comenzaba a prepararse meticulosamente para un enfrentamiento épico que, sin lugar a dudas, tenía el potencial de definir toda una era en el boxeo. Como preámbulo a este choque de titanes, Pipino Cuevas subió al ring contra el retador sudafricano Harold Volbrecht. Para este momento, la reputación destructiva del mexicano ya estaba más que consolidada en los libros de historia, pero esa pelea en particular sirvió para volver a recordarle a todo el mundo pugilístico, de manera sangrienta, por qué su nombre era tan temido en los vestuarios.
Volbrecht no subió a rendirse. Comenzó el combate muy fuerte, valiente, intercambiando golpes pesados en el centro del ring y manteniéndose increíblemente firme sobre sus pies durante los tensos primeros asaltos. Sin embargo, no tardó demasiado en quedar meridianamente claro quién era el hombre que imponía la voluntad y el ritmo del combate. Para la altura del cuarto asalto, el cambio en la dinámica era dolorosamente evidente. Cuevas empezó a ejecutar su plan de demolición, castigando metódicamente el cuerpo de Volbrecht con golpes al hígado y a las costillas, desgastando su energía y su espíritu de lucha poco a poco, como un leñador talando un roble gigantesco.
Cuevas, a estas alturas de su carrera, poseía un instinto asesino refinado. Cada uno de sus impactos llevaba un peso abrumador, y cada fiero intercambio se inclinaba invariablemente a su favor. Él poseía esa habilidad innata de los grandes noqueadores para reconocer exactamente el momento preciso en que un rival comienza a desmoronarse mental y físicamente; y una vez que su radar percibía esa debilidad, avanzaba como un depredador sin dudar un instante. Volbrecht, demostrando un tremendo orgullo, intentó resistir la avalancha y responder golpe por golpe, pero la historia ya había demostrado que entrar en un intercambio abierto de poder contra Pipino Cuevas siempre era una decisión suicida.
Demostrando una evolución en su arsenal, Cuevas incluso varió su enfoque unidimensional. Cambió brevemente su postura de guardia tradicional y comenzó a lanzar precisos y letales derechazos rectos, manteniendo a Volbrecht constantemente fuera de equilibrio y confundido. El intenso castigo al cuerpo de los asaltos anteriores ya había surtido su efecto paralizante, y para el inicio del quinto asalto, el olor del final inminente estaba cerca. Un intercambio salvaje, imprudente y explosivo en las cuerdas provocó la primera caída del retador, y apenas unos momentos después, todo había terminado. El árbitro detuvo la masacre. Otro rival detenido violentamente, otra declaración contundente enviada al mundo. Ese era el patrón inexorable de su carrera: una vez que Pipino encontraba la distancia y su ritmo de demolición, el final trágico para su oponente nunca estaba lejos.
Pero lo que hizo que ese momento específico de triunfo fuera aún más significativo y estuviera cargado de tensión dramática fue saber quién estaba observando la masacre desde la primera fila. Sentado en el ringside, analizando cada movimiento con ojos calculadores, se encontraba Sugar Ray Leonard. La gran estrella emergente estadounidense, que con su deslumbrante sonrisa y sus medallas olímpicas se estaba convirtiendo a pasos agigantados en la nueva cara comercial del boxeo.
Ambos peleadores, el destructor silencioso de México y el artista carismático de Estados Unidos, se encontraron finalmente cara a cara. Todavía no eran rivales oficiales en un contrato, pero estaba claro para todos los presentes que se encontraban en una ruta de colisión ineludible. Leonard, con gran inteligencia pugilística, reconoció de inmediato el enorme peligro que representaba el mexicano, calificando públicamente el poder de los puños de Cuevas como algo “verdaderamente devastador” y admitiendo sin tapujos que un solo golpe bien colocado de Pipino podía cambiar el curso de cualquier combate en un abrir y cerrar de ojos. Aún así, la confianza de Leonard era inquebrantable; estaba seguro de que su velocidad superior, su inteligencia en el ring y su constante movimiento lateral serían la llave maestra para una eventual victoria.
Cuevas, por su parte, se mantuvo estoico, tranquilo y sumamente seguro de sí mismo, fiel a su personalidad retraída. En las entrevistas, afirmó que respetaba profundamente a Leonard como atleta y campeón, pero dejó muy en claro que no le temía en lo absoluto. En la mente del monarca mexicano, si llegaban a enfrentarse, el resultado final sería exactamente el mismo que tantas veces había ocurrido antes frente a otros rivales. Sería una pelea dura, una guerra, lo admitía sin reservas, pero al final del día creía con fe ciega que el hombre al que le levantarían el brazo seguiría siendo José Pipino Cuevas.
