La República de Colombia atraviesa uno de los momentos más críticos y definitorios de su historia contemporánea. Existe un sentimiento generalizado de hartazgo, una fatiga crónica frente a las promesas recicladas, los discursos grandilocuentes que se desvanecen en la práctica y la retórica vacía de una clase política que denuncia la corrupción mientras el Estado parece irremediablemente atrapado en sus redes. En medio de este escenario de desgaste institucional y desconfianza ciudadana, irrumpe una figura que busca capitalizar el descontento popular: Abelardo de la Espriella. Con un discurso directo, desprovisto de los eufemismos tradicionales y cargado de promesas de mano dura, el candidato se presenta como el “outsider” definitivo, el hombre ajeno a la rosca política que viene a limpiar la casa.
Sin embargo, la narrativa de la independencia absoluta choca de frente con la compleja telaraña de lealtades, rencillas históricas y alianzas invisibles que definen la política colombiana. La reciente intervención de De la Espriella ha dejado al descubierto no solo su plan de choque para gobernar, sino también las profundas grietas en la derecha colombiana, su relación inquebrantable con el expresidente Álvaro Uribe Vélez, sus tensiones con figuras como Tomás Uribe y Paloma Valencia, y su postura radical frente al actual gobierno. A continuación, desentrañamos las capas de un discurso que promete transformar al país, pero que debe enfrentarse a la inquebrantable realidad del poder.
El Escándalo de la Unidad de Gestión del Riesgo: Un Billón de Pesos en el Ojo del Huracán
Para entender la magnitud del discurso de Abelardo de la Espriella, es imperativo analizar el contexto del escándalo que sacude actualmente al país y que sirvió como punto de partida para su más reciente arremetida pública. Se trata de una denuncia monumental que involucra la pérdida, malversación o desvío de aproximadamente 1.15 billones de pesos (un millón ciento cincuenta mil millones de pesos) al interior de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).

Este entramado de corrupción, que salpica directamente a la Fiduprevisora y a figuras como el señor Olmedo López, expone una dolorosa realidad: los recursos públicos destinados a atender desastres naturales, mitigar riesgos en poblaciones vulnerables y proveer necesidades básicas como el agua a través de carrotanques y ollas comunitarias, terminaron presuntamente en los bolsillos de redes corruptas. Ante esta realidad, que según los análisis periodísticos arrastra responsabilidades incluso desde el gobierno anterior, la postura de De la Espriella es implacable.
El candidato no titubea al elevar el tono de la acusación a niveles sin precedentes. Para él, el desfalco en la UNGRD no es un caso aislado de funcionarios deshonestos, sino el reflejo de una estructura criminal organizada operando desde las más altas esferas del poder ejecutivo. Sus palabras son un ataque frontal: califica al actual gobierno de Gustavo Petro como una “banda criminal cuyo jefe es el presidente de la República”. Esta afirmación, de altísimo calibre político y legal, marca el tono de lo que sería su eventual presidencia: una cacería implacable contra la corrupción institucionalizada.
La Promesa de la Auditoría Internacional y el Imperio de la Ley
Frente a la pregunta lógica de cómo planea limpiar un sistema donde la corrupción parece ser un mal endémico y transversal, Abelardo de la Espriella propone una medida radical: la instauración de una auditoría internacional. Tan pronto asuma la presidencia de la República, promete traer entidades externas que determinen con grado de certeza forense qué fue lo que se robaron, en qué dependencias operaron los desfalcos, quiénes fueron los responsables intelectuales y materiales, y hacia dónde se desviaron los dineros públicos.
El candidato argumenta que en Colombia se han robado los recursos de la salud, de los acueductos, del alcantarillado, de la prevención de desastres y, en sus propias palabras metafóricas, “se han robado hasta el agua de los floreros”. El objetivo de esta auditoría no es simplemente generar un informe burocrático, sino compilar un acervo probatorio contundente para entregarlo a la justicia colombiana, exigiendo celeridad y efectividad.
