Esa educación le ha dado un don excepcional, la capacidad de construir mundos con palabras y le ha dejado también un punto ciego que tardará 20 años en descubrir y que entonces ya será demasiado tarde para corregir. En el otoño de 1874, un joven irlandés de 20 años cruzó las puertas del Magdalen College de Oxford con una maleta, varios volúmenes de poesía griega y una certeza que rozaba la arrogancia.
estaba destinado a algo grande. Lo que no sabía era que Oxford no solo iba a confirmar esa certeza, sino que iba a darle una forma, una filosofía y un enemigo que tardaría dos décadas en reconocer como tal. Oxford era entonces la institución más prestigiosa del mundo anglosajón y también una de las más contradictorias. formaba a los futuros administradores del Imperio Británico, a los clérigos de la Iglesia Anglicana, a los políticos y juristas que gobernarían medio mundo, pero al mismo tiempo albergaba a pensadores que cuestionaban los
fundamentos mismos de esa civilización que el imperio pretendía representar. Era un lugar donde la tradición y la herejía convivían en el mismo claustro, donde la excelencia académica y la excentricidad personal no se excluían mutuamente. Para Oscar Wild, que llevaba toda la vida buscando un ambiente que estuviera a la altura de su inteligencia, Oxford fue algo parecido a una revelación.
Los primeros meses fueron de adaptación. Wild era irlandés en una institución que, pese a su cosmopolitismo aparente, tenía formas sutiles de recordar a sus alumnos de dónde venían. Era grande, de modales llamativos, con una manera de hablar demasiado elaborada para resultar cómoda en la conversación ordinaria.
Sus compañeros lo encontraban extravagante, algunos lo admiraban, muy pocos lo ignoraban. Lo que nadie ignoraba era su inteligencia. Pero en Oxford ocurrió algo que cambiaría el curso de su vida de una manera que entonces no resultaba evidente. Wild conoció a dos hombres cuyas ideas en apariencia opuestas iban a quedar grabadas en él de forma permanente.
El primero fue John Raskin, el gran teórico del arte victoriano. Un hombre que creía apasionadamente la belleza, pero que nunca la separaba de la ética. Para Raskin, lo bello y lo bueno eran inseparables. El arte verdadero nacía de una sociedad justa y una sociedad justa producía arte verdadero. Era una visión moral del mundo estético y Wild la absorbió con entusiasmo, aunque nunca del todo.
El segundo fue Walter Piter, profesor del Brace Nose College, estudioso de la antigüedad clásica y autor de un libro que circulaba entre los estudiantes más avanzados de Oxford con la discreción excitada de un texto prohibido. Ese libro, sus ensayos sobre el Renacimiento, contenían su conclusión unas pocas páginas que Wild memorizó casi literalmente y que determinarían su manera de entender la existencia durante el resto de su vida.
Páer sostenía que el objetivo de la vida humana era la experiencia intensa, la búsqueda de los momentos de mayor sensación, la combustión constante de la conciencia frente a la belleza. No había verdad más allá de la experiencia estética. No había deber más alto que el de vivir plenamente. La moral era una convención.
La belleza era el único absoluto. Aquí es donde conviene detenerse un momento, porque en la tensión entre Raskin y Pater se encuentra la clave de toda la obra de Wild y también de su destrucción. Raskin le enseñó que el arte tenía consecuencias morales, que la belleza implicaba responsabilidad. Pater le enseñó que la vida era una obra de arte en sí misma, que el placer era una forma de conocimiento, que las convenciones sociales eran obstáculos al desarrollo pleno de la personalidad.
Wild escuchó a ambos con atención y en la práctica eligió a Pater, aunque durante años siguió citando a Raskin con admiración sincera. Fue una lección que nunca reconoció del todo como tal, porque reconocerla habría implicado aceptar sus consecuencias. En Oxford, W comenzó a construirse a sí mismo con la misma deliberación con que un artista acomete un lienzo.
Empezó a coleccionar objetos de porcelana que disponía cuidadosamente en su habitación del Mcdalen College. empezó a prestar una atención obsesiva a su indumentaria, no por vanidad superficial, sino porque había entendido que la ropa era un lenguaje, que el aspecto exterior era el primer texto que los demás leían de una persona y que ese texto podía ser una obra maestra o una mediocridad, dependiendo de quién lo escribiera.
Empezó a cultivar sus paradojas, esas formulaciones breves y relampagueantes que invertían en sentido común y dejaban al interlocutor sin argumentos. Aprendió que el ingenio, bien empleado era una forma de poder. Un episodio de esos años universitarios ilustra mejor que ningún discurso lo que estaba ocurriendo en Wild.
Un grupo de compañeros asteados de su afectación y sus trajes extravagantes lo arrastró hasta lo alto de una colina con intención de humillarlo en el barro. Wild cayó, se levantó, se sacudió la ropa con calma y contempló el paisaje que se abría ante él. Luego dijo que el panorama desde esa colina era francamente hermoso.
Sus agresores no supieron qué responder. Wild había convertido la humillación en una demostración de superioridad estética. Había ganado, no resistiendo, sino cambiando las reglas del juego. Ese episodio que su madre celebró con entusiasmo cuando lo supo era también una advertencia que nadie supo leer. Wild era capaz de transformar cualquier situación en teatro.
era capaz de mantener la compostura estética frente a cualquier agresión exterior. Lo que no había aprendido todavía era distinguir entre las situaciones que podían convertirse en teatro y las que podían destruirle la vida. En 1876, durante una estancia en Grecia, junto a su tutor, Majfi, Wild vio por primera vez los lugares que había estudiado durante años en los textos.
El Partenón, el ejeo, los restos de una civilización que había colocado la belleza en el centro de su mundo. La experiencia le afectó de una manera que resulta difícil de separar de lo estético y de lo espiritual. Más tarde diría que Grecia le había enseñado que la perfección era posible, que no era una abstracción filosófica, sino algo que había existido realmente en piedra, en bronce, en mármol.
Ese viaje también le causó un problema más práctico. Llegó tarde al inicio del curso siguiente y las autoridades del Mcdalen College le impusieron una multa. W la pagó sin alterarse, pero añadió que el viaje había valido cualquier precio. La frase era típica de él, elegante, desenfadada y completamente cierta. En 1878, W terminó sus estudios en Oxford con la máxima distinción académica posible.
Sus examinadores quedaron impresionados por su conocimiento de los clásicos griegos y latinos. Ganó además el premio New Degate de poesía con un poema titulado Ravena, que describía la ciudad italiana con una riqueza de imágenes que sus jueces encontraron excepcional. Era un logro genuino, no una pose. Wild era académicamente tan brillante como afirmaba ser.
Pero Oxford le había dado algo más que galardones y conocimientos. Le había dado una identidad. Salía de allí convencido de que la belleza era el único valor real, de que las convenciones morales de la sociedad victoriana eran obstáculos al desarrollo de la personalidad, de que él mismo era una excepción a todas las reglas. salía, en definitiva, convencido de que podía vivir exactamente como quería, sin pagar ningún precio.
Lo que aquí importa entender es que esa convicción no era puro narcisismo, aunque lo pareciera, era el resultado lógico de haber asimilado las enseñanzas de Pater sin el contrapeso de Raskin. era la consecuencia de una filosofía coherente, bien construida intelectualmente, que, sin embargo, ignoraba una verdad elemental, que la sociedad no es un texto que se puede reescribir a voluntad y que las reglas que se transgreden siempre terminan por presentar su factura.
El niño que su madre había vestido de niña, el estudiante que había convertido la humillación en un momento estético, el joven que había aprendido a fabricarse una identidad con la misma precisión que un orfebre trabaja el metal. Salía de Oxford hacia Londres con una filosofía de vida y sin un plan de supervivencia.
Llevaba consigo el talento más deslumbrante de su generación y una vulnerabilidad que él mismo sería el último en reconocer. El encuentro con la ciudad que iba a adorarle y destruirle estaba a punto de producirse. En enero de 1882, el transatlántico que traía Oscar Wild desde Liverpool a Nueva York atracó en el puerto de Manhattan bajo un cielo gris de invierno.
En el muelle esperaba un grupo de periodistas que habían conseguido permiso para subir a bordo mientras el barco permanecía en cuarentena. Querían ver con sus propios ojos al extravagante inglés del que tanto habían oído hablar. Lo que encontraron los dejó sin habla durante un segundo. Un hombre de casi 1,90 con un abrigo verde ribeteado de piel verde, zapatos de charol, corbata color celeste y una camisa de cuello abierto que parecía sacada de otra época.