La Noche en que el Hitman Quebró el Mito
Sin embargo, en uno de los giros más crueles que el destino y las complicadas políticas de los promotores de boxeo han orquestado, la superpelea soñada y multimillonaria contra Sugar Ray Leonard jamás llegó a concretarse en el ring. En su lugar, el equipo de Pipino Cuevas aceptó un desafío que, en retrospectiva, resultaría ser un error de proporciones épicas. Fue emparejado para defender su corona contra otra fuerza emergente de la división wélter, un peleador que era igual de peligroso que Leonard, pero de una manera completamente distinta y mucho más letal. Ese hombre, alto, larguirucho y de mirada gélida, era Thomas Hearns, nacido en los barrios duros de Detroit y mundialmente conocido bajo el aterrador apodo de “The Hitman” (El Sicario). Hearns era un fenómeno físico, un peleador con una envergadura desproporcionada cuyo devastador y eléctrico derechazo recto tenía el poder suficiente para desconectar los sentidos y terminar una pelea en una fracción de segundo.
El combate, pautado para el 2 de agosto de 1980 en el Joe Louis Arena de Detroit, se presentaba al público como el choque definitivo: poder contra poder, la fuerza bruta chocando de frente contra la fuerza bruta. Era Cuevas, con su famoso y demoledor gancho de izquierda que había roto tantas mandíbulas, contra Hearns, respaldado por su explosivo, fulminante y veloz derechazo de precisión milimétrica. La narrativa previa a la pelea y la pregunta en la mente de todos los expertos era tan simple como brutal: ¿Quién de los dos conectaría su bomba primero?
Desde el sonido de la campana en el primer asalto en la ruidosa ciudad de Detroit, la dolorosa respuesta comenzó a tomar forma ante los ojos atónitos de los aficionados mexicanos. Hearns, ejecutando un plan de pelea perfecto diseñado por el legendario entrenador Emanuel Steward, utilizó magistralmente su enorme ventaja en alcance, su velocidad de manos y su precisión milimétrica para controlar la distancia a la perfección. Mantuvo a Cuevas a raya con un jab de izquierda rígido y punzante, preparando el terreno una y otra vez para descargar su letal derechazo.
Cuevas, fiel a la única estrategia que conocía y que le había traído la gloria, avanzaba incesantemente, absorbiendo valientemente los fuertes jabs y esperando pacientemente su momento para entrar en la guardia baja y soltar su gancho. Durante años, Pipino había construido su exitosa carrera sobre la base de recibir castigo para acortar el ring y luego devolver algo de una naturaleza mucho más devastadora. Había soportado fuego pesado antes, pero esta vez el castigo que estaba recibiendo era de una dimensión diferente; era un daño constante, punzante y acumulativo que le nublaba los sentidos.
Para el segundo asalto, la pelea ya tenía un claro dominador. Hearns controlaba las acciones a su antojo, conectando combinaciones limpias, potentes y espectaculares, mientras lograba mantener al frustrado campeón mexicano completamente fuera del radio de acción de su gancho de izquierda característico. La legendaria e inhumana resistencia de Cuevas lo mantenía valientemente en pie, pero el equilibrio de poder en el ring había cambiado drásticamente. Cuevas se dio cuenta, con terror creciente, de que esta no era una de esas típicas guerras de desgaste que podía librar en sus propios términos. Era una pelea táctica que no podía descifrar ni controlar.
El desenlace fue uno de los nocauts más espeluznantes de la historia del boxeo. Un brutal derechazo de Thomas Hearns impactó de lleno en la mandíbula de Cuevas. El mexicano, el gran verdugo de la década, cayó pesadamente a la lona de espaldas, con la mirada perdida en las luces del techo del estadio, sus sentidos completamente desconectados. El árbitro detuvo la pelea de inmediato. El reinado de José Pipino Cuevas había llegado a su fin de manera violenta. Cuando esa pelea terminó, marcó muchísimo más que la simple pérdida de un título mundial o una derrota en el récord. Fue el final de una era y el inicio de una caída en picado.