Pero aquí surge un dilema fundamental de la gobernabilidad: en Colombia, los grandes entramados de corrupción suelen involucrar a congresistas que mueven los hilos del poder para aprobar leyes y presupuestos. Si De la Espriella llega al poder prometiendo encarcelar a la clase política corrupta, ¿cómo logrará pasar sus reformas y leyes a través de un Congreso dominado por esas mismas maquinarias?
La respuesta del candidato es, quizás, uno de los puntos más disruptivos de su plataforma. Sostiene que Colombia padece de un exceso de leyes y un déficit de aplicación del derecho. Su visión es que el país no necesita un desgaste legislativo constante buscando aprobar nuevas normas, sino un ejecutivo con el carácter, la voluntad y la independencia para hacer cumplir a rajatabla los mecanismos jurídicos que ya existen. De la Espriella plantea un modelo de gobierno descentralizado y de choque, prometiendo no realizar viajes internacionales (delegando esa función a su vicepresidente y al canciller), para dedicarse a despachar desde cada uno de los 32 departamentos del país, enfrentando los problemas de frente y ejerciendo la autoridad desde el territorio.
La Visión Económica: Recuperar lo Robado para la Inversión Social
El eje central de la narrativa anticorrupción de De la Espriella no es solo punitivo, sino redistributivo. Según sus cifras, la corrupción en Colombia absorbe cerca de 90 billones de pesos anuales. Su propuesta económica se basa en la premisa de que tapar las vías de escape del erario permitirá financiar un robusto programa de inversión social sin necesidad de asfixiar a los ciudadanos con nuevas reformas tributarias.
Entre sus promesas más destacadas se encuentra el aumento significativo de los subsidios para las poblaciones más vulnerables. Plantea elevar el apoyo económico a los adultos mayores a 400,000 pesos, extender los beneficios a las madres cabeza de familia y a las madres cuidadoras, y establecer un fondo de “capital semilla” destinado a los jóvenes, para que puedan emprender y generar dinámicas económicas alejadas de la dependencia estatal o la criminalidad. Es un discurso que entrelaza la mano dura contra el crimen de cuello blanco con una fuerte red de asistencia social, buscando conectar con el ciudadano de a pie que sufre las consecuencias diarias del desfalco estatal.
El Laberinto de las Alianzas y la Paradoja del “Outsider”
Uno de los flancos más cuestionados en la campaña de Abelardo de la Espriella es su autoproclamada condición de “outsider”. El candidato repite con insistencia: “Yo no vengo de la rosca de siempre ni de la politiquería de siempre”. Argumenta que su incursión en la política es el equivalente a “pagar un servicio militar por la patria”. Sin embargo, el ecosistema electoral cuenta una historia llena de matices.
En el transcurso de la campaña, su candidatura ha recibido el respaldo de sectores políticos tradicionales, incluyendo facciones de Cambio Radical, Salvación Nacional y Colombia Justa Libres. Cuando se le cuestiona sobre cómo puede mantener su imagen de independencia mientras recibe el apoyo de estas estructuras, De la Espriella es hábil en su defensa.
Respecto a Salvación Nacional, reivindica la herencia ideológica de Álvaro Gómez Hurtado y Enrique Gómez Hurtado, describiéndolo como un movimiento histórico sin máculas de corrupción, creado precisamente para adecentar la política. Sobre los demás partidos, su postura es de un pragmatismo desapegado: afirma que él no ha buscado reuniones, no ha negociado cuotas burocráticas ni ha prometido ministerios. Su argumento central es que si la militancia de estos partidos, desilusionada con el gobierno de Gustavo Petro, decide adherirse libremente a su propuesta de orden y autoridad, él no tiene la potestad ni el interés de cerrarles la puerta. “Yo rechacé a los partidos y ustedes lo saben”, sentencia, dejando la responsabilidad del apoyo en manos de los electores y no de los caciques políticos.