Wild los miró a todos con una calma que rozaba el aburrimiento y declaró antes de que le preguntaran nada que no tenía nada que declarar, salvo su genialidad. La frase recorrió Nueva York antes de que Wild pusiera el pie en tierra firme, pero antes de América estuvo Londres y antes de que Londres le aclamara como príncipe de los estetas, hubo años de trabajo silencioso que la leyenda suele omitir.
Cuando Wó capital británica en 1879, acababa de terminar Oxford y no tenía en sentido estricto ninguna profesión. había intentado sin éxito obtener una plaza en el servicio diplomático. La carrera académica, que habría sido la salida más natural para alguien de su expediente, le aburría profundamente. La literatura era su vocación, pero un único poemario publicado por su cuenta no bastaba para vivir de ella.
Lo que sí tenía era una presencia extraordinaria y una lengua sin igual. Los salones londinenses de finales del siglo XIX eran instituciones sociales de enorme importancia. En ellos se formaban reputaciones, se hacían negocios, se establecían las jerarquías culturales de la época. Wild los conquistó con una estrategia que vista desde fuera parecía improvisación y que en realidad era perfectamente calculada.
Aparecía con trajes que desafiaban discretamente las convenciones, una flor de seda en el ojal, colores que nadie más se atrevía a combinar, una levita cortada según sus propias instrucciones al sastre. Se instalaban el centro de cualquier conversación. con la facilidad de quien lleva haciéndolo toda la vida.
Y hablaba hablaba de una manera que sus contemporáneos describían con palabras que se repiten en todas las memorias de la época. Hipnótico, irresistible, inclasificable. André Yid, que lo conocería años después, diría que la literatura de Wild era solo un reflejo pálido de su talento como conversador. Lady Wild, su madre, que lo había preparado exactamente para esto, observaba desde la distancia con la satisfacción de un artesano que ve funcionar su obra.
Las invitaciones se multiplicaron. Los anfitriones de los mejores salones comenzaron a incluir su nombre en las veladas, como otros incluían el de un pianista célebre o el de un conferenciante famoso. Se decía, “Venid esta noche. Estará ese irlandés.” Y la gente venía. Sin embargo, la fama de Wild en esos primeros años londinenses era de una naturaleza extraña.
Era célebre, pero no por sus libros, porque todavía no había escrito casi nada. Era reconocido en toda la ciudad, pero su reconocimiento descansaba sobre algo tan frágil como su personalidad, y esa fragilidad no se le escapaba a él. Bajo la superficie de la elocuencia y el aplomo había una conciencia aguda de que la reputación sin obra es un edificio sin cimientos.
En ese contexto, hay que entender el viaje a América. La compañía de ópera cómica que representaba Paciencia de Gilbert y Sullivan planeaba una gira por los Estados Unidos. La obra era una parodia del movimiento esteticista inglés y uno de sus personajes, el poeta Banthorn, era reconocido por todos como una caricatura de Wild.
Al empresario de la gira se le ocurrió que llevar al original en persona sería un golpe publicitario sin precedentes. Wild aceptó. Le pagarían un porcentaje de la taquilla y él daría conferencias por su cuenta sobre el esteticismo. La propuesta que había hecho para su primera conferencia sobre Shakespeare fue rechazada.
Los americanos no querían a Shakespeare, querían al extravagante. Wild embarcó en diciembre de 1881. La gira duró un año entero. Recorrió los Estados Unidos de costa a costa, desde Boston hasta San Francisco, desde las ciudades del norte hasta los estados del sur, llegando incluso a poblaciones mineras de las montañas rocosas, donde el único entretenimiento cultural eran los carteles de los aluns.
En una de esas ciudades vio una inscripción sobre el piano de un bar. Por favor, no disparen al pianista, está haciendo lo que puede. Wild declaró que era la expresión más sincera de crítica artística que había encontrado en toda América. La gira fue un éxito desigual. En Boston, los estudiantes de Harvard intentaron ridiculizarle, apareciendo a su conferencia vestidos exactamente como él, con los mismos pantalones, los mismos calcetines y girasoles en las manos.
Lo que no sabían es que alguien los había traicionado. W fue avisado a tiempo y se presentó con un traje perfectamente convencional. Cuando entró al salón y vio a los estudiantes ataviados de manera extravagante, los contempló con una sonrisa y les agradeció que hubieran decidido encarnar tan fielmente los principios del esteticismo.
La sala estalló en carcajadas. Wild había ganado sin combatir. En Ledville, Colorado, descubrió que los mineros llenaban la sala con el mismo entusiasmo que los públicos de las ciudades del Este, aunque por razones distintas. Les habló de Benvenuto Chelini, el orfebre y escultor del Renacimiento italiano.
Y cuando terminó la conferencia, los mineros le preguntaron si ese tal Chelini era buena gente. Wild respondió que era exactamente como ellos, un hombre que trabajaba con sus manos y que tenía un carácter difícil. Los mineros aplaudieron. Wild bajó con ellos a una mina y se bebió un whisky a 90 met bajo tierra.
Aquella noche escribió en su diario que los americanos eran fascinantes precisamente por carecer de las inhibisiones que el exceso de civilización produce. El encuentro más significativo de todo el viaje americano fue el que tuvo con Walt Whan en Camden, Nueva Jersey. Whan, era ya entonces un anciano recluido en su casa.
El poeta que había cantado al cuerpo y a la democracia con una libertad sin precedentes en la literatura inglesa. Wild le visitó como un discípulo visita a un maestro. Wh recibió con afecto y le ofreció un vaso de leche con whisky que Wild aceptó. Hablaron durante horas. Wild diría más tarde que Whitman era el único americano que había conocido que no le preguntara por su traje.
Al cabo de un año, Wild volvió a Europa con dinero suficiente para instalarse en París durante varios meses. La ciudad era entonces el centro intelectual del mundo occidental y Wild se movió por ella con la naturalidad de quien llega a su casa. Conoció a Víctor Hugo, a Emil Solá, a Paul Berlin, a Stefán Malarmé, a Eduardo Gonkurt.
En esos círculos fue recibido como un igual, lo cual era un reconocimiento de una naturaleza muy diferente al que le dispensaban los salones londinenses. Londres le aclamaba como fenómeno. París le trataba como artista. La diferencia no era menor. Y Wild la percibía con la exactitud de un instrumento de precisión.
En París entendió que la fama que había construido hasta entonces, por brillante que fuera, descansaba sobre una ilusión. El hombre más comentado de Londres todavía no había escrito la obra que justificara todo el ruido. La reputación había llegado antes que el talento, o más bien, había llegado antes de que el talento se expresara en papel.
La pregunta que los biógrafos se han hecho durante más de un siglo es si Wild era consciente de esta contradicción. La respuesta a la vista de lo que ocurrió después es que sí, que esa conciencia era precisamente la que le impulsó a ponerse a escribir en serio al volver a Inglaterra, que la gloria anticipada fue en ese sentido, una forma extraña de disciplina.
El hombre que regresó de América y París a finales de 1882 no era exactamente el mismo que había partido. Llevaba consigo algo que los aplausos y las tenas y las conversaciones brillantes no podían darle. la certeza de que el mundo estaba dispuesto a escucharle. Solo tenía que encontrar las palabras exactas para decir lo que tenía que decir.
Tenía 28 años. Delante de él estaba la década más productiva de su vida. En noviembre de 1887, el número de una revista femenina londinense publicó un cuento breve que nadie esperaba de su autor. Una historia sobre una estatua que daba sus ojos de zafiro y las láminas de oro de su cuerpo a los pobres de la ciudad, ayudado por una golondrina que moría de frío en el proceso.
El cuento se llamaba El príncipe feliz. Su autor era el hombre más conocido de los salones londinenses, el conferenciante de cabellera larga y trajes imposibles, el irlandés que había deslumbrado a los mineros de Colorado y a los poetas de París. Nadie esperaba que Ócar Wild escribiera algo así, algo tan sencillo, tan despojado de ironía, tan inesperadamente tierno.
El cuento fue un éxito inmediato. Las críticas lo elogiaron. Los lectores lo copiaban a mano para enviárselo a sus amigos. Y Wild, que tantas veces había sido aplaudido por su ingenio y su extravagancia, descubrió que también era capaz de conmover. Lo que pocos sabían era que esas historias las contaba primero en voz alta, de noche a sus hijos pequeños.
El matrimonio con Constance Lloyd se había celebrado en mayo de 1884. Wild tenía 29 años. Constance era una joven inteligente, de ojos oscuros y modales serenos, interesada en la literatura y en el movimiento por los derechos de la mujer. Wild la describió en sus cartas de noviazgo con un entusiasmo que no parecía calculado.
Hablaba de sus ojos maravillosos, de su seriedad enigmática, de la certeza de que era la persona adecuada. El matrimonio era, en todos los sentidos visibles, una elección razonable y sincera. La casa que construyeron juntos en el número 16 de la calle Tite en el barrio de Chelsea, fue en sí misma un manifiesto estético.
