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El Final Oculto de Cantinflas | La Verdad que Silenciaron

Pero hay una tercera versión, mucho menos conocida, que el propio Mario nunca quiso confirmar ni desmentir y que dice que el nombre lo inventó el mismo para que sus padres no descubrieran que estaba trabajando en las carpas. Porque eso para don Pedro era una vergüenza. Esa versión, la que el cómico se llevó a la tumba, es la que más se acerca a quien era él en realidad.

un hombre que vivió toda su vida ocultando cosas, cosas que solo iban a salir a la luz décadas después. En esa misma carpa, a una noche, Mario Moreno conoce a una mujer que va a cambiarle la vida. Se llamaba Valentina Ivanova Zubarev. Era rusa, nacida en Moscú, hija de un empresario circense que había emigrado a México huyendo de la revolución bolchevique.

Era bailarina, era actriz. Hablaba español con un acento extraño, tenía el pelo claro y los ojos profundos. Y cosa rara para esa época, era una mujer independiente que se ganaba la vida sola, que viajaba con la compañía de su padre por los pueblos del centro de México. Mario quedó deslumbrado. Le llevaba flores que cortaba del campo.

La esperaba después de cada función. la invitaba a comer en fondas de tres pesos y Valentina, que pudo haber elegido a cualquiera de los hombres de mejor posición que le rondaban, lo eligió a él, a ese muchacho flaco de Tepito que todavía no era nadie. Se casaron el 27 de octubre de 1934. Él tenía 23 años, ella 22.

La boda fue modesta, la luna de miel casi inexistente, pero los dos estaban convencidos de algo. Iban a salir adelante juntos y lo lograron, pero a un costo que ninguno de los dos imaginaba en ese momento. que mientras Mario empezaba a hacerse un nombre en el mundo del espectáculo, mientras pasaba de las carpas a los pequeños papeles en cine, mientras conocía al productor ruso Jack Gelman y juntos fundaban Posa a Films para producir sus propias películas, Valentina cargaba con un dolor que muy pocos conocían. Querían tener un hijo,

lo intentaron durante años y los hijos no llegaban. Lo que nunca le contaron al público, ni a la prensa, ni siquiera a la mayoría de la familia, es que después de docenas de visitas a médicos en México y en Estados Unidos, los exámenes confirmaron algo que destruyó a Mario por dentro.

Él era estéril, no podía tener hijos, nunca iba a poder. Y ese dolor, ese silencio de hospital que se llevó al departamento donde vivían, fue la primera grieta en una vida que por fuera empezaba a verse perfecta. Mario lo procesó como pudo. Se refugió en el trabajo, empezó a beber más de la cuenta. Hubo épocas oscuras donde apenas podía levantarse de la cama, pero por fuera en la pantalla el peladito hacía reír a millones.

Y México, sin saberlo, se enamoraba de un personaje cuyo creador estaba viviendo el peor momento de su vida. En 1940 llega, ahí está el detalle y todo cambia. La película rompe récords de taquilla en toda Latinoamérica. Cantinfla se convierte en el rostro del cine mexicano. Después vienen el gendarme desconocido, los tres mosqueteros, el circo, Romeo y Julieta, una tras otra, una tras otra y cada una mejor recibida que la anterior.

En 10 años, Mario Moreno pasa de ser un cómico de carpa a ser el hombre mejor pagado del cine en habla hispana. Pero el éxito tiene un precio y ese precio empieza a cobrarlo en silencio. En 1946 firma con Columbia Pictures. La distribuidora estadounidense compra los derechos internacionales de sus películas.

Le ofrecen contratos millonarios. Le abren las puertas de Hollywood y 10 años después, en 1956, Mario Moreno protagoniza. La vuelta al mundo en 80 días. junto a David Niven. La película gana el Óscar a mejor película. Él gana el globo de oro a mejor actor de comedia o musical. Charles Chaplin en una entrevista lo llama El mejor comediante del mundo.

El Congreso de Estados Unidos lo recibe. Hollywood le abre las puertas y por un momento brevísimo parece que el muchacho de Tepito ha conquistado el planeta. Pero algo no anda bien. La segunda película en Hollywood, Pepe, estrenada en 1960, no fue lo que esperaban. Tenía un elenco enorme.

Tenía a Frank Sinatra haciendo un cameo, tenía un presupuesto enorme. Pero el público estadounidense no entendió a Cantinflas sin la magia del idioma. Los juegos de palabras, las muletillas, los enredos lingüísticos que en español eran genio puro. En inglés se traducían como tartamudeo sin gracia. Pepe fue un fracaso comercial y Mario, que había soñado durante años con conquistar Hollywood, regresó a México con la sensación amarga de haber tocado el cielo y haber resbalado.

Pero algo ocurrió en ese viaje a Los Ángeles para filmar Pepe que iba a marcar el resto de su vida. Algo que él mismo nunca quiso contar. Algo que durante décadas su familia y sus amigos cercanos guardaron como un secreto de estado. Y ese algo tiene nombre, Marion Roberts. Vamos al principio. En 1959, una joven texana de 21 años llega a la Ciudad de México de vacaciones con un grupo de amigos.

Se hospedan en el Hotel del Prado, uno de los hoteles más elegantes de la capital en ese entonces. Pasan los días, se les acaba el dinero y los amigos hacen algo cruel, la abandonan, se van sin pagar y dejan a Marion sola con la cuenta entera en sus manos. Marion no tiene cómo pagar, está aterrada. va a llamar a su familia en Texas y le dicen que no le pueden mandar el dinero.

Y entonces el encargado del hotel, viendo a la muchacha desesperada, le dice algo que va a torcer su destino para siempre. Cantinfla suele ayudar a la gente que está en problemas. Búsquelo. Marion lo busca y lo encuentra. Lo que pasó después tiene varias versiones. que contó el propio Mario Arturo Moreno Ivanova, hijo del cómico.

En una entrevista con Imagen Televisión décadas más tarde, dice que su padre y Marion se enamoraron casi de inmediato, que él pagó la deuda del hotel, que empezaron una relación que duró meses, que él la visitaba en secreto cuando viajaba a Estados Unidos y que en diciembre de 1959, mientras Mario filmaba Pepe en Los Ángeles, Marion lo visitó allí.

Se quedaron juntos. Y de esa visita nació el bebé. Otras version más oscuras dicen que Marion ya estaba en estado cuando conoció a Cantinflas, que el verdadero padre era otro hombre cuya identidad nadie ha podido confirmar y que Mario simplemente la ayudó a salir del lío a cambio de algo. Lo que sí está confirmado, lo que aparece en los documentos, es que el primero de septiembre de 1960, en un hospital de Dallas, Texas, Marion Roberts dio a luz a un niño rubio y 15 días después, ese niño cruzaba la frontera en brazos de Mario Moreno y

aparecía en la casa de la calle de Insurgentes como un regalo para Valentina. Imagínate la escena. Valentina, que había llorado durante años por no poder ser madre, abriendo la puerta y viendo a su esposo entrar con un bebé en los brazos, sin avisarle, sin prepararla, solo con el niño dormido y una explicación corta. Es nuestro.

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