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El día que María Félix le robó la Premiere a Sofía Loren – Lo que pasó 35 años después

Pero nada de eso importaba en septiembre de 1959. Ese año, Sofía Loren era absolutamente imparable. La siara le daría su primer premio en canes y eventualmente su óscar. Era la actriz europea mejor pagada del continente. Tenía contratos con Hollywood, portadas de revistas en 15 países, la adoración de Italia entera.

Y esa noche, el 15 de septiembre en Roma, era su noche, la premiere de la película que definiría su carrera. en su ciudad, rodeada de su gente en el momento más alto de su ascenso meteórico. Si alguna vez sintieron la emoción de ver a alguien de su generación triunfar, de sentir orgullo por una mujer que salió de abajo y llegó hasta la cima, entonces entienden lo que Roma sentía por Sofía esa noche.

Si esta historia les está haciendo sentir algo, no olviden suscribirse para que sigan llegándoles más historias como esta games. Pero para entender completamente lo que pasó esa noche, también hay que entender quién era María Félix en 1959, porque no era cualquier mujer la que entró al Quirinale sin invitación. María tenía 45 años.

Llevaba dos décadas siendo la mujer más famosa de México. Había filmado más de 40 películas. Había rechazado Hollywood no una vez, sino tres, diciéndoles cada vez con esa soberbia que solo ella podía hacer sonar a dignidad que si querían trabajar con ella que aprendieran español. Había sido vestida por Dior, por Valenciaga, por Jibenchi.

Había cenado con presidentes de seis países. Había hecho llorar a Diego Rivera cuando posó para él y Rivera le dijo que era un ser monstruosamente perfecto. Janco Cook Teau la definió como esa mujer tan hermosa que hace daño. Había coleccionado joyas que hoy se exhiben en museos junto a las de Elizabeth Tylor y Grace Kelly.

Había enterrado a un marido, Jorge Negrete, el ídolo de México, y lo había llorado con la dignidad de una emperatriz, sin que nadie la viera quebrarse jamás en público. Había vivido romances con toreros, magnates, escritores y una mujer en París que era dueña de un cabaré. Había sido amada y odiada con la misma intensidad porque María no generaba emociones tibias.

Con María era el incendio o nada. Y en 1959, aunque el cine mexicano ya no era lo que fue en la época de oro, María seguía siendo María. Su fama no dependía de las películas, su fama dependía de ella misma. Era un fenómeno independiente de cualquier pantalla, cualquier estudio, cualquier industria. Era María Félix y eso bastaba. Eso siempre bastó.

Todo estaba perfectamente orquestado para esa noche. Los productores de la Siosiara habían calculado cada detalle con precisión militar. Sofía llegaría a las 8:45. Caminaría por la alfombra roja durante exactamente 5 minutos, tiempo suficiente para que los fotógrafos agotaran sus rollos.

Entraría al teatro, saludaría a las figuras más importantes de la política y la cultura italiana. Después vendría la proyección de 2 horas, luego la fiesta en el hotel Hasle, un triunfo perfecto de principio a fin. Habían contratado seguridad adicional, habían coordinado la prensa, habían ensayado los tiempos con la precisión de un relojero suizo. Y habría sido perfecto.

Habría sido exactamente como lo planearon. Si María Félix no hubiera estado en Roma, María no estaba programada para asistir a la premiere. No estaba en la lista de invitados, no había confirmado presencia, no había comprado boleto. De hecho, nadie en toda Roma sabía que María Félix estaba en Italia, pero María tenía una villa en el barrio de Trastére, una casa antigua con paredes de piedra del siglo X y un jardín interior lleno de jazmines y bugambilias que usaba cuando necesitaba escapar de México, de París, de la

prensa, de los hombres, de todo lo que ser María Félix implicaba. Estaba ahí por casualidad, diría después en entrevistas cuando le preguntaban. Una de esas casualidades que solo le pasaban a María Félix y que siempre, absolutamente siempre, terminaban siendo cualquier cosa menos casuales. Sofía llegó al Teatro Quirinale a las 8:47 de la noche, 2 minutos después de lo programado porque el tráfico romano no respetaba ni las premieres ni las estrellas.

vestido dorado de alta costura, diseñado especialmente para ella por Emilio Schubert, el modisto más cotizado de Roma. El pelo oscuro recogido en un moño alto para mostrar ese cuello largo que había arrancado suspiros en tres continentes. Aretes de diamantes prestados por la joyería vulgar y exclusivamente para la ocasión. Sonrisa perfecta calibrada entre la humildad de quien recuerda de dónde viene y la conquista de quien sabe a dónde va.

A sus 25 años era la definición viviente de la belleza mediterránea. Italia entera la adoraba, Europa la celebraba. Hollywood la quería. Caminó por la alfombra roja como dueña del mundo, porque esa noche en Roma, en su ciudad, en su teatro, ella era la reina. Los fotógrafos disparaban sin parar, el estallido de los flases creando una tormenta de luz blanca que habría cegado a cualquier persona normal, pero que a Sofía la hacía lucir más radiante.

Los invitados la aplaudían desde las puertas del teatro. Un grupo de fanáticas gritaba su nombre desde la acera de enfrente. Mujeres romanas que habían esperado horas bajo el fresco de septiembre solo para verla pasar. Sofía saludaba a todos, sonreía a todos, era generosa con todos porque podía permitírselo. Cuando eres la estrella más brillante del firmamento, puedes regalarlo sin perder nada.

Entró al teatro a las 8:48. El director del Quirinale, Alesandro Ferretti, un hombre de 60 años, calvo, nervioso, con un bigote perfectamente recortado y un traje que le quedaba ligeramente grande, la recibió personalmente besándole ambas mejillas con una reverencia que rozaba lo religioso. La escoltó por el lobby de mármol blanco y candelabros de cristal de Murano, presentándole uno por uno al embajador francés, al ministro de cultura italiano, al director del festival de Venecia, a productores, a críticos, a toda la aristocracia cultural de Europa

que había venido a presenciar su coronación. Sofía navegaba entre ellos con gracia natural, repartiendo sonrisas y frases encantadoras en italiano perfecto, tocando un brazo aquí, inclinando la cabeza allá, como una reina que sabe que cada gesto es observado y que cada gesto debe ser perfecto.

Todo era exactamente como debía ser. Hasta las 8:50, la noche comenzó a cambiar en la villa de Trasté. María estaba cenando tranquilamente en el comedor de su casa romana, un espacio íntimo con frescos del siglo X en el techo y una mesa de roble donde cabían exactamente cuatro personas. Chenaba sola, como frecuentemente prefería, una ensalada de tomate y burrata, pan recién horneado, una botella de varolo del 53 que había comprado en una subasta en Turín.

Carmela, su asistente italiana, una mujer de 50 años con el pelo entreco, recogido en un moño apretado que llevaba una década trabajando para ella y que la conocía mejor que nadie en el mundo, excepto quizás Lupita en México. Mencionó casualmente la premiere mientras servía el postre, un tiramisu que había preparado personalmente porque sabía que era el único postre que María comía sin protestar.

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