Wild supervisó personalmente cada detalle de la decoración durante casi un año. El techo del comedor era blanco con toques dorados. Las paredes del estudio eran de un rojo apagado que él mismo eligió. La escalera estaba presidida por una escultura de mármol. En el salón, los muebles sellé a las proporciones que Wild consideraba las únicas correctas.
Constance se dejó guiar con paciencia. Algunos visitantes quedaban perplejos. Otros reconocían que el resultado era de una belleza inhabitual. Enero de 1885 nació Cyril, el primero de sus hijos. En noviembre del año siguiente llegó Vivian. Wild los amaba con una naturalidad que sorprendía a quienes le conocían solo a través de su pose pública.
Los bañaba, jugaba con ellos en el suelo, les inventaba historias antes de dormir. Las historias fueron acumulándose hasta que alguien le sugirió que las escribiera. Wild lo hizo y el resultado fue El Príncipe Feliz y otros cuentos. Publicado en 1888. La colección fue acogida con admiración genuina. Se veía en esas páginas a alguien capaz de unir la fantasía y la melancolía, la ironía y la ternura, el artificio verbal y la emoción desnuda.
Pero esas historias eran también otra cosa. Eran, leídas con atención, pequeños tratados filosóficos disfrazados de cuentos infantiles. En el príncipe feliz, una estatua dorada que contempla desde las alturas la miseria de la ciudad, decide desprenderse de todo lo que la adorna para aliviar en sufrimiento ajeno.
La golondrina que la ayuda muere de frío en el proceso. Al final, los ciudadanos funden la estatua deteriorada porque ya no les parece hermosa, sin entender que acaban de destruir lo único genuinamente bello que tenían. En la Rosa y Ruis señor, un pájaro se sacrifica literalmente para crear la flor perfecta que el joven que la necesita no sabrá valorar.
En el gigante egoísta, un ser brutal que expulsa los niños de su jardín, termina comprendiendo demasiado tarde que la alegría que rechazó era la única que merecía la pena. El patrón se repite en todos los cuentos. Alguien se entrega completamente a algo o a alguien y esa entrega no tiene recompensa en el mundo visible.
Pero hay algo que se salva de la destrucción, una especie de verdad que trasciende la historia concreta y que el lector lleva consigo sin poder explicar del todo por qué. Wild decía que el arte no debía enseñar nada, que la función del arte no era moral, sino estética. Y sin embargo, todos sus cuentos enseñaban algo con una claridad que ninguna prédica hubiera alcanzado.
Enseñaban que el egoísmo destruye y que la generosidad redime, que la belleza sin compasión es ornamento vacío, que el sacrificio tiene una dignidad que el placer no puede comprar. Esta contradicción entre lo que Wild declaraba y lo que en realidad escribía no era hipocresía, era la señal de algo más profundo, que su filosofía pública y su sensibilidad privada no coincidían del todo y que en sus mejores obras era la sensibilidad la que ganaba.
En 1890, la revista Liping Cots Monthly Magazine publicó en su número de julio una novela que Wild había escrito en pocas semanas. Se llamaba El retrato de Dorian Grey. La reacción de la crítica fue inmediata y furiosa. Los periódicos la llamaron inmoral, corrupta, peligrosa. Uno de ellos escribió que debería haber sido destruida antes de publicarse.
Wild respondió en más de 10 cartas abiertas a distintas publicaciones, explicando con paciencia y cierto regocijo que la moral de la novela era, para quien supiera leerla, perfectamente ortodoxa. El protagonista que se entrega al placer sin límites acaba destruido por esa misma entrega. tenía razón y eso era exactamente lo que los críticos no querían admitir.
La novela contaba la historia de Dorian Grey, un joven de belleza extraordinaria que hace un pacto implícito con el destino. Su retrato envejecerá y acumulará las marcas de sus actos mientras él permanece eternamente joven y hermoso. Dorian pasa entonces décadas viviendo sin consecuencias visibles, consumiendo placeres de toda clase, destruyendo a cuanto se acercan demasiado a él, hasta que al final intenta destruir el retrato y descubre que el retrato y él son la misma cosa.
Lord Henry Watton, el personaje que seduce a Dorian con su filosofía del placer absoluto, pronuncia algunas de las frases más brillantes que Wild describió. Es ingenioso, elegante, moralmente irresponsable y completamente fascinante. Y está construido sobre la conciencia de que esa fascinación tiene un precio que él mismo nunca pagará porque es demasiado inteligente para creer del todo en lo que predica.
Wild dijo en una ocasión que los tres personajes principales de la novela eran tres aspectos de sí mismo. Basil Holward era como él se veía. Lord Henry era como le veía el mundo y Dorian era como habría querido ser. La confesión era más honesta de lo que parecía, porque el mundo que veía el Lord Henry era el de un hombre que convertía la vida en arte sin pagar las consecuencias.
Igual sabía en algún lugar que prefería no examinar demasiado, que las consecuencias siempre llegan. La versión revisada y ampliada de la novela se publicó como libro en 1891. Ese mismo año estrenó en Londres el abanico de Lady Windermere, su primera gran comedia de salón. El público la aclamó.
W subió al escenario al final de la representación con un cigarrillo encendido y agradeció los aplausos con la misma despreocupación con que habría aceptado una copa de champán. Al año siguiente estrenó Una mujer sin importancia y después Un marido ideal y después la importancia de llamarse Ernesto, que muchos consideran la comedia más perfecta escrita en inglés desde Shakespeare.
Esas obras le convirtieron en el dramaturgo más celebrado de Londres. Sus frases circulaban por los salones antes de que las funciones terminaran. Se las repetían en los clubs, en los periódicos, en las cartas privadas. Wild había alcanzado la posición que su madre siempre le había prometido. Era el hombre más brillante de su época y todo el mundo lo sabía.
Enero de 1895 tenía dos obras en cartel simultáneamente en el western londinense. Ningún dramaturgo inglés vivo había logrado eso. Era el cenit de una carrera construida sobre el talento y la audacia, sobre la certeza de que las reglas existían para ser transgredidas con elegancia. Lo que el brillante, el admirado, el imprescindible Oscar Wild no había aprendido todavía era que las reglas, cuando se transgreden demasiado tiempo y demasiado abiertamente, no se limitan a presentar una factura. La queman entera.
La década dorada estaba a punto de terminar de la peor manera posible. En el otoño de 1891, un joven de 20 años llamado Alfred Douglas llegó al estudio de Wild con un poema en la mano y una carta de presentación. Era rubio, de rasgos casi perfectos, con esa clase de belleza que parece diseñada para causar daño.
Estudiaba en Oxford, escribía versos, admiraba a Wild con la intensidad desproporcionada que solo es posible a esa edad. Robert Ross, el amigo más leal de Wild y su primer amante, fue quien los presentó. Lo haría durante el resto de su vida con la discreción de quien sabe que cometió un error irreparable y no puede deshacerlo. Wild miró al joven, escuchó sus versos y sintió algo que describió más tarde con una precisión que el helaba la sangre.
dijo que en ese momento comprendió que tenía delante a un hombre tan magnético que si se dejaba llevar por su influencia lo absorbería todo, su alma, su tiempo, su arte. Lo dijo como si fuera una advertencia. lo dijo como quien ya sabe que no va a hacerle caso. Alfred Douglas, a quien sus amigos llamaban Bowy, era el tercer hijo del marqués de Queensburry, un hombre violento, egocéntrico y profundamente inestable, que había pasado la vida humillando a su familia.
Bousy odiaba a su padre con una intensidad que lo consumía. Escribía poemas mediocres con aspiraciones a la inmortalidad. tenía rabietas de niño malcriado cuando no se salía con la suya y poseía esa capacidad particular de ciertas personas para hacer que quienes les rodean se sientan responsables de su felicidad.
Wild cayó en esa trampa con los ojos abiertos. Para entender lo que ocurrió entre estos dos hombres, hay que entender primero lo que era la vida de Wild en ese momento. Tenía 37 años. Era el dramaturgo más celebrado de Londres. Vivía en una casa elegante con una esposa inteligente y dos hijos a los que quería.
Era también un hombre que llevaba años viviendo una doble vida con la tensión silenciosa de quien camina sobre hielo. En la Inglaterra victoriana las relaciones entre hombres eran un delito penado con trabajos forzados. Wild lo sabía. Había tenido aventuras discretas durante años con la cautela que imponía el peligro.
Busy cambió eso, no porque Wild perdiera la cabeza de manera repentina, sino porque Bousy era exactamente el tipo de persona que no sabe ser discreta y que arrastra a los demás a su propia imprudencia. Los dos se hicieron inseparables con una rapidez que desconcertó a quienes los conocían. Wild aparecía con Bousy en restaurantes, en teatros, en hoteles de primera categoría.