El Largo Adiós: De Depredador a Presa
Las consecuencias psicológicas y físicas de aquella noche en Detroit fueron absolutamente devastadoras para Cuevas. Por primera vez en su vida adulta, el místico aura de invencibilidad y terror que rodeaba al nombre de Pipino había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. El estilo de pelea valiente, frontal y sumamente agresivo que antes abrumaba de pánico a sus rivales incluso antes de que sonara la campana, ahora, a los ojos de los demás boxeadores, parecía una debilidad garrafal, un estilo rudimentario y fácil de contrarrestar. Los peleadores ya no lo veían como un monstruo imparable; ahora veían en él una oportunidad dorada para brillar, un escalón vulnerable para catapultar sus propias carreras.
Ese drástico cambio de percepción en el ecosistema del boxeo quedó dolorosa y trágicamente claro apenas un año después, en su pelea de regreso contra el semidesconocido Roger Stafford. El combate fue programado en 1981, y la narrativa general era que Stafford debía ser simplemente una pelea de recuperación, lo que en el argot pugilístico se conoce como un “tune-up”, otra víctima segura por nocaut para que Pipino recuperara su confianza. Sin embargo, terminó siendo la sorpresa más grande y amarga para el mundo del boxeo.
En el transcurso del segundo asalto, ocurrió lo impensable: Stafford conectó a Cuevas y lo derribó, algo que muy pocos hombres habían logrado hacer, y mucho menos un peleador del calibre de Stafford. Aunque Cuevas se levantó, el combate se convirtió en un calvario de diez asaltos. Stafford terminó ganando por una clara decisión unánime, en lo que la prestigiosa revista The Ring nombraría sin dudar como “La Sorpresa del Año” en 1981.
Para el orgulloso Cuevas, esa derrota frente a un rival marcadamente inferior fue el verdadero punto de inflexión, el abismo psicológico del que nunca logró recuperarse por completo. A nivel físico, el poder de nocaut en su mano izquierda seguía ahí; el corazón, la valentía y la voluntad de pelear también seguían intactos, pero algo etéreo e invaluable se había perdido para siempre. En el sangriento negocio del boxeo profesional, una vez que el miedo y el respeto absoluto desaparecen de los ojos de tus oponentes, es una cualidad que rara vez vuelve.
La escena en la esquina del mexicano durante esa fatídica noche resumía a la perfección el fin de su era. El ambiente alrededor del banquillo de Pipino Cuevas se había vuelto oscuro, tenso y desesperado. Su equipo de entrenadores trabajaba frenéticamente sobre un profundo y feo corte abierto en su párpado izquierdo, aplicando ungüentos y presión, tratando inútilmente de contener la sangre roja que no dejaba de brotar y cegar la visión de su peleador. Todos en el rincón entendían la sombría situación matemática: ya no había ningún camino posible hacia la victoria en las tarjetas de puntuación de los jueces. Si el gran Pipino Cuevas iba a ganar esa noche y salvar su dignidad deportiva, tenía que ser obligatoriamente por la vía del nocaut. Y con solo un asalto restante en el reloj, el tiempo, su peor enemigo, se agotaba inexorablemente.
Cuando sonó la campana que marcaba el inicio del décimo y último asalto, Roger Stafford, oliendo la sangre, no perdió el tiempo. Un seco y contundente derechazo hizo retroceder bruscamente la cabeza de Cuevas, y de pronto la urgencia en los movimientos del mexicano se convirtió en desesperación pura. Cuevas avanzó casi ciegamente, lanzando golpes abiertos con todo lo que le quedaba en el tanque de energía, pero sus movimientos eran torpes; ya no era la fuerza imparable de sus días de gloria. Otro golpe limpio y certero de Stafford impactó directamente en el ojo ya dañado y sangrante del ex campeón, dejándolo visiblemente aturdido y sin balance. Bajo la precaria guardia de Cuevas, la sangre volvió a brotar abundantemente, esta vez de su nariz fracturada.
Stafford percibió la debilidad al instante. Como peleador inteligente, podría haber jugado el último asalto con excesiva cautela, retrocediendo, amarrando y asegurando una victoria cómoda y segura por decisión unánime. Pero en lugar de eso, al ver a la fiera herida, salió a cazar. Dos brutales y ascendentes uppercuts de izquierda encontraron el mentón del mexicano, seguidos inmediatamente de un derechazo demoledor que sacudió sus cimientos.
