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El hombre más brillante de su época que lo perdió todo por amor

Esa educación le ha dado un don excepcional, la capacidad de construir mundos con palabras y le ha dejado también un punto ciego que tardará 20 años en descubrir y que entonces ya será demasiado tarde para corregir. En el otoño de 1874, un joven irlandés de 20 años cruzó las puertas del Magdalen College de Oxford con una maleta, varios volúmenes de poesía griega y una certeza que rozaba la arrogancia.

estaba destinado a algo grande. Lo que no sabía era que Oxford no solo iba a confirmar esa certeza, sino que iba a darle una forma, una filosofía y un enemigo que tardaría dos décadas en reconocer como tal. Oxford era entonces la institución más prestigiosa del mundo anglosajón y también una de las más contradictorias. formaba a los futuros administradores del Imperio Británico, a los clérigos de la Iglesia Anglicana, a los políticos y juristas que gobernarían medio mundo, pero al mismo tiempo albergaba a pensadores que cuestionaban los

fundamentos mismos de esa civilización que el imperio pretendía representar. Era un lugar donde la tradición y la herejía convivían en el mismo claustro, donde la excelencia académica y la excentricidad personal no se excluían mutuamente. Para Oscar Wild, que llevaba toda la vida buscando un ambiente que estuviera a la altura de su inteligencia, Oxford fue algo parecido a una revelación.

Los primeros meses fueron de adaptación. Wild era irlandés en una institución que, pese a su cosmopolitismo aparente, tenía formas sutiles de recordar a sus alumnos de dónde venían. Era grande, de modales llamativos, con una manera de hablar demasiado elaborada para resultar cómoda en la conversación ordinaria.

Sus compañeros lo encontraban extravagante, algunos lo admiraban, muy pocos lo ignoraban. Lo que nadie ignoraba era su inteligencia. Pero en Oxford ocurrió algo que cambiaría el curso de su vida de una manera que entonces no resultaba evidente. Wild conoció a dos hombres cuyas ideas en apariencia opuestas iban a quedar grabadas en él de forma permanente.

El primero fue John Raskin, el gran teórico del arte victoriano. Un hombre que creía apasionadamente la belleza, pero que nunca la separaba de la ética. Para Raskin, lo bello y lo bueno eran inseparables. El arte verdadero nacía de una sociedad justa y una sociedad justa producía arte verdadero. Era una visión moral del mundo estético y Wild la absorbió con entusiasmo, aunque nunca del todo.

El segundo fue Walter Piter, profesor del Brace Nose College, estudioso de la antigüedad clásica y autor de un libro que circulaba entre los estudiantes más avanzados de Oxford con la discreción excitada de un texto prohibido. Ese libro, sus ensayos sobre el Renacimiento, contenían su conclusión unas pocas páginas que Wild memorizó casi literalmente y que determinarían su manera de entender la existencia durante el resto de su vida.

Páer sostenía que el objetivo de la vida humana era la experiencia intensa, la búsqueda de los momentos de mayor sensación, la combustión constante de la conciencia frente a la belleza. No había verdad más allá de la experiencia estética. No había deber más alto que el de vivir plenamente. La moral era una convención.

La belleza era el único absoluto. Aquí es donde conviene detenerse un momento, porque en la tensión entre Raskin y Pater se encuentra la clave de toda la obra de Wild y también de su destrucción. Raskin le enseñó que el arte tenía consecuencias morales, que la belleza implicaba responsabilidad. Pater le enseñó que la vida era una obra de arte en sí misma, que el placer era una forma de conocimiento, que las convenciones sociales eran obstáculos al desarrollo pleno de la personalidad.

Wild escuchó a ambos con atención y en la práctica eligió a Pater, aunque durante años siguió citando a Raskin con admiración sincera. Fue una lección que nunca reconoció del todo como tal, porque reconocerla habría implicado aceptar sus consecuencias. En Oxford, W comenzó a construirse a sí mismo con la misma deliberación con que un artista acomete un lienzo.

Empezó a coleccionar objetos de porcelana que disponía cuidadosamente en su habitación del Mcdalen College. empezó a prestar una atención obsesiva a su indumentaria, no por vanidad superficial, sino porque había entendido que la ropa era un lenguaje, que el aspecto exterior era el primer texto que los demás leían de una persona y que ese texto podía ser una obra maestra o una mediocridad, dependiendo de quién lo escribiera.

Empezó a cultivar sus paradojas, esas formulaciones breves y relampagueantes que invertían en sentido común y dejaban al interlocutor sin argumentos. Aprendió que el ingenio, bien empleado era una forma de poder. Un episodio de esos años universitarios ilustra mejor que ningún discurso lo que estaba ocurriendo en Wild.

Un grupo de compañeros asteados de su afectación y sus trajes extravagantes lo arrastró hasta lo alto de una colina con intención de humillarlo en el barro. Wild cayó, se levantó, se sacudió la ropa con calma y contempló el paisaje que se abría ante él. Luego dijo que el panorama desde esa colina era francamente hermoso.

Sus agresores no supieron qué responder. Wild había convertido la humillación en una demostración de superioridad estética. Había ganado, no resistiendo, sino cambiando las reglas del juego. Ese episodio que su madre celebró con entusiasmo cuando lo supo era también una advertencia que nadie supo leer. Wild era capaz de transformar cualquier situación en teatro.

era capaz de mantener la compostura estética frente a cualquier agresión exterior. Lo que no había aprendido todavía era distinguir entre las situaciones que podían convertirse en teatro y las que podían destruirle la vida. En 1876, durante una estancia en Grecia, junto a su tutor, Majfi, Wild vio por primera vez los lugares que había estudiado durante años en los textos.

El Partenón, el ejeo, los restos de una civilización que había colocado la belleza en el centro de su mundo. La experiencia le afectó de una manera que resulta difícil de separar de lo estético y de lo espiritual. Más tarde diría que Grecia le había enseñado que la perfección era posible, que no era una abstracción filosófica, sino algo que había existido realmente en piedra, en bronce, en mármol.

Ese viaje también le causó un problema más práctico. Llegó tarde al inicio del curso siguiente y las autoridades del Mcdalen College le impusieron una multa. W la pagó sin alterarse, pero añadió que el viaje había valido cualquier precio. La frase era típica de él, elegante, desenfadada y completamente cierta. En 1878, W terminó sus estudios en Oxford con la máxima distinción académica posible.

Sus examinadores quedaron impresionados por su conocimiento de los clásicos griegos y latinos. Ganó además el premio New Degate de poesía con un poema titulado Ravena, que describía la ciudad italiana con una riqueza de imágenes que sus jueces encontraron excepcional. Era un logro genuino, no una pose. Wild era académicamente tan brillante como afirmaba ser.

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