Les veían juntos en los lugares donde se reunía la sociedad londinense sin el menor intento de ocultación. Robert Ross, que comprendía mejor que nadie el peligro de esa visibilidad, intentó en varias ocasiones hablar con Wild. Wild le escuchaba con afecto y seguía siendo exactamente lo mismo. Las cartas que Wild escribía Busy durante las breves separaciones son documentos extraordinarios.
En ellas, la prosa habitual de Wild, siempre tan controlada, tan consciente de su propio efecto, se abre de una manera que resulta casi incómoda de leer. Le llamaba su querido niño. Le decía que sus labios color rosa eran hechos tanto para la música y el canto como para los besos. Le escribía que la época de los griegos habría sido el jacinto que Apolo amara con locura.
Esas cartas circularían más tarde entre manos enemigas y terminarían siendo leídas en voz alta ante un tribunal. Pero junto a esa ternura había otra cosa que Wild también expresaba en sus cartas, aunque con menos frecuencia. una inquietud que no terminaba de formularse del todo. Bousy era impulsivo, caprichoso, incapaz de controlar sus reacciones.
Cuando se enfadaba, cosa que ocurría con frecuencia, escribía cartas furiosas que Wild guardaba con una mezcla de dolor y fatalismo. Cuando quería algo, lo exigía con la naturalidad de que nunca ha recibido una negativa. que había construido toda su vida pública sobre el principio de que la voluntad propia era el valor supremo, descubrió que frente a Bosi su voluntad se disolvía. Dejó de escribir.
Esta es la consecuencia más visible y más grave de esos años, la que más claramente muestra lo que estaba ocurriendo. Entre 1891 y 1895, W produjo algunas de sus mejores obras, pero lo hizo a pesar de su relación con Bossi. No gracias a ella. Las comedias que estrenaba en el western habían sido concebidas antes de que Bossi entrara en su vida o en los graves periodos en que conseguía separarse de él.
Cuando estaban juntos, el trabajo se detenía. Bossi absorbía la energía, el tiempo, la atención. Wild pagaba sus deudas, satisfacía sus caprichos, aguantaba sus escenas y lo hacía con una mezcla de generosidad genuina y de lo que solo puede llamarse adicción. Constance, su esposa, observaba desde una distancia que crecía mes a mes.
No ignoraba lo que ocurría, aunque nadie se lo dijera directamente. La casa de Chelsea, que habían construido juntos con tanta ilusión, se fue vaciando de la presencia de Wild. Él aparecía de vez en cuando, pasaba tiempo con los niños, era amable y distante. Constance lo amaba todavía. Wild la respetaba y la admiraba genuinamente, pero hacía tiempo que el matrimonio era, en la práctica, una ficción mantenida por convención y por la consideración mutua de dos personas que no querían hacerse daño.
La relación con Bousy tenía también una dimensión que sus contemporáneos veían con claridad, aunque nadie la nombrara abiertamente. era autodestructiva por su propia naturaleza, no porque el amor entre dos hombres lo sea, sino porque Bousy en particular era un catalizador del caos. Donde quiera que iba, dejaba a su paso resentimientos, deudas, situaciones comprometidas.
Su relación con su padre, el marqués de Queensburry, era una guerra declarada que ninguno de los dos tenía intención de ganar, solo de prolongar. Y Wild, al vincularse tan públicamente a Bowy, quedó atrapado en ese fuego cruzado sin haberlo buscado. Hay un momento que ilustra con precisión dónde estaban las cosas en esos años.
En octubre de 1893, Wild y Bowy se instalaron juntos en un hotel de Oxford durante varias semanas. Wild intentaba trabajar. Busy interrumpía constantemente, exigía atención, creaba escenas por motivos que Wild encontraba incomprensibles. Un día, Busy le pidió que revisara su traducción al inglés de Salomé, la obra de teatro que Wild había escrito en francés. Wild lo hizo.
Señaló varios errores. Bowy se enfureció, le acusó de criticarla injustamente, le dijo cosas que Wild recordaría durante años con una mezcla de incredulidad y tristeza. Esa noche Wild salió a caminar solo por las calles de Oxford, la misma ciudad donde había llegado 20 años antes, con la certeza de que era un hombre excepcional destinado a cosas extraordinarias.
Seguía siendo ese hombre, pero había añadido algo a esa certeza que antes no tenía. La experiencia del sufrimiento como compañero constante. Lo que Wild no podía o no quería ver era que la respuesta a todo esto estaba contenida en su propia obra. En el retrato de Dorian Grey había escrito sobre un hombre que colecciona experiencia sin pagar consecuencias hasta que las consecuencias se cobran todo de una vez.
En sus cuentos había escrito sobre personajes que se entregan a algo que los destruye y que en esa entrega encuentran, sin embargo, una verdad que la prudencia nunca les habría dado. Wild sabía todo esto y siguió adelante de todas formas, porque había dicho, y lo creía, que el único modo de librarse de una tentación es ceder a ella.
y porque en el fondo había algo en esa relación destructiva que le parecía más honesto que toda la elegancia calculada con que había construido su vida pública. Con Bousy, W no representaba ningún papel, sufría, cedía, perdía el control. Y esa pérdida de control para un hombre que había pasado 40 años fabricándose una máscara perfecta, tenía algo de liberación terrible.
La pregunta que sus amigos le hacían sin palabras era siempre la misma. ¿Por qué no se marchaba? Robert Ross lo intentó más de una vez. Otros amigos también. W los escuchaba con atención y respondía que toda huida es una huida de uno mismo y que ninguna huida tiene sentido verdadero. Era una respuesta brillante, era también una sentencia.
El 18 de febrero de 1895, un mozo del club Albemarle entregó a Ócar Wild una tarjeta de visita. Llevaba 10 días guardada en el mostrador de recepción. En ella, el marqués de Queensberry había garabateado unas palabras en las que llamaba Wild sodomita. La ortografía era errónea, el insulto inequívoco. Wild la leyó, la guardó en el bolsillo y se fue a casa.
Esa noche escribió una carta a Robert Ross. Le decía que el marqués lo había acosado durante meses, que le había servido a restaurantes, que había intentado irrumpir en el estreno del abanico de Lady Windermer con un ramo de vegetales podridos para arrojárselo en el escenario, que ya no podía más, que iba a presentar una denuncia por difamación.
Ross le suplicó que no lo hiciera. Otros amigos hicieron lo mismo. Los abogados le advirtieron de los riesgos. Wild los escuchó a todos con la misma cortesía con que había escuchado siempre los consejos que no pensaba seguir. Para entender por qué Wild tomó esa decisión, es necesario comprender el contexto en que se produjo.
El marqués de Queensberry era un personaje conocido en Londres por su temperamento explosivo y su falta total de escrúpulos. Había arruinado la vida de varios miembros de su familia con su violencia y sus humillaciones. Bowy le odiaba con una intensidad que llevaba años buscando una forma de expresarse.

Y Wild, que amaba a Bousy y que sentía el acoso del marqués como una frenta personal a su dignidad, tomó la decisión que Bossi llevaba meses empujándole a tomar. Hubo en esa decisión algo más que debilidad o imprudencia. Había también una convicción genuina. Wel creía, con la misma fe con que había creído siempre en el poder de la palabra, que podía ganar, que su elocuencia, su inteligencia y la justicia de su causa bastarían para convencer a un jurado de que el marqués era un difamador.
no calculó o no quiso calcular que el marqués tenía investigadores trabajando desde hacía meses, que esos investigadores habían encontrado testimonios, que algunos de esos testigos eran jóvenes que habían tenido relaciones con Wild y que estaban dispuestos a declarar voluntariamente o no.
El proceso por difamación comenzó el tercer día de abril de 1895. Wild entró al tribunal con la confianza de siempre, bien vestido, sereno, consciente de que toda la ciudad le miraba. Los primeros días fueron favorables. El abogado defensor de Marqués, Edward Carson, era el mismo niño con el que Wild había jugado en la playa de Dublín 40 años antes. Wild lo reconoció.
Carson también lo reconoció. Ninguno de los dos hizo referencia a ello. Carson era un abogado extraordinario, frío, metódico, implacable. comenzó su interrogatorio a Wild por el terreno literario, citando pasajes de sus obras y de sus cartas para sugerir que revelaban una moral contraria a la ley. W respondió con brillantez, esquivando las trampas con esa habilidad verbal que era su mejor defensa.
El público del tribunal reía con sus respuestas. Wild parecía estar disfrutando. Entonces, Carson cambió de estrategia, dejó los textos y comenzó a preguntar por personas, por nombres concretos, por jóvenes de clase trabajadora, a los que Well había conocido, con quienes había cenado, a quienes había regalado dinero y objetos.