Cuevas comenzaba a desmoronarse físicamente bajo la inmensa presión y el castigo continuo. Su respiración se volvió pesada y errática mientras la sangre fresca le llenaba la nariz y la garganta, dificultando su ingreso de aire. Sus reflejos, antes felinos, se hacían cada vez más lentos, y sus movimientos, antes compactos, eran ahora erráticos y torpes. Por primera vez en muchos años, frente a los ojos del mundo, José Pipino Cuevas ya no parecía el depredador alfa en la jungla del cuadrilátero, sino la presa arrinconada.

Aún así, el aura de peligro seguía levemente presente en el aire. Incluso en ese estado lamentable y semiinconsciente, Cuevas conservaba, por pura inercia y memoria muscular, la amenaza latente de su gancho de izquierda, aquel golpe mágico que había construido toda su reputación. Stafford lo sabía perfectamente, pero se negó a retroceder un paso. Otra combinación rápida y precisa impactó con claridad en el rostro ensangrentado. Otro derechazo lo sacudió violentamente. Cuevas tambaleó sobre sus piernas temblorosas, incapaz de responder con eficacia, y apenas podía levantar los guantes para defenderse de la avalancha de cuero. La sangre corría libremente por su rostro magullado mientras los segundos finales del reloj se consumían.
Para Roger Stafford, aquella noche humilde fue la culminación de sus sueños, el momento en que todo su sacrificio encajó. Atrás quedaban las interminables carreras al amanecer en el frío, las durísimas y solitarias sesiones de sparring en los ruidosos y deprimentes gimnasios de Filadelfia. Él le había prometido a la prensa y a su equipo que podía lastimar al gran Pipino Cuevas, incluso que podía derribarlo frente a su gente. Muchos periodistas y analistas lo dudaron, burlándose de su atrevimiento. Tras esa paliza, ahora nadie lo hacía.
Cuando finalmente sonó la campana que marcaba el final de la pelea, Cuevas, en un acto de orgullo puro, seguía de pie. Pero al mirarlo, apenas parecía la sombra de un peleador. Era un hombre derrotado, con el rostro irreconocible y su aura de invencibilidad completamente destruida, barrida de la historia.
No mucho tiempo después de este doloroso revés, otro capítulo oscuro cerraría esa historia de leyenda de forma definitiva y humillante. En enero de 1983, buscando desesperadamente redención y una inyección económica, Cuevas aceptó regresar a las grandes ligas para enfrentarse a Roberto “Mano de Piedra” Durán, el legendario peleador panameño que, paradójicamente, también venía de sufrir humillaciones (tras el famoso “No Más” ante Sugar Ray Leonard) y que buscaba reconstruir su propia carrera a expensas del mexicano.
Años antes, durante la cima de ambos, este combate habría sido catalogado como una superpelea soñada y multimillonaria en cualquier estadio del mundo. Ahora, en el crepúsculo de los 80, era algo tristemente distinto: dos peleadores veteranos y dañados, atrapados en una encrucijada existencial, peleando por la supervivencia y el orgullo. El resultado fue un reflejo de quién conservaba más fuego interior. Durán dominó a placer y lo noqueó brutalmente en cuatro asaltos. El panameño utilizó esa contundente y mediática victoria como un trampolín para impulsar su propio y milagroso renacimiento en el boxeo.
Para José Pipino Cuevas, la caída ante Durán fue la confirmación empírica y absoluta de lo que muchos expertos ya empezaban a creer y a escribir: el hombre fiero que una vez aterrorizó a la división wélter con nocauts espeluznantes y mandíbulas rotas ya no existía. Había muerto deportivamente en Detroit a manos de Hearns. En los años posteriores, el intento desesperado de subir de categoría de peso para encontrar nueva vida solo trajo más derrotas dolorosas, muchas de ellas sufriendo castigo innecesario ante rivales de menor nivel que buscaban hacerse un nombre venciendo a una leyenda en decadencia. El otrora cazador implacable se había convertido tristemente en la presa recurrente del ecosistema. Y aún así, la historia de su vida no estaba destinada a terminar trágicamente en el oscuro lienzo de un ring.
Tras arrastrar seis años más de una carrera agónica y carente del brillo de antaño, Cuevas finalmente, escuchando los ruegos de su familia y el desgaste de su propio cuerpo, se retiró definitivamente del boxeo activo en el año 1989. La furia iracunda que había definido su problemática juventud, esa llama que quemó a tantos rivales, finalmente desapareció, consumida por los años y los golpes, siendo reemplazada por algo mucho más sereno, reflexivo y estable.
