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El Dueño de la Casa de Empeño Dijo: “Esta Guitarra Pertenece a Juan Gabriel” — Pero Aquel Hombre Era

Miró la parte trasera del clavijero y ahí estaban grabadas profundamente en la madera con la navaja de su padre que había tomado prestada sin permiso. A Alberto Aguilera, 16 años. Convencido de que algún día esas iniciales significarían algo para alguien. ¿Cuánto cuesta esta?, preguntó Juan Gabriel con voz que salió más ronca de lo que pretendía.

Cargada con emoción que intentaba controlar, don Gaudencio negó con la cabeza con expresión que mezclaba orgullo con firmeza. Lo siento, amigo. Esa guitarra no está a la venta. Sé que está en una casa de empeños, pero esa en particular es especial. Tiene historia que la hace invaluable. Juan Gabriel levantó la vista de la guitarra mirando al dueño directamente.

¿Qué tipo de historia? Don Gaudencio sonrió como alguien a punto de compartir un tesoro que había guardado celosamente. Ve esas iniciales talladas ahí. A, esas son las iniciales de Alberto Aguilera, el verdadero nombre de Juan Gabriel. Esta fue su guitarra cuando era solo un muchacho. Antes de ser famoso, antes de convertirse en la leyenda, antes de todo, Juan Gabriel miró fijamente al dueño de la casa de empeños, su corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que Don Gaudencio podía escucharlo retumbando en el silencio denso de esa

tienda llena de objetos olvidados. ¿Cómo sabe eso?, logró preguntar Juan Gabriel, manteniendo compostura que se desmoronaba por dentro. Don Gaudencio se veía orgulloso de su conocimiento, claramente disfrutando contar la historia de su tesoro más preciado. La compré hace dos años a un viudo en Juárez.

Su esposa había sido dueña de una pequeña tienda de música en los 70s. En 1971, un muchacho de 21 años llamado Alberto Aguilera le vendió esta guitarra por 200 pesos. Necesitaba dinero para el camión a Ciudad de México, donde iba a intentar hacerse cantante. Ella guardó la guitarra todos estos años y cuando Juan Gabriel se hizo famoso, su esposo la conservó como recuerdo.

Pagué 5000 pesos por ella. Mejor inversión de mi vida. Juan sintió que el piso se movía bajo sus pies. ¿Puedo ver la documentación? Preguntó con voz apenas controlada. Don Gaudencio dudó visiblemente. No va a intentar comprármela, ¿verdad? Porque le digo desde ahorita que no la vendo. Esta guitarra va a valer una fortuna algún día. Decenas de miles de pesos.

Juan Gabriel es una leyenda viviente. Juan Gabriel insistió suavemente que solo quería ver los papeles. Y después de estudiarlo por un momento, don Gaudencio fue a una habitación trasera y regresó con una carpeta Manila. Dentro había un recibo escrito a mano fechado. 23 de marzo de 1971. Juan Gabriel leyó su propia letra de 21 años atrás, temblorosa y desesperada.

Recibí 200 pesos por una guitarra acústica en condición regular. Firmado, Alberto Aguilera. También había una carta de la viuda explicando cómo su esposa había reconocido al joven que vendió la guitarra, cómo había visto a Alberto Aguilera convertirse en Juan Gabriel y había guardado el instrumento sabiendo que algún día valdría mucho.

Juan Gabriel sostuvo el recibo con manos que temblaban incontrolablemente ahora. Recordaba escribir esto. Recordaba la desesperación absoluta de ese día. había conseguido una oportunidad de cantar en un programa de radio pequeño en Ciudad de México, pero necesitaba 200 pesos para el camión y para sobrevivir los primeros días.

Esta guitarra era lo único que poseía que valía algo. Había llorado después de venderla, no en la tienda porque había mantenido la compostura, pero en su cuarto de pensión esa noche había soyloosado hasta quedarse dormido, porque esa guitarra había sido su conexión con sus sueños. Tallé esas iniciales cuando tenía 16 años”, dijo Juan Gabriel suavemente, todavía mirando el recibo con ojos que ahora no podían contener las lágrimas.

Usé la navaja de mi papá. Me tomó casi dos horas porque seguía equivocándome. Tenía tanto miedo de arruinarlo. Don Gaudencio se rió pensando que era buena historia inventada. “Bonita historia, amigo, pero como dije, la lista de canciones en el cuerpo.” Interrumpió Juan Gabriel con voz más fuerte. Ahora volteando la guitarra para mostrar las palabras desvanecidas. Esa es mi letra.

La escribí en 1969. Las canciones eran No tengo dinero hasta que te conocí, amor eterno y querida. Esas eran las primeras cuatro canciones que quería grabar si alguna vez tenía la oportunidad. La sonrisa de Don Gaudencio vaciló ligeramente, confusión reemplazando confianza. Juan Gabriel continuó sin darle tiempo de responder.

Adentro de la boca de la guitarra hay una pequeña cruz blanca. Mi mamá Victoria la pegó ahí en 1968. Ella dijo que cada guitarra debería llevar un pedazo de dios adentro. Inclinó la guitarra para que la luz entrara en la boca del instrumento y ahí, apenas visible después de tantos años, estaba la pequeña cruz blanca hecha de madera pintada.

Don Gaudencio había dado un paso atrás, su rostro palideciendo visiblemente mientras procesaba lo que estaba viendo. ¿Cómo supo? Juan Gabriel no lo dejó terminar. También modifiqué el puente yo mismo. Continuó con dedos recorriendo la cinta adhesiva y el pegamento que había aplicado hacía décadas. El puente original se rompió durante una práctica.

No podía pagar uno nuevo, así que lo reforcé con cinta y pegamento de madera. aguantó casi 3 años antes de que la vendiera. Su voz se quebró ligeramente y aquí, en el lado del cuerpo, hay una pequeña quemadura de cigarro. La hice accidentalmente cuando tenía 17 años. Estaba tan asustado que mi papá me fuera a matar, que intenté cubrirla con tinta.

Señaló exactamente donde estaba la marca, oculta, pero visible si sabías dónde buscar. Don Gaudencio miraba cada detalle que Juan señalaba. su expresión transformándose de escepticismo a incredulidad creciente. ¿Quién es usted?, preguntó con voz apenas audible. Juan Gabriel se quitó los lentes oscuros lentamente, dejando que cayeran de su rostro, revelando ojos que millones de personas reconocerían instantáneamente.

“Mi nombre es Juan Gabriel”, dijo con voz tranquila pero firme. “Y esta es mi guitarra”. El silencio que siguió fue absoluto y denso. Don Gaudencio se quedó completamente inmóvil, su boca abriéndose, pero sin producir sonido, sus ojos enormemente abiertos procesando lo imposible. Su mano buscó el mostrador como si necesitara soporte físico para no caerse.

“Dios mío”, susurró finalmente. “Dios santo.” Se dejó caer pesadamente en un taburete detrás del mostrador, su rostro mostrando ondas de shock. Incredulidad. Y entonces algo como terror de haber estado hablando con Juan Gabriel sin saberlo, de haberle dicho que no vendería su propia guitarra. “He tenido esta guitarra durante 2 años”, dijo don Gaudencio con voz temblorosa.

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