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El día que Sophia Loren se burló de María Félix en público – Su respuesta dejó a todos helados

Lo que pasó durante las siguientes dos horas fue, según los testigos, una obra maestra de la tensión contenida. Dos mujeres extraordinariamente inteligentes, extraordinariamente conscientes de su propio poder, moviéndose alrededor la una de la otra como dos planetas que se atraen y se repelen al mismo tiempo. Hablaban con los demás invitados, reían en los momentos correctos, bebían vino con elegancia, pero todo el mundo en esa mesa sabía que la conversación real, la que importaba, era la que no se estaba diciendo. Un director italiano intentó

provocar la chispa directamente. Les preguntó a ambas qué pensaban sobre el papel de la mujer en el cine contemporáneo. Una pregunta diseñada para crear fricción. María respondió primero. El cine siempre ha usado a las mujeres dijo. Con esa voz suya que sonaba como terciopelo sobre piedra. Las ha usado como decoración, como premio, como símbolo, muy pocas veces como personas. Todos miraron a Sofía.

Esperaban una respuesta diplomática. El tipo de declaración cuidadosa que dan las estrellas cuando no quieren crear controversia. Sofía dejó su copa sobre la mesa. Miró a María directamente por primera vez desde que se habían sentado. Tienes razón, dijo. Y lo más interesante es que las mujeres que logramos escapar de ese molde tuvimos que pagar un precio que ningún hombre ha pagado jamás.

María la miró. Algo cruzó por sus ojos, algo que no era exactamente hostilidad, pero tampoco era calidez, era reconocimiento. El tipo de reconocimiento que duele un poco porque viene de alguien que uno preferiría no entender. ¿Y cuál fue su precio?, preguntó María. La pregunta iba dirigida a Sofía, pero la habitación entera contuvo la respiración porque todos sabían que en realidad María se la estaba haciendo a sí misma.

Sofía tomó su copa, sonrió. un precio que todavía estoy pagando, dijo. Como todas las que estamos en esta mesa. Felini, que había estado observando en silencio con esa mirada suya de director, que nunca deja de filmar. Aunque no haya cámara, sonrió para sus adentros. Sabía que la noche apenas comenzaba.

Después de la cena, los invitados se dispersaron por los salones de la villa. Era el tipo de noche italiana que parece diseñada para que las conversaciones se extiendan hasta el amanecer. Vino, música suave, el jardín iluminado con antorchas que proyectaban sombras doradas sobre las paredes de piedra antigua. Sofía se encontraba en el jardín cuando María Félix apareció a su lado sin anuncio, sin preámbulo, como si hubiera estado caminando hacia ese punto específico durante toda la noche.

Trajo dos copas, le ofreció una a Sofía sin decir nada. Sofía la aceptó. Tampoco dijo nada. Durante un momento, las dos mujeres miraron el jardín en silencio. Las antorchas crepitaban. Desde adentro llegaba el sonido de una conversación lejana, risas de alguien que no sabía que afuera estaba ocurriendo algo importante.

“Usted no me cae bien”, dijo María finalmente. Lo dijo con la misma tranquilidad con que podrían haber comentado el clima. Sofía giró la cabeza lentamente hacia ella. “Tampoco usted me cae bien a mí”, respondió María. la sintió levemente, como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar. Bien, entonces podemos ser honestas, lo que siguió fue una conversación que ninguna de las dos planeó tener.

Una de esas conversaciones que ocurren una vez en la vida, cuando dos personas que no tienen ninguna razón para abrirse entre sí terminan diciéndose verdades que no le han dicho a nadie más. Quizás porque el vino era bueno, quizás porque la noche italiana tiene ese efecto, o quizás porque cuando dos personas igualmente poderosas se encuentran en territorio neutral, las armaduras pesan demasiado.

¿Por qué no le caigó bien?, preguntó Sofía. La pregunta era directa, sin vanidad herida. Era genuina. María tardó un momento. Porque usted representa todo lo que el mundo espera de nosotras, dijo finalmente. La belleza que pide disculpas por existir, el talento que sonríe para no intimidar. Usted ganó un Óscar y lo primero que dijo fue que se lo dedicaba a su esposo.

Sofía sintió el golpe, pero no lo mostró. ¿Y eso le parece mal? Me parece conocido, dijo María. Y eso es peor. Sofía la miró. Realmente la miró tal vez por primera vez esa noche, no como a una rival, no como a un obstáculo, como a alguien que acababa de decir algo verdadero. ¿Qué quiere decir con eso?, preguntó. María bebió de su copa.

Sus ojos miraban las antorchas. Quiero decir que todas hacemos lo mismo. Nos volvemos lo que el mundo necesita que seamos y después nos olvidamos de lo que éramos antes. Hace una pausa. ¿Recuerda quién era usted antes de ser Sofía Loren? La pregunta cayó en el jardín como una piedra en agua quieta. Sofía no respondió de inmediato porque la respuesta honesta era complicada.

Porque la respuesta honesta era que a Baeces en los momentos más silenciosos no estaba completamente segura. Había una historia que Sofía Loren casi nunca contaba, no porque le avergonzara, sino porque era suya, completamente suya. En un mundo donde todo lo que era se había vuelto público, esa historia era el último territorio privado que le quedaba.

Pero esa noche, frente a María Félix, en ese jardín romano con olor a jazmín y vino tinto, algo se abrió. “Nací en una clínica de caridad”, dijo Sofía. “Mi madre no tenía dinero para pagar el hospital. Me llamaban bastarda en la escuela porque mi padre nunca se casó con mi madre. Vivíamos en Puoli, cerca de Nápoles.

Durante la guerra comíamos lo que encontrábamos. Hubo días en que no encontrábamos nada. María escuchaba sin moverse. A los 14 años entré a un concurso de belleza porque el premio era 10,000 liras y comida para un mes. No entré porque soñaba con ser actriz, entré porque teníamos hambre. Sofía hizo una pausa. Terminé segunda, pero un productor me vio y me dijo que con esa cara podía llegar lejos.

Y yo pensé, “Lejos de qué, lejos del hambre.” Eso era todo lo que quería. El jardín estaba completamente quieto. Todo lo que soy continuó Sofía, lo construí sobre ese miedo. El miedo a volver a tener hambre, el miedo a ser invisible, el miedo a que el mundo me recuerde que nací sin nada y que sin nada podría terminar.

Hice una pausa larga. Así que cuando gané el Óscar le agradecí a Carlo porque Carlo fue quien me dijo que yo podía cuando nadie más lo creía. No fue un gesto de sumisión, fue gratitud real. María la miró durante un momento largo, después miró sus propias manos. Sus dedos sostenían la copa con esa elegancia que parecía innata, pero que, como todo lo que valía la pena, había costado años aprender.

“Yo nací en Álamos, Sonora,” dijo finalmente, “un pueblo pequeño en el norte de México. Mi padre era un hombre duro, el tipo de hombre que no sabe decir te quiero, pero tampoco necesita decirlo porque su forma de amar fuerte que lo llena todo.” Pero también era el tipo de hombre que decidía todo. Siempre Sofía escuchaba ahora con la misma intensidad con que María la había la había escuchado a ella.

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