Whale siguió respondiendo, pero el tono había cambiado. Cada nombre era una trampa que se cerraba un poco más. El cuarto día del proceso, los abogados de Wild le informaron de que la defensa del marqués tenía testigos suficientes, no solo para absolverle de la acusación de difamación, sino para presentar cargos contra Wild por conducta y moral.
Era el momento de retirar la denuncia. White lo hizo. El marqués quedó libre y menos de 3 horas después, la policía detuvo a Oscar Wild en el hotel Cadogan. En esas tres horas intermedias, mientras la noticia recorría a Londres y los amigos de Wild se reunían en distintos puntos de la ciudad para decidir qué hacer, hubo tiempo de sobra para que Wild tomara un tren a Dover y cruzara el canal hacia Francia.
El ferry de la tarde todavía no había salido. Varios amigos le enviaron mensajes urgentes. Lady Wild, su madre, que estaba enferma en Londres, le mandó recado de que si se marchaba dejaría de ser su hijo. Wild no se marchó. Hay versiones distintas de por qué no lo hizo. Algunos sostienen que estaba paralizado por el alcohol que había consumido durante horas de espera angustiosa.
Otros creen que en ese momento comprendió que huir equivalía a reconocerse culpable de algo que él no consideraba un delito. Otros más directos señalan que Bousy, que sí se marchó a tiempo, le había convencido de que todo se arreglaría, de que el proceso sería favorable, de que no había razón para el pánico.
Lo que Wild dijo después, cuando tuvo tiempo y distancia para pensarlo, fue lo que había dicho siempre, que toda huida es una huida de uno mismo, que él no podía ser otra persona, que prefería afrontar lo que viniera a pasarse el resto de su vida siendo alguien que había escapado. Era una respuesta que contenía dignidad y locura en proporciones iguales.
El segundo proceso comenzó el 26 de abril. W declaró durante horas. En un momento del interrogatorio, el fiscal le preguntó por la naturaleza del amor del que hablaba en sus cartas a Bousy. Ese amor que no se atreve a decir su nombre. W se levantó en el banquillo y pronunció un discurso que el público escuchó en silencio absoluto.
Dijo que ese amor era el amor de un hombre mayor por uno más joven. Un amor que existía desde los tiempos de Platón y Miguel Ángel. Un amor que estaba en los sonetos de Shakespeare, un amor intelectual y espiritual que el siglo XIX no comprendía, pero que era profundo y hermoso. El público aplaudió. Los periodistas lo anotaron todo.
El jurado no llegó a un acuerdo. Wild fue puesto en libertad provisional hasta el tercer proceso. Durante esas tres semanas, la situación se deterioró con una rapidez que nadie había previsto. Los teatros donde se representaban sus obras retiraron su nombre de los carteles. Las librerías devolvieron sus libros a los almacenes.
En los clubs de caballeros, donde hacía pocas semanas sus frases circulaban como moneda de cambio intelectual. Su nombre se pronunciaba en voz baja o no se pronunciaba. Algunos de sus amigos se marcharon discretamente al continente. Otros simplemente dejaron de contestar sus cartas. Bousy, que estaba en Francia, le enviaba mensajes encendidos de apoyo y amor.
No regresó. El tercer proceso comenzó el 22 de mayo. Esta vez el jurado llegó a un acuerdo. Wild fue declarado culpable de conducta indecente grave y condenado a 2 años de trabajos forzados, la pena máxima que la ley permitía. El juez que dictó la sentencia declaró que era el peor caso que había tenido que juzgar en toda su carrera.
Cuando leyó el veredicto, la mitad de la sala prorrumpió en aplausos. La otra mitad guardó silencio. Wild, que había escuchado la sentencia de pie, no dijo nada. intentó hablar y el juez le interrumpió con un gesto. Le pusieron las esposas y lo llevaron a una celda de los juzgados a esperar el traslado. En algún momento de esa espera, según escribiría más tarde, quiso arrojarse de rodillas y confesar todo, no solo los hechos por los que le condenaban, sino toda su vida, todas sus contradicciones, todo el peso de 40 años de existencia
construida sobre la certeza de ser una excepción. El juez volvió a hacer un gesto. El furgón esperaba fuera. Oscar Wild tenía 40 años. Tenía dos obras en cartel en el West Londinense hacía 4 meses. Le quedaban 5 años de vida. El 13 de noviembre de 1895, un tren procedente de Londres hizo una parada en la estación de Clapham Junction.
Era una parada de transbordo, una de las más concurridas del sur de Inglaterra. En el andén central, esposado y vestido con el uniforme de rayas del presidio, un hombre esperaba de pie durante media hora mientras los viajeros entraban y salían de los trenes. Alguien le reconoció.
La noticia se extendió por el andén con la velocidad que solo tienen las noticias que la gente lleva tiempo esperando. La multitud se fue congregando. Empezaron las risas, luego los insultos. Alguien le escupió. Wild permaneció inmóvil mirando al frente. Escribiría sobre ese momento mucho después, cuando tuviera papel y pluma. diría que fue la experiencia más humillante de su vida, más que el proceso, más que la sentencia, que durante un año entero, cada tarde a la misma hora, lloró pensando en ese andén y que con el tiempo llegó a sentir más
compasión por quienes se reían que por sí mismo, porque detrás de cada crueldad hay siempre un alma que sufre de una manera que no sabe expresar de otra forma. Era una reflexión hermosa. Era también completamente sincera. Y era en cierto modo el comienzo de algo que nadie habría previcho, la transformación más profunda de su vida.
La prisión de Rivin, a donde Wild llegó aquella tarde de noviembre, era un edificio de ladrillo rojo construido según el principio victoriano de que el sufrimiento físico reforma el carácter. Las celdas medían aproximadamente 2 m por 4. El olor era insoportable, el ruido extrañamente también. Los grilletes, las puertas de hierro, los pasos de los guardias en la madrugada.
La comida era una ración mínima de pan y gachas que provocaba diarrea crónica. El trabajo consistía en deshacer cuerdas de cáñamo con los dedos hasta convertirlas en estopa. Una tarea que a Wild le laceró las manos durante semanas. También se usaba el molino de viento, un mecanismo que había que hacer girar sin parar durante horas y que no servía para nada, excepto para agotar al prisionero.
Wild tenía 41 años y una salud que no había sido nunca especialmente robusta. Las condiciones del presidio lo deterioraron con rapidez. En los primeros meses perdió mucho peso, desarrolló problemas digestivos crónicos y comenzó a sufrir de insomnio. Pasó dos meses en enfermería de la prisión. El médico que le examinó recomendó que se le permitiera leer y escribir.
Las autoridades tardaron meses en concederlo, pero el cuerpo no era lo más grave. Lo más grave era lo que la prisión hacía con la mente. Wild describió ese proceso en términos que resultan difíciles de leer sin sentir el peso de lo que describen. Dijo que la peor parte no era el hambre, ni el insomnio, ni el trabajo brutal.
era la inhumanidad, el silencio obligatorio, la prohibición de comunicarse con otros prisioneros, el aislamiento absoluto, día tras día, sin conversación, sin intercambio, sin la posibilidad de ser visto como persona por nadie. Para un hombre que había construido toda su identidad sobre la palabra, sobre el intercambio verbal, sobre el reconocimiento de los demás, ese silencio era una forma particular de tortura.
En los primeros meses pensó en el suicidio. Lo escribió con una franqueza que no admite interpretación simbólica. Decía que su único deseo durante buena parte de ese primer año era no despertar por la mañana, que si el cuerpo mejoraba, era solo para aumentar su capacidad de sufrir, que había tomado la decisión de quitarse la vida el día que saliera de la prisión.
Y entonces ocurrió algo pequeño que cambió todo. Durante el proceso de quiebra que sus acreedores iniciaron contra él mientras cumplía condena, W fue sacado de la prisión y conducido esposado al tribunal para asistir a los procedimientos. En el largo corredor que llevaba a la sala de vistas, Robert Ross lo esperaba.
Ross se había pasado meses intentando gestionar los asuntos de Wild desde fuera, buscando dinero, intentando salvar los derechos de sus obras, escribiéndole con la regularidad de alguien que cumple una promesa. Ese día, cuando Wild apareció en el corredor esposado y con la cabeza gacha, Ross hizo algo muy sencillo.
Se quitó el sombrero. Era un gesto de respeto, un reconocimiento público de la dignidad de un hombre al que todo el mundo había abandonado. Lo hizo delante de los que esperaban en el corredor sin importarle lo que pensaran. White lo vio y escribiría más tarde que ese gesto le salvó la vida. No en sentido figurado, sino literal.