De regreso en las vibrantes y caóticas calles de su natal Ciudad de México, el hombre que solo sabía destruir comenzó a construir. Invirtió las ganancias que logró salvar y construyó una nueva y tranquila vida administrando un restaurante tradicional, dirigiendo con mano firme una próspera empresa de seguridad privada y, lo más importante, encontrando el éxito personal, la paz familiar y la dignidad lejos del glamour artificial y la violencia extrema que una vez lo consumieron por completo. Hoy, al borde de los 70 años, su realidad es silenciosa, nostálgica y tranquila. En el año 2002, el mismo deporte brutal y desagradecido que lo había elevado a los cielos para luego quebrarlo en mil pedazos le devolvió una cuota de inmortalidad y justicia. José Pipino Cuevas fue incluido formalmente en el Salón de la Fama del Boxeo Internacional en Canastota, Nueva York. Una placa de bronce se erige hoy como un recordatorio imperecedero de que, aunque su caída desde la cima fue estrepitosamente dolorosa, su fulgurante ascenso y la destrucción que desató como adolescente fueron verdaderamente inolvidables en la historia del deporte mundial.
El Renacer del Nombre: El Otro “Pipino” en el Universo del Fútbol
Curiosamente, justo en el mismo año en que la leyenda del boxeo mexicano era inmortalizada en el Salón de la Fama, en otro rincón del continente sudamericano, a miles de kilómetros de distancia, un joven compartía no solo su apodo, sino su destino de ser recordado por momentos de impacto fulminante. La historia da un giro cinematográfico para presentarnos a Nelson “Pipino” Cuevas, un futbolista paraguayo cuya velocidad en la cancha se asemejaba a la potencia de los golpes de su tocayo pugilístico.
En una entrevista reciente concedida a los medios deportivos, Nelson Pipino Cuevas, con la serenidad de los años, recordó el camino impredecible, vertiginoso y a menudo caótico que marcó su vida profesional. Habló desde el giro inesperado del destino que lo llevó desde su humilde Paraguay hasta vestir la gloriosa banda roja del River Plate en Argentina, el equipo más grande de la región, hasta las oportunidades comerciales y personales que construyó con esfuerzo mucho más allá del césped, una vez que colgó los botines de fútbol.
Nelson tuvo una carrera sólida, vistiendo la camiseta de la selección nacional de su país en múltiples Copas del Mundo y recorriendo ligas en América y Asia. Pero cuando el exdelantero habla de todo eso frente a las cámaras o en una reunión informal, invariablemente hay un momento específico, un instante mágico que sigue estando, en su mente y en la de millones de hinchas, muy por encima de todos los demás logros. Una sola noche de domingo. Un solo gol. Una epopeya deportiva que lo inmortalizó.
Lo recuerda en su mente con una claridad cristalina y fotográfica, como si hubiera ocurrido ayer por la tarde. La fecha: 28 de abril de 2002. El escenario: El imponente Estadio Monumental de Buenos Aires, vibrando bajo los pies de miles de hinchas en estado de máxima ansiedad. River Plate se enfrentaba a Racing Club en un partido de altísima tensión, absolutamente crucial y definitorio por la lucha del codiciado torneo Clausura del fútbol argentino. Todo el año deportivo estaba en juego en 90 minutos, y la presión atmosférica en el estadio era asfixiante.
Bajo la dirección táctica del histórico y siempre exigente entrenador Ramón Díaz, el partido se había convertido en una batalla física y táctica donde nadie regalaba un metro. Nelson Cuevas, que solía ser un revulsivo eléctrico en el segundo tiempo, ya había ingresado al campo de juego buscando romper el empate. Y entonces, de la manera más inesperada, cuando ya no había más cambios disponibles en la pizarra del entrenador, el caos absoluto se desató sobre el campo de juego de Núñez.
En una jugada defensiva desesperada, el experimentado arquero de River, Ángel Comizzo, cometió una falta gravísima al borde de su propia área. El árbitro no dudó un segundo y le mostró la tarjeta roja directa. Fue expulsado de manera fulminante. De repente, el estadio enmudeció. River Plate, jugándose el campeonato y con los tres cambios reglamentarios ya realizados por su técnico, se quedó sin portero oficial para los minutos finales del partido más importante del semestre.