Fue el momento en que decidió que había razones para seguir. Los meses siguientes trajeron más golpes. Lady Jane, su madre, murió en febrero de 1896. Wild recibió la noticia en su celda y no encontró palabras para describirlo en sus primeras cartas. Escribió solo que la había matado él, que ella le había dado un nombre ilustre y él lo había convertido en sinónimo de vergüenza.
Era una exageración que nacía del dolor, pero también una verdad parcial que él no podía ignorar. Constance viajó desde Génova, donde vivía con los hijos, para comunicarle personalmente la muerte de su madre. Era un gesto de generosidad que Wild reconoció y agradeció. Pero Constance venía también con otras noticias.
Sus abogados habían iniciado los trámites del divorcio y la custodia de los hijos quedaba definitivamente fuera del alcance de Wild. Los niños cambiarían de apellido, nunca más los llamarían Wild. Eso sí lo destruyó de una manera que la prisión no había conseguido. Escribió que el proceso penal, la condena, la humillación pública, todo eso era soportable comparado con perder a sus hijos, que era una herida sin fondo, una pérdida que no tenía consuelo posible.
Y sin embargo, de esa herida nació algo. El 7 de julio de 1896, las autoridades de la presión de Reding ejecutaron a un recluso llamado Charles Wridge, un soldado en activo de la guardia real de caballería, condenado a muerte por haber asesinado a su esposa. Wldrich fue ahorcado al amanecer. Wild no lo vio, pero escuchó los preparativos desde su celda.
escuchó el silencio que siguió y en ese silencio comenzó a componer en su mente, verso a verso lo que se convertiría en la balada de la cárcel de Reiding. El poema habla de un hombre que mató a la mujer que amaba y que muere por ello, pero habla también de todos los que matan lo que aman de otras maneras, con palabras, con indiferencia, con miedo.
Es el texto más oscuro y más honesto que Wild describió, el único en el que la pose desaparece por completo y queda solo la experiencia desnuda. Fue compuesto mentalmente durante meses, sin papel ni pluma, guardado en la memoria como un tesoro clandestino. Cuando el médico de la prisión recomendó finalmente que se le permitiera escribir, Wild ya sabía exactamente lo que quería decir.
Los últimos meses de su condena trajeron una transformación que sus escasos visitantes observaron con asombro y con algo parecido al respeto. Wild había empezado a leer el evangelio en griego, un ejemplar que le habían conseguido para la capilla de la prisión. Lo leía cada mañana después de limpiar la celda, eligiendo al azar un pasaje y dejando que las palabras se posaran.
Había comenzado también a pensar en Cristo de una manera que no era exactamente religiosa, pero que tampoco era meramente estética, como el artista supremo, como el hombre que había convertido su propia vida en una obra de arte y que había comprendido que el sufrimiento era la forma más alta de experiencia. Esa idea, que habría sonado extravagante en boca del Wild de los Salones sonaba diferente en la celda 2×4 de Reing.
Son como algo ganado. La noche del 18 de mayo de 1897, W terminó de escribir el largo texto que había compuesto durante los últimos meses de su condena. Era una carta dirigida a Alfred Douglas. Tenía más de 50,000 palabras. Se la entregó a Robert Ross, que la guardó. y años después la publicaría con el título que Wild le había dado.
De profundis, desde las profundidades. El título venía del salmo 129 que comienza con las palabras Desde las profundidades clamo a ti, Señor. Al día siguiente, el 19 de mayo de 1897, festividad de Job El Paciente, Óscar Wild salió de la presión de Riding a las 6:15 de la mañana. llevaba bajo el brazo el manuscrito de su confesión.
Robert Ross y otro amigo le esperaban en la puerta. Tomaron un carruaje, desayunaron en algún lugar de los alrededores y por la tarde Wild embarcó hacia Francia. No volvería a Inglaterra. Enero de 1897, el gobernador de la prisión de Ridin autorizó a Óscar Well a disponer de papel y pluma. Era una concesión médica, no un privilegio.
El médico del establecimiento había informado de que el estado mental del recluso era preocupante y que la escritura podría ser terapéuticamente beneficiosa. Las hojas de papel se entregaban cada mañana y se recogían cada noche. Wild no podía acumularlas, no podía releer lo que había escrito el día anterior. escribió de todas formas durante varios meses y lo que escribió fue uno de los textos más extraordinarios de la literatura en lengua inglesa.
El resultado fue una carta de más de 50,000 palabras dirigida a Alfred Douglas. Wild le llamaba Bowy a lo largo de todo el texto con una familiaridad que el lector actual puede encontrar desconcertante, dado que esa familiaridad coexiste con una acusación sostenida durante cientos de páginas. Porque eso era también de profundis, un ajuste de cuentas, un inventario minucioso y devastador de todo lo que Bowy le había costado.
El tiempo, el dinero, la concentración, la energía creativa, la libertad. Wild enumeraba episodios concretos con la precisión de quien ha tenido meses para recordarlos y ordenarlos. Cenas en las que Busy montaba escenas, periodos de trabajo interrumpidos por caprichos, cartas crueles que Wild conservaba como evidencias de algo que tardó demasiado en nombrar.
Pero de Profundis no era solo eso. Si lo fuera, sería un documento interesante, pero no una obra maestra. Lo que convierte el texto en algo diferente es lo que ocurre en su segunda mitad, cuando Wild deja de hablar de Busy y empieza a hablar de sí mismo. Cuando el inventario de culpas ajenas se transforma en un examen de conciencia de una honestidad que resulta casi insoportable de leer.
Wild se mira a sí mismo con la misma frialdad con que ha mirado a Bousy y lo que ve no le gusta. Ve un hombre que despilfarró su talento en conversaciones brillantes, que confundió la provocación con el arte, que eligió siempre la comodidad del ingenio frente al esfuerzo de la profundidad, que trató su propia vida como si fuera un texto que podía reescribir cuando quisiera, sin entender que hay párrafos que no admiten corrección.
Esta es la paradoja central que hace de de Profundis un texto único. Fue escrito por el hombre que más elegantemente había defendido que el arte no tenía que ver con la moral. Y es el texto más profundamente moral que ese hombre produjo. Fue escrito por el maestro de la pose y no hay en él ninguna pose.
Fue escrito en las condiciones más adversas, sin posibilidad de releer ni corregir, y tiene una coherencia interna que muchos textos elaborados durante años no alcanzan. El elemento central de la segunda parte de Profundis es la figura de Cristo. No el Cristo de los dogmas ni el de la liturgia, sino el Cristo que Wild había ido construyendo en su mente durante meses de lecturas del evangelio en griego.
un Cristo que era en su lectura el artista supremo, el hombre que había comprendido que la imaginación es la única realidad, que el sufrimiento puede ser una forma de conocimiento, que la humildad no es debilidad, sino la apertura más radical al mundo. Wild describió que Cristo había sido el primero en entender que el dolor no tiene que destruir a quien lo sufre, sino que puede transformarlo, que la degradación y la vergüenza no son el fin de una historia, sino en ocasiones su comienzo verdadero.
Que el alma se conoce a sí misma en el sufrimiento de una manera que la prosperidad no permite. Esta reflexión no surgía de la nada. Tenía detrás meses de experiencia concreta. Wild había llegado a la prisión convencido de que no sobreviviría y había sobrevivido. Había llegado creyendo que su identidad dependía del reconocimiento externo y había descubierto que había algo en él que existía independientemente de los aplausos y los salones.
Había llegado pensando que la belleza era el valor supremo y había aprendido en una celda de 2 met por cu que la compasión era algo que la belleza no podía comprar ni reemplazar. El gesto de Robert Ross, quitándose el sombrero en el corredor del tribunal, seguía siendo, meses después de haberlo visto, la imagen que más frecuentemente le volvía la mente.
No una obra de arte, no una frase brillante, no un momento de placer estético, un hombre que se quitaba el sombrero. la acción más simple del mundo y sin embargo la que más le había constado a quien la hacía y la que más le había dado a quien la recibía. Wild escribió en de profundis que había pasado toda su vida huyendo de la simplicidad, convencido de que la complejidad era una forma de inteligencia y que la prisión le había enseñado que la simplicidad es en realidad la forma más difícil de todas, la que requiere el mayor valor, la que

más se aproxima a la verdad. También escribió sobre sus hijos. Los mencionaba con una brevedad que decía más que cualquier desarrollo. Había perdido el derecho a verlos, a hablar con ellos, incluso a que llevaran su nombre. Esa pérdida escribía era la única que no tenía consuelo posible. el proceso, la cárcel, la humillación pública.
Todo eso podía integrarse en una narrativa que le diera algún sentido. La ausencia de sus hijos no tenía narrativa posible, era simplemente una herida que permanecería abierta. Hubo también en los últimos meses de su condena una visitante cuya presencia dejó huella en el texto. Wild la llamaba la esfinge y era una escritora y traductora llamada Adela Chuster, una de las pocas personas que siguieron en contacto con él durante toda la condena.
En una de sus visitas, Wild le dijo algo que resumía todo el recorrido de esos dos años. Le dijo que en cualquier rincón oscuro de Londres había suficiente miseria para probar que Dios no amaba al mundo y que la sola existencia del sufrimiento, aunque fueran solo las lágrimas de un niño en un jardín, oscurecía todo el panorama de la creación.
Y luego añadió que se había equivocado, que ahora le parecía que solo el amor podía explicar esa cantidad desmesurada de sufrimiento con que el mundo estaba cargado, que no era un argumento contra Dios, sino paradójicamente un argumento en su favor. Solo algo infinito podía sostener tanto dolor sin quebrarse.
Era una conclusión que el Wild de los salones habría encontrado demasiado sentimental. El Wel de la celda la escribió sin ironía. El título que eligió para el texto venía del salmo 129 de la Biblia. De profundiz clamavia te domine. Desde las profundidades clamo a ti, Señor. Era una cita que conocía desde la infancia de sus años en la escuela primaria católica de Dublín, donde había perdido la fe con la misma facilidad con que perdía otras cosas.
Ahora la recuperaba, no como dogma, sino como metáfora perfecta de lo que le había ocurrido. Había estado en las profundidades y desde allí había clamado y desde allí había encontrado algo que antes no tenía. Lo llamó humildad y escribió que era lo último y lo mejor que le quedaba. El descubrimiento final de un hombre que había tardado 42 años en dejar de mirarse en los espejos que él mismo había fabricado.
Robert Ross recibió el manuscrito el día de la liberación de Wild. Lo leyó durante esa primera noche. Al día siguiente le dijo a Wild que era el texto más importante que había escrito en su vida. Wild respondió que lo sabía y que por eso había tardado tanto en escribirlo. El 19 de mayo de 1897, a las 6:15 de la mañana, Oscar Wild cruzó la puerta de la prisión de Reiding con un manuscrito bajo el brazo y un nombre nuevo en los labios.
Se llamaría Sebastián Melmoz. Sebastián por el santo mártir de la iconografía cristiana, ese joven soldado romano atravesado por flechas que había sido durante siglos la imagen más reconocida del sufrimiento bello. Melmot por el personaje de una novela gótica escrita por un pariente lejano de su madre, un vagabundo condenado a errar por el mundo sin poder morir, buscando alguien que asumiera su maldición.
La elección del nombre no era caprichosa. Wild nunca elegía nada sin deliberación, ni siquiera los momentos de mayor destrucción. El nombre era un programa. El hombre que salía de la prisión era un mártir y un errante, alguien que llevaba consigo una marca que los demás veían antes de que él abriera la boca.
Robert Ross y un amigo común le esperaban en la puerta. Tomaron un coche y desayunaron en algún lugar de las afueras de Londres. Wild estuvo brillante durante el desayuno, hizo chiste sobre el director de la presión, describió con humor la comida de los últimos días, agradeció con elaborada cortesía el café que le pusieron delante.
Sus acompañantes le miraban con una mezcla de alivio y perplejidad. El hombre que habían temido encontrar destrozado parecía, en la superficie el mismo de siempre. Esa tarde, Weld embarcó hacia Dieb. Al llegar a la costa francesa, lo primero que hizo fue entregar a Ross el manuscrito de De Profundis con instrucciones precisas sobre su custodia.
Lo segundo fue comunicarle que tenía intención de convertirse al catolicismo y le pidió que le buscara un monasterio donde pudiera retirarse durante un tiempo. Ross hizo las questiones. El monasterio respondió que no podía recibirle. La mayoría de las puertas estaban cerradas. Esa era la realidad que Wild descubrió en los días siguientes con una claridad que ninguna pose podía suavizar.
Los hoteles de primera categoría le rechazaban cuando reconocían el nombre cuando los dueños ingleses que veraneaban en la costa Normanda reconocían el rostro. Los amigos que había tenido en París antes de la condena le recibían, algunos con afecto genuino, pero en la intimidad de sus casas, no en los restaurantes donde antes habían cenado juntos.
El mundo que había habitado había cambiado de forma permanente durante su ausencia. Se instaló en Berneval, un pequeño pueblo de la costa Normanda, en una pensión modesta bajo su nombre falso. Durante las primeras semanas escribió cartas a todos sus conocidos con una energía que sorprendía a quienes la recibían.
Describía el mar, la luz de la tarde, los pescadores. Hacía planes para escribir una nueva obra de teatro. hablaba del futuro con una confianza que sonaba genuina. Constance, que seguía en Génova con los niños y que había cambiado su apellido y el de los hijos al Leolan, y había asignado una pensión mensual con la condición de que no volviera a ponerse en contacto con Bousy.
Era una condición que Wi la aceptó. Durante semanas la cumplió. Entonces llegó una carta de Alfred Douglas. Era una carta de arrepentimiento. Bousy decía que lo sentía todo, que había reflexionado, que había comprendido el daño que había causado. Decía que lo amaba, decía que no podía vivir sin él.
La carta estaba escrita con esa habilidad para la expresión emocional que B sí poseía y que hacía que sus palabras sonaran completamente sinceras en el momento de leerlas. Wild respondió, “Los intercambios se multiplicaron. En agosto de 1897, Wild y Bossy se reunieron en Ruan y viajaron juntos a Nápoles. Se instalaron en una villa en Posilipo con vistas al golfo.
Wild estaba convencido de que esta vez sería diferente, que Bossi había cambiado, que él mismo había cambiado. Constance cortó la pensión en cuanto se enteró. La madre de Bossi, que desaprobaba la reunión por razones opuestas a la C. Constance retiró también la asignación que le pasaba a su hijo. De golpe, los dos hombres que habían decidido reanudar su relación se encontraron sin dinero en una villa que no podían pagar.
Lo que siguió fue predecible para cualquiera que hubiera prestado atención a los años anteriores. Bossi se aburrió pronto de la vida tranquila que Wild necesitaba para trabajar. Wild intentaba escribir o al menos mantener la apariencia de que intentaba escribir. Bowy quería salir, gastar, ser visto.
Las escenas se reprodujeron con la misma mecánica de siempre. En diciembre de 1897, Bousy se marchó. Dejó a Wild solo en Nápoles, sin dinero suficiente para pagar el mes siguiente de alquiler. No le escribió para explicarse. Envió un cheque por una suma modesta. W no expresó sorpresa en sus cartas de esa época. Expresó algo más difícil de leer, una especie de cansancio sin fondo.
La fatiga de alguien que ha visto cumplirse exactamente lo que temía y que ya no tiene energía para sorprenderse de nada. Regresó a París, que se convertiría en la última ciudad de su vida. En París vivía en una sucesión de hoteles baratos del lado izquierdo del Sena, moviéndose de uno a otro según la deuda se acumulaba. Su nombre completo ya no aparecía en los registros. Firmaba como Melmoth.
Algunos camareros y hoteleros sabían quién era. La mayoría fingía no saberlo, que era la forma más amable de tratarle. Robert Ross desde Londres seguía gestionando sus asuntos con una devoción que Wild reconocía y por la que se sentía simultáneamente agradecido y avergonzado. Ross enviaba dinero cuando podía conseguirlo, negociaba con editores, intentaba mantener vivos los derechos de las obras.
Era un trabajo ingrato que nadie le había pedido que hiciera y que hacía porque lo consideraba su obligación hacia un hombre al que amaba y admiraba. En febrero de 1898, bajo el nombre de autor C.3.3, que era la designación de su celda en Reiding, se publicó en Londres La balada de la cárcel de Riding.
Fue el último texto importante que Wild publicó en vida. La tirada inicial fue de 800 copias que se agotaron en días. Se hicieron varias reediciones. El nombre del verdadero autor circuló rápidamente entre quienes podían entender la clave del pseudónimo y la varada fue leída y comentada en círculos literarios de Londres y París, con una atención que sus obras anteriores ya no recibían.
El poema hablaba de la ejecución de Waldrich, el soldado que había visto morir en Reding. Pero hablaba también de todos los que matan lo que aman, de la culpa y la gracia, del sufrimiento que iguala a todos los hombres frente a la muerte. Era el texto más desnudo que Wild había escrito, el que menos debía a la tradición literaria que había consumido durante toda su vida y más a la experiencia directa.
era en ese sentido, el más verdadero. Los últimos dos años de su vida transcurrieron en una decadencia que sus amigos describían con tristeza y que Wild vivía con una mezcla de humor negro y resignación. Bebía demasiado, engordó notablemente. Los dolores de oído que había padecido intermitentemente desde la presión se agravaron.
una infección del oído medio, consecuencia probable de las condiciones del presidio, avanzaba lentamente. Se resistía a consultar a los médicos, quizá porque sabía lo que le dirían, quizá simplemente porque ya no tenía mucho interés en el diagnóstico. Seguía siendo, en los momentos en que la salud y el humor se lo permitían, el conversador extraordinario que había sido siempre.