En un momento de confusión, nerviosismo y decisiones desesperadas dictadas por la adrenalina pura, el joven defensor central Martín Demichelis —que años más tarde haría una brillante carrera en el Bayern Múnich de Europa— asumió la enorme y antinatural responsabilidad de ponerse los guantes de portero y colocarse bajo el arco de su equipo. Demichelis debía enfrentar de inmediato el cobro de un tiro libre directo y sumamente peligroso por parte de Racing, un disparo que, si se convertía en gol, podía decidir no solo el partido, sino arrebatarles el anhelado título de campeonato a las vitrinas de River Plate.
El gigantesco estadio Monumental contuvo la respiración al unísono. La presión sobre los hombros de Demichelis y del resto de los jugadores de River era francamente insoportable. En las cabinas de transmisión de radio de todo el país, las narraciones de los locutores deportivos estaban cargadas de un nerviosismo eléctrico. La voz icónica del relator Atilio Costa Febre reflejaba el terror colectivo de la hinchada “millonaria” a través de los micrófonos. Todos en la cancha y en sus casas sabían la dura realidad: Demichelis no era arquero. Si el disparo del jugador de Racing iba bien direccionado al arco, inevitablemente sería gol, y el campeonato se escurriría de sus manos.
Pero en el fútbol, como en la vida, el destino tiene formas misteriosas de intervenir. El jugador de Racing ejecutó el tiro libre, pero el balón, golpeado con nervios o exceso de fuerza, fue a estrellarse violentamente contra la barrera humana de jugadores de River. El rebote salió disparado y River recuperó milagrosamente la posesión del balón en las inmediaciones de su propia área.
Y entonces, todo el panorama cambió en cuestión de escasos y electrizantes segundos. El defensor Ricardo Rojas, al ver el balón suelto, dio un pase rápido, preciso y profundo hacia el medio campo. Allí, posicionado como un depredador a la espera de la oportunidad, se encontraba Nelson Pipino Cuevas. Lo que siguió en los siguientes segundos no fue solo una jugada de fútbol; se convirtió en leyenda instantánea, una narración poética que se repite hasta hoy en documentales y cantos de tribuna.
Mientras el balón corría hacia él, el relator Costa Febre, poseído por la emoción del momento y la inminencia del contragolpe, comenzó a gritar con la garganta rota a través de los altavoces de la radio: “¡Hacelo Cuevas! ¡Hacelo! ¡Por favor, Pipino, hacelo!”.
Cuevas tomó el control del balón y arrancó hacia adelante como un tren sin frenos. Atravesó el campo, cruzando el pasto del mediocampo con la defensa de Racing completamente desarmada y retrocediendo en pánico. Corrió impulsado por un instinto puro, velocidad genética y la esperanza de millones de hinchas. Tras una carrera frenética de cincuenta metros, se encontró finalmente cara a cara con el arquero rival. En ese instante supremo, donde a la mayoría de los jugadores se les nubla la mente y les tiemblan las piernas, Cuevas mantuvo una calma glacial. No disparó a quemarropa. En cambio, con un toque suave y magistral, eludió al arquero que salía a achicar espacios y definió con absoluta precisión, empujando la pelota con la parte interna del pie hacia el fondo de la red vacía.
La explosión de júbilo en el Monumental provocó un sismo que se registró en los sismógrafos de Buenos Aires. No fue solo el gol agónico de la victoria en el último minuto; fue el gol del campeonato. Fue “El Gol” que selló su nombre en los anales del club.
Años más tarde, ya retirado del vértigo competitivo, Cuevas diría en múltiples entrevistas que ese momento específico, esos diez segundos de carrera hacia el arco vacío, cambiaron por completo y de forma radical el rumbo y el destino de su vida entera. De esa sola y épica jugada surgió una cascada de bendiciones: un reconocimiento inmenso en el continente, estabilidad financiera, fama internacional y la apertura de innumerables puertas y oportunidades profesionales.
El impacto del “Gol de Cuevas” fue inmediato. Su rendimiento en ese torneo y su estatus de ídolo le aseguraron un lugar inamovible en la lista de convocados a la selección nacional paraguaya para disputar la máxima cita del deporte: la Copa del Mundo de la FIFA 2002 en Corea y Japón. Allí, continuó su buena racha, anotando goles importantes en la fase de grupos y convirtiéndose en el goleador histórico de Paraguay en los Mundiales. Además, la jugada del campeonato de River le otorgó anécdotas curiosas y millonarias, como cuando ganó en una apuesta personal una costosa camioneta 4×4 que fue sorteada y pagada de su propio bolsillo por el técnico Ramón Díaz, quien le había prometido el vehículo si anotaba en partidos clave. Finalmente, su estatus lo catapultó y consiguió un lucrativo traspaso al fútbol extranjero, llenando sus cuentas bancarias.
Al mirar hacia atrás, dos décadas y muchas vivencias después, Nelson no duda un solo instante en su análisis retrospectivo. Ese gol, el “Hacelo Cuevas”, no solo sirvió para ganar tres puntos en un partido del campeonato argentino; lo colocó mágicamente en un carril de vida completamente distinto, elevando a su familia de la humildad a la tranquilidad. “River Plate es lo mejor que me pudo haber pasado en toda mi existencia”, afirma con un brillo de gratitud y nostalgia en los ojos cada vez que le preguntan. Y para Nelson Pipino Cuevas, el calendario marca que aquel domingo 28 de abril de 2002 no fue solo una fecha más de liga; fue, literalmente, el momento de génesis en que su vida realmente comenzó.
El Silencio Después del Silbato: La Reinvención de Nelson Cuevas
Hoy en día, más de dos décadas después de aquel épico gol inolvidable que hizo temblar de alegría a la mitad de Argentina, Nelson Pipino Cuevas ya no vive su día a día inmerso en el ensordecedor rugido de los estadios abarrotados, ni bajo la lupa microscópica y constante de la prensa deportiva internacional. De regreso en su natal Paraguay, el país que lo vio nacer y al que siempre soñó con volver para asentarse, la rutina de sus días ha tomado un ritmo radicalmente diferente. Es un ritmo más pausado, maduro, pero que combina sabiamente la misma pasión que mostraba en la cancha con un nuevo propósito de vida y una asombrosa capacidad de reinvención profesional.
El fútbol profesional, con su fama, sus excesos y su gloria pasajera, pudo haber definido de manera absoluta su brillante pasado, pero Cuevas se ha asegurado de que ese capítulo no sea lo único que defina su presente, ni limite su futuro como ser humano. A diferencia de muchos exfutbolistas que sucumben a la depresión o a la ruina financiera al retirarse, sumidos en la nostalgia dolorosa de los aplausos que ya no suenan, el mundo actual de Nelson Cuevas se extiende creativamente entre diversas facetas. Se le puede ver disfrutando tranquilamente de las mañanas soleadas en los exclusivos campos de golf de Asunción perfeccionando su swing, organizando animadas y nostálgicas sesiones de música folclórica con sus viejos amigos de la juventud, y gestionando serios y rentables proyectos empresariales que aseguran el futuro de sus hijos.
Junto a su inseparable esposa, Cuevas dirige con gran inteligencia comercial un lucrativo negocio en el sector inmobiliario de Paraguay. Ha estado comprando, desarrollando y construyendo propiedades de manera constante a lo largo de los años, forjando cuidadosamente una vida estable, próspera y alejada del ruido, mucho más allá de las efímeras páginas de los diarios deportivos.
Sin embargo, es otro proyecto empresarial, uno que nació de manera completamente fortuita e inesperada en medio de la peor crisis global de las últimas décadas, el que verdaderamente revela hasta qué punto ha madurado y evolucionado la mente de este exdelantero. Cuando la terrible pandemia del año 2020 detuvo por completo los engranajes de la economía mundial, paralizando vuelos, comercios y vidas humanas enteras, el dinámico mercado inmobiliario en el que operaba Cuevas también quedó absolutamente congelado. No había transacciones, no había movimiento. Para muchísimos empresarios y trabajadores, ese fue un momento de pánico, parálisis e incertidumbre aplastante sobre el futuro económico.
Para un hombre con el instinto agudo de Nelson Cuevas, sin embargo, la crisis no fue una excusa para la parálisis, sino que funcionó como un catalizador, un punto de inflexión necesario. En lugar de sentarse resignado a esperar, viendo los noticieros en su casa a que las condiciones macroeconómicas mejoraran mágicamente, el exfutbolista mantuvo los ojos abiertos a su entorno. En ese periodo oscuro, logró ver con claridad una necesidad básica de la población que no estaba siendo atendida, y con la misma visión periférica con la que veía los espacios vacíos en el área rival en su época de jugador, vio una oportunidad de negocio vital.
El vital y básico acceso al agua potable, limpio y constante, se estaba convirtiendo en un problema social creciente, urgente y dramático para muchísimas comunidades y desarrollos urbanos alejados en el interior y los alrededores de Paraguay. Las sequías estacionales agravaban la situación, y la infraestructura pública a menudo era insuficiente para satisfacer la creciente demanda. Ante esta dura realidad que afectaba a sus compatriotas, Cuevas decidió actuar.