Los amigos que le visitaban en su habitación del hotel SAS salían con la cabeza llena de frases que repetían durante días. Wild hablaba de sus obras, de sus planes, de la novela que iba a escribir, del drama que estaba esbozando. Los planes nunca se concretaron, pero el hablar de ellos le daba algo parecido a la ilusión de continuidad.
En una de las últimas tardes que pasó sentado en un café de Montparnas, Wild contempló la copa de champán que sostenía entre los dedos y dijo a los amigos que le acompañaban que estaba muriendo por encima de sus posibilidades. La frase se repitió después en todas las memorias de la época. Era perfecta como siempre y como siempre escondía detrás de la perfección algo que no era exactamente una broma.
El 29 de noviembre de 1900, en una habitación del hotel Dalsas de París, Oscar Wild murió de una meningitis otogénica, una infección del oído que había avanzado durante meses hasta alcanzar el cerebro. Tenía 46 años. Robert Ross y un pequeño grupo de amigos estaban presentes. Wild había perdido el conocimiento el día anterior.
Sus últimas palabras coherentes, según quienes le acompañaron en esos días, fueron para quejarse del empapelado de la habitación. Dijo que uno de los dos tendría que irse, o el empapelado o él. Era la última paradoja. era también, en cierto modo, la más honesta, la de un hombre que hasta el final eligió el humor como única armadura posible frente a lo insoportable.
Le enterraron al día siguiente en el cementerio de Bañó, a las afueras de París. Era el lugar más barato disponible. El cortejo fue pequeño. Ross fue el encargado de gestionar todos los detalles, como había gestionado los asuntos de Wild durante los últimos 3 años. Alfred Douglas apareció brevemente, lloró con aparatosidad y desapareció.
Los grandes nombres de la vida literaria de Wild brillaron por su ausencia. 10 años después, en 1909, los restos de Wild fueron trasladados al cementerio de Perlaches en París, que es donde descansan hoy. El traslado fue organizado por Ross, que dejó instrucciones para que cuando él mismo muriera, sus cenizas fueran depositadas en el mismo sarcófago.
Así ocurrió en 1931. Los dos hombres, el que había amado y el que había sido amado con fidelidad, descansan juntos. La lápida que corona la tumba fue encargada a Jacob Epstein, un escultor de vanguardia que eligió representar a Well como una esfinge alada, una figura que mira hacia delante con la indiferencia de quien ha dejado de preocuparse por lo que el mundo piense.
Es una de las tumbas más visitadas del cementerio más visitado del mundo. Durante décadas, los visitantes dejaban en el mármol la marca de sus labios. La piedra se fue cubriendo de huellas de Carmín. Las autoridades del cementerio la lavaron varias veces. Los besos seguían apareciendo. Finalmente se instaló una mampara de cristal para proteger la piedra y los besos pasaron al cristal.
Hay algo en ese gesto repetido, en esa insistencia anónima de miles de personas que viajan de distintos países para dejar una marca en una piedra que dice más sobre Wild que cualquier análisis literario. Dice que algo en su historia toca una fibra que no tiene que ver con la cultura ni con la erudición, sino con algo más elemental, con la experiencia de haber querido vivir plenamente y haber pagado un precio terrible por ello.
con la experiencia de haber sido destruido por lo que se ama, con la posibilidad que Wild encarnó mejor que casi nadie, de que la derrota y la grandeza no se excluyen mutuamente. En Inglaterra, el nombre de Wild estuvo sometido a un silencio no oficial durante años después de su muerte. Sus obras siguieron circulando, pero las conversaciones públicas su nombre se mencionaba con incomodidad si se mencionaba.
Los teatros tardaron en recuperar sus comedias, las editoriales tardaron en reeditar sus libros completos. Era como si la sociedad, que le había aplaudido necesitara tiempo para digerir lo que había hecho con él. Ese silencio no duró igual en todas partes. En Rusia, donde la traducción de sus obras había comenzado antes incluso de la condena, Wild fue recibido después de su muerte con una admiración que no se veía afectada por los escándalos victorianos.
Los poetas del simbolismo ruso lo leyeron con devoción. Constantín Balmont escribió sobre él con una caridez que la crítica anglosajona de la época no se permitía. Sus cuentos circularon en ediciones populares. Sus aforismos se copiaban en los cuadernos de los estudiantes. Había algo en la figura de Wild en su combinación de belleza formal y sufrimiento genuino que resonaba de manera particular en la tradición literaria rusa.
Con el tiempo, la reevaluación llegó también a los países anglosajones. En la segunda mitad del siglo XX, la figura de Wild comenzó a ser leída de otra manera. Sus comedias se repusieron en los teatros de Londres y fueron aclamadas de nuevo. Sus ensayos sobre el arte y la crítica encontraron nuevos lectores que lo situaban en una tradición intelectual más amplia.
De Profundis fue publicado íntegramente por primera vez en 1962, más de 60 años después de haber sido escrito y su impacto fue inmediato y considerable. La obra de Wild resiste el tiempo por razones que no tienen que ver exclusivamente con su calidad literaria, aunque esa calidad sea indudable. Sus comedias siguen funcionando en escena porque sus mecanismos de humor son estructuralmente perfectos, porque sus personajes hablan con una precisión que no envejece.
Porque los conflictos que plantean entre la apariencia y la realidad, entre la convención social y el deseo individual, siguen siendo los mismos que enfrentan las generaciones posteriores. Sus cuentos siguen conmoviendo porque debajo del artificio decorativo que los envuelve hay una comprensión del sacrificio y de la pérdida que no necesita contexto histórico para transmitirse.
El príncipe feliz, la rosa y el ruiseñor, el gigante egoísta. Son historias que los adultos leen de manera diferente a los niños y que cambian de significado según el momento de la vida en que se las encuentra. El retrato de Dorian Grey sigue siendo leído porque plantea una pregunta que cada época formula a su manera.
¿Qué precio se paga por la belleza o por el placer o por la negativa envejecer? De ninguna forma. La respuesta de Wild no ha cambiado, aunque los términos del debate sí lo hayan hecho. Y de Profundis, quizá la obra más ignorada durante más tiempo, es la que hoy parece más contemporánea, la confesión de un hombre que ha perdido todo lo que consideraba esencial y que desde esa pérdida intenta entender qué queda, qué es real, qué tiene valor cuando ya no quedan máscaras posibles.
Esa experiencia no caduca. Cada generación produce sus propias versiones de esa pregunta y la respuesta de Wild, construida en una celda con hojas de papel que le retiraban cada noche, sigue siendo una de las más honestas que la literatura ha producido. Wild escribió en De Profundis que la verdad en la vida de un hombre no son sus actos, sino las leyendas que lo rodean.
que las leyendas no deben destruirse porque a través de ellas, aunque sea de manera borrosa, podemos entrever el rostro verdadero de una persona. Su propia leyenda ha resistido más de un siglo de revisiones, de condenas, de rehabilitaciones, de apropiaciones de todo signo. Ha resistido porque en su centro hay algo que no es una construcción literaria ni una pose calculada, sino una experiencia humana reconocible, la de alguien que quiso vivir de acuerdo con sus convicciones más profundas.
y descubrió que el mundo tiene sus propias reglas. la de alguien que en la derrota encontró tardíamente algo que la victoria nunca le había dado. La de alguien que aprendió la humildad en el único lugar donde esa lección resulta incontrovertible, en el fondo de todo lo que puede perderse. Ócar Wild murió pobre, enfermo y olvidado por la mayoría de quienes le habían aplaudido.
Y sin embargo, es hoy uno de los escritores más leídos, más citados y más amados de la literatura en lengua inglesa. La esfinge alada de Perla sigue mirando hacia delante, cubierta de besos que nadie podrá borrar del todo. Hay vidas que se explican por sus logros. La de Wild se explica por sus contradicciones y eso precisamente es lo que la hace tan difícil de olvidar.
Esto ha sido Historias de ídolos. Soy Adrián Montero y ha sido un honor acompañaros durante más de una hora en la vida de uno de los hombres más extraordinarios que ha producido la literatura occidental. Si este vídeo os ha llegado, si la historia de Oscar Wild os ha hecho pensar o sentir algo, dejad un me gusta y suscribíos al canal para no perderos los próximos episodios. M.