Esa firme decisión de aportar soluciones tangibles llevó a la creación formal de su empresa familiar, a la que bautizó con su propio apellido: “Cuevas Perforaciones”. Lo que en un principio comenzó como una idea modesta, un intento de diversificar ingresos adquiriendo maquinaria para perforar el suelo en busca de agua, creció rápidamente hasta convertirse, impulsado por la tremenda necesidad del mercado, en una operación industrial completa y sumamente exitosa. Hoy en día, la empresa cuenta con una plantilla robusta de más de 30 empleados fijos operando pesada maquinaria de excavación, especializándose profundamente en la compleja perforación técnica de profundos pozos artesianos.
Su clientela ya no son solo granjas o familias aisladas; brindan un servicio crítico e indispensable a empresas agrícolas, conjuntos residenciales e industrias para quienes no cuentan con fuentes de agua confiables de la red pública. El emprendimiento de Cuevas no era simplemente otro negocio comercial para ganar dinero; en el fondo, era la provisión de una solución técnica e indispensable a un problema real de subsistencia que afectaba directamente la calidad de vida de las personas.
Cuevas, demostrando una notable mentalidad empresarial, adoptó herramientas tecnológicas y de marketing modernas para hacer funcionar el proyecto a gran escala. A través del poder viral de las redes sociales, donde aún conserva cientos de miles de seguidores nostálgicos de su época en River y la selección, el exjugador promovió personalmente la nueva empresa de perforación. Comenzó a grabar videos mostrando su arduo y sucio trabajo en el campo, rodeado de barro, máquinas gigantes y sus obreros, y así llegó de forma directa y económica a cientos de clientes potenciales que necesitaban ayuda desesperadamente para conseguir agua.
La respuesta del mercado paraguayo fue absolutamente abrumadora. La empresa se posicionó como líder. El negocio se expandió tan rápido que Cuevas tuvo que invertir el capital inicial en la importación masiva de motores de alta potencia, bombas sumergibles de última tecnología y equipos pesados esenciales desde el extranjero, posicionándose en muy poco tiempo con una fuerza y un prestigio imparable en el mercado local de la ingeniería hidráulica de pozos.
Y aún así, con todas estas nuevas, inmensas y estresantes responsabilidades corporativas sobre sus hombros, Nelson Pipino Cuevas no ha permitido que el trabajo consuma la alegría innata y el carisma magnético que siempre lo impulsó desde sus primeros días pateando una pelota en el barrio. En los momentos más íntimos y tranquilos del día, cuando las ruidosas máquinas perforadoras se apagan y los contratos comerciales están firmados, el ídolo sudamericano sigue tomando religiosamente su guitarra de madera.
Se sienta en la terraza de su casa, afinando las cuerdas con una sonrisa, y se dedica a cantar música folclórica, baladas y ritmos locales, tocando animadamente para su familia, sus trabajadores y sus amigos cercanos. Ese simple acto de hacer música le sirve para recordarles a todos los presentes, y para recordarse fundamentalmente a sí mismo, una gran lección vital: que la vida es muchísimo más que solo la obsesión por el trabajo, el dinero o el recuerdo melancólico de la fama que ya pasó.
Para Nelson Pipino Cuevas, el sorprendente y prolífico segundo acto de su vida ya no se trata en lo absoluto de perseguir febrilmente los relámpagos de la gloria pública, de buscar los aplausos de millones de extraños o de levantar copas bañadas en oro frente a las cámaras de televisión del mundo. Esta etapa madura de su existencia se trata de algo mucho más profundo y arraigado en la tierra misma que hoy perfora: se trata de construir un patrimonio sólido y duradero para los suyos. Se trata de crear algo que, al igual que aquel mágico y eterno gol bajo la presión de un estadio monumental hace más de dos décadas, logre cambiar la vida de las personas, llevándoles agua y esperanza de una manera silenciosa, pero que realmente importa y trasciende la efímera memoria deportiva.
Ambos Pipino Cuevas, el boxeador mexicano y el futbolista paraguayo, experimentaron el éxtasis del éxito desmedido que pocos mortales conocerán, y ambos han tenido que aprender, a base de golpes literales y figurados, que el verdadero valor de un hombre se mide en su capacidad de reinventarse, encontrar la paz y seguir adelante cuando las luces del estadio se apagan para